Saturday, August 15, 2026

La idea que puede cambiar a un país

La idea que puede cambiar a un país

Javier Treviño

@javier_trevino

Hay países que tienen petróleo y son pobres. Otros tienen grandes mercados y no crecen. Algunos poseen universidades, empresarios, trabajadores capaces y una ubicación geográfica privilegiada, pero pasan décadas administrando la mediocridad. Y hay naciones que, después de guerras, crisis o periodos de pobreza extrema, consiguen transformarse en una generación. ¿Por qué?

La explicación tradicional apunta a las instituciones, la inversión, la educación, la infraestructura, el comercio, la tecnología y la estabilidad macroeconómica. Todo eso importa. Muchísimo. Pero falta una variable que rara vez aparece en las estadísticas económicas: la capacidad de una sociedad para imaginar un futuro común y ponerse de acuerdo para construirlo.

Tal vez uno de los activos más poderosos de un país sea precisamente ése: tener una gran idea de sí mismo. No hablo de nacionalismo, propaganda gubernamental ni unanimidad política. Tampoco de eliminar diferencias. Hablo de algo más sofisticado: construir un consenso suficientemente amplio sobre lo que queremos llegar a ser como nación. En tiempos de polarización, esto parecería una idea casi revolucionaria.

Antes del PIB está el “nosotros”

Benedict Anderson escribió uno de los libros fundamentales de las ciencias sociales contemporáneas: Imagined Communities. Su tesis fue que una nación es, antes que nada, una “comunidad imaginada”. Millones de personas que nunca se conocerán personalmente desarrollan, sin embargo, la convicción de que forman parte de una misma comunidad.

Esa palabra —nosotros— tiene enormes consecuencias económicas y políticas. ¿Por qué aceptar impuestos para construir escuelas que utilizarán hijos de desconocidos? ¿Por qué financiar infraestructura que beneficiará a generaciones futuras? ¿Por qué empresarios, trabajadores, universidades y gobiernos deberían cooperar en proyectos cuyos resultados tardarán años? Porque existe la percepción de que pertenecemos al mismo proyecto.

Francis Fukuyama llevó esta idea al terreno económico en su libro Trust. La confianza, sostiene, no es solamente una virtud moral. Es un activo económico. Las sociedades donde las personas pueden cooperar más allá de sus familias o pequeños círculos construyen organizaciones más complejas, reducen costos de transacción y emprenden proyectos colectivos de mayor escala.

Robert Putnam llegó a conclusiones relacionadas en su libro Making Democracy Work. Las instituciones funcionan mejor cuando existe detrás de ellas una cultura de cooperación, reciprocidad y participación cívica.

Hoy sabemos que esto tiene consecuencias muy concretas. La OCDE señala que la confianza reduce costos de transacción, facilita el cumplimiento de las políticas públicas y permite generar respaldo para reformas difíciles. También advierte que los ambientes de baja confianza deterioran la cohesión social y limitan la capacidad de los gobiernos para responder a problemas complejos.

Por eso podríamos formular una primera ecuación política: sin un “nosotros” creíble es muy difícil construir un “mañana” compartido.

El consenso no significa pensar igual

Aquí aparece una objeción inevitable. Las sociedades modernas son plurales. ¿Cómo construir una visión nacional sin imponer una sola visión? John Rawls ofrece una respuesta extraordinariamente útil con su concepto de overlapping consensus. No necesitamos estar de acuerdo en todo.

Un empresario y un sindicalista pueden tener ideas diferentes sobre los impuestos. Un conservador y un progresista pueden discrepar profundamente sobre cuestiones sociales. Gobierno y oposición competirán siempre por el poder. Pero todos podrían coincidir en que un niño debe recibir educación de calidad; que quien trabaja debe tener posibilidades de prosperar; que las empresas necesitan certeza; que la ley debe cumplirse; que la corrupción destruye valor; que la ciencia y la tecnología importan; que debemos reducir la pobreza; y que nuestros hijos deberían recibir un país mejor que el nuestro.

La democracia no exige eliminar el conflicto. Exige construir un piso común debajo del conflicto. Ésa puede ser una de las grandes tareas políticas de nuestro tiempo.

