Javier Treviño Cantú
El Norte
22 de abril de 2009
En su visita a México y la Cumbre de las Américas, el Presidente Obama llegó, sedujo a todo el mundo, y se regresó a Washington. Pero eso no significa que se haya tratado de un simple ejercicio cosmético de diplomacia pública. Todo lo contrario: Obama apenas acaba de empezar a mover sus piezas en el nuevo escenario regional que está conformándose y, detrás de sus palabras, hay sustancia.
El embajador de México ante Estados Unidos ha dicho que nuestros dos países tienen que “dejar de jugar ‘damas’ y empezar a jugar ajedrez”, para darle un sentido estratégico a la relación. Después de la visita de Obama, el tablero ya cambió, y ahora le toca mover al gobierno mexicano.
El viaje a América Latina se enmarca dentro de la definición de lo que ya empieza a conocerse como la nueva “ doctrina Obama” de política exterior. Al terminar la Cumbre, Obama señaló que busca aplicar dos principios básicos: primero, el reconocimiento de que ningún país, por poderoso que sea, puede resolver por sí solo los grandes retos globales. Y, segundo, que los valores representados por Estados Unidos siguen teniendo validez universal, por lo que la mejor forma de promoverlos es mantenerse fiel a ellos para predicar con el ejemplo.
Aunque es temprano para hablar de una “doctrina Obama”, tres elementos adicionales pueden darle forma: 1) la decisión de enfrentar una enorme cantidad de asuntos al mismo tiempo; 2) la aparente seriedad con la que asume las responsabilidades de Estados Unidos, ante situaciones como la violencia en México por el combate a la delincuencia organizada; y 3) la adopción de iniciativas pragmáticas, de “bajo costo” económico y político.
Durante su breve estancia en nuestro país tuvimos varias muestras de estas características. En materia de seguridad, si bien rechazó enfrentar a los poderosos grupos de interés para reforzar el control sobre la venta de armas de alto poder, el enfoque integral que están adoptando las agencias civiles y militares involucradas en la cooperación con México, simplemente no tiene precedentes. Es un esfuerzo que requerirá un profundo cambio para superar el déficit histórico de coordinación entre ellos, y también con las autoridades mexicanas a todos niveles.
Esa transformación, y el nombramiento de Alan Bersin como nuevo “Zar Fronterizo” del Departamento de Seguridad Territorial, le exigen a México un esfuerzo correspondiente. Reforzar la coordinación entre las dependencias del Gabinete de Seguridad se vuelve un auténtico “imperativo de Estado”, y designar a un funcionario de alto nivel como contraparte de Bersin es una decisión impostergable.
En el terreno migratorio, Obama decidió añadir la discusión de la reforma integral a su complicada agenda interna, y obtuvo el apoyo tentativo de las principales organizaciones sindicales de su país. Con ello, volvió a colocar el tema entre las prioridades de la relación con México, y también nos ubicó en el centro de un debate estadounidense políticamente “tóxico”, para el que debemos estar bien preparados.
Igualmente, Obama acabó por descartar la renegociación de los acuerdos paralelos del TLC. Después de la preocupación que reiteró el Presidente Calderón en Los Pinos, y de medir el ambiente en la Cumbre de las Américas, Obama instruyó a su Representante Comercial, Ron Kirk, para que busque una solución “sin reabrir el Tratado”.
El pragmatismo de Obama ya quedó demostrado. Lo que falta por comprobar es otra de sus cualidades características: la perseverancia. En la conferencia de prensa con el Presidente Calderón, Obama reconoció que la clave para mejorar la relación estará en darle un seguimiento sistemático a los esfuerzos conjuntos, y para ello se necesita un mecanismo igualmente conjunto de evaluación que permita realizar ajustes oportunos.
Supuestamente, en materia de seguridad la evaluación será responsabilidad de la Oficina Bilateral de Implementación, que se establecerá en la Ciudad de México para coordinar la cooperación. Pero, ante las sospechas que ya desató, habría que evitar que se convierta en otra versión del infame proceso de “certificación” que tantas fricciones causó antes.
El enfoque pragmático que se está adoptando para conducir el inicio de la nueva etapa en la relación bilateral tiene sus ventajas, sobre todo ante la urgencia que significa coordinar esfuerzos para combatir a la delincuencia organizada, reactivar la economía, regular una migración ordenada y segura, e impulsar el desarrollo fronterizo.
Sin embargo, la necesidad de resolver los pendientes urgentes ha hecho que se posponga la definición de un proyecto común con visión de largo plazo. Esa tarea está relacionada con el futuro de América del Norte, pero todo parece indicar que habrá que esperar hasta agosto —cuando se reúnan en México los mandatarios de los tres países del área bajo el esquema de la ASPAN—, para saber si mantendrán un esquema “de bajo costo” que les permita sobrellevar un desarrollo regional muy por debajo de su potencial, o si optarán por pensar en grande para empezar a jugar ajedrez.
Wednesday, April 22, 2009
Wednesday, April 08, 2009
Multitasking
Javier Treviño Cantú
El Norte
8 de abril de 2009
En las últimas semanas, varias giras internacionales, reuniones cumbre y la reacción que desató Corea del Norte al lanzar un “cohete”, son algunos de los acontecimientos que reflejan el profundo proceso de reacomodo geopolítico que está ocurriendo actualmente.
El sistema mundial está en un proceso de cambio multidimensional, donde una gran cantidad de eventos trascendentes ocurren al mismo tiempo. Esta “simultaneidad” se ha convertido en un factor que incrementa exponencialmente las dificultades para tomar decisiones en un escenario cada vez más dinámico.
Por ejemplo, en el caso de México, la Visita de Estado del Presidente Felipe Calderón al Reino Unido se magnificó al coincidir con la Cumbre del G-20. Su encuentro con el anfitrión de la reunión multilateral — el Primer Ministro Gordon Brown— y la oportunidad de dirigirse al Parlamento británico, le ofrecieron una plataforma mucho más visible para lanzar su mensaje contra las políticas comerciales proteccionistas. El tema es clave para México, por las tendencias que han manifestado en ese sentido la administración Obama y el Congreso estadounidense.
La visita del Presidente Calderón también coincidió con el más reciente desencuentro con los vecinos del norte. Éste se debió a la confusión sobre la supuesta exigencia de un aumento mayúsculo en los recursos de la Iniciativa Mérida, a la comparación que hizo Obama entre Calderón y Elliot Ness, y a las señales contradictorias sobre una mayor cooperación entre las fuerzas armadas de ambos países.
Sin embargo, la falta de coincidencia entre la comunicación de los dos países fue superada por otro evento paralelo: la visita a México de la Secretaria de Seguridad Territorial de Estados Unidos, Janet Napolitano, y del Procurador General de Justicia, Eric Holder, donde se reafirmó el mensaje de co-responsabilidad en la lucha contra la delincuencia organizada, la atención del fenómeno migratorio y el enfoque a largo plazo sobre la frontera común.
Otro ejemplo de esta simultaneidad fue el debut de Barack Obama en el escenario internacional. Con su gira por Europa, Turquía e Irak logró distanciarse de la fallida política exterior unilateral de su antecesor, y empezar a retomar un liderazgo mundial todavía incierto.
En Londres, Obama contribuyó al éxito relativo de la reunión del G-20, al conciliar posturas con la dupla franco-alemana y mediar entre China y Francia para alcanzar un delicado equilibrio en el comunicado final. Durante la cumbre de la OTAN, en Estrasburgo, obtuvo un apoyo prácticamente simbólico de la Unión Europea para apuntalar el esfuerzo en Afganistán. Y, en Praga, al mismo tiempo que proponía retomar el tema del desarme nuclear, Corea del Norte lanzaba su misil.
El evento marcó la primera crisis internacional que la nueva administración estadounidense deberá canalizar a través del Consejo de Seguridad de la ONU, y coincidió con la presidencia rotativa que le corresponde ejercer durante abril precisamente a México. Nuestro país parecía preparado para atender la agenda “rutinaria” del organismo, pero ahora deberá hacerse cargo de un asunto que marcará los cambiantes equilibrios de poder en la política de seguridad multilateral.
Por si faltara algo, a la vez que Obama buscaba recuperar terreno en Europa, contener el resurgimiento de Rusia y tender puentes con el mundo islámico mediante su visita a Turquía, otros actores también andaban de gira para reforzar sus propios espacios en el tablero geopolítico: el Presidente Hugo Chávez realizaba su séptima visita oficial a Irán—como parte de un viaje que además lo llevó a Qatar, Japón y China—, donde se anunció la creación de un Banco Binacional Irán-Venezuela.
El escenario global sin duda está caracterizado por una agenda cada vez más compleja, con temas “transversales” que exigen una atención constante y un tratamiento integral. En especial, el carácter simultáneo de los distintos procesos geopolíticos —incluyendo la crisis económica, la recomposición de alianzas bilaterales y regionales, el cambio climático y una larga lista de asuntos relevantes—, hace evidente la necesidad para cualquier gobierno de contar con cuatro elementos esenciales:
1) Una visión estratégica de conjunto, que permita aplicar políticas consistentes y realizar ajustes tácticos constantes; 2) una capacidad de análisis y diagnóstico superlativa, para identificar tendencias y acontecimientos previsibles con la mayor anticipación posible; 3) una coordinación mucho más estrecha, tanto entre todas las áreas gubernamentales como con los sectores empresarial, académico y social; y, 4) una política de comunicación eficaz, que maximice los resultados y reduzca los espacios para las fricciones.
Como lo señaló el Presidente Obama, Estados Unidos no puede ser el único país que cambie, y un primer paso recomendable para México es reconocer que se necesita actuar en varios planos a la vez. El “multitasking” no es una moda, sino una virtud esencial en el nuevo entorno global que está conformándose a toda velocidad.
El Norte
8 de abril de 2009
En las últimas semanas, varias giras internacionales, reuniones cumbre y la reacción que desató Corea del Norte al lanzar un “cohete”, son algunos de los acontecimientos que reflejan el profundo proceso de reacomodo geopolítico que está ocurriendo actualmente.
El sistema mundial está en un proceso de cambio multidimensional, donde una gran cantidad de eventos trascendentes ocurren al mismo tiempo. Esta “simultaneidad” se ha convertido en un factor que incrementa exponencialmente las dificultades para tomar decisiones en un escenario cada vez más dinámico.
Por ejemplo, en el caso de México, la Visita de Estado del Presidente Felipe Calderón al Reino Unido se magnificó al coincidir con la Cumbre del G-20. Su encuentro con el anfitrión de la reunión multilateral — el Primer Ministro Gordon Brown— y la oportunidad de dirigirse al Parlamento británico, le ofrecieron una plataforma mucho más visible para lanzar su mensaje contra las políticas comerciales proteccionistas. El tema es clave para México, por las tendencias que han manifestado en ese sentido la administración Obama y el Congreso estadounidense.
La visita del Presidente Calderón también coincidió con el más reciente desencuentro con los vecinos del norte. Éste se debió a la confusión sobre la supuesta exigencia de un aumento mayúsculo en los recursos de la Iniciativa Mérida, a la comparación que hizo Obama entre Calderón y Elliot Ness, y a las señales contradictorias sobre una mayor cooperación entre las fuerzas armadas de ambos países.
Sin embargo, la falta de coincidencia entre la comunicación de los dos países fue superada por otro evento paralelo: la visita a México de la Secretaria de Seguridad Territorial de Estados Unidos, Janet Napolitano, y del Procurador General de Justicia, Eric Holder, donde se reafirmó el mensaje de co-responsabilidad en la lucha contra la delincuencia organizada, la atención del fenómeno migratorio y el enfoque a largo plazo sobre la frontera común.
Otro ejemplo de esta simultaneidad fue el debut de Barack Obama en el escenario internacional. Con su gira por Europa, Turquía e Irak logró distanciarse de la fallida política exterior unilateral de su antecesor, y empezar a retomar un liderazgo mundial todavía incierto.
En Londres, Obama contribuyó al éxito relativo de la reunión del G-20, al conciliar posturas con la dupla franco-alemana y mediar entre China y Francia para alcanzar un delicado equilibrio en el comunicado final. Durante la cumbre de la OTAN, en Estrasburgo, obtuvo un apoyo prácticamente simbólico de la Unión Europea para apuntalar el esfuerzo en Afganistán. Y, en Praga, al mismo tiempo que proponía retomar el tema del desarme nuclear, Corea del Norte lanzaba su misil.
El evento marcó la primera crisis internacional que la nueva administración estadounidense deberá canalizar a través del Consejo de Seguridad de la ONU, y coincidió con la presidencia rotativa que le corresponde ejercer durante abril precisamente a México. Nuestro país parecía preparado para atender la agenda “rutinaria” del organismo, pero ahora deberá hacerse cargo de un asunto que marcará los cambiantes equilibrios de poder en la política de seguridad multilateral.
Por si faltara algo, a la vez que Obama buscaba recuperar terreno en Europa, contener el resurgimiento de Rusia y tender puentes con el mundo islámico mediante su visita a Turquía, otros actores también andaban de gira para reforzar sus propios espacios en el tablero geopolítico: el Presidente Hugo Chávez realizaba su séptima visita oficial a Irán—como parte de un viaje que además lo llevó a Qatar, Japón y China—, donde se anunció la creación de un Banco Binacional Irán-Venezuela.
El escenario global sin duda está caracterizado por una agenda cada vez más compleja, con temas “transversales” que exigen una atención constante y un tratamiento integral. En especial, el carácter simultáneo de los distintos procesos geopolíticos —incluyendo la crisis económica, la recomposición de alianzas bilaterales y regionales, el cambio climático y una larga lista de asuntos relevantes—, hace evidente la necesidad para cualquier gobierno de contar con cuatro elementos esenciales:
1) Una visión estratégica de conjunto, que permita aplicar políticas consistentes y realizar ajustes tácticos constantes; 2) una capacidad de análisis y diagnóstico superlativa, para identificar tendencias y acontecimientos previsibles con la mayor anticipación posible; 3) una coordinación mucho más estrecha, tanto entre todas las áreas gubernamentales como con los sectores empresarial, académico y social; y, 4) una política de comunicación eficaz, que maximice los resultados y reduzca los espacios para las fricciones.
Como lo señaló el Presidente Obama, Estados Unidos no puede ser el único país que cambie, y un primer paso recomendable para México es reconocer que se necesita actuar en varios planos a la vez. El “multitasking” no es una moda, sino una virtud esencial en el nuevo entorno global que está conformándose a toda velocidad.
Wednesday, March 25, 2009
Hillary detrás de la máscara
Javier Treviño Cantú
El Norte
25 de marzo de 2009
Hoy inicia la primera visita a México de Hillary Clinton como secretaria de Estado del nuevo gobierno estadounidense. Hace casi 12 años, cuando acompañó en 1997 a su esposo y entonces Presidente Bill Clinton, su presencia en nuestro país durante esa visita de Estado quedó enmarcada por una fotografía de la pareja presidencial, cada uno detrás de una máscara de fina artesanía mexicana.
Ahora, la secretaria Clinton seguramente llegará con otra máscara: la del poder inteligente de una diplomacia renovada, para serenar los caldeados ánimos que imperan en este momento, y despejar el rumbo hacia la siguiente etapa de nuestra compleja relación.
Desafortunadamente, desde el encuentro en Washington entre el presidente Calderón y el presidente electo Obama, la nueva etapa de la historia bilateral arrancó con el pie izquierdo por la falta de una política de comunicación eficaz.
La imprecisión en los mensajes sobre el futuro del TLC, exigió una aclaración por parte de la oficina de Obama y una improvisada conferencia con los reporteros a bordo del avión presidencial mexicano. Sin embargo, las diferencias en las respectivas visiones sentaron un precedente, que acabó resultando en un peligroso conflicto comercial, y en una persistente incertidumbre sobre el sentido de la “mejoría” que viene del TLC.
Igualmente, la falta de coordinación sobre el diagnóstico de la inseguridad en México y la cooperación para enfrentarla como un reto compartido, también derivó en fricciones. En especial, las declaraciones del Director Nacional de Inteligencia, Dennis Blair, reafirmaron la percepción de que estamos en riesgo de convertirnos en un Estado fallido.
Las aclaraciones posteriores, así como las opiniones en favor de una creciente militarización de la lucha común, resaltaron la falta de consenso entre la nueva administración. Esto, sumado a la insistencia de los medios estadounidenses sobre el peligro de que la violencia se desborde al otro lado, provocó una airada respuesta por parte del presidente Calderón y un consecuente ajuste táctico.
Después de la visita del secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, a Washington, y unas horas antes de que Hillary Clinton aterrizara en México, la secretaria de Seguridad Territorial, Janet Napolitano, anunció nuevas medidas para reforzar el control fronterizo y la cooperación con México. Con ello, le restó impacto a lo que pueda declarar en nuestro país sobre el tema su colega, la secretaria de Estado.
El tema migratorio también ha generado confusión. Obama aprovechó una reunión con el grupo de congresistas hispanos para anunciar que parará en México en abril, cuando viaje a Trinidad y Tobago para participar en la Cumbre de las Américas. El comunicado de la Casa Blanca se centró en la visita a nuestro país, y apenas se refirió a la declaración de que el mandatario buscará trabajar con los legisladores hispanos —y con el gobierno mexicano— para alcanzar una reforma migratoria integral.
Los congresistas no tardaron en difundir la supuesta intención de Obama, de plantear el tema en el Congreso este mismo año, abonando a la percepción de que está tratando de abarcar demasiados retos a la vez. Por su parte, la oficialización de que Obama incluiría a México en la discusión del tema migratorio fue recibida en nuestro país con un estruendoso silencio.
Sin duda, el problema de comunicación que está padeciendo el gobierno estadounidense no se limita a la relación con México: la disciplina informativa que caracterizó a la campaña electoral de Obama se ha dispersado.
