Saturday, May 02, 2026

Gobernar en la oscuridad

Gobernar en la oscuridad

Javier Treviño

@javier_trevino

Hay un instante —justo antes del despegue o antes de la inmersión— en el que el liderazgo deja de ser teoría y se convierte en destino. En ese momento, un piloto de combate y un capitán de submarino enfrentan la misma realidad: sistemas complejos, vidas en juego y un entorno donde el error no admite corrección.

Pero lo hacen desde lógicas radicalmente distintas. Esa diferencia, más que técnica, es filosófica. Y hoy ofrece una metáfora extraordinariamente útil para entender el liderazgo contemporáneo. En particular, para entender por qué los líderes de México —como muchas de sus instituciones— siguen intentando gobernar como piloto en un mundo que exige pensar como capitán de submarino.

El cielo: velocidad, visibilidad y decisión

En el universo de la aviación, todo ocurre en tiempo real. El piloto observa, procesa y decide en cuestión de segundos. La información es abundante, inmediata y, en buena medida, verificable. Cada acción genera una consecuencia visible.

Por eso, la aviación moderna desarrolló una cultura obsesiva con la precisión: protocolos estrictos, checklists, entrenamiento constante. El error no se elimina, pero se gestiona sistemáticamente.

Sin embargo, hay una evolución clave: el Crew Resource Management (CRM). Este modelo transformó la cabina en un espacio de inteligencia compartida. El copiloto ya no es un ejecutor pasivo; es un agente activo que puede cuestionar, corregir y complementar.

El liderazgo del piloto, en su versión más sofisticada, no es autoritario. Es coordinación disciplinada bajo presión. Este modelo funciona —y funciona extraordinariamente bien— en entornos donde la visibilidad permite corregir en tiempo real.

Pero ese no es el mundo en el que hoy se toman las decisiones más importantes.

La profundidad: silencio, ambigüedad y juicio

En el submarino, el liderazgo es otra cosa. El enemigo no se ve. El entorno no se controla. La información es incompleta, fragmentaria, ambigua. El tiempo no se acelera: se densifica. Aquí, liderar no es reaccionar. Es interpretar. El sonar no ofrece certezas; ofrece señales. Un sonido puede ser amenaza o ilusión. Un movimiento puede salvar o condenar.

En ese contexto, la teoría de liderazgo también evolucionó. Figuras como David Marquet propusieron el paso del modelo “líder-seguidor” al modelo “líder-líder”: en entornos de alta incertidumbre, la autoridad no puede concentrar todo el conocimiento. Debe distribuir la capacidad de pensar.

La disciplina clave no es la ejecución. Es el juicio. Y el juicio —a diferencia de la reacción— no puede improvisarse.

El error de nuestro tiempo: creer que todo es un problema de piloto

El contraste es claro. El piloto lidera en un entorno donde la velocidad es ventaja. El capitán de submarino lidera en un entorno donde la comprensión es supervivencia.

El problema es que hoy vivimos en una era que ha decidido que todos los problemas son de piloto. Las redes sociales premian la inmediatez. Los ciclos políticos exigen respuestas rápidas. Los mercados castigan la ambigüedad.

Todo empuja hacia decisiones visibles, comunicables, inmediatas. Pero los desafíos más importantes no ocurren en la superficie. Ocurren en la profundidad.

México: un país que reacciona más de lo que entiende

México ha desarrollado una cultura de liderazgo profundamente influida por la lógica del piloto. Se privilegia la decisión rápida. Se valora la visibilidad sobre la comprensión. Se confunde acción con estrategia. El resultado es un país que reacciona constantemente, pero que rara vez anticipa.

Tomemos el caso de la seguridad. Durante años, la respuesta ha sido operativa: despliegues, capturas, reacciones inmediatas. Pero el fenómeno es estructural: redes criminales adaptativas, economías ilícitas, control territorial, incentivos locales. Se actúa como piloto frente a un problema de submarino.

En economía ocurre algo similar. Se anuncian programas, estímulos, proyectos. Pero la inversión —la verdadera palanca del crecimiento— depende de factores más profundos: certeza jurídica, calidad institucional, reglas estables. No son decisiones de segundos. Son construcciones de años.

El nuevo entorno: geopolítica, nearshoring y presión externa

Este problema se agrava en el contexto global actual. El mundo ha entrado en una fase de fragmentación estratégica: tensiones entre Estados Unidos y China, relocalización de cadenas productivas, competencia por tecnología, energía y minerales críticos.

En ese entorno, México ocupa una posición privilegiada… pero también vulnerable. El nearshoring representa una oportunidad histórica. La proximidad con Estados Unidos, el marco del T-MEC, la integración manufacturera: todo juega a favor.

Pero la oportunidad no es automática. Depende de condiciones internas que no se resuelven con decisiones rápidas: infraestructura logística, disponibilidad energética, Estado de derecho, capital humano.

Aquí emerge una tensión central: mientras el entorno externo exige profundidad estratégica, la respuesta interna sigue siendo de superficie.