De la idea a la misión

Mariana Mazzucato acaba de publicar su libro The Common Good Economy. Su argumento llega en un momento oportuno: las economías necesitan recuperar propósito y orientar capacidades públicas, privadas y sociales hacia objetivos colectivos. Su propuesta profundiza una idea desarrollada anteriormente en Mission Economy: los grandes desafíos pueden convertirse en misiones capaces de movilizar innovación, inversión y cooperación.

El ejemplo paradigmático es el programa Apollo. John F. Kennedy no presentó a los estadounidenses un plan burocrático de miles de páginas. Les dio una misión: llevar un hombre a la Luna y traerlo sano y salvo antes de terminar la década. La Luna era el destino visible. Pero la verdadera transformación ocurrió en la Tierra.

Gobierno, universidades, científicos, ingenieros, empresas y trabajadores tuvieron que resolver miles de problemas. Se desarrollaron tecnologías, materiales, sistemas de cómputo y nuevas capacidades industriales.

Una misión extraordinaria convirtió inteligencia dispersa en esfuerzo coordinado. Ahí está la diferencia entre slogan y estrategia. El slogan busca aplausos. La misión organiza capacidades.

Cuando un país decide avanzar

La historia económica ofrece ejemplos extraordinarios.

Alemania occidental construyó después de la Segunda Guerra Mundial una economía social de mercado alrededor de reconstrucción, estabilidad y productividad.

Japón hizo de la modernización industrial y tecnológica un proyecto nacional.

Corea del Sur apostó durante décadas por educación, exportaciones, industria y tecnología hasta convertirse, en una generación, de país pobre en potencia económica.

Singapur construyó su proyecto alrededor de competencia, educación, apertura, infraestructura y eficacia gubernamental.

Finlandia convirtió educación, conocimiento e innovación en pilares nacionales.

Irlanda logró a finales de los años ochenta acuerdos entre gobierno, empresarios y trabajadores que ayudaron a estabilizar la economía y sentaron bases para una transformación posterior.

En España, los Pactos de la Moncloa de 1977 no significaron que izquierda y derecha dejaran de ser adversarios. Comprendieron que existían objetivos superiores a sus diferencias inmediatas.

La gran lección es: las sociedades exitosas no necesariamente eliminan sus conflictos. Logran ponerse de acuerdo un nivel por encima de ellos.

El peligro de la falsa unidad

Pero también hay una advertencia. Una gran idea nacional puede convertirse en instrumento de exclusión. La historia está llena de gobiernos que confundieron unidad con obediencia, patriotismo con lealtad al gobernante y consenso con silencio.

Andreas Wimmer, en su libro Nation Building, nos dice: la construcción nacional funciona cuando es incluyente. La pregunta decisiva es quién forma parte del “nosotros”. Una visión nacional que dice “este país nos pertenece a todos” puede generar cooperación. Una que dice “este país nos pertenece a nosotros y no a ustedes” terminará produciendo división.

También necesitamos instituciones. Daron Acemoglu y James Robinson lo explicaron en su obra Why Nations Fail: las sociedades prosperan sostenidamente cuando desarrollan instituciones capaces de ampliar oportunidades en lugar de concentrar permanentemente poder y beneficios.

Podemos entonces plantearlo así: propósito nacional sin instituciones puede convertirse en propaganda. Instituciones sin propósito nacional pueden convertirse en burocracia. Una sociedad próspera necesita ambas.

De “¿qué me toca?” a “¿qué podemos construir?”

Hay otro autor indispensable: Mancur Olson. En su obra The Rise and Decline of Nations explicó cómo las sociedades pueden ir acumulando grupos organizados dedicados a proteger intereses particulares. Poco a poco, la energía nacional deja de concentrarse en crear riqueza y comienza a concentrarse en distribuirla.

Todos preguntan: “¿Qué me toca?” Pocos preguntan: “¿Qué podemos construir?”

Una gran visión nacional puede modificar temporalmente esa lógica. No elimina intereses particulares —ninguna sociedad puede hacerlo—, pero crea objetivos suficientemente importantes para que empresarios, trabajadores, universidades, gobiernos y organizaciones sociales descubran zonas donde cooperar.

Ésa es la diferencia entre repartir el presente y construir el futuro.