Desde los penosos descubrimientos que descarrilaron la nominación a cargos en el gabinete de gente como Bill Richardson, pasando por los mensajes contradictorios del equipo encargado de enfrentar la crisis económica, hasta el lamentable chiste de Obama en el programa del entrevistador Jay Leno, la comunicación se está convirtiendo en el talón de Aquiles para una administración definida esencialmente en términos mediáticos. Por extensión, esto afecta la relación bilateral.
La visita de la secretaria Clinton, la comparecencia de Janet Napolitano, los intentos del secretario de Transporte —Ray LaHood— para restaurar el programa de transporte carretero que provocó la disputa comercial, y las próximas visitas a nuestro país de funcionarios, congresistas y el mismo Presidente Obama, probablemente ayudarán a salir del “bache” en que ha caído la relación a últimas fechas. Pero el hecho es que existe un problema de fondo.
La ausencia de políticas de comunicación eficaces, sumada a la aparente falta de coordinación en los diagnósticos y mensajes sobre los principales temas de la agenda bilateral, amenazan con “contaminar” los evidentes esfuerzos que están realizando ambos gobiernos para mejorar la cooperación.
La comunicación vuelve a aparecer como un tema secundario frente a la definición de estrategias para conducir la relación. Es un error. La comunicación debe ser considerada como una herramienta igualmente estratégica, que permita articular la narrativa del nuevo capítulo en la historia bilateral que apenas comienza. De otra forma, lo más seguro es que se sigan amplificando los desencuentros, con el riesgo que ello implica para los dos países.
El Norte
25 de marzo de 2009
Hoy inicia la primera visita a México de Hillary Clinton como secretaria de Estado del nuevo gobierno estadounidense. Hace casi 12 años, cuando acompañó en 1997 a su esposo y entonces Presidente Bill Clinton, su presencia en nuestro país durante esa visita de Estado quedó enmarcada por una fotografía de la pareja presidencial, cada uno detrás de una máscara de fina artesanía mexicana.
Ahora, la secretaria Clinton seguramente llegará con otra máscara: la del poder inteligente de una diplomacia renovada, para serenar los caldeados ánimos que imperan en este momento, y despejar el rumbo hacia la siguiente etapa de nuestra compleja relación.
Desafortunadamente, desde el encuentro en Washington entre el presidente Calderón y el presidente electo Obama, la nueva etapa de la historia bilateral arrancó con el pie izquierdo por la falta de una política de comunicación eficaz.
La imprecisión en los mensajes sobre el futuro del TLC, exigió una aclaración por parte de la oficina de Obama y una improvisada conferencia con los reporteros a bordo del avión presidencial mexicano. Sin embargo, las diferencias en las respectivas visiones sentaron un precedente, que acabó resultando en un peligroso conflicto comercial, y en una persistente incertidumbre sobre el sentido de la “mejoría” que viene del TLC.
Igualmente, la falta de coordinación sobre el diagnóstico de la inseguridad en México y la cooperación para enfrentarla como un reto compartido, también derivó en fricciones. En especial, las declaraciones del Director Nacional de Inteligencia, Dennis Blair, reafirmaron la percepción de que estamos en riesgo de convertirnos en un Estado fallido.
Las aclaraciones posteriores, así como las opiniones en favor de una creciente militarización de la lucha común, resaltaron la falta de consenso entre la nueva administración. Esto, sumado a la insistencia de los medios estadounidenses sobre el peligro de que la violencia se desborde al otro lado, provocó una airada respuesta por parte del presidente Calderón y un consecuente ajuste táctico.
Después de la visita del secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, a Washington, y unas horas antes de que Hillary Clinton aterrizara en México, la secretaria de Seguridad Territorial, Janet Napolitano, anunció nuevas medidas para reforzar el control fronterizo y la cooperación con México. Con ello, le restó impacto a lo que pueda declarar en nuestro país sobre el tema su colega, la secretaria de Estado.
El tema migratorio también ha generado confusión. Obama aprovechó una reunión con el grupo de congresistas hispanos para anunciar que parará en México en abril, cuando viaje a Trinidad y Tobago para participar en la Cumbre de las Américas. El comunicado de la Casa Blanca se centró en la visita a nuestro país, y apenas se refirió a la declaración de que el mandatario buscará trabajar con los legisladores hispanos —y con el gobierno mexicano— para alcanzar una reforma migratoria integral.
Los congresistas no tardaron en difundir la supuesta intención de Obama, de plantear el tema en el Congreso este mismo año, abonando a la percepción de que está tratando de abarcar demasiados retos a la vez. Por su parte, la oficialización de que Obama incluiría a México en la discusión del tema migratorio fue recibida en nuestro país con un estruendoso silencio.
Sin duda, el problema de comunicación que está padeciendo el gobierno estadounidense no se limita a la relación con México: la disciplina informativa que caracterizó a la campaña electoral de Obama se ha dispersado.
Desde los penosos descubrimientos que descarrilaron la nominación a cargos en el gabinete de gente como Bill Richardson, pasando por los mensajes contradictorios del equipo encargado de enfrentar la crisis económica, hasta el lamentable chiste de Obama en el programa del entrevistador Jay Leno, la comunicación se está convirtiendo en el talón de Aquiles para una administración definida esencialmente en términos mediáticos. Por extensión, esto afecta la relación bilateral.
La visita de la secretaria Clinton, la comparecencia de Janet Napolitano, los intentos del secretario de Transporte —Ray LaHood— para restaurar el programa de transporte carretero que provocó la disputa comercial, y las próximas visitas a nuestro país de funcionarios, congresistas y el mismo Presidente Obama, probablemente ayudarán a salir del “bache” en que ha caído la relación a últimas fechas. Pero el hecho es que existe un problema de fondo.
La ausencia de políticas de comunicación eficaces, sumada a la aparente falta de coordinación en los diagnósticos y mensajes sobre los principales temas de la agenda bilateral, amenazan con “contaminar” los evidentes esfuerzos que están realizando ambos gobiernos para mejorar la cooperación.
La comunicación vuelve a aparecer como un tema secundario frente a la definición de estrategias para conducir la relación. Es un error. La comunicación debe ser considerada como una herramienta igualmente estratégica, que permita articular la narrativa del nuevo capítulo en la historia bilateral que apenas comienza. De otra forma, lo más seguro es que se sigan amplificando los desencuentros, con el riesgo que ello implica para los dos países.
Wednesday, March 11, 2009
El lado oculto de la visita
Javier Treviño Cantú
El Norte
11 de marzo de 2009
La visita de Estado a México del presidente Nicolás Sarkozy debía haber sido causa de celebración. Francia es uno de los principales actores del sistema internacional multi-polar, y su decisión de venir a nuestro país, en la compleja coyuntura actual, representa un reconocimiento a México como actor relevante del “segundo mundo” que describe el analista Parag Khanna.
A la vez, el reconocimiento vino acompañado de un llamado para que México asuma la responsabilidad que le corresponde, ya sea al participar en los Cascos Azules de la ONU o al adoptar un papel más activo en los foros multilaterales. La frase “el mundo espera más de México” y la agenda de los “cinco soles” que propuso desde la tribuna del Senado de la República, deberían haber sido el punto culminante de su corta estancia.
Desafortunadamente, en lugar de que el viaje del presidente Sarkozy contribuyera a destacar las coincidencias entre dos potencias regionales (toda proporción guardada), la visita se “contaminó” por el affaire Cassez y forzó un urgente control de daños.
Los presidentes Sarkozy y Calderón encontraron una fórmula para ganar tiempo frente a sus respectivas “audiencias” internas. Al establecer una Comisión Binacional que revisará el caso, despejaron el camino para resaltar el amplio contenido de la visita y, paradójicamente, subrayaron el ofrecimiento de Francia para una mayor cooperación en el combate a la inseguridad.
Por otra parte, sin embargo, la visita de Sarkozy en efecto permitió comprobar la forma en la que ambos países están conduciendo sus propias “partidas” en el tablero geopolítico: la llegada de la administración Obama y la crisis global están exigiendo definiciones a las potencias “segundo-mundistas”.
En el caso de Francia, el viaje del mandatario galo coincidió con su decisión histórica de reintegrarse a la OTAN justo cuando Estados Unidos pide más apoyo de sus aliados transatlánticos para la guerra en Afganistán. Algunos especialistas lo consideran un riesgo “calculado”, que amenaza con dividir al partido de Sarkozy y pone en duda su autoridad para abanderar la herencia ideológica del General de Gaulle.
Además, la crisis económica ha mostrado las fallas del modelo seguido por la Unión Europea. De hecho, hay quienes temen que la falta de acuerdos pueda conducir al fin de la Unión. En ese sentido, el regreso a la OTAN y su énfasis en reforzar la regulación del sistema financiero global, serían parte del esfuerzo desplegado por Sarkozy para disputar el liderazgo de una Europa fragmentada.
En el caso de México, la visita del mandatario francés se produce en un marco de crecientes dificultades, por las tensiones con Washington y el impacto regional de la tormenta financiero-económica.
El mayor reto del gobierno federal sigue siendo la inseguridad que afecta al país, y en especial a la franja fronteriza con nuestros vecinos del norte. La violencia ya hizo que se prendieran todas las alarmas al otro lado. La muestra más reciente ocurrió el fin de semana pasado, cuando se difundió el “gran interés” del presidente Obama por el componente militar de la Iniciativa Mérida, al conocer el reporte de la visita del almirante Mike Mullen a nuestro país y otras naciones latinoamericanas.
En la conferencia de prensa que ofreció junto al mandatario francés, el presidente Calderón rechazó que la ayuda estadounidense “implique una intervención militar en ningún sentido”. No obstante, si la lucha del gobierno mexicano se basa en el uso fundamental de las fuerzas armadas, la cooperación necesariamente deberá estrecharse. Es un terreno muy delicado, que puede dar pie a nuevos reclamos, como los manifestados en la entrevista del presidente Calderón al diario Le Monde antes de la visita de Sarkozy.
Igual, o más graves aún, son las fricciones que puede provocar el endurecimiento de la política comercial estadounidense. A pesar de su supuesto rechazo a prácticas que atenten contra el libre comercio, el gobierno del presidente Obama no parece haber tratado de impedir el recorte de fondos para el programa piloto de transporte carretero, que facilitaría el acceso de los camiones de carga mexicanos a Estados Unidos. El embajador de México en Washington calificó la medida de proteccionista, y advirtió que México consideraría todas sus opciones, incluyendo la adopción de “represalias” comerciales.
Por si algo faltara, existen sospechas de que Estados Unidos se encamina hacia una confrontación con Europa y el resto del Grupo de los 20 países que se reunirán en Londres a principios de abril. En la búsqueda de soluciones a la crisis, el gobierno de Obama buscaría darle prioridad al aumento de los programas contra-cíclicos, mientras que Francia, Alemania y algunos otros preferirían definir mayores medidas regulatorias.
La situación sigue agravándose, y México deberá adoptar en Londres una postura clara. En unas semanas, veremos si la visita del presidente Sarkozy contribuyó a que México encuentre en Europa mayores espacios de negociación frente a Estados Unidos, y un auténtico socio estratégico que nos ayude en la lucha contra la delincuencia organizada. Sobre todo, veremos si México se decide a jugar ese papel que se le está demandando, para consolidarse y actuar como una verdadera potencia del segundo mundo.
El Norte
11 de marzo de 2009
La visita de Estado a México del presidente Nicolás Sarkozy debía haber sido causa de celebración. Francia es uno de los principales actores del sistema internacional multi-polar, y su decisión de venir a nuestro país, en la compleja coyuntura actual, representa un reconocimiento a México como actor relevante del “segundo mundo” que describe el analista Parag Khanna.
A la vez, el reconocimiento vino acompañado de un llamado para que México asuma la responsabilidad que le corresponde, ya sea al participar en los Cascos Azules de la ONU o al adoptar un papel más activo en los foros multilaterales. La frase “el mundo espera más de México” y la agenda de los “cinco soles” que propuso desde la tribuna del Senado de la República, deberían haber sido el punto culminante de su corta estancia.
Desafortunadamente, en lugar de que el viaje del presidente Sarkozy contribuyera a destacar las coincidencias entre dos potencias regionales (toda proporción guardada), la visita se “contaminó” por el affaire Cassez y forzó un urgente control de daños.
Los presidentes Sarkozy y Calderón encontraron una fórmula para ganar tiempo frente a sus respectivas “audiencias” internas. Al establecer una Comisión Binacional que revisará el caso, despejaron el camino para resaltar el amplio contenido de la visita y, paradójicamente, subrayaron el ofrecimiento de Francia para una mayor cooperación en el combate a la inseguridad.
Por otra parte, sin embargo, la visita de Sarkozy en efecto permitió comprobar la forma en la que ambos países están conduciendo sus propias “partidas” en el tablero geopolítico: la llegada de la administración Obama y la crisis global están exigiendo definiciones a las potencias “segundo-mundistas”.
En el caso de Francia, el viaje del mandatario galo coincidió con su decisión histórica de reintegrarse a la OTAN justo cuando Estados Unidos pide más apoyo de sus aliados transatlánticos para la guerra en Afganistán. Algunos especialistas lo consideran un riesgo “calculado”, que amenaza con dividir al partido de Sarkozy y pone en duda su autoridad para abanderar la herencia ideológica del General de Gaulle.
Además, la crisis económica ha mostrado las fallas del modelo seguido por la Unión Europea. De hecho, hay quienes temen que la falta de acuerdos pueda conducir al fin de la Unión. En ese sentido, el regreso a la OTAN y su énfasis en reforzar la regulación del sistema financiero global, serían parte del esfuerzo desplegado por Sarkozy para disputar el liderazgo de una Europa fragmentada.
En el caso de México, la visita del mandatario francés se produce en un marco de crecientes dificultades, por las tensiones con Washington y el impacto regional de la tormenta financiero-económica.
El mayor reto del gobierno federal sigue siendo la inseguridad que afecta al país, y en especial a la franja fronteriza con nuestros vecinos del norte. La violencia ya hizo que se prendieran todas las alarmas al otro lado. La muestra más reciente ocurrió el fin de semana pasado, cuando se difundió el “gran interés” del presidente Obama por el componente militar de la Iniciativa Mérida, al conocer el reporte de la visita del almirante Mike Mullen a nuestro país y otras naciones latinoamericanas.
En la conferencia de prensa que ofreció junto al mandatario francés, el presidente Calderón rechazó que la ayuda estadounidense “implique una intervención militar en ningún sentido”. No obstante, si la lucha del gobierno mexicano se basa en el uso fundamental de las fuerzas armadas, la cooperación necesariamente deberá estrecharse. Es un terreno muy delicado, que puede dar pie a nuevos reclamos, como los manifestados en la entrevista del presidente Calderón al diario Le Monde antes de la visita de Sarkozy.
Igual, o más graves aún, son las fricciones que puede provocar el endurecimiento de la política comercial estadounidense. A pesar de su supuesto rechazo a prácticas que atenten contra el libre comercio, el gobierno del presidente Obama no parece haber tratado de impedir el recorte de fondos para el programa piloto de transporte carretero, que facilitaría el acceso de los camiones de carga mexicanos a Estados Unidos. El embajador de México en Washington calificó la medida de proteccionista, y advirtió que México consideraría todas sus opciones, incluyendo la adopción de “represalias” comerciales.
Por si algo faltara, existen sospechas de que Estados Unidos se encamina hacia una confrontación con Europa y el resto del Grupo de los 20 países que se reunirán en Londres a principios de abril. En la búsqueda de soluciones a la crisis, el gobierno de Obama buscaría darle prioridad al aumento de los programas contra-cíclicos, mientras que Francia, Alemania y algunos otros preferirían definir mayores medidas regulatorias.
La situación sigue agravándose, y México deberá adoptar en Londres una postura clara. En unas semanas, veremos si la visita del presidente Sarkozy contribuyó a que México encuentre en Europa mayores espacios de negociación frente a Estados Unidos, y un auténtico socio estratégico que nos ayude en la lucha contra la delincuencia organizada. Sobre todo, veremos si México se decide a jugar ese papel que se le está demandando, para consolidarse y actuar como una verdadera potencia del segundo mundo.
Wednesday, February 25, 2009
En buen plan
Javier Treviño Cantú
El Norte
25 de febrero de 2009
“Planear” puede tener distintos significados. Hace unas semanas, el capitán del vuelo de US Airways que chocó contra una parvada de gansos al despegar del aeropuerto La Guardia, en Nueva York, fue capaz de “planear” de emergencia para acuatizar en el Río Hudson. A pesar de la falla, los avanzados sistemas del avión Airbus 320 le permitieron mantener el control y poner a salvo a todos los pasajeros.
En realidad, por lo general relacionamos el término “planear” con la capacidad de identificar situaciones que pudieran ocurrir en el futuro. A veces deseamos que pasen, otras veces quisiéramos evitarlas a toda costa, pero planear es diseñar las medidas que se deberían tomar para que las cosas sucedan o, en su caso, prevenirlas.
Desafortunadamente, ante la rapidez de los ciclos que experimentamos y la complejidad de los procesos que conforman nuestra realidad actual, la planeación se ha convertido en un ejercicio cada vez más difícil de “aterrizar”.
Peor aún, en México la planeación gubernamental parece haberse convertido en un acto ritual. Cada seis años, los gobiernos entrantes elaboran un nuevo Plan Nacional de Desarrollo con las metas que aspiran alcanzar, pero sin detallar la forma de lograrlas, los plazos para hacerlo, ni los mecanismos para medir y evaluar resultados.
