Wednesday, January 02, 2008

La ideología del pragmatismo

Javier Treviño Cantú
El Norte
2 de enero de 2008

El pragmatismo parece haberse convertido en la nueva ideología de la era global. Hace apenas un par de semanas tuvimos dos muestras de ello: la famosa revista Time nombró como “persona del año” al Presidente ruso, Vladimir Putin; y el semanario inglés The Economist presentó en la portada de su edición navideña al histórico dirigente chino, Mao Tse-tung.

El Presidente Putin mereció el nombramiento por volver a colocar a Rusia en el mapa de las principales potencias regionales. Como señala Time, por su extensión geográfica, el tamaño de su población, los abundantes recursos energéticos y minerales con que cuenta y, sobre todo, por su gigantesco arsenal nuclear, lo que suceda en Rusia tiene una importancia clave para todo el mundo, empezando por los Estados Unidos.

Las relaciones entre estos dos países se han deteriorado, y la creciente posibilidad de un choque entre los viejos rivales está causando mucha preocupación en algunos círculos de Washington. Recientemente, el director del Centro Nixon, Dimitri Simes, alertó en la influyente revista Foreign Affairs sobre este riesgo, y destacó que la estabilidad de Rusia debería ser una prioridad para el gobierno del Presidente Bush.

Curiosamente, ésta es la razón principal de Time para otorgarle su distinción. Según la revista, el nombramiento no representa un premio, un concurso de popularidad, ni una expresión de apoyo. En todo caso, dice, es un reconocimiento al liderazgo de las personalidades que destacaron durante el año. Y, en su opinión, lo más sobresaliente del presidente Putin ha sido su liderazgo para restaurar la estabilidad en Rusia.

El título de la nota donde Time explica sus motivos lo dice todo: “Escogiendo el orden sobre la libertad”. En la era del pragmatismo a ultranza, la estabilidad es preferible a la democracia plena. Más vale la estabilidad que el imperio de la ley para garantizar la propiedad privada, la libertad de prensa y el respeto a los derechos humanos.

En una reveladora entrevista publicada dos semanas antes, Time calificaba al presidente ruso como un nuevo “zar”. “Antes que nada --señalaba el enviado de la revista-- Putin es un lider pragmático, que ha desarrollado un sistema (parecido al de China) basado en el libre mercado (aunque con una buena dosis de corrupción), pero que a la vez se apoya en un Estado fuerte para mantener el orden”.

Quizás esto explique la igualmente curiosa portada que The Economist dedicó a Mao. En uno de los artículos especiales que incluyó en su edición navideña, el semanario considera —nada más y nada menos— que el máximo símbolo del comunismo puede ser tomado como un modelo a seguir por los ejecutivos y administradores de empresas con dificultades para sobresalir.

De acuerdo con The Economist, el éxito de Mao para conservar una buena imagen a pesar de haber causado la muerte de más de 70 millones de chinos, se debe a cuatro factores que podrían ser útiles en el terreno de los negocios: 1) su habilidad para definir con claridad y precisión un mensaje convincente; 2) la capacidad para controlar y difundir su mensaje a través de los medios más adecuados; 3) la disposición para sacrificar a sus amigos y culpar a sus enemigos de cualquier fracaso; y 4) que siempre tuvo algún plan para sustituir la ineficacia con un torbellino de iniciativas constantes.

Por supuesto, el pragmatismo no es algo nuevo en la realpolitik. Sin embargo, el indudable éxito económico en el mundo globalizado de China (y también de Rusia, aunque por factores más coyunturales que estructurales), ha hecho que resurja la rivalidad ideológica entre el liberalismo y el absolutismo.

Como ha señalado el polémico analista e historiador Robert Kagan, los líderes de estos dos países parecen estar convencidos de las ventajas que plantea el sistema autocrático para alcanzar la prosperidad, en especial por el orden y la estabilidad que supuestamente ofrece. Y, cuando dos de las potencias nucleares más importantes del mundo, con una población combinada de mil 500 millones de personas, están comprometidas a seguir este camino, no se puede declarar a la autocracia como una ideología muerta.

Esta batalla ideológica también se está manifestando en nuestro continente. La falta de resultados económicos tangibles para las grandes mayorías, y la consecuente incapacidad para cerrar la brecha de la desigualdad, han generado un desencanto con la política en general, y con los partidos en particular, en muchos países latinoamericanos.

Esto puede aumentar tanto por el impacto de la desaceleración económica que está provocando la crisis financiera en Estados Unidos como por las limitaciones de la democracia.

En México las tensiones pueden crecer por cuestiones como la apertura del mercado agropecuario, los golpes sucesivos que ha recibido nuestro frágil andamio democrático con la decisión de la Suprema Corte en el caso de la periodista Lydia Cacho, la aprobación de una reforma electoral que sigue despertando temores, y el relevo inconcluso de los consejeros del IFE.

Esperemos que en el 2008 nuestros actores políticos no se vean deslumbrados por el espejismo que supone la aparente efectividad de la autocracia, ni por las ventajas —insostenibles en el largo plazo— que implica el más descarnado pragmatismo.

2 comments:

Anonymous said...

Pragmatismo e ideologia son dos conceptos incompatibles. Mejor dicho, el pragmatismo habra de acentuarse con la ausencia paulatina de ideologia.

Anónimo said...

Estimado Sr. Treviño, el pragmatismo, como tecnología política, también se aplica en la reciente re-estructuración del aparato de seguridad pública (que no de seguridad nacional) en México.

Me explico. Tanto en la SEDENA como en la SEMAR, se están realizando cambios estructurales tendientes a convertir a nuestras fuerzas armadas en una guardia civil con facultades policíacas. Mientras esto sucede, la verdadera naturaleza y razón de ser de ambas dependencias se está sacrificando por el pragmatismo que supone combatir, a toda costa, a la delincuencia organizada.

Si esto fuera sólo un proceso coyuntural, mientras el aparato policíaco se profesionaliza, no habría problema. Pero el pragmatismo del gobierno federal está creando un monstruo de dos cabezas: por un lado, unas fuerzas armadas transformadas en policías que no querrán dejar a la Policía Federal el control de la lucha contra la delincuencia y, por el otro, una policía que crecerá celosa de las fuerzas armadas.

En medio de ambos, se juega la estabilidad misma del Estado mexicano.

Saludos cordiales.
Christian J. Ehrlich
www.worldtrends.blogspot.com