La relación con Estados Unidos: entre la interdependencia y la presión

La relación bilateral con Estados Unidos añade otra capa de complejidad. Nunca antes México había estado tan integrado económicamente con su vecino del norte. Y nunca antes esa relación había estado tan atravesada por tensiones políticas: migración, seguridad, comercio, energía.

Estados Unidos no es solo un socio. Es un sistema de presión constante. La revisión del T-MEC, el clima político estadounidense, las narrativas sobre seguridad fronteriza y narcotráfico, la competencia industrial: todo configura un entorno donde México no puede simplemente reaccionar. Necesita anticipar. Necesita negociar con inteligencia estratégica. Necesita operar como submarino.

Aquí es donde el caso Sinaloa introduce una dimensión crítica. La acusación del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra el gobernador, un senador y otros funcionarios estatales no es un episodio más de la relación bilateral: es una prueba de profundidad para el Estado mexicano. El sistema de seguridad y gobernanza territorial está siendo cuestionado desde fuera.

El dilema no es únicamente jurídico. Es, sobre todo, estratégico. Se puede responder como piloto: negar, acelerar, cerrar filas y tratar de controlar la narrativa pública. Esa reacción puede ser necesaria en los primeros momentos de la crisis. Pero no es suficiente. Porque una acusación de esta magnitud —que involucra a autoridades en funciones— no se resuelve en la superficie mediática. Exige liderazgo de submarino: revisión profunda, cooperación institucional, investigación rigurosa y decisiones políticas complejas.

El riesgo es quedar atrapados entre dos reflejos igualmente problemáticos: aceptar sin reservas la narrativa externa o descalificarla automáticamente como una maniobra política. El primer camino debilita la soberanía; el segundo debilita la credibilidad del Estado de derecho. El verdadero liderazgo exige algo más difícil: sostener la presunción de inocencia sin permitir que se convierta en impunidad; defender la soberanía sin cerrar los ojos a posibles fallas estructurales; y, sobre todo, construir una respuesta institucional que vaya más allá del caso concreto.

Este episodio, en realidad, no es un hecho aislado. Es una señal de que los problemas de seguridad en México han alcanzado un nivel donde la línea entre lo político y lo criminal se vuelve difusa. Y cuando eso ocurre, el liderazgo ya no puede operar con reflejos de corto plazo. Debe interpretar, corregir y reconstruir. Debe actuar como capitán de submarino.

La ilusión del control

El problema de gobernar como piloto en un mundo de submarinos es que genera una ilusión poderosa: la sensación de control. Todo parece medirse. Todo parece monitorearse. Todo parece responder en tiempo real. Pero es una ilusión.

Porque cuando la realidad es compleja, la velocidad no sustituye al entendimiento. Lo oculta. Y lo que no se entiende, eventualmente se desborda. Las crisis en México rara vez son sorpresas. Son acumulaciones mal interpretadas.

Sería tentador concluir que la solución es abandonar el modelo del piloto. Pero eso sería un error. Hay momentos donde la velocidad es indispensable: crisis financieras, emergencias sanitarias, eventos de seguridad.

Un liderazgo que solo interpreta, pero no actúa, pierde legitimidad. El desafío real es otro: saber cuándo operar como piloto… y cuándo como capitán de submarino. Y, más importante aún, construir instituciones capaces de hacer ambas cosas al mismo tiempo.

El liderazgo que hace falta

Los líderes más efectivos hoy no son los que dominan una sola lógica. Son los que pueden habitar ambas. Saben cuándo acelerar y cuándo contenerse. Cuándo decidir y cuándo esperar. Cuándo centralizar y cuándo distribuir.

No solo toman decisiones. Diseñan sistemas que generan inteligencia. Este punto es fundamental: en entornos complejos, la ventaja no está en tener más información, sino en tener mejor capacidad de interpretación colectiva.

Si México quiere avanzar, necesita algo más que nuevas políticas. Necesita una nueva forma de ejercer el poder. Pasar de la reacción a la comprensión. Del control a la construcción de capacidades. De la decisión centralizada al criterio distribuido. Esto implica aceptar que el liderazgo no se mide por cuántas decisiones toma, sino por cuánta inteligencia genera.

En el fondo, el problema de México no es la falta de talento, ni de ideas, ni de recursos. Es más complejo. Es la forma en que se ejerce el liderazgo. Mientras el país siga intentando resolver problemas estructurales con herramientas de superficie, seguirá atrapado en ciclos de acción sin transformación.

El piloto domina el cielo porque puede ver. El capitán de submarino domina el océano porque sabe interpretar lo que no se ve. México necesita ambos. Pero hoy necesita, sobre todo, lo segundo. Porque el futuro no será de quien reaccione más rápido, sino de quien entienda más profundamente. Y en ese terreno —el de la profundidad— se juega no solo el éxito del liderazgo, sino el destino del país.

Al final, el dilema no es técnico. Es existencial. Los países —como las organizaciones— no fracasan cuando el entorno cambia. Fracasan cuando insisten en gobernar con las herramientas de un mundo que ya no existe.

Y hoy, México enfrenta exactamente ese riesgo. No el de equivocarse rápido. Sino el de no entender a tiempo. Porque en la superficie, todo se mueve. Pero es en la profundidad donde se decide el destino.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/gobernar-en-la-oscuridad/