Muchas veces, esto ha dado pie a que la planeación se confunda con las estrategias a seguir. Como ha señalado Luis F. Aguilar (Gobernanza y gestión pública, FCE, 2006), lo que la planeación aporta a una buena estrategia, es “el sentido de largo plazo... por encima de beneficios inmediatos”. El valor de la “planeación estratégica” no está en tener un plan perfectamente detallado, sino en la capacidad de un dirigente para movilizar recursos institucionales ante situaciones imprevistas. Es decir, “que sea capaz de imprimir sentido de dirección y sepa tomar decisiones oportunas frente a los cambios de su entorno para neutralizar adversidades o aprovechar oportunidades”.
Para nuestro país, la necesidad de adoptar un enfoque de planeación estratégica nunca fue más urgente e importante que hoy. Antes que nada porque, como hemos visto hasta ahora, la profundidad de la crisis financiera y económica global ha rebasado las respuestas de los gobiernos nacionales, e impedido acciones concertadas a nivel internacional para evitar el resurgimiento de prácticas proteccionistas que pongan en riesgo al sistema mundial y regional de comercio e inversión.
Sobre todo, se requiere darle un sentido renovado a la planeación estratégica en México para enfrentar con mayor eficacia la crisis de inseguridad que padecemos y, en especial, para responder a los planes de contingencia que están desarrollando a marchas forzadas nuestros socios y vecinos de Estados Unidos.
A principios de año, el anterior Secretario de Seguridad Territorial, Michael Chertoff, reveló que el gobierno estadounidense había completado un programa para disponer de todos los recursos y el personal necesario —no sólo civil, sino también militar—, en caso de que resultara necesario “contener” un posible desbordamiento fronterizo de la violencia generada desde el lado mexicano.
La nota fue eclipsada por el estudio del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas estadounidenses —donde México fue equiparado a Pakistán como un Estado en riesgo de sufrir un colapso súbito—, y por el alarmante reporte del ex-general Barry McCaffrey.
Ahora, se dio a conocer que la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias — del mismo Departamento de Seguridad Territorial—, va a llevar a cabo su próximo ejercicio a nivel nacional en julio, basado en un ataque hipotético contra Estados Unidos por parte de terroristas infiltrados desde México.
Además, está circulando la noticia de un nuevo plan (la Operación “Border Star”) para evitar que la violencia en la frontera afecte a Texas y, todavía más grave, hacer frente a un éxodo masivo de refugiados mexicanos. Si bien algunos especialistas consideran poco probable que esto ocurra, tampoco lo descartan, mientras que la vocera del gobierno estatal, Katherine Cesinger, declaró que “Texas desea lo mejor, pero planea para enfrentar lo peor”.
La inocultable realidad de una situación que cada día se vuelve más difícil —particularmente en la frontera entre los dos países—, ya generó la percepción de que México está en riesgo de caer en la ingobernabilidad, y que eso lo ubica en un nuevo “eje” de países que amenazan la seguridad de Estados Unidos. Eso es un hecho, y quizás dicha percepción pudiera ser contrarrestada, o al menos equilibrada, con una campaña de “relaciones públicas” como la que mencionó en el Foro de Davos el Presidente Calderón.
Pero, más allá de la evidente necesidad de realizar acciones orientadas a mejorar la imagen de México en el exterior, lo que realmente se necesita es una mayor capacidad de planeación; tanto para superar la doble crisis económica y de inseguridad, como para elevar la capacidad de coordinación con nuestros vecinos norteamericanos ante las poderosas amenazas comunes que compartimos. Una de dos: o se sigue negando la realidad, o nos preparamos a conciencia para enfrentar emergencias aún peores. Eso no es catastrofismo; se llama capacidad de previsión estratégica.
El Norte
25 de febrero de 2009
“Planear” puede tener distintos significados. Hace unas semanas, el capitán del vuelo de US Airways que chocó contra una parvada de gansos al despegar del aeropuerto La Guardia, en Nueva York, fue capaz de “planear” de emergencia para acuatizar en el Río Hudson. A pesar de la falla, los avanzados sistemas del avión Airbus 320 le permitieron mantener el control y poner a salvo a todos los pasajeros.
En realidad, por lo general relacionamos el término “planear” con la capacidad de identificar situaciones que pudieran ocurrir en el futuro. A veces deseamos que pasen, otras veces quisiéramos evitarlas a toda costa, pero planear es diseñar las medidas que se deberían tomar para que las cosas sucedan o, en su caso, prevenirlas.
Desafortunadamente, ante la rapidez de los ciclos que experimentamos y la complejidad de los procesos que conforman nuestra realidad actual, la planeación se ha convertido en un ejercicio cada vez más difícil de “aterrizar”.
Peor aún, en México la planeación gubernamental parece haberse convertido en un acto ritual. Cada seis años, los gobiernos entrantes elaboran un nuevo Plan Nacional de Desarrollo con las metas que aspiran alcanzar, pero sin detallar la forma de lograrlas, los plazos para hacerlo, ni los mecanismos para medir y evaluar resultados.
Muchas veces, esto ha dado pie a que la planeación se confunda con las estrategias a seguir. Como ha señalado Luis F. Aguilar (Gobernanza y gestión pública, FCE, 2006), lo que la planeación aporta a una buena estrategia, es “el sentido de largo plazo... por encima de beneficios inmediatos”. El valor de la “planeación estratégica” no está en tener un plan perfectamente detallado, sino en la capacidad de un dirigente para movilizar recursos institucionales ante situaciones imprevistas. Es decir, “que sea capaz de imprimir sentido de dirección y sepa tomar decisiones oportunas frente a los cambios de su entorno para neutralizar adversidades o aprovechar oportunidades”.
Para nuestro país, la necesidad de adoptar un enfoque de planeación estratégica nunca fue más urgente e importante que hoy. Antes que nada porque, como hemos visto hasta ahora, la profundidad de la crisis financiera y económica global ha rebasado las respuestas de los gobiernos nacionales, e impedido acciones concertadas a nivel internacional para evitar el resurgimiento de prácticas proteccionistas que pongan en riesgo al sistema mundial y regional de comercio e inversión.
Sobre todo, se requiere darle un sentido renovado a la planeación estratégica en México para enfrentar con mayor eficacia la crisis de inseguridad que padecemos y, en especial, para responder a los planes de contingencia que están desarrollando a marchas forzadas nuestros socios y vecinos de Estados Unidos.
A principios de año, el anterior Secretario de Seguridad Territorial, Michael Chertoff, reveló que el gobierno estadounidense había completado un programa para disponer de todos los recursos y el personal necesario —no sólo civil, sino también militar—, en caso de que resultara necesario “contener” un posible desbordamiento fronterizo de la violencia generada desde el lado mexicano.
La nota fue eclipsada por el estudio del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas estadounidenses —donde México fue equiparado a Pakistán como un Estado en riesgo de sufrir un colapso súbito—, y por el alarmante reporte del ex-general Barry McCaffrey.
Ahora, se dio a conocer que la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias — del mismo Departamento de Seguridad Territorial—, va a llevar a cabo su próximo ejercicio a nivel nacional en julio, basado en un ataque hipotético contra Estados Unidos por parte de terroristas infiltrados desde México.
Además, está circulando la noticia de un nuevo plan (la Operación “Border Star”) para evitar que la violencia en la frontera afecte a Texas y, todavía más grave, hacer frente a un éxodo masivo de refugiados mexicanos. Si bien algunos especialistas consideran poco probable que esto ocurra, tampoco lo descartan, mientras que la vocera del gobierno estatal, Katherine Cesinger, declaró que “Texas desea lo mejor, pero planea para enfrentar lo peor”.
La inocultable realidad de una situación que cada día se vuelve más difícil —particularmente en la frontera entre los dos países—, ya generó la percepción de que México está en riesgo de caer en la ingobernabilidad, y que eso lo ubica en un nuevo “eje” de países que amenazan la seguridad de Estados Unidos. Eso es un hecho, y quizás dicha percepción pudiera ser contrarrestada, o al menos equilibrada, con una campaña de “relaciones públicas” como la que mencionó en el Foro de Davos el Presidente Calderón.
Pero, más allá de la evidente necesidad de realizar acciones orientadas a mejorar la imagen de México en el exterior, lo que realmente se necesita es una mayor capacidad de planeación; tanto para superar la doble crisis económica y de inseguridad, como para elevar la capacidad de coordinación con nuestros vecinos norteamericanos ante las poderosas amenazas comunes que compartimos. Una de dos: o se sigue negando la realidad, o nos preparamos a conciencia para enfrentar emergencias aún peores. Eso no es catastrofismo; se llama capacidad de previsión estratégica.
Tuesday, February 10, 2009
Rezagados
Javier Treviño Cantú
El Norte
11 de febrero de 2009
La compañía Amazon acaba de presentar la nueva versión de su aparato para leer libros electrónicos, el Kindle 2. Mediante una conexión inalámbrica a Internet, es un poco más rápido para descargar libros que el anterior; pero en esencia es el mismo producto: un dispositivo con un diseño en apariencia muy sencillo, que ejemplifica la forma en que los avances tecnológicos siguen revolucionado nuestros hábitos fundamentales, empezando por la forma de leer.
Otra muestra, quizás más trascendente aún, del incesante avance hacia un mundo crecientemente interconectado y digitalizado, fue el reciente acuerdo alcanzado entre Google y el grupo de escritores y editores que habían entablado en su contra una demanda judicial “colectiva”, que se conoce en el vecino país como un “class action lawsuit”. Estos argumentaban que Google había violado sus derechos de autor, al digitalizar, para su sistema de búsqueda, segmentos de millones de libros que todavía son protegidos por la legislación vigente.
Según el reconocido especialista Robert Darnton, en 1998 se determinó que los derechos de las obras literarias en Estados Unidos están protegidos mientras viva su autor, y 70 años más. Entre otras cosas, esto significa que la gran mayoría de los libros escritos durante el siglo XX todavía no pasan a ser parte del “dominio público”. Este hecho limitaba el ambicioso proyecto, iniciado hace cuatro años por Google, destinado a digitalizar las colecciones completas de algunas de las bibliotecas universitarias y públicas más importantes del mundo.
Aparentemente, el nuevo acuerdo entre Google y los demandantes, al que se llegó el pasado mes de octubre, tiene posibilidades de ser ratificado por la Corte competente del estado de Nueva York. Ello ha desatado una intensa polémica. Debido a la naturaleza colectiva del juicio y, por lo tanto, del acuerdo, la preocupación central manifestada por gente como Darnton es que Google acabe teniendo el control sobre prácticamente todos los libros protegidos por las leyes de derecho de autor en Estados Unidos.
Estás inquietudes seguramente prenderán como una chispa en pasto seco. La “omnipresencia” de Google tiene tiempo de haber despertado sospechas. La constante ampliación de los servicios que ofrece ha traído enormes ventajas. Por ejemplo, con su gmail.com transformó el correo electrónico, de un “producto” de software comercializable, a un servicio gratuito basado en una plataforma virtual. Al mismo tiempo, Google ha generado temores por su capacidad de “monitorear” las actividades de sus millones de usuarios, y con ello las posibilidades de desarrollar nuevos mecanismos para obtener ganancias de la información que colecta.
Por supuesto, el avance de Google también ha provocado reacciones por parte de sus competidores. De acuerdo con la revista Wired, Microsoft, la telefónica AT&T y otras empresas han estado desarrollando múltiples estrategias para alertar sobre los riesgos que supuestamente plantearía el crecimiento desenfrenado de Google. Ahora, es probable que el caso del acuerdo de Google con los escritores y editores les ofrezca una nueva oportunidad para cuestionar la conveniencia de que una sola compañía tenga el control exclusivo de lo que sería la biblioteca —y librería— digital más grande del mundo.
Lo que es un hecho indiscutible, es que la tendencia hacia un entorno digital abre nuevas oportunidades y también plantea grandes retos a países como el nuestro, donde la mayoría de la población no tiene acceso a Internet, y tradicionalmente lee poco.
Sin embargo, algunas cifras indican que el uso de computadoras conectadas a la red está creciendo. Las estadísticas disponibles indican que, a mediados de 2008, el número de usuarios de Internet en México se acercó a los 28 millones. De ser atinada, esta cifra representaría un crecimiento de más de 770% en lo que va de la década actual, generando expectativas de un mayor uso en el futuro por parte de una población en su mayoría joven.
La pregunta es si los niños y jóvenes mexicanos tienen las capacidades necesarias para aprovechar al máximo las ventajas que ofrece esta herramienta tecnológica. El problema, desafortunadamente, es que seguimos rezagándonos, porque México no va a participar en la nueva prueba que hará este año la OCDE como parte de PISA, su programa internacional de evaluación estudiantil. El examen se lleva a cabo cada tres años, y esta vez, además de incluir matemáticas, ciencias y lectura, alumnos de 17 países van a medir sus capacidades para “acceder, manejar, integrar y evaluar información”, así como “construir nuevos conocimientos a partir de textos electrónicos”.
Quizás sea comprensible que nuestro país no participe. La Alianza para la Calidad de la Educación ha resultado muy difícil de concretar, además de que la prueba tiene un costo elevado y el gobierno está destinando sus escasos recursos a enfrentar una crisis mundial. Lo que sería más difícil de entender —y de justificar—, es que para la próxima prueba PISA en 2012, México siga sin contar con los fondos necesarios, o la voluntad política, para apresurar el paso y fomentar habilidades que resultan indispensables para que los futuros profesionistas mexicanos tengan oportunidad de competir en la economía global.
El Norte
11 de febrero de 2009
La compañía Amazon acaba de presentar la nueva versión de su aparato para leer libros electrónicos, el Kindle 2. Mediante una conexión inalámbrica a Internet, es un poco más rápido para descargar libros que el anterior; pero en esencia es el mismo producto: un dispositivo con un diseño en apariencia muy sencillo, que ejemplifica la forma en que los avances tecnológicos siguen revolucionado nuestros hábitos fundamentales, empezando por la forma de leer.
Otra muestra, quizás más trascendente aún, del incesante avance hacia un mundo crecientemente interconectado y digitalizado, fue el reciente acuerdo alcanzado entre Google y el grupo de escritores y editores que habían entablado en su contra una demanda judicial “colectiva”, que se conoce en el vecino país como un “class action lawsuit”. Estos argumentaban que Google había violado sus derechos de autor, al digitalizar, para su sistema de búsqueda, segmentos de millones de libros que todavía son protegidos por la legislación vigente.
Según el reconocido especialista Robert Darnton, en 1998 se determinó que los derechos de las obras literarias en Estados Unidos están protegidos mientras viva su autor, y 70 años más. Entre otras cosas, esto significa que la gran mayoría de los libros escritos durante el siglo XX todavía no pasan a ser parte del “dominio público”. Este hecho limitaba el ambicioso proyecto, iniciado hace cuatro años por Google, destinado a digitalizar las colecciones completas de algunas de las bibliotecas universitarias y públicas más importantes del mundo.
Aparentemente, el nuevo acuerdo entre Google y los demandantes, al que se llegó el pasado mes de octubre, tiene posibilidades de ser ratificado por la Corte competente del estado de Nueva York. Ello ha desatado una intensa polémica. Debido a la naturaleza colectiva del juicio y, por lo tanto, del acuerdo, la preocupación central manifestada por gente como Darnton es que Google acabe teniendo el control sobre prácticamente todos los libros protegidos por las leyes de derecho de autor en Estados Unidos.
Estás inquietudes seguramente prenderán como una chispa en pasto seco. La “omnipresencia” de Google tiene tiempo de haber despertado sospechas. La constante ampliación de los servicios que ofrece ha traído enormes ventajas. Por ejemplo, con su gmail.com transformó el correo electrónico, de un “producto” de software comercializable, a un servicio gratuito basado en una plataforma virtual. Al mismo tiempo, Google ha generado temores por su capacidad de “monitorear” las actividades de sus millones de usuarios, y con ello las posibilidades de desarrollar nuevos mecanismos para obtener ganancias de la información que colecta.
Por supuesto, el avance de Google también ha provocado reacciones por parte de sus competidores. De acuerdo con la revista Wired, Microsoft, la telefónica AT&T y otras empresas han estado desarrollando múltiples estrategias para alertar sobre los riesgos que supuestamente plantearía el crecimiento desenfrenado de Google. Ahora, es probable que el caso del acuerdo de Google con los escritores y editores les ofrezca una nueva oportunidad para cuestionar la conveniencia de que una sola compañía tenga el control exclusivo de lo que sería la biblioteca —y librería— digital más grande del mundo.
Lo que es un hecho indiscutible, es que la tendencia hacia un entorno digital abre nuevas oportunidades y también plantea grandes retos a países como el nuestro, donde la mayoría de la población no tiene acceso a Internet, y tradicionalmente lee poco.
Sin embargo, algunas cifras indican que el uso de computadoras conectadas a la red está creciendo. Las estadísticas disponibles indican que, a mediados de 2008, el número de usuarios de Internet en México se acercó a los 28 millones. De ser atinada, esta cifra representaría un crecimiento de más de 770% en lo que va de la década actual, generando expectativas de un mayor uso en el futuro por parte de una población en su mayoría joven.
La pregunta es si los niños y jóvenes mexicanos tienen las capacidades necesarias para aprovechar al máximo las ventajas que ofrece esta herramienta tecnológica. El problema, desafortunadamente, es que seguimos rezagándonos, porque México no va a participar en la nueva prueba que hará este año la OCDE como parte de PISA, su programa internacional de evaluación estudiantil. El examen se lleva a cabo cada tres años, y esta vez, además de incluir matemáticas, ciencias y lectura, alumnos de 17 países van a medir sus capacidades para “acceder, manejar, integrar y evaluar información”, así como “construir nuevos conocimientos a partir de textos electrónicos”.