México necesita una conversación sobre el futuro

Aquí es donde todo esto adquiere relevancia para México. Nuestro debate público está obsesionado con el presente y, todavía más, con el pasado. Discutimos quién tuvo la culpa. Quién traicionó a quién. Qué gobierno fue mejor o peor. Quién pertenece al pueblo y quién a las élites. Quién es conservador, neoliberal, populista o reaccionario.

La política necesita conflicto. La democracia necesita oposición. La crítica al poder es indispensable. Pero un país no puede construir su futuro mirando permanentemente por el espejo retrovisor.

México necesita comenzar otra conversación: ¿Qué país queremos ser en 2040? ¿Queremos convertirnos en una de las plataformas industriales y logísticas más competitivas del mundo? ¿Queremos aprovechar nuestra integración con América del Norte para construir empresas mexicanas globales? ¿Queremos que nuestros niños tengan una educación comparable con la de las economías más avanzadas? ¿Queremos convertirnos en potencia energética, digital, agroindustrial y tecnológica? ¿Queremos construir un sistema de salud verdaderamente universal? ¿Queremos reducir radicalmente la violencia? ¿Queremos que cualquier mexicano, independientemente de dónde nazca, tenga posibilidades reales de ascenso social?

Ninguna de esas aspiraciones debería pertenecer a un partido. Podrían pertenecer a México.

El nuevo capital nacional

Durante siglos medimos la riqueza de los países por sus tierras, minas, fábricas, infraestructura y capital financiero. Después comprendimos la importancia del capital humano. Putnam y Fukuyama nos ayudaron a comprender el capital social.

Creo que debemos agregar otro concepto: “capital de propósito”. Es la capacidad de una sociedad para imaginar un futuro deseable, generar suficiente confianza alrededor de él y coordinar recursos para construirlo.

Un país con alto capital de propósito puede pensar a veinte años aunque sus gobiernos duren seis. Puede emprender infraestructura que atraviese administraciones. Puede mantener políticas educativas durante décadas. Puede atraer inversión porque existe certidumbre sobre la dirección general. Puede asumir sacrificios presentes porque la sociedad comprende hacia dónde va.

Un país con bajo capital de propósito vive atrapado en ciclos políticos cada vez más cortos. Cada gobierno comienza de nuevo. Cada elección redefine el país. Cada adversario se convierte en enemigo. Cada reforma destruye la anterior. Y cada generación vuelve a discutir las mismas preguntas.

La gran idea

México no necesita unanimidad. Necesita algo mucho más inteligente. Necesita acordar el futuro sin tener que estar de acuerdo en todo lo demás. Ésa podría ser una de las grandes ideas políticas de nuestro tiempo.

Gobierno y oposición seguirán compitiendo. Empresarios y sindicatos seguirán negociando. Izquierda y derecha continuarán discrepando. Los ciudadanos seguirán criticando a quienes gobiernan. Así debe ser. Pero debajo de todo ello podría existir una convicción compartida: México debe convertirse, durante los próximos quince años, en una sociedad más próspera, segura, educada, innovadora y sostenible.

Y entonces convertir esa aspiración en diez misiones nacionales medibles. Porque las grandes transformaciones comienzan cuando una sociedad deja de preguntarse solamente qué gobierno quiere y comienza a preguntarse qué país quiere ser.

Una nación cambia cuando millones de personas descubren que sus sueños individuales pueden formar parte de una ambición colectiva. La prosperidad comienza con inversión, educación, instituciones y productividad.

Pero antes de todo eso puede haber algo todavía más elemental: una idea suficientemente grande para que un país vuelva a creer en su futuro.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/la-idea-que-puede-cambiar-a-un-pais/


Saturday, August 08, 2026

Un gobierno que llega tarde o un estado anticipatorio

Un gobierno que llega tarde o un estado anticipatorio

Javier Treviño

@javier_trevino

Imagine la siguiente escena. Un grupo de científicos entra a Palacio Nacional y le dice a la Presidenta de México: Dentro de seis meses aumentará la inflación. La producción agrícola disminuirá en varias regiones del país. Habrá mayor presión sobre el sistema eléctrico. Algunas ciudades enfrentarán problemas de abastecimiento de agua. Los incendios forestales aumentarán. El dengue se expandirá hacia nuevas zonas. El gobierno tendrá que gastar miles de millones de pesos adicionales para atender emergencias y reconstruir infraestructura.