Quizás sea comprensible que nuestro país no participe. La Alianza para la Calidad de la Educación ha resultado muy difícil de concretar, además de que la prueba tiene un costo elevado y el gobierno está destinando sus escasos recursos a enfrentar una crisis mundial. Lo que sería más difícil de entender —y de justificar—, es que para la próxima prueba PISA en 2012, México siga sin contar con los fondos necesarios, o la voluntad política, para apresurar el paso y fomentar habilidades que resultan indispensables para que los futuros profesionistas mexicanos tengan oportunidad de competir en la economía global.
Wednesday, January 28, 2009
Sermón en la montaña
Javier Treviño Cantú
El Norte
28 de enero de 2009
El Foro Económico Mundial, que inicia hoy en Davos, nuevamente cobró importancia. Lo malo es que lo hizo por la peor razón. Ante la profunda crisis financiera y económica que afecta —literalmente— a todo el mundo, el templo en la montaña del capitalismo global va a recibir más peregrinos en busca de un nuevo sermón.
Según el programa, asisten 40 mandatarios (13 más que el año anterior) y líderes de organismos multilaterales; 1,400 presidentes o directores generales de reconocidas empresas; personalidades como Bill y Melinda Gates; y las acostumbradas legiones de consultores, académicos y periodistas que completan la costosa escenografía del Foro.
Todos los jefes de gobierno —incluido el presidente Felipe Calderón —intentarán publicitar sus medidas para enfrentar una crisis que amenaza la estabilidad de sus respectivos países y de todo el sistema internacional. Pero, lo más importante, es que irán a buscar un faro que los ilumine. Van a buscar señales que les ayuden a entender las verdaderas dimensiones de lo que está ocurriendo, y opciones de políticas que vayan más allá de las recetas convencionales, para tratar de encontrar la salida de un túnel que —como lo muestra el reciente ajuste a la baja en las proyecciones de crecimiento del FMI—, cada vez parece más largo.
Sin embargo, el único profeta que hubiera podido ofrecer alguna luz (cuando menos ideológica) alternativa, no viajó a Davos: el presidente Obama se quedó en Washington a cabildear su paquete de estímulo. Es una buena decisión. Aún tiene que asegurar los recursos para su propia plataforma contra-cíclica y definir su programa económico. Además, el verdadero escenario desde donde buscará proyectar su liderazgo ya está programado para abril, cuando se reúna en Londres con el G20 e invitados especiales.
Lo destacado no fue que el presidente Obama haya decidido saltarse el Foro, sino la persona que designó para representarlo ante la élite mundial. El candidato natural era Larry Summers, su consejero económico, pero Obama envió a Valerie Jarret, una poderosa asesora que está entre sus amistades más cercanas.
La presencia de Jarret en el Foro servirá para transmitirle a Obama el “pulso” del ambiente que impera, así como para medir la resonancia de las propuestas —y las previsibles quejas contra Estados Unidos— de actores clave, en particular China y Rusia, cuyos representantes precisamente darán los discursos inaugurales.
Ahí es donde radica el valor del Foro que se realiza en Davos este año, y la decisión de Obama debería servir de referencia al presidente Calderón. Sin duda, es importante que el mandatario mexicano acuda a Davos y haga un esfuerzo para presentar las ventajas que “todavía” ofrece nuestro país como destino para la inversión. Pero, desafortunadamente, lo más probable es que los programas contra-cíclicos de México reciban un merecido aplauso, y una atención marginal.
En cambio, lo que sí puede recibir una mayor atención, son los planes del gobierno mexicano para “revisar” los aspectos laborales y ambientales del TLC con la nueva administración Obama, al igual que los argumentos para contrarrestar la percepción de que México está en camino de convertirse en un Estado fallido.
El próximo sábado, 20 ministros de comercio y, por separado, otros 50 ó 60 secretarios, van a realizar sesiones a puerta cerrada para discutir cómo evitar que el proteccionismo se convierta en una de las respuestas preferidas a la crisis. Ahí es donde México debería sembrar la semilla de su propia narrativa. Debemos enmarcar el combate a cualquier intento estadounidense de imponer restricciones comerciales en un contexto más amplio, y contar con el respaldo de la comunidad internacional en caso de que la revisión del TLC derive en una posible controversia que contamine toda la relación bilateral.
Por otra parte, para que las posturas de México encuentren una recepción favorable, el presidente Calderón primero tendrá que despejar las dudas que se han propagado sobre la capacidad de nuestro país para mantener su viabilidad ante el reto del combate a la delincuencia organizada. Con razón, o sin ella, el hecho es que México ya ha sido “etiquetado” como un país en proceso de sufrir una falla sistémica. Revertir esa percepción es una tarea titánica, y mejorar nuestra imagen en el exterior exigirá mucho más que algunas conferencias de prensa con corresponsales extranjeros.
El Foro Económico Mundial de Davos es apenas la primera parada de una larga serie de eventos internacionales durante el año. México tendrá que afinar sus mensajes, defender sus intereses, definir propuestas que ayuden a contener el impacto de la crisis, y promover iniciativas que refuercen las bases de todo el sistema de gobernabilidad internacional.
Como ya lo hemos apuntado antes, el Foro fue determinante hace ya casi dos décadas para que el entonces presidente Salinas leyera atinadamente el panorama global, y se convenciera de que la mejor opción para México era negociar el TLC con Estados Unidos y Canadá. Esperemos que, ahora, el presidente Calderón también descifre en Davos correctamente las señales del complejo entorno que experimentamos, y tome las decisiones más favorables para nuestro país.
El Norte
28 de enero de 2009
El Foro Económico Mundial, que inicia hoy en Davos, nuevamente cobró importancia. Lo malo es que lo hizo por la peor razón. Ante la profunda crisis financiera y económica que afecta —literalmente— a todo el mundo, el templo en la montaña del capitalismo global va a recibir más peregrinos en busca de un nuevo sermón.
Según el programa, asisten 40 mandatarios (13 más que el año anterior) y líderes de organismos multilaterales; 1,400 presidentes o directores generales de reconocidas empresas; personalidades como Bill y Melinda Gates; y las acostumbradas legiones de consultores, académicos y periodistas que completan la costosa escenografía del Foro.
Todos los jefes de gobierno —incluido el presidente Felipe Calderón —intentarán publicitar sus medidas para enfrentar una crisis que amenaza la estabilidad de sus respectivos países y de todo el sistema internacional. Pero, lo más importante, es que irán a buscar un faro que los ilumine. Van a buscar señales que les ayuden a entender las verdaderas dimensiones de lo que está ocurriendo, y opciones de políticas que vayan más allá de las recetas convencionales, para tratar de encontrar la salida de un túnel que —como lo muestra el reciente ajuste a la baja en las proyecciones de crecimiento del FMI—, cada vez parece más largo.
Sin embargo, el único profeta que hubiera podido ofrecer alguna luz (cuando menos ideológica) alternativa, no viajó a Davos: el presidente Obama se quedó en Washington a cabildear su paquete de estímulo. Es una buena decisión. Aún tiene que asegurar los recursos para su propia plataforma contra-cíclica y definir su programa económico. Además, el verdadero escenario desde donde buscará proyectar su liderazgo ya está programado para abril, cuando se reúna en Londres con el G20 e invitados especiales.
Lo destacado no fue que el presidente Obama haya decidido saltarse el Foro, sino la persona que designó para representarlo ante la élite mundial. El candidato natural era Larry Summers, su consejero económico, pero Obama envió a Valerie Jarret, una poderosa asesora que está entre sus amistades más cercanas.
La presencia de Jarret en el Foro servirá para transmitirle a Obama el “pulso” del ambiente que impera, así como para medir la resonancia de las propuestas —y las previsibles quejas contra Estados Unidos— de actores clave, en particular China y Rusia, cuyos representantes precisamente darán los discursos inaugurales.
Ahí es donde radica el valor del Foro que se realiza en Davos este año, y la decisión de Obama debería servir de referencia al presidente Calderón. Sin duda, es importante que el mandatario mexicano acuda a Davos y haga un esfuerzo para presentar las ventajas que “todavía” ofrece nuestro país como destino para la inversión. Pero, desafortunadamente, lo más probable es que los programas contra-cíclicos de México reciban un merecido aplauso, y una atención marginal.
En cambio, lo que sí puede recibir una mayor atención, son los planes del gobierno mexicano para “revisar” los aspectos laborales y ambientales del TLC con la nueva administración Obama, al igual que los argumentos para contrarrestar la percepción de que México está en camino de convertirse en un Estado fallido.
El próximo sábado, 20 ministros de comercio y, por separado, otros 50 ó 60 secretarios, van a realizar sesiones a puerta cerrada para discutir cómo evitar que el proteccionismo se convierta en una de las respuestas preferidas a la crisis. Ahí es donde México debería sembrar la semilla de su propia narrativa. Debemos enmarcar el combate a cualquier intento estadounidense de imponer restricciones comerciales en un contexto más amplio, y contar con el respaldo de la comunidad internacional en caso de que la revisión del TLC derive en una posible controversia que contamine toda la relación bilateral.
Por otra parte, para que las posturas de México encuentren una recepción favorable, el presidente Calderón primero tendrá que despejar las dudas que se han propagado sobre la capacidad de nuestro país para mantener su viabilidad ante el reto del combate a la delincuencia organizada. Con razón, o sin ella, el hecho es que México ya ha sido “etiquetado” como un país en proceso de sufrir una falla sistémica. Revertir esa percepción es una tarea titánica, y mejorar nuestra imagen en el exterior exigirá mucho más que algunas conferencias de prensa con corresponsales extranjeros.
El Foro Económico Mundial de Davos es apenas la primera parada de una larga serie de eventos internacionales durante el año. México tendrá que afinar sus mensajes, defender sus intereses, definir propuestas que ayuden a contener el impacto de la crisis, y promover iniciativas que refuercen las bases de todo el sistema de gobernabilidad internacional.
Como ya lo hemos apuntado antes, el Foro fue determinante hace ya casi dos décadas para que el entonces presidente Salinas leyera atinadamente el panorama global, y se convenciera de que la mejor opción para México era negociar el TLC con Estados Unidos y Canadá. Esperemos que, ahora, el presidente Calderón también descifre en Davos correctamente las señales del complejo entorno que experimentamos, y tome las decisiones más favorables para nuestro país.
Wednesday, January 14, 2009
Next?
Javier Treviño Cantú
El Norte
14 de enero de 2009
A juzgar por las imágenes y lo que trascendió en los medios sobre el primer encuentro entre el presidente Calderón y el presidente electo Obama, el siguiente capítulo de la relación bilateral México-Estados Unidos no será sencillo.
De inicio, hubo un claro contraste en el manejo de las expectativas. No se le pueden escatimar méritos a la Embajada mexicana en Washington, por su habilidad para concretar una cita que apenas unos días antes parecía prácticamente imposible. Pero su promoción como un logró casi histórico en nuestro país, hizo que se sobredimensionara. En cambio, la oficina del presidente electo Obama sólo la enmarcó como parte de una larga tradición, con lo cual le dio un carácter prácticamente rutinario al singular evento.
Además, como ya se ha advertido, el presidente mexicano parece haber acudido a la reunión sin un propósito central. Más allá del primer contacto con su contraparte estadounidense, y de poner a México en el radar de la entrante administración Obama, sigue sin quedar claro qué es lo que quiere México de la relación con el vecino.
Esta falta de enfoque quizás sea parcialmente responsable por la confusión informativa que generó la breve conferencia de prensa que ofrecieron Calderón y Obama en el Instituto Cultural Mexicano. Cada uno destacó aspectos distintos y, como no respondieron preguntas, los medios interpretaron lo que pudieron.
Aparte de las declaraciones “políticamente correctas” sobre la disposición para cooperar en los temas comunes, llamó la atención lo que no dijeron. En especial, fue notoria la decisión del presidente Calderón de no referirse al tema migratorio, reflejando quizás las pocas probabilidades que percibe de que Obama dedique parte de su capital político a buscar una reforma integral de su fallido sistema migratorio.
Lo que causó mayor confusión fue la falta de un pronunciamiento coincidente sobre uno de los más temas delicados: la “revisión” del TLC de América del Norte. Así, mientras un despacho de la agencia AP señalaba que Obama dijo que sí había discutido el tratado, otro de Reuters indicaba que no lo había mencionado.
Ante las versiones contradictorias, la oficina del presidente electo se apresuró a poner los puntos sobre las íes. En un comunicado, precisó que Obama había reiterado su “compromiso de mejorar el TLC para reforzar las medidas laborales y ambientales”, y que propuso establecer un “grupo consultivo” para revisar el tratado y otros temas relacionados con energía e infraestructura. Al día siguiente, reunido con George Bush, el presidente Calderón confirmó la disposición de su gobierno a “construir, sobre la base de lo ya logrado en el Tratado de Libre Comercio, para poder enfocarnos a mejorar los beneficios del intercambio comercial, a revisar, como siempre hemos estado dispuestos, aspectos que preocupan no sólo a los americanos, sino a los mexicanos, como son los aspectos laborales y ambientales”.
Por último, lo que muestra el difícil trasfondo en el que se conducirá la relación, fue la filtración de un supuesto reporte del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas estadounidenses. En éste, se mencionaría que Pakistán y México son dos naciones en riesgo de sufrir “un colapso rápido y repentino”. Es decir, de convertirse en Estados fallidos. Con ello, se advierte a México que se prevé un escenario catastrófico en nuestro país, lo cual necesariamente conduciría a una intervención militar para contener un riesgo mayúsculo a su seguridad nacional.
En este complejo contexto, lo único que queda claro es que la visita del presidente Calderón a Washington apenas marca el inicio de una etapa turbulenta en la relación. Ahora, lo más importante es lo que sigue. Y la agenda para el gobierno mexicano es clara:
1. Deberá mantener abierto un canal directo de comunicación con los super-asesores de Obama en la Casa Blanca.
2. Ante una improbable reforma migratoria, tendrá que esforzase para proteger mejor los derechos de los compatriotas que ya están allá, y en especial para descriminalizar el fenómeno migratorio.
3. Necesitará estar muy bien preparado para “revisar” el TLC con los socios estadounidenses, y concertar posiciones con un gobierno canadiense distraído pero poco receptivo a nuestras necesidades.
4. Dados los planes de contingencia militar y los limitados recursos de la Iniciativa Mérida, deberá asegurar que la administración Obama cumpla el compromiso de combatir el trasiego de armas hacia nuestro país, insistir en que adopten enfoques innovadores para reducir el consumo de drogas, y trabajar con el Congreso estadounidense para ampliar los términos de la cooperación sobre seguridad.
5. Después de la oferta para establecer una alianza estratégica, México deberá demostrar si este planteamiento fue únicamente un recurso retórico, o si buscará institucionalizar la ASPAN para transparentar y darle continuidad a un espacio de diálogo que ha resultado demasiado controvertido.
6. Retomando lo que sostuvo Enrique Krauze en la reciente reunión de embajadores y cónsules, el gobierno mexicano deberá articular una amplia estrategia de comunicación y cabildeo, que permita mejorar nuestra maltrecha imagen para incidir en la opinión pública del vecino país y, por esta vía, en las decisiones que se tomen en Washington. De otra manera, únicamente seguiremos siendo un vecino problemático, y nunca un auténtico “aliado estratégico”.
El Norte
14 de enero de 2009
A juzgar por las imágenes y lo que trascendió en los medios sobre el primer encuentro entre el presidente Calderón y el presidente electo Obama, el siguiente capítulo de la relación bilateral México-Estados Unidos no será sencillo.
De inicio, hubo un claro contraste en el manejo de las expectativas. No se le pueden escatimar méritos a la Embajada mexicana en Washington, por su habilidad para concretar una cita que apenas unos días antes parecía prácticamente imposible. Pero su promoción como un logró casi histórico en nuestro país, hizo que se sobredimensionara. En cambio, la oficina del presidente electo Obama sólo la enmarcó como parte de una larga tradición, con lo cual le dio un carácter prácticamente rutinario al singular evento.
Además, como ya se ha advertido, el presidente mexicano parece haber acudido a la reunión sin un propósito central. Más allá del primer contacto con su contraparte estadounidense, y de poner a México en el radar de la entrante administración Obama, sigue sin quedar claro qué es lo que quiere México de la relación con el vecino.
Esta falta de enfoque quizás sea parcialmente responsable por la confusión informativa que generó la breve conferencia de prensa que ofrecieron Calderón y Obama en el Instituto Cultural Mexicano. Cada uno destacó aspectos distintos y, como no respondieron preguntas, los medios interpretaron lo que pudieron.
Aparte de las declaraciones “políticamente correctas” sobre la disposición para cooperar en los temas comunes, llamó la atención lo que no dijeron. En especial, fue notoria la decisión del presidente Calderón de no referirse al tema migratorio, reflejando quizás las pocas probabilidades que percibe de que Obama dedique parte de su capital político a buscar una reforma integral de su fallido sistema migratorio.
Lo que causó mayor confusión fue la falta de un pronunciamiento coincidente sobre uno de los más temas delicados: la “revisión” del TLC de América del Norte. Así, mientras un despacho de la agencia AP señalaba que Obama dijo que sí había discutido el tratado, otro de Reuters indicaba que no lo había mencionado.
Ante las versiones contradictorias, la oficina del presidente electo se apresuró a poner los puntos sobre las íes. En un comunicado, precisó que Obama había reiterado su “compromiso de mejorar el TLC para reforzar las medidas laborales y ambientales”, y que propuso establecer un “grupo consultivo” para revisar el tratado y otros temas relacionados con energía e infraestructura. Al día siguiente, reunido con George Bush, el presidente Calderón confirmó la disposición de su gobierno a “construir, sobre la base de lo ya logrado en el Tratado de Libre Comercio, para poder enfocarnos a mejorar los beneficios del intercambio comercial, a revisar, como siempre hemos estado dispuestos, aspectos que preocupan no sólo a los americanos, sino a los mexicanos, como son los aspectos laborales y ambientales”.
Por último, lo que muestra el difícil trasfondo en el que se conducirá la relación, fue la filtración de un supuesto reporte del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas estadounidenses. En éste, se mencionaría que Pakistán y México son dos naciones en riesgo de sufrir “un colapso rápido y repentino”. Es decir, de convertirse en Estados fallidos. Con ello, se advierte a México que se prevé un escenario catastrófico en nuestro país, lo cual necesariamente conduciría a una intervención militar para contener un riesgo mayúsculo a su seguridad nacional.
En este complejo contexto, lo único que queda claro es que la visita del presidente Calderón a Washington apenas marca el inicio de una etapa turbulenta en la relación. Ahora, lo más importante es lo que sigue. Y la agenda para el gobierno mexicano es clara:
1. Deberá mantener abierto un canal directo de comunicación con los super-asesores de Obama en la Casa Blanca.
2. Ante una improbable reforma migratoria, tendrá que esforzase para proteger mejor los derechos de los compatriotas que ya están allá, y en especial para descriminalizar el fenómeno migratorio.
3. Necesitará estar muy bien preparado para “revisar” el TLC con los socios estadounidenses, y concertar posiciones con un gobierno canadiense distraído pero poco receptivo a nuestras necesidades.
4. Dados los planes de contingencia militar y los limitados recursos de la Iniciativa Mérida, deberá asegurar que la administración Obama cumpla el compromiso de combatir el trasiego de armas hacia nuestro país, insistir en que adopten enfoques innovadores para reducir el consumo de drogas, y trabajar con el Congreso estadounidense para ampliar los términos de la cooperación sobre seguridad.
5. Después de la oferta para establecer una alianza estratégica, México deberá demostrar si este planteamiento fue únicamente un recurso retórico, o si buscará institucionalizar la ASPAN para transparentar y darle continuidad a un espacio de diálogo que ha resultado demasiado controvertido.
6. Retomando lo que sostuvo Enrique Krauze en la reciente reunión de embajadores y cónsules, el gobierno mexicano deberá articular una amplia estrategia de comunicación y cabildeo, que permita mejorar nuestra maltrecha imagen para incidir en la opinión pública del vecino país y, por esta vía, en las decisiones que se tomen en Washington. De otra manera, únicamente seguiremos siendo un vecino problemático, y nunca un auténtico “aliado estratégico”.
Tuesday, December 30, 2008
Visibilidad cero
Javier Treviño Cantú
El Norte
31 de diciembre de 2008
Después de todos los acontecimientos imprevistos que vivimos en 2008, nadie puede aventurarse a hacer la más mínima predicción de lo que nos tiene reservado el nuevo año que comienza.
Llegamos al 2009 en un entorno de incertidumbre extrema. La visibilidad es casi nula, y en ese contexto la toma de decisiones se dificulta enormemente. Necesitamos un buen radar. Como nunca antes, estar bien informados se convierte en una prioridad y, si bien no hay forma de anticipar lo que sucederá, sí es posible identificar algunos procesos que determinarán en buena medida lo que vaya ocurriendo durante el año.
A grandes rasgos, los acontecimientos de 2009 girarán en torno a cuatro temas:
1. La evolución de la crisis económica global. Hace un par de semanas, el prestigiado Instituto Internacional de Finanzas dio a conocer sus proyecciones de una desaceleración a nivel mundial, que afectará tanto a los países desarrollados como al resto de las economías emergentes. La forma en la que se logre estabilizar la situación dependerá de la eficacia de los programas que aplique cada gobierno.
El más trascendente, sin duda, será el de Estados Unidos. El equipo del presidente electo Obama ya ha anticipado que su paquete inicial de estímulo económico rondará los $850 mil millones de dólares. Es una cifra monstruosa, que busca generar un efecto psicológico para despejar dudas acerca de su compromiso, pero el truco estará en la capacidad de ejecutar los proyectos de gasto con eficacia y rapidez. Obama y su equipo recibirán un bautizo de fuego, desde el primer minuto que estén a cargo de las riendas de una economía que sigue siendo fundamental para el resto del mundo.
2. La definición de nuevos paradigmas sobre las funciones económicas del Estado. Por una parte, es evidente que el Estado debe asumir un papel más activo para regular con mayor eficacia los mercados, fortalecer los motores que impulsen el desarrollo económico y, lo más importante, brindar apoyos a los millones de personas que se verán afectadas por la recesión global y los ajustes estructurales subsecuentes. Por la otra, no existe un consenso sobre la forma de alcanzar equilibrios mucho más sólidos, y ahí se centrará buena parte de la discusión.
Estamos en un campo minado. El movimiento pendular hacia una presencia más activa de los gobiernos frente a los mercados puede tomar formas contraproducentes. La reactivación de políticas comerciales proteccionistas, o de políticas industriales para favorecer a “campeones nacionales”, podría desatar una competencia mercantilista que desarticule todo el sistema económico global.
3. Los reacomodos geopolíticos, a raíz de la crisis económica y la llegada del nuevo gobierno estadounidense que encabezará Barack Obama. Los avances logrados por diversas potencias emergentes gracias al crecimiento económico global, junto con el descrédito de las políticas unilaterales seguidas por el gobierno Bush, les han permitido ganar terreno en la competencia geopolítica e ideológica con la única superpotencia. A pesar de que contarán con menos recursos para desarrollar agresivas —y costosas— políticas exteriores por la desaceleración y factores como la caída en los precios del petróleo, será difícil que estos países cedan los espacios ocupados sin chistar.
Ahora, el tablero geopolítico mundial empezará a reacomodarse de nuevo con la llegada de Obama. Las decisiones que tome para atender los numerosos pendientes que le deja la administración Bush —desde la salida de Irak hasta la entrada a nuestro país vía la Iniciativa Mérida— y establecer su propia agenda, irán marcando la pauta y los márgenes de maniobra, tanto para sus contrincantes más destacados —China, Rusia, Irán, Venezuela—, como para sus presuntos aliados, incluyendo a México.
4. El grado de atención a una amplia agenda global. Uno de los principales espacios donde se reflejará la renovada competencia geopolítica será en el ámbito multilateral, empezando por la forma de encarar la primera gran crisis económica de la globalización contemporánea.
Hasta ahora, las respuestas han sido de carácter casi exclusivamente nacional. En los primeros meses de 2009 veremos si los resultados de las distintas acciones gubernamentales permiten reducir el sentido de urgencia y posponer indefinidamente los cambios de fondo que demanda el sistema financiero internacional, o si durante la próxima reunión del G20 —inicialmente programada para realizarse en abril—, un agravamiento generalizado de la situación hará que finalmente la comunidad de naciones se decida a plantear un auténtico Bretton Woods 2.0.
Además de este tema central, el mundo también deberá dar respuestas concertadas a otra serie de asuntos urgentes, como el cambio climático, el combate al terrorismo y el genocidio, el desarrollo de fuentes energéticas renovables, la inseguridad alimentaria, y dos cuestiones que no han recibido una atención tan amplia, pero que son de importancia estratégica para México: el ordenamiento de los flujos laborales migratorios y el combate al crimen organizado transnacional.
Así, en 2009 veremos cómo se desenvuelve cada país en un escenario turbulento de crisis sistémica y, lo único seguro, es que debemos estar preparados para lo inesperado.
El Norte
31 de diciembre de 2008
Después de todos los acontecimientos imprevistos que vivimos en 2008, nadie puede aventurarse a hacer la más mínima predicción de lo que nos tiene reservado el nuevo año que comienza.
Llegamos al 2009 en un entorno de incertidumbre extrema. La visibilidad es casi nula, y en ese contexto la toma de decisiones se dificulta enormemente. Necesitamos un buen radar. Como nunca antes, estar bien informados se convierte en una prioridad y, si bien no hay forma de anticipar lo que sucederá, sí es posible identificar algunos procesos que determinarán en buena medida lo que vaya ocurriendo durante el año.
A grandes rasgos, los acontecimientos de 2009 girarán en torno a cuatro temas:
1. La evolución de la crisis económica global. Hace un par de semanas, el prestigiado Instituto Internacional de Finanzas dio a conocer sus proyecciones de una desaceleración a nivel mundial, que afectará tanto a los países desarrollados como al resto de las economías emergentes. La forma en la que se logre estabilizar la situación dependerá de la eficacia de los programas que aplique cada gobierno.
El más trascendente, sin duda, será el de Estados Unidos. El equipo del presidente electo Obama ya ha anticipado que su paquete inicial de estímulo económico rondará los $850 mil millones de dólares. Es una cifra monstruosa, que busca generar un efecto psicológico para despejar dudas acerca de su compromiso, pero el truco estará en la capacidad de ejecutar los proyectos de gasto con eficacia y rapidez. Obama y su equipo recibirán un bautizo de fuego, desde el primer minuto que estén a cargo de las riendas de una economía que sigue siendo fundamental para el resto del mundo.
2. La definición de nuevos paradigmas sobre las funciones económicas del Estado. Por una parte, es evidente que el Estado debe asumir un papel más activo para regular con mayor eficacia los mercados, fortalecer los motores que impulsen el desarrollo económico y, lo más importante, brindar apoyos a los millones de personas que se verán afectadas por la recesión global y los ajustes estructurales subsecuentes. Por la otra, no existe un consenso sobre la forma de alcanzar equilibrios mucho más sólidos, y ahí se centrará buena parte de la discusión.
Estamos en un campo minado. El movimiento pendular hacia una presencia más activa de los gobiernos frente a los mercados puede tomar formas contraproducentes. La reactivación de políticas comerciales proteccionistas, o de políticas industriales para favorecer a “campeones nacionales”, podría desatar una competencia mercantilista que desarticule todo el sistema económico global.
3. Los reacomodos geopolíticos, a raíz de la crisis económica y la llegada del nuevo gobierno estadounidense que encabezará Barack Obama. Los avances logrados por diversas potencias emergentes gracias al crecimiento económico global, junto con el descrédito de las políticas unilaterales seguidas por el gobierno Bush, les han permitido ganar terreno en la competencia geopolítica e ideológica con la única superpotencia. A pesar de que contarán con menos recursos para desarrollar agresivas —y costosas— políticas exteriores por la desaceleración y factores como la caída en los precios del petróleo, será difícil que estos países cedan los espacios ocupados sin chistar.
Ahora, el tablero geopolítico mundial empezará a reacomodarse de nuevo con la llegada de Obama. Las decisiones que tome para atender los numerosos pendientes que le deja la administración Bush —desde la salida de Irak hasta la entrada a nuestro país vía la Iniciativa Mérida— y establecer su propia agenda, irán marcando la pauta y los márgenes de maniobra, tanto para sus contrincantes más destacados —China, Rusia, Irán, Venezuela—, como para sus presuntos aliados, incluyendo a México.
4. El grado de atención a una amplia agenda global. Uno de los principales espacios donde se reflejará la renovada competencia geopolítica será en el ámbito multilateral, empezando por la forma de encarar la primera gran crisis económica de la globalización contemporánea.
Hasta ahora, las respuestas han sido de carácter casi exclusivamente nacional. En los primeros meses de 2009 veremos si los resultados de las distintas acciones gubernamentales permiten reducir el sentido de urgencia y posponer indefinidamente los cambios de fondo que demanda el sistema financiero internacional, o si durante la próxima reunión del G20 —inicialmente programada para realizarse en abril—, un agravamiento generalizado de la situación hará que finalmente la comunidad de naciones se decida a plantear un auténtico Bretton Woods 2.0.
Además de este tema central, el mundo también deberá dar respuestas concertadas a otra serie de asuntos urgentes, como el cambio climático, el combate al terrorismo y el genocidio, el desarrollo de fuentes energéticas renovables, la inseguridad alimentaria, y dos cuestiones que no han recibido una atención tan amplia, pero que son de importancia estratégica para México: el ordenamiento de los flujos laborales migratorios y el combate al crimen organizado transnacional.
Así, en 2009 veremos cómo se desenvuelve cada país en un escenario turbulento de crisis sistémica y, lo único seguro, es que debemos estar preparados para lo inesperado.
Wednesday, December 17, 2008
Hora de definiciones
Javier Treviño Cantú
El Norte
17 de diciembre de 2008
México cierra el año con grandes retos diplomáticos. Hacia el sur, aparece marginado por el creciente liderazgo de Brasil. Hacia el norte, se le percibe igualmente excluido de la América del Norte anglófona, con pocas posibilidades de impulsar una mayor integración regional sobre las bases de un TLC cuestionado por la entrante administración Obama. México no tiene muchas opciones, y el tiempo para tomar decisiones que lo proyecten como un actor internacional aún más relevante se agota.
Hoy termina la primera Cumbre de América Latina y el Caribe que se realiza en Brasil. La reunión representa la culminación de un año extraordinario para el gigante sudamericano. El presidente Lula ha transformado las crisis (financiero-económica, alimentaria, ambiental y energética) en una oportunidad para consolidar la percepción internacional de Brasil como la única gran potencia emergente de Latinoamérica.
Por supuesto, no todo ha sido fácil. Los esfuerzos orientados a consolidar el liderazgo regional de Lula han generado roces con varios de sus vecinos. En este contexto, mandatarios como el presidente de Paraguay, Fernando Lugo, han pedido que México “asuma con más fuerza el protagonismo que le corresponde”.
El panorama hacia el norte tampoco luce promisorio. Si bien el presidente electo Obama ha nominado para formar parte de su gabinete a varias personalidades familiarizadas con la agenda mexicana, la posibilidad de que nombre a Xavier Becerra como representante comercial genera preocupación. Becerra ha declarado que se arrepintió de votar a favor del TLC de América del Norte, lo cual indica que existe la posibilidad de que el próximo gobierno estadounidense proceda a “revisar” el tratado.
El TLC ha cumplido sus objetivos: en 15 años, el comercio entre México, Estados Unidos y Canadá se triplicó, mientras que los flujos regionales de inversión directa se multiplicaron por cuatro. Sin embargo, el TLC ya alcanzó su límite. La única ventaja competitiva que sigue vigente es nuestra cercanía geográfica, pero la desaprovechamos.
No existe un proyecto viable para construir sobre el TLC una nueva etapa de integración más eficiente. De hecho, en Canadá algunos sectores consideran al TLC como un lastre para su propia relación bilateral con Estados Unidos, y el anuncio de que buscará negociar un acuerdo con la Unión Europea que contemple plena movilidad laboral, indica que sus miras ya están puestas en otro horizonte.
México corre el riesgo de quedar cada vez más aislado, tanto de Latinoamérica, como de Norteamérica. Sus opciones parecerían reducirse a tres:
1) Replantear a fondo su presencia en alguna de los dos polos. En el caso de Sudamérica, eso significaría incorporarnos a Unasur con el apoyo de países como Chile —expresado públicamente hace poco en las páginas de Reforma por su embajador Germán Guerrero Pavez—, y convertir las diferencias entre Brasil y su bloque de países opositores en una oportunidad para incrementar nuestra presencia. En el caso de Norteamérica, implicaría tomar la revisión del TLC como bandera propia, para impulsar una ruta que conduzca a una relación integral más equilibrada.
2) Concentrar todos sus recursos disponibles (diplomáticos, financieros, tecnológicos, culturales) en fortalecer su papel como potencia regional en Centroamérica. Esta relación es clave para combatir al crimen organizado y generar condiciones que contribuyan a la estabilidad social del área. En todo caso, no sería una tarea fácil: la Unión Europea, China, Rusia, Venezuela, Brasil y hasta Irán—sin mencionar a Estados Unidos— compiten por la atención de los distintos países centroamericanos.
3) Mantener el status quo. Desafortunadamente, quizás sea la opción más probable. El gobierno mexicano se muestra satisfecho con sus avances graduales, y parece dispuesto a apostar por la “continuidad” de la actual agenda bilateral con Estados Unidos, por la aplicación de un plan Puebla-Bogotá de alcances limitados, y por una presencia relativamente marginal en Sudamérica que le evite mayores confrontaciones.
La tercera opción sería una apuesta de alto riesgo, porque 2009 será un año de definiciones. En un entorno de cambio estructural, “nadar de muertito” parecería ser la peor decisión.
Dada la probabilidad de una reunión entre el presidente Calderón y Barack Obama antes de su toma de posesión, el gobierno mexicano ya debe contar con un plan para que México reciba atención prioritaria por causas distintas a su categorización como un “Estado fallido”. El concepto de la “corresponsabilidad” ha demostrado su utilidad, pero es momento de definir qué quiere México de su relación con Estados Unidos para ir más allá de los lugares comunes.
A pesar de los buenos deseos expresados por reconocidos expertos y personalidades como Carlos Fuentes, las posibilidades de un “eje México-Brasil” son muy reducidas. Los dos países son competidores naturales, y si bien existe un amplio espacio para la cooperación, o México le disputa con inteligencia y decisión el liderazgo regional e internacional, o simplemente Brasil se reafirmará como la única potencia emergente que represente a Latinoamérica en los foros donde se tomarán las decisiones para atender la urgente agenda global. Llegó la hora de las definiciones.
El Norte
17 de diciembre de 2008
México cierra el año con grandes retos diplomáticos. Hacia el sur, aparece marginado por el creciente liderazgo de Brasil. Hacia el norte, se le percibe igualmente excluido de la América del Norte anglófona, con pocas posibilidades de impulsar una mayor integración regional sobre las bases de un TLC cuestionado por la entrante administración Obama. México no tiene muchas opciones, y el tiempo para tomar decisiones que lo proyecten como un actor internacional aún más relevante se agota.