¿Qué haría cualquier gobierno responsable? Esperaría seis meses para actuar. O comenzaría a prepararse ese mismo día. La respuesta parece obvia. Sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre cada vez que aparece un episodio importante del fenómeno de El Niño.

Hoy la ciencia permite anticipar la evolución probable de este fenómeno climático. Los modelos desarrollados por la Organización Meteorológica Mundial (OMM), la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) y decenas de centros científicos alrededor del mundo son cada vez más precisos. No predicen el futuro con absoluta certeza, pero sí ofrecen información suficiente para que los gobiernos comiencen a prepararse antes de que aparezcan los primeros daños.

Y, sin embargo, la mayoría sigue actuando como si la información llegara demasiado tarde. Ésa es la verdadera paradoja. Durante décadas pensamos que el principal problema era la falta de conocimiento científico. Hoy descubrimos que el verdadero problema es la incapacidad institucional para convertir ese conocimiento en decisiones oportunas. En otras palabras, el cuello de botella ya no está en la ciencia. Está en el gobierno.

No existen desastres naturales

Una de las ideas más provocadoras que deja la literatura reciente sobre resiliencia es que los llamados "desastres naturales" rara vez son completamente naturales. Los terremotos existen. Los huracanes existen. Las sequías existen. El Niño existe. Lo que determina si esos fenómenos se convierten en tragedias nacionales depende, en buena medida, de la calidad de las instituciones.

La naturaleza impone condiciones. Las instituciones determinan las consecuencias. Ésta debería ser una de las primeras reflexiones para México. Cada temporada de lluvias nos sorprenden inundaciones en las mismas ciudades. Cada temporada seca vuelven los incendios forestales. Cada año reaparecen las discusiones sobre la escasez de agua. Cada fenómeno extremo parece convertirse en una sorpresa nacional. Pero las sorpresas dejan de ser sorpresas cuando ocurren una y otra vez. Lo que existe no es falta de información. Es falta de anticipación.

El verdadero hallazgo de la ciencia

Hace apenas unos años todavía era posible pensar que El Niño representaba simplemente una anomalía climática pasajera. Las investigaciones más recientes cambiaron radicalmente esa percepción. Uno de los estudios más importantes publicados por la revista Science demuestra que los efectos económicos de los grandes episodios de El Niño no desaparecen cuando termina el fenómeno climático. Sus impactos pueden reducir el crecimiento económico durante varios años.

Ésta es una conclusión extraordinariamente importante. El costo principal no es únicamente una cosecha perdida. Ni una presa vacía. Ni un incendio forestal. El verdadero costo aparece después. Menor crecimiento. Mayor inflación. Menor inversión. Mayor presión sobre las finanzas públicas. Mayor vulnerabilidad social.

La naturaleza produce el primer impacto. Las instituciones determinan cuánto tiempo permanece. Y aquí aparece una pregunta mucho más seria. Si hoy podemos anticipar razonablemente estos fenómenos, ¿por qué seguimos organizando al Estado mexicano como si todo comenzara el día en que ocurre la emergencia? Porque, en realidad, nuestro aparato gubernamental fue diseñado para administrar el pasado. No el futuro.

Existe una idea profundamente arraigada en la administración pública mexicana: la función del gobierno consiste en resolver problemas. Durante buena parte del siglo XX esa idea fue suficiente. Los grandes desafíos aparecían de manera relativamente aislada. Una crisis financiera exigía una respuesta económica. Un huracán movilizaba a Protección Civil. Una epidemia correspondía al sector salud. Cada dependencia actuaba dentro de su propio ámbito de responsabilidad.

Ese modelo dejó de corresponder al mundo en que vivimos. Los riesgos del siglo XXI ya no llegan solos. Llegan en cascada. Se alimentan mutuamente. Una sequía deja de ser un problema agrícola para convertirse en un problema de inflación. La inflación modifica la política monetaria. Las tasas de interés afectan la inversión. La menor inversión limita el crecimiento económico. El crecimiento más lento reduce la recaudación. Las finanzas públicas se deterioran precisamente cuando el Estado necesita invertir más en infraestructura y apoyo social.

Lo que antes eran problemas separados hoy forman parte de un mismo sistema. Sin embargo, seguimos gobernando como si cada dependencia pudiera resolver únicamente su pequeña parte