Hoy termina la primera Cumbre de América Latina y el Caribe que se realiza en Brasil. La reunión representa la culminación de un año extraordinario para el gigante sudamericano. El presidente Lula ha transformado las crisis (financiero-económica, alimentaria, ambiental y energética) en una oportunidad para consolidar la percepción internacional de Brasil como la única gran potencia emergente de Latinoamérica.
Por supuesto, no todo ha sido fácil. Los esfuerzos orientados a consolidar el liderazgo regional de Lula han generado roces con varios de sus vecinos. En este contexto, mandatarios como el presidente de Paraguay, Fernando Lugo, han pedido que México “asuma con más fuerza el protagonismo que le corresponde”.
El panorama hacia el norte tampoco luce promisorio. Si bien el presidente electo Obama ha nominado para formar parte de su gabinete a varias personalidades familiarizadas con la agenda mexicana, la posibilidad de que nombre a Xavier Becerra como representante comercial genera preocupación. Becerra ha declarado que se arrepintió de votar a favor del TLC de América del Norte, lo cual indica que existe la posibilidad de que el próximo gobierno estadounidense proceda a “revisar” el tratado.
El TLC ha cumplido sus objetivos: en 15 años, el comercio entre México, Estados Unidos y Canadá se triplicó, mientras que los flujos regionales de inversión directa se multiplicaron por cuatro. Sin embargo, el TLC ya alcanzó su límite. La única ventaja competitiva que sigue vigente es nuestra cercanía geográfica, pero la desaprovechamos.
No existe un proyecto viable para construir sobre el TLC una nueva etapa de integración más eficiente. De hecho, en Canadá algunos sectores consideran al TLC como un lastre para su propia relación bilateral con Estados Unidos, y el anuncio de que buscará negociar un acuerdo con la Unión Europea que contemple plena movilidad laboral, indica que sus miras ya están puestas en otro horizonte.
México corre el riesgo de quedar cada vez más aislado, tanto de Latinoamérica, como de Norteamérica. Sus opciones parecerían reducirse a tres:
1) Replantear a fondo su presencia en alguna de los dos polos. En el caso de Sudamérica, eso significaría incorporarnos a Unasur con el apoyo de países como Chile —expresado públicamente hace poco en las páginas de Reforma por su embajador Germán Guerrero Pavez—, y convertir las diferencias entre Brasil y su bloque de países opositores en una oportunidad para incrementar nuestra presencia. En el caso de Norteamérica, implicaría tomar la revisión del TLC como bandera propia, para impulsar una ruta que conduzca a una relación integral más equilibrada.
2) Concentrar todos sus recursos disponibles (diplomáticos, financieros, tecnológicos, culturales) en fortalecer su papel como potencia regional en Centroamérica. Esta relación es clave para combatir al crimen organizado y generar condiciones que contribuyan a la estabilidad social del área. En todo caso, no sería una tarea fácil: la Unión Europea, China, Rusia, Venezuela, Brasil y hasta Irán—sin mencionar a Estados Unidos— compiten por la atención de los distintos países centroamericanos.
3) Mantener el status quo. Desafortunadamente, quizás sea la opción más probable. El gobierno mexicano se muestra satisfecho con sus avances graduales, y parece dispuesto a apostar por la “continuidad” de la actual agenda bilateral con Estados Unidos, por la aplicación de un plan Puebla-Bogotá de alcances limitados, y por una presencia relativamente marginal en Sudamérica que le evite mayores confrontaciones.
La tercera opción sería una apuesta de alto riesgo, porque 2009 será un año de definiciones. En un entorno de cambio estructural, “nadar de muertito” parecería ser la peor decisión.
Dada la probabilidad de una reunión entre el presidente Calderón y Barack Obama antes de su toma de posesión, el gobierno mexicano ya debe contar con un plan para que México reciba atención prioritaria por causas distintas a su categorización como un “Estado fallido”. El concepto de la “corresponsabilidad” ha demostrado su utilidad, pero es momento de definir qué quiere México de su relación con Estados Unidos para ir más allá de los lugares comunes.
A pesar de los buenos deseos expresados por reconocidos expertos y personalidades como Carlos Fuentes, las posibilidades de un “eje México-Brasil” son muy reducidas. Los dos países son competidores naturales, y si bien existe un amplio espacio para la cooperación, o México le disputa con inteligencia y decisión el liderazgo regional e internacional, o simplemente Brasil se reafirmará como la única potencia emergente que represente a Latinoamérica en los foros donde se tomarán las decisiones para atender la urgente agenda global. Llegó la hora de las definiciones.
Tuesday, December 02, 2008
Las lecciones de la elección
Javier Treviño Cantú
El Norte
3 de diciembre de 2008
Los partidos políticos mexicanos ya se están preparando para la elección del 2012, por lo que sus estrategas deberían considerar siete lecciones que nos ofrece la elección presidencial de Estados Unidos:
1) En política, no hay enemigo pequeño. Cuando Obama anunció su candidatura, pocos lo tomaron en serio. Políticamente hablando, era un desconocido a nivel nacional. No pertenecía a una dinastía política, y no tenía bases de apoyo significativas. Su falta de experiencia, nombre y raza lo hacían parecer inelegible. Por ello, Hillary Clinton y John McCain cometieron el error de subestimarlo.
2) Una buena organización es la base del éxito. McCain, un republicano “atípico”, recurrió a un grupo de asesores cercanos a Karl Rove, el arquitecto de las victorias de Bush en 2000 y 2004. El resultado fue una campaña plagada de contradicciones. Hillary se rodeó de los consultores demócratas más reconocidos, y cotizados. Le diseñaron una campaña tan tradicional y costosa que, además de perder, todavía debe millones de dólares. En cambio, Obama dirigió una campaña impecable. Gracias a la estrecha coordinación entre los estrategas encabezados por David Axelrod; los empresarios y voluntarios que se les unieron; y los consejeros de confianza, incluyendo a su esposa Michelle y mentores como Valerie Jarrett, Obama logró mantener una estricta disciplina que evitó filtraciones y mensajes contradictorios. Durante casi dos años, eso le dio una consistencia ejemplar a su discurso.
3) El mensajero es el mensaje. McCain buscó proyectarse como un republicano diferente, pero tuvo que cargar con el legado de Bush. Hillary intentó reafirmarse como una candidata con peso político propio, pero la sombra de su esposo, el ex presidente Clinton, hizo que muchos dudaran en re-elegir a una pareja presidencial. Obama literalmente encarnó su mensaje de cambio, lo cual hizo que fuera convincente.
4) Las campañas negativas tienen un impacto limitado. Los ataques contra McCain fueron más eficaces, porque tenían mayor sentido: representaba la continuidad de las políticas que condujeron a la guerra contra Irak y la crisis económica. Por el contrario, los intentos para descalificar a Obama por su origen, nombre y relación con personalidades controvertidas, resultaron contraproducentes.
5) La televisión sigue siendo básica. Las cifras lo dicen todo: más de 30 millones vieron el infomercial de 30 minutos estelarizado por Obama. Entre junio y octubre, Obama gastó cerca de 300 millones de dólares en difundir casi 420 mil anuncios, mientras que McCain dedicó 132 millones para transmitir 270 mil spots.
6) Los medios 2.0 ya son determinantes. Lo más novedoso de la reciente elección fue la capacidad de Obama y su equipo para darle un uso estratégico a Internet y la conectividad de banda ancha. YouTube se convirtió en un canal de comunicación directo, y en una plataforma para multiplicar esfuerzos creativos independientes. Algunos estudios indican que Obama sumó 6 veces más amigos en MySpace que McCain, y 5 veces más en Facebook. En su portal my.barackobama.com se registraron más de 1.5 millones de cuentas; se volvió un espacio no sólo de información y socialización, sino también de organización. Sus seguidores formaron más de 35 mil grupos de apoyo y realizaron 150 mil eventos relacionados con la campaña. Sobre todo, convirtió su sitio en una ventanilla multi-media para recaudar más de 700 millones de dólares provenientes de 3 millones de donantes. Con ello, Obama trascendió las barreras tradicionales de la política partidista para cambiar la forma de hacer campaña y, posiblemente, también de gobernar.
7) Los partidos se están quedando chicos. La lección más trascendente del triunfo de Obama fue que los partidos siguen siendo indispensables para obtener la nominación a la presidencia, alcanzar el triunfo y gobernar, pero ya no son suficientes. Los medios 2.0 permiten ir más allá de las bases políticas tradicionales. Obama tiene bases de datos con millones de direcciones y correos electrónicos de ciudadanos que pueden —y esperan— ser movilizados para poner en práctica el cambio prometido.
Esta forma de democracia participativa no sólo se está popularizando en Estados Unidos. En México vemos cómo se multiplican los movimientos “legítimos” para defender el petróleo, pelear por la dirigencia del PRD, o regresar a la arena política después de protagonizar videos recibiendo fajos de dólares con sus respectivas ligas.
Sin duda, contar con el apoyo directo de millones de ciudadanos puede ser un instrumento electoral y de gobierno muy poderoso. Sin embargo, no se puede perder de vista que también entraña un gran riesgo. Si ese movimiento ciudadano es olvidado por su candidato después de tomar el poder; si sus esperanzas de cambio no son satisfechas; o, peor aún, si su ideario es “traicionado” desde el gobierno, pude voltearse en contra y desatar una inestabilidad social de consecuencias incalculables.
Rumbo a la elección en México del 2012, los precandidatos que mejor aprovechen desde ahora el “modelo Obama 2.0” de movilización social tendrán una enorme ventaja, por el peso que seguirán ganando los electores jóvenes. Quedan tres años para comprobar si ese modelo también sirve para gobernar.
El Norte
3 de diciembre de 2008
Los partidos políticos mexicanos ya se están preparando para la elección del 2012, por lo que sus estrategas deberían considerar siete lecciones que nos ofrece la elección presidencial de Estados Unidos:
1) En política, no hay enemigo pequeño. Cuando Obama anunció su candidatura, pocos lo tomaron en serio. Políticamente hablando, era un desconocido a nivel nacional. No pertenecía a una dinastía política, y no tenía bases de apoyo significativas. Su falta de experiencia, nombre y raza lo hacían parecer inelegible. Por ello, Hillary Clinton y John McCain cometieron el error de subestimarlo.
2) Una buena organización es la base del éxito. McCain, un republicano “atípico”, recurrió a un grupo de asesores cercanos a Karl Rove, el arquitecto de las victorias de Bush en 2000 y 2004. El resultado fue una campaña plagada de contradicciones. Hillary se rodeó de los consultores demócratas más reconocidos, y cotizados. Le diseñaron una campaña tan tradicional y costosa que, además de perder, todavía debe millones de dólares. En cambio, Obama dirigió una campaña impecable. Gracias a la estrecha coordinación entre los estrategas encabezados por David Axelrod; los empresarios y voluntarios que se les unieron; y los consejeros de confianza, incluyendo a su esposa Michelle y mentores como Valerie Jarrett, Obama logró mantener una estricta disciplina que evitó filtraciones y mensajes contradictorios. Durante casi dos años, eso le dio una consistencia ejemplar a su discurso.
3) El mensajero es el mensaje. McCain buscó proyectarse como un republicano diferente, pero tuvo que cargar con el legado de Bush. Hillary intentó reafirmarse como una candidata con peso político propio, pero la sombra de su esposo, el ex presidente Clinton, hizo que muchos dudaran en re-elegir a una pareja presidencial. Obama literalmente encarnó su mensaje de cambio, lo cual hizo que fuera convincente.
4) Las campañas negativas tienen un impacto limitado. Los ataques contra McCain fueron más eficaces, porque tenían mayor sentido: representaba la continuidad de las políticas que condujeron a la guerra contra Irak y la crisis económica. Por el contrario, los intentos para descalificar a Obama por su origen, nombre y relación con personalidades controvertidas, resultaron contraproducentes.
5) La televisión sigue siendo básica. Las cifras lo dicen todo: más de 30 millones vieron el infomercial de 30 minutos estelarizado por Obama. Entre junio y octubre, Obama gastó cerca de 300 millones de dólares en difundir casi 420 mil anuncios, mientras que McCain dedicó 132 millones para transmitir 270 mil spots.
6) Los medios 2.0 ya son determinantes. Lo más novedoso de la reciente elección fue la capacidad de Obama y su equipo para darle un uso estratégico a Internet y la conectividad de banda ancha. YouTube se convirtió en un canal de comunicación directo, y en una plataforma para multiplicar esfuerzos creativos independientes. Algunos estudios indican que Obama sumó 6 veces más amigos en MySpace que McCain, y 5 veces más en Facebook. En su portal my.barackobama.com se registraron más de 1.5 millones de cuentas; se volvió un espacio no sólo de información y socialización, sino también de organización. Sus seguidores formaron más de 35 mil grupos de apoyo y realizaron 150 mil eventos relacionados con la campaña. Sobre todo, convirtió su sitio en una ventanilla multi-media para recaudar más de 700 millones de dólares provenientes de 3 millones de donantes. Con ello, Obama trascendió las barreras tradicionales de la política partidista para cambiar la forma de hacer campaña y, posiblemente, también de gobernar.
7) Los partidos se están quedando chicos. La lección más trascendente del triunfo de Obama fue que los partidos siguen siendo indispensables para obtener la nominación a la presidencia, alcanzar el triunfo y gobernar, pero ya no son suficientes. Los medios 2.0 permiten ir más allá de las bases políticas tradicionales. Obama tiene bases de datos con millones de direcciones y correos electrónicos de ciudadanos que pueden —y esperan— ser movilizados para poner en práctica el cambio prometido.
Esta forma de democracia participativa no sólo se está popularizando en Estados Unidos. En México vemos cómo se multiplican los movimientos “legítimos” para defender el petróleo, pelear por la dirigencia del PRD, o regresar a la arena política después de protagonizar videos recibiendo fajos de dólares con sus respectivas ligas.
Sin duda, contar con el apoyo directo de millones de ciudadanos puede ser un instrumento electoral y de gobierno muy poderoso. Sin embargo, no se puede perder de vista que también entraña un gran riesgo. Si ese movimiento ciudadano es olvidado por su candidato después de tomar el poder; si sus esperanzas de cambio no son satisfechas; o, peor aún, si su ideario es “traicionado” desde el gobierno, pude voltearse en contra y desatar una inestabilidad social de consecuencias incalculables.
Rumbo a la elección en México del 2012, los precandidatos que mejor aprovechen desde ahora el “modelo Obama 2.0” de movilización social tendrán una enorme ventaja, por el peso que seguirán ganando los electores jóvenes. Quedan tres años para comprobar si ese modelo también sirve para gobernar.
Tuesday, November 18, 2008
El futuro de las Américas
Javier Treviño Cantú
El Norte
19 de noviembre de 2008
El pasado fin de semana participé en un foro de análisis por los primeros 25 años del Instituto de las Américas. Asociado a la Universidad de California en San Diego, se fundó en 1983 para promover mayores esfuerzos de cooperación basados en un diálogo constructivo entre funcionarios, empresarios y académicos de las diversas “Américas”.
La discusión giró en torno a dos grandes temas: la forma en que América Latina ha evolucionado en este último cuarto de siglo y los retos que enfrenta, así como el panorama para el futuro de las relaciones ante la llegada de la próxima administración estadounidense que encabezará el presidente Obama.
El ex-embajador y director del Instituto, Jeffrey Davidow, reseñó los avances políticos y sociales de Latinoamérica. Destacó la forma en que un creciente número de ciudadanos se relacionan con sus gobiernos en términos distintos a los del pasado, por logros como las leyes de transparencia y acceso a la información. Sin embargo, también se advirtió que, en muchos sentidos, los ideales de libertad y democracia siguen siendo simples aspiraciones.
El reto fundamental es mejorar la calidad de la democracia. En general, como lo muestran los indicadores del Latinobarómetro —publicados por The Economist la semana anterior—, el apoyo en la región a los sistemas de gobierno democráticos está creciendo, pero en muchos países existe una frustración por su incapacidad para producir avances más rápidos y tangibles.
Según el Latinobarómetro, eso hace que se siga idealizando a líderes fuertes, que le “resuelvan” sus problemas al ciudadano. En ese sentido, el riesgo es que ocurra una regresión hacia gobiernos autoritarios, que lleguen por la vía electoral y traten de mantenerse indefinidamente en el poder cambiando las reglas constitucionales.
Una posible respuesta a ese reto estructural, está en reforzar las bases locales de gobierno, mediante administraciones eficientes, alianzas público-privadas y una mayor participación ciudadana. Al menos en el caso de México, el diagnóstico parece certero: para fortalecer nuestra democracia, habría que empezar por extender los periodos de los gobiernos municipales, reforzar su captación directa de ingresos tributarios, y dotarlos de facultades legales para aplicar soluciones locales a sus problemas específicos.
El segundo gran reto de Latinoamérica es su baja competitividad. A pesar de los logros relativos en los últimos años, las economías de la región todavía son muy vulnerables a los impactos externos. En buena medida, siguen siendo exportadoras de productos con poco valor agregado, presentan grandes rezagos en infraestructura, y cuentan con sistemas educativos deficientes e instituciones débiles.
Al igual que en el terreno político, lo que se necesita es mejorar la calidad del crecimiento económico. Para ello, es clave aplicar el Estado de Derecho, adoptar nuevos esquemas educativos, y fomentar una colaboración entre gobiernos, empresas y universidades, sobre la que se pueda construir una auténtica cultura de competitividad.
Inevitablemente, también se discutió el efecto de la crisis mundial. El ex-presidente Ernesto Zedillo se encargó de resaltar la necesidad de no caer en tentaciones proteccionistas y sí, en cambio, de ampliar la integración a la economía global.
Por otra parte, se señaló que el fin de la Guerra Fría y la Unión Soviética hicieron que Latinoamérica desapareciera del radar de la política exterior estadounidense. Ahora, ante la agresiva presencia en la región de Rusia, China, Irán, e incluso la Unión Europea, quizás los Estados Unidos se verán forzados a dedicar más atención a sus vecinos.
Para James Stavridis, el almirante que dirige el Comando Sur de los Estados Unidos, lo primero es erradicar de cada funcionario estadounidense la idea de que Latinoamérica es el “patio trasero” de la superpotencia. Ante el crecimiento de la población de origen latino en ese país, los destinos de todo el continente están más entrelazados que nunca, y la única forma de prosperar juntos, es trabajando juntos.
Mack McLarty —quien fuera jefe de gabinete en la Casa Blanca durante la administración Clinton y uno de los impulsores de la Cumbre de las Américas— reconoció que la región tal vez no será prioritaria al inicio del nuevo gobierno, pero que seguramente la administración demócrata buscará darle un enfoque más serio a sus políticas, particularmente en tres áreas: comercio, migración y energía.
McLarty no fue muy optimista sobre la posibilidad de una reforma migratoria integral durante el primer año de la administración Obama. En cambio, le restó importancia a las supuestas tendencias proteccionistas del demócrata, señalando que el TLC de América del Norte no se verá afectado en forma significativa. McLarty es una persona cercana al círculo de colaboradores que rodean al presidente electo, por lo que ojalá tenga razón.
En suma, las conclusiones del foro fueron que América Latina sigue siendo vulnerable, pero que cuenta con mejores bases que antes para mejorar la calidad de sus democracias y de su competitividad económica. Si bien la región no recibirá demasiada atención por parte del próximo gobierno de los Estados Unidos, los retos comunes le exigirán buscar esquemas de cooperación más eficaces.
El Norte
19 de noviembre de 2008
El pasado fin de semana participé en un foro de análisis por los primeros 25 años del Instituto de las Américas. Asociado a la Universidad de California en San Diego, se fundó en 1983 para promover mayores esfuerzos de cooperación basados en un diálogo constructivo entre funcionarios, empresarios y académicos de las diversas “Américas”.
La discusión giró en torno a dos grandes temas: la forma en que América Latina ha evolucionado en este último cuarto de siglo y los retos que enfrenta, así como el panorama para el futuro de las relaciones ante la llegada de la próxima administración estadounidense que encabezará el presidente Obama.
El ex-embajador y director del Instituto, Jeffrey Davidow, reseñó los avances políticos y sociales de Latinoamérica. Destacó la forma en que un creciente número de ciudadanos se relacionan con sus gobiernos en términos distintos a los del pasado, por logros como las leyes de transparencia y acceso a la información. Sin embargo, también se advirtió que, en muchos sentidos, los ideales de libertad y democracia siguen siendo simples aspiraciones.
El reto fundamental es mejorar la calidad de la democracia. En general, como lo muestran los indicadores del Latinobarómetro —publicados por The Economist la semana anterior—, el apoyo en la región a los sistemas de gobierno democráticos está creciendo, pero en muchos países existe una frustración por su incapacidad para producir avances más rápidos y tangibles.
Según el Latinobarómetro, eso hace que se siga idealizando a líderes fuertes, que le “resuelvan” sus problemas al ciudadano. En ese sentido, el riesgo es que ocurra una regresión hacia gobiernos autoritarios, que lleguen por la vía electoral y traten de mantenerse indefinidamente en el poder cambiando las reglas constitucionales.
Una posible respuesta a ese reto estructural, está en reforzar las bases locales de gobierno, mediante administraciones eficientes, alianzas público-privadas y una mayor participación ciudadana. Al menos en el caso de México, el diagnóstico parece certero: para fortalecer nuestra democracia, habría que empezar por extender los periodos de los gobiernos municipales, reforzar su captación directa de ingresos tributarios, y dotarlos de facultades legales para aplicar soluciones locales a sus problemas específicos.
El segundo gran reto de Latinoamérica es su baja competitividad. A pesar de los logros relativos en los últimos años, las economías de la región todavía son muy vulnerables a los impactos externos. En buena medida, siguen siendo exportadoras de productos con poco valor agregado, presentan grandes rezagos en infraestructura, y cuentan con sistemas educativos deficientes e instituciones débiles.
Al igual que en el terreno político, lo que se necesita es mejorar la calidad del crecimiento económico. Para ello, es clave aplicar el Estado de Derecho, adoptar nuevos esquemas educativos, y fomentar una colaboración entre gobiernos, empresas y universidades, sobre la que se pueda construir una auténtica cultura de competitividad.
Inevitablemente, también se discutió el efecto de la crisis mundial. El ex-presidente Ernesto Zedillo se encargó de resaltar la necesidad de no caer en tentaciones proteccionistas y sí, en cambio, de ampliar la integración a la economía global.
Por otra parte, se señaló que el fin de la Guerra Fría y la Unión Soviética hicieron que Latinoamérica desapareciera del radar de la política exterior estadounidense. Ahora, ante la agresiva presencia en la región de Rusia, China, Irán, e incluso la Unión Europea, quizás los Estados Unidos se verán forzados a dedicar más atención a sus vecinos.
Para James Stavridis, el almirante que dirige el Comando Sur de los Estados Unidos, lo primero es erradicar de cada funcionario estadounidense la idea de que Latinoamérica es el “patio trasero” de la superpotencia. Ante el crecimiento de la población de origen latino en ese país, los destinos de todo el continente están más entrelazados que nunca, y la única forma de prosperar juntos, es trabajando juntos.
Mack McLarty —quien fuera jefe de gabinete en la Casa Blanca durante la administración Clinton y uno de los impulsores de la Cumbre de las Américas— reconoció que la región tal vez no será prioritaria al inicio del nuevo gobierno, pero que seguramente la administración demócrata buscará darle un enfoque más serio a sus políticas, particularmente en tres áreas: comercio, migración y energía.
McLarty no fue muy optimista sobre la posibilidad de una reforma migratoria integral durante el primer año de la administración Obama. En cambio, le restó importancia a las supuestas tendencias proteccionistas del demócrata, señalando que el TLC de América del Norte no se verá afectado en forma significativa. McLarty es una persona cercana al círculo de colaboradores que rodean al presidente electo, por lo que ojalá tenga razón.
En suma, las conclusiones del foro fueron que América Latina sigue siendo vulnerable, pero que cuenta con mejores bases que antes para mejorar la calidad de sus democracias y de su competitividad económica. Si bien la región no recibirá demasiada atención por parte del próximo gobierno de los Estados Unidos, los retos comunes le exigirán buscar esquemas de cooperación más eficaces.
Tuesday, November 04, 2008
Memorándum
Javier Treviño Cantú
El Norte
5 de noviembre de 2008
Para: Barack Obama, Presidente electo de Estados Unidos
Asunto: Relación bilateral con México
Prioridad: Máxima
Permítame felicitarlo. Después de una extraordinaria campaña electoral, ha obtenido un triunfo histórico. Ahora, sin la menor experiencia ejecutiva, deberá hacerse cargo de un país sumido en su peor crisis financiera y económica desde la Gran Depresión, con varios frentes de guerra abiertos, en un marco mundial de inseguridad energética, alimentaria y ambiental, proliferación armamentista y reacomodo geopolítico estructural.
Las expectativas de cambio que generó son gigantescas, e imposibles de satisfacer. Las condiciones en que llega al poder pondrán a prueba todas sus capacidades. Deberá definir su agenda de política interna y exterior, nombrar un gabinete que sea rápidamente confirmado por el Congreso, y supervisar la ejecución disciplinada del programa de rescate y sus nuevas iniciativas. Sobre todo, deberá evitar la trampa de rendirse ante la tiranía de lo urgente sobre lo importante.
En este contexto, sería un error considerar que las relaciones con México son un tema secundario, que puede ser atendido en “piloto automático” por la burocracia.
México demanda una atención prioritaria por cuatro razones:
1) Su estabilidad es un asunto de seguridad nacional para Estados Unidos. México está librando una auténtica guerra contra el crimen organizado y la inseguridad pública. Es una lucha sangrienta que está destruyendo el frágil tejido social del país y amenaza con ubicarlo en la categoría de Estado fallido. La perspectiva de un México en llamas, y sin válvulas de seguridad que alivien la presión, es un lujo que el próximo gobierno de Estados Unidos simplemente no se puede dar.
2) El TLC de América del Norte es determinante para el crecimiento de México y, por lo tanto, para la recuperación de Estados Unidos. México y Canadá son sus socios comerciales más confiables. Ante la dimensión de la crisis, poner en riesgo uno de sus motores económicos más dinámicos equivale a darse un balazo en el pie.
3) Su gobierno necesitará distanciarse de posturas unilaterales para demostrar el cambio prometido. El mejor lugar para empezar es cerca de casa: con sus vecinos norteamericanos. Por otro lado, México ya es socio estratégico de la Unión Europea, y Canadá está buscando su propio acuerdo con esa región. La relación transatlántica puede alcanzar un mayor peso si se plantea en términos regionales, y no sólo nacionales.
México también será un interlocutor clave en América Latina, donde el bloque opositor a Washington está ganando terreno con el apoyo de sus verdaderos rivales estratégicos: Rusia y China. Además, desde su asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y su participación en el G5 y G20, México deberá ser tomado en cuenta a la hora de armar la nueva arquitectura financiera, comercial y política de la era global.
4) La solución integral del tema migratorio no podrá ser pospuesta. El electorado hispano fue clave para su triunfo, y la falta de atención a sus demandas pondría la reelección en peligro. En una sociedad polarizada por una creciente desigualdad económica, Estados Unidos no debe mantener una clase marginada y criminalizada, ni puede resolver por sí solo un reto de naturaleza multi-nacional.
Por lo anterior, se recomienda:
1) Establecer un canal de comunicación directo entre la Casa Blanca y Los Pinos para atender situaciones de emergencia, y apresurar la confirmación de un subsecretario de Estado para América Latina con experiencia y espíritu constructivo.
2) Dedicar toda la atención y recursos necesarios para asegurar el éxito inicial de la Iniciativa Mérida, y ampliar su alcance a corto plazo. Este programa es indispensable para la viabilidad de la lucha del gobierno mexicano contra el crimen organizado, y puede sentar las bases de una verdadera alianza basada en la corresponsabilidad.
3) Aclarar su postura sobre el TLC, para evitar malos entendidos, fricciones contraproducentes y riesgos innecesarios que contaminen el resto de la agenda bilateral. Durante la campaña, no se despejaron las dudas sobre su supuesto proteccionismo, ni se resolvieron las contradicciones entre sus principales asesores sobre este tema.
4) Ampliar la estructura institucional bilateral sobre los cimientos de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte. La ASPAN tiene muchos defectos, pero ha permitido establecer valiosos espacios de diálogo y coordinación, que pueden servir para desarrollar una mayor competitividad y seguridad comunes.
5) Incluir a México en la solución integral al reto migratorio. Sin la participación de México, y de otros países con altos flujos de migrantes hacia Estados Unidos, cualquier opción unilateral solamente ofrecerá un alivio parcial a un problema sistémico.
6) Reunirse con el Presidente Felipe Calderón antes de la inauguración oficial del 20 de enero. Igual que en 1993, cuando se acordó con el entonces Presidente electo Clinton el rescate del TLC, es prioritario que ambos mandatarios lancen una señal contundente, de que la cooperación se fortalecerá para luchar contra los enemigos comunes, profundizar la integración económica y buscar soluciones imaginativas a los retos globales.
El Norte
5 de noviembre de 2008
Para: Barack Obama, Presidente electo de Estados Unidos
Asunto: Relación bilateral con México
Prioridad: Máxima
Permítame felicitarlo. Después de una extraordinaria campaña electoral, ha obtenido un triunfo histórico. Ahora, sin la menor experiencia ejecutiva, deberá hacerse cargo de un país sumido en su peor crisis financiera y económica desde la Gran Depresión, con varios frentes de guerra abiertos, en un marco mundial de inseguridad energética, alimentaria y ambiental, proliferación armamentista y reacomodo geopolítico estructural.
Las expectativas de cambio que generó son gigantescas, e imposibles de satisfacer. Las condiciones en que llega al poder pondrán a prueba todas sus capacidades. Deberá definir su agenda de política interna y exterior, nombrar un gabinete que sea rápidamente confirmado por el Congreso, y supervisar la ejecución disciplinada del programa de rescate y sus nuevas iniciativas. Sobre todo, deberá evitar la trampa de rendirse ante la tiranía de lo urgente sobre lo importante.
En este contexto, sería un error considerar que las relaciones con México son un tema secundario, que puede ser atendido en “piloto automático” por la burocracia.
México demanda una atención prioritaria por cuatro razones:
1) Su estabilidad es un asunto de seguridad nacional para Estados Unidos. México está librando una auténtica guerra contra el crimen organizado y la inseguridad pública. Es una lucha sangrienta que está destruyendo el frágil tejido social del país y amenaza con ubicarlo en la categoría de Estado fallido. La perspectiva de un México en llamas, y sin válvulas de seguridad que alivien la presión, es un lujo que el próximo gobierno de Estados Unidos simplemente no se puede dar.
2) El TLC de América del Norte es determinante para el crecimiento de México y, por lo tanto, para la recuperación de Estados Unidos. México y Canadá son sus socios comerciales más confiables. Ante la dimensión de la crisis, poner en riesgo uno de sus motores económicos más dinámicos equivale a darse un balazo en el pie.
3) Su gobierno necesitará distanciarse de posturas unilaterales para demostrar el cambio prometido. El mejor lugar para empezar es cerca de casa: con sus vecinos norteamericanos. Por otro lado, México ya es socio estratégico de la Unión Europea, y Canadá está buscando su propio acuerdo con esa región. La relación transatlántica puede alcanzar un mayor peso si se plantea en términos regionales, y no sólo nacionales.
México también será un interlocutor clave en América Latina, donde el bloque opositor a Washington está ganando terreno con el apoyo de sus verdaderos rivales estratégicos: Rusia y China. Además, desde su asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y su participación en el G5 y G20, México deberá ser tomado en cuenta a la hora de armar la nueva arquitectura financiera, comercial y política de la era global.
4) La solución integral del tema migratorio no podrá ser pospuesta. El electorado hispano fue clave para su triunfo, y la falta de atención a sus demandas pondría la reelección en peligro. En una sociedad polarizada por una creciente desigualdad económica, Estados Unidos no debe mantener una clase marginada y criminalizada, ni puede resolver por sí solo un reto de naturaleza multi-nacional.
Por lo anterior, se recomienda:
1) Establecer un canal de comunicación directo entre la Casa Blanca y Los Pinos para atender situaciones de emergencia, y apresurar la confirmación de un subsecretario de Estado para América Latina con experiencia y espíritu constructivo.
2) Dedicar toda la atención y recursos necesarios para asegurar el éxito inicial de la Iniciativa Mérida, y ampliar su alcance a corto plazo. Este programa es indispensable para la viabilidad de la lucha del gobierno mexicano contra el crimen organizado, y puede sentar las bases de una verdadera alianza basada en la corresponsabilidad.
3) Aclarar su postura sobre el TLC, para evitar malos entendidos, fricciones contraproducentes y riesgos innecesarios que contaminen el resto de la agenda bilateral. Durante la campaña, no se despejaron las dudas sobre su supuesto proteccionismo, ni se resolvieron las contradicciones entre sus principales asesores sobre este tema.
4) Ampliar la estructura institucional bilateral sobre los cimientos de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte. La ASPAN tiene muchos defectos, pero ha permitido establecer valiosos espacios de diálogo y coordinación, que pueden servir para desarrollar una mayor competitividad y seguridad comunes.
5) Incluir a México en la solución integral al reto migratorio. Sin la participación de México, y de otros países con altos flujos de migrantes hacia Estados Unidos, cualquier opción unilateral solamente ofrecerá un alivio parcial a un problema sistémico.
6) Reunirse con el Presidente Felipe Calderón antes de la inauguración oficial del 20 de enero. Igual que en 1993, cuando se acordó con el entonces Presidente electo Clinton el rescate del TLC, es prioritario que ambos mandatarios lancen una señal contundente, de que la cooperación se fortalecerá para luchar contra los enemigos comunes, profundizar la integración económica y buscar soluciones imaginativas a los retos globales.
Wednesday, October 22, 2008
Termina un ciclo
Javier Treviño Cantú
El Norte
22 de octubre de 2008
El primer ciclo de la política exterior del Presidente Felipe Calderón está por terminar. A punto de cumplir dos años, la actuación internacional del gobierno mexicano puede calificarse como exitosa. Sin embargo, el escenario donde deberá desempeñarse a partir de ahora está cambiando rápidamente. La pregunta es si su equipo está preparado para anticipar lo que viene y, más importante aún, para ajustar estrategias que permitan construir sobre lo que ya se ha logrado avanzar.
A grandes rasgos, se pueden identificar reacomodos en al menos cuatro dimensiones:
1) El plano bilateral. La próxima elección en Estados Unidos exigirá definiciones. Desde la continuidad de mecanismos como la ASPAN hasta medidas urgentes para definir la renegociación del TLC con una probable administración Obama, se necesitan prever las nuevas pautas que orientarán la relación bilateral.
La búsqueda del equilibrio, mediante la ratificación de nuestro país como socio estratégico de la Unión Europea, sigue a la espera de un contenido preciso. Aún no conocemos el verdadero alcance de lo que debería ser uno de los logros más importantes del Presidente Calderón, pero que hasta ahora parece haber sido subestimado por sus propios promotores.
2) El plano regional. Hacia el norte, la negociación entre Canadá y la Unión Europea de un acuerdo comercial que incluiría la liberación de flujos laborales, muestra que una mayor integración norteamericana es cada vez más ilusoria. Esto indica la seriedad con la que el Primer Ministro Harper toma las tendencias proteccionistas en Estados Unidos, y debería representar una señal de alerta adicional para nosotros.
Hacia el sur, el proceso de fragmentación está tratando de ser contenido por el liderazgo del Presidente brasileño Lula da Silva. Fortalecido después de su intervención en la reunión de UNASUR, donde fijó las claves para resolver la explosiva situación en Bolivia, Lula convocó a una cumbre extraordinaria de mandatarios latinoamericanos en diciembre. El objetivo sería “tender puentes” entre todos los mecanismos de integración regional, pero seguramente será percibida como la confirmación de su liderazgo fáctico, con lo que se pondrá a discusión el papel que realmente juega nuestro país en el área.
3) El plano multilateral. Además de generar propuestas alternativas al desgastado Fondo Verde para justificar la participación en el G5, el gran reto será enfrentar la tormenta perfecta que puede desatarse en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Todos aprovecharán para medir el carácter y la determinación de la nueva administración estadounidense. Nuestros vecinos esperarán contar con el apoyo de sus aliados “naturales”, incluido México, y eso nuevamente pondrá a prueba nuestra capacidad para mantener un grado de independencia relativa frente a la superpotencia.
La vez anterior, el rechazo de nuestro país a la guerra contra Irak fue la decisión correcta. Al mismo tiempo, constituyó un “estudio de caso” sobre la forma en la que no se debe conducir un proceso de toma de decisiones donde está en juego el interés nacional. Veremos si se aprendió algo de una experiencia que México no puede repetir bajo ninguna circunstancia.
4) El plano global. La crisis financiero-económica que inició en Estados Unidos y ya afecta a todo el mundo, está propiciando llamados a la reconstrucción de la arquitectura internacional para hacer frente a los retos globales del siglo XXI. A la inseguridad ambiental, energética, alimentaria, humana (tanto para los millones de personas que siguen viviendo en pobreza extrema como para los migrantes indocumentados) y a la amenaza criminal o terrorista, ahora se suma la inseguridad provocada por la persistencia de enfoques nacionales para regular fenómenos radicalmente globales, cuya expresión más sofisticada son los mercados financieros interconectados 24/7/365.
En la reunión del pasado fin de semana con los presidentes Sarkozy de Francia y Barroso de la Comisión Europea, George W. Bush ofreció realizar una cumbre en diciembre, basada en el modelo de Bretton Woods que dio origen al sistema financiero internacional actual. El problema es que ya son evidentes las marcadas diferencias en los enfoques de Estados Unidos, Europa y las potencias emergentes con mayor peso económico, particularmente China.
Ante un posible escenario de desencuentros que agrave aún más la difícil situación económica global, es necesario preguntarnos si México ya está definiendo propuestas concretas que aporten elementos a la discusión, y si contamos con representantes a la altura de los que asistieron a la histórica reunión de 1944, entre los que se contaban economistas de la estatura intelectual de Víctor L. Urquidi.
Después de un arranque promisorio, este año el gobierno del Presidente Calderón ha enfrentando numerosas dificultades para traducir buenas iniciativas de política pública en acciones oportunas. Frente a la rapidez con la que evolucionan los acontecimientos, más valdría empezar a definir los ajustes a nuestras estrategias internacionales, para que el siguiente ciclo de nuestra política exterior siga destacándose por una eficaz capacidad de previsión y una impecable ejecución coordinada.
El Norte
22 de octubre de 2008
El primer ciclo de la política exterior del Presidente Felipe Calderón está por terminar. A punto de cumplir dos años, la actuación internacional del gobierno mexicano puede calificarse como exitosa. Sin embargo, el escenario donde deberá desempeñarse a partir de ahora está cambiando rápidamente. La pregunta es si su equipo está preparado para anticipar lo que viene y, más importante aún, para ajustar estrategias que permitan construir sobre lo que ya se ha logrado avanzar.
A grandes rasgos, se pueden identificar reacomodos en al menos cuatro dimensiones:
1) El plano bilateral. La próxima elección en Estados Unidos exigirá definiciones. Desde la continuidad de mecanismos como la ASPAN hasta medidas urgentes para definir la renegociación del TLC con una probable administración Obama, se necesitan prever las nuevas pautas que orientarán la relación bilateral.
La búsqueda del equilibrio, mediante la ratificación de nuestro país como socio estratégico de la Unión Europea, sigue a la espera de un contenido preciso. Aún no conocemos el verdadero alcance de lo que debería ser uno de los logros más importantes del Presidente Calderón, pero que hasta ahora parece haber sido subestimado por sus propios promotores.
2) El plano regional. Hacia el norte, la negociación entre Canadá y la Unión Europea de un acuerdo comercial que incluiría la liberación de flujos laborales, muestra que una mayor integración norteamericana es cada vez más ilusoria. Esto indica la seriedad con la que el Primer Ministro Harper toma las tendencias proteccionistas en Estados Unidos, y debería representar una señal de alerta adicional para nosotros.
Hacia el sur, el proceso de fragmentación está tratando de ser contenido por el liderazgo del Presidente brasileño Lula da Silva. Fortalecido después de su intervención en la reunión de UNASUR, donde fijó las claves para resolver la explosiva situación en Bolivia, Lula convocó a una cumbre extraordinaria de mandatarios latinoamericanos en diciembre. El objetivo sería “tender puentes” entre todos los mecanismos de integración regional, pero seguramente será percibida como la confirmación de su liderazgo fáctico, con lo que se pondrá a discusión el papel que realmente juega nuestro país en el área.
3) El plano multilateral. Además de generar propuestas alternativas al desgastado Fondo Verde para justificar la participación en el G5, el gran reto será enfrentar la tormenta perfecta que puede desatarse en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Todos aprovecharán para medir el carácter y la determinación de la nueva administración estadounidense. Nuestros vecinos esperarán contar con el apoyo de sus aliados “naturales”, incluido México, y eso nuevamente pondrá a prueba nuestra capacidad para mantener un grado de independencia relativa frente a la superpotencia.
La vez anterior, el rechazo de nuestro país a la guerra contra Irak fue la decisión correcta. Al mismo tiempo, constituyó un “estudio de caso” sobre la forma en la que no se debe conducir un proceso de toma de decisiones donde está en juego el interés nacional. Veremos si se aprendió algo de una experiencia que México no puede repetir bajo ninguna circunstancia.
4) El plano global. La crisis financiero-económica que inició en Estados Unidos y ya afecta a todo el mundo, está propiciando llamados a la reconstrucción de la arquitectura internacional para hacer frente a los retos globales del siglo XXI. A la inseguridad ambiental, energética, alimentaria, humana (tanto para los millones de personas que siguen viviendo en pobreza extrema como para los migrantes indocumentados) y a la amenaza criminal o terrorista, ahora se suma la inseguridad provocada por la persistencia de enfoques nacionales para regular fenómenos radicalmente globales, cuya expresión más sofisticada son los mercados financieros interconectados 24/7/365.
En la reunión del pasado fin de semana con los presidentes Sarkozy de Francia y Barroso de la Comisión Europea, George W. Bush ofreció realizar una cumbre en diciembre, basada en el modelo de Bretton Woods que dio origen al sistema financiero internacional actual. El problema es que ya son evidentes las marcadas diferencias en los enfoques de Estados Unidos, Europa y las potencias emergentes con mayor peso económico, particularmente China.
Ante un posible escenario de desencuentros que agrave aún más la difícil situación económica global, es necesario preguntarnos si México ya está definiendo propuestas concretas que aporten elementos a la discusión, y si contamos con representantes a la altura de los que asistieron a la histórica reunión de 1944, entre los que se contaban economistas de la estatura intelectual de Víctor L. Urquidi.
Después de un arranque promisorio, este año el gobierno del Presidente Calderón ha enfrentando numerosas dificultades para traducir buenas iniciativas de política pública en acciones oportunas. Frente a la rapidez con la que evolucionan los acontecimientos, más valdría empezar a definir los ajustes a nuestras estrategias internacionales, para que el siguiente ciclo de nuestra política exterior siga destacándose por una eficaz capacidad de previsión y una impecable ejecución coordinada.
Wednesday, October 08, 2008
Batallas bicentenarias
Javier Treviño Cantú
El Norte
8 de octubre de 2008
El viernes pasado, el IFE inició formalmente el proceso electoral federal 2008-2009. En nuestro viejo sistema métrico sexenal, las elecciones intermedias para renovar la Cámara de Diputados — así como las gubernaturas de Nuevo León y otros cinco Estados, 469 diputaciones locales y 620 alcaldías— marcan el primer gran “corte de caja” para la administración en turno, los partidos políticos y, también, para las autoridades electorales encargadas de conducir y validar jurídicamente los resultados.
Sobre todo, los comicios federales a mitad del camino representan un “referéndum” sobre la actuación del gobierno y el partido en el poder. Hasta el momento, el panorama que puede anticiparse parecería poco favorable para la administración del Presidente Calderón, el PAN y sus aliados políticos.
Ante una limitada capacidad para aplicar iniciativas contra-cíclicas, el impacto de la crisis financiera global puede magnificarse con el endurecimiento de medidas proteccionistas por parte de Estados Unidos. Igualmente, resulta difícil considerar que en menos de un año se perciba una mejoría notable en la seguridad del país.
Hace poco más de una década, la derrota del PRI en las elecciones legislativas de 1997 acabó convirtiéndose en la puerta por donde entró la alternancia democrática en el 2000. Ahora, esa misma puerta quizás esté por volverse giratoria. Aún es temprano para hacer pronósticos, pero al día de hoy, las encuestas indican que la tendencia electoral a favor de PRI va creciendo, particularmente entre los votantes indecisos.
A las ventajas con que contaría el PRI frente al PAN, se suma una “izquierda” dividida por luchas intestinas y la persistencia del movimiento que dirige López Obrador. Algunas encuestas indican que las preferencias en favor del PRD se mantendrían estables, en su nivel “histórico” cercano al 15%. Otras muestran una caída más pronunciada, que le representaría haber perdido más de la mitad de los electores que votaron por este partido en 2006.
Como se comprobó en la reciente elección para la alcaldía de Acapulco, las fracturas perredistas sólo benefician a los partidos rivales. Frente al creciente rechazo ciudadano del movimiento lopezobradorista, numerosos analistas han señalado que el dirigente parece haber descartado la lógica electoral, optando por una radicalización que implicaría dar por perdidas las elecciones del 2009.
Desafortunadamente, este escenario parece factible. La intención de buscar oportunidades que contribuyan a la polarización de la sociedad mexicana, en lugar de ofrecer propuestas constructivas dentro de los cauces institucionales para resolver nuestros pendientes, en efecto apunta hacia una racionalidad extra-electoral.
Lo más grave de este escenario es que las elecciones intermedias apenas son la antesala de un momento singular y, potencialmente, mucho más divisivo. Tanto en México como en el resto de América Latina, la conmemoración en 2010 del Bicentenario de la Independencia —y, en nuestro caso, también del Centenario de la Revolución Mexicana—, se perfila ya como una batalla para apropiarse de su significado simbólico.
La celebración de los distintos movimientos latinoamericanos de independencia representa una oportunidad histórica para brindarle un sentido renovado a los factores culturales que le dan una identidad distintiva a cerca de 700 millones de personas en un mundo globalizado. Esa fue, por ejemplo, la idea detrás de la propuesta —planteada en la Cumbre de Santiago de Chile, donde el Rey Juan Carlos lanzó su famoso ¿Por qué no te callas?— para impulsar el Primer Congreso de la Cultura Iberoamericana, que acaba de efectuarse en la Ciudad de México con la participación de los Príncipes de Asturias.
Sin embargo, coyuntura del Bicentenario también ofrece una oportunidad inigualable a los opositores de cada gobierno latinoamericano en funciones, y a los impulsores de nuevos esquemas geopolíticos en una región donde el vacío que han dejado los Estados Unidos busca ser ocupado por otras potencias.
Sin duda, una de éstas es la misma España. Con una visión de largo plazo y evidente voluntad política, ese país le está dando un carácter estratégico a sus relaciones con la región. Más allá del avance que han registrado muchas de sus empresas emblemáticas en nichos de mercado claves —como energía, banca y telecomunicaciones—, España parece apostarle a su poder suave para consolidar una plataforma de influencia cultural en Latinoamérica que la fortalezca ante sus principales socios europeos.
En cambio, en México, a nivel federal todo lo relacionado con la Comisión para los festejos del 2010 se ha visto empañado por la falta de un proyecto claramente definido y por intrigas burocráticas (Reforma, Templo Mayor, 01/10/08). Con ello, lo único que se ha logrado es pavimentar el camino para que los opositores del gobierno —desgastados y cargando a cuestas una humillante derrota electoral en 2009—, intenten dar una batalla bicentenaria para dividir a los mexicanos.
Hace casi un año, Enrique Krauze (El Norte, Algunas ideas para el bicentenario, 28/10/2007) citaba a John Womack, señalando que “los Centenarios son fechas peligrosas para México". Lamentablemente, no parece que hayan leído su artículo en Los Pinos.
El Norte
8 de octubre de 2008
El viernes pasado, el IFE inició formalmente el proceso electoral federal 2008-2009. En nuestro viejo sistema métrico sexenal, las elecciones intermedias para renovar la Cámara de Diputados — así como las gubernaturas de Nuevo León y otros cinco Estados, 469 diputaciones locales y 620 alcaldías— marcan el primer gran “corte de caja” para la administración en turno, los partidos políticos y, también, para las autoridades electorales encargadas de conducir y validar jurídicamente los resultados.
Sobre todo, los comicios federales a mitad del camino representan un “referéndum” sobre la actuación del gobierno y el partido en el poder. Hasta el momento, el panorama que puede anticiparse parecería poco favorable para la administración del Presidente Calderón, el PAN y sus aliados políticos.
Ante una limitada capacidad para aplicar iniciativas contra-cíclicas, el impacto de la crisis financiera global puede magnificarse con el endurecimiento de medidas proteccionistas por parte de Estados Unidos. Igualmente, resulta difícil considerar que en menos de un año se perciba una mejoría notable en la seguridad del país.
Hace poco más de una década, la derrota del PRI en las elecciones legislativas de 1997 acabó convirtiéndose en la puerta por donde entró la alternancia democrática en el 2000. Ahora, esa misma puerta quizás esté por volverse giratoria. Aún es temprano para hacer pronósticos, pero al día de hoy, las encuestas indican que la tendencia electoral a favor de PRI va creciendo, particularmente entre los votantes indecisos.
A las ventajas con que contaría el PRI frente al PAN, se suma una “izquierda” dividida por luchas intestinas y la persistencia del movimiento que dirige López Obrador. Algunas encuestas indican que las preferencias en favor del PRD se mantendrían estables, en su nivel “histórico” cercano al 15%. Otras muestran una caída más pronunciada, que le representaría haber perdido más de la mitad de los electores que votaron por este partido en 2006.
Como se comprobó en la reciente elección para la alcaldía de Acapulco, las fracturas perredistas sólo benefician a los partidos rivales. Frente al creciente rechazo ciudadano del movimiento lopezobradorista, numerosos analistas han señalado que el dirigente parece haber descartado la lógica electoral, optando por una radicalización que implicaría dar por perdidas las elecciones del 2009.
Desafortunadamente, este escenario parece factible. La intención de buscar oportunidades que contribuyan a la polarización de la sociedad mexicana, en lugar de ofrecer propuestas constructivas dentro de los cauces institucionales para resolver nuestros pendientes, en efecto apunta hacia una racionalidad extra-electoral.
Lo más grave de este escenario es que las elecciones intermedias apenas son la antesala de un momento singular y, potencialmente, mucho más divisivo. Tanto en México como en el resto de América Latina, la conmemoración en 2010 del Bicentenario de la Independencia —y, en nuestro caso, también del Centenario de la Revolución Mexicana—, se perfila ya como una batalla para apropiarse de su significado simbólico.
La celebración de los distintos movimientos latinoamericanos de independencia representa una oportunidad histórica para brindarle un sentido renovado a los factores culturales que le dan una identidad distintiva a cerca de 700 millones de personas en un mundo globalizado. Esa fue, por ejemplo, la idea detrás de la propuesta —planteada en la Cumbre de Santiago de Chile, donde el Rey Juan Carlos lanzó su famoso ¿Por qué no te callas?— para impulsar el Primer Congreso de la Cultura Iberoamericana, que acaba de efectuarse en la Ciudad de México con la participación de los Príncipes de Asturias.
Sin embargo, coyuntura del Bicentenario también ofrece una oportunidad inigualable a los opositores de cada gobierno latinoamericano en funciones, y a los impulsores de nuevos esquemas geopolíticos en una región donde el vacío que han dejado los Estados Unidos busca ser ocupado por otras potencias.
Sin duda, una de éstas es la misma España. Con una visión de largo plazo y evidente voluntad política, ese país le está dando un carácter estratégico a sus relaciones con la región. Más allá del avance que han registrado muchas de sus empresas emblemáticas en nichos de mercado claves —como energía, banca y telecomunicaciones—, España parece apostarle a su poder suave para consolidar una plataforma de influencia cultural en Latinoamérica que la fortalezca ante sus principales socios europeos.
En cambio, en México, a nivel federal todo lo relacionado con la Comisión para los festejos del 2010 se ha visto empañado por la falta de un proyecto claramente definido y por intrigas burocráticas (Reforma, Templo Mayor, 01/10/08). Con ello, lo único que se ha logrado es pavimentar el camino para que los opositores del gobierno —desgastados y cargando a cuestas una humillante derrota electoral en 2009—, intenten dar una batalla bicentenaria para dividir a los mexicanos.
Hace casi un año, Enrique Krauze (El Norte, Algunas ideas para el bicentenario, 28/10/2007) citaba a John Womack, señalando que “los Centenarios son fechas peligrosas para México". Lamentablemente, no parece que hayan leído su artículo en Los Pinos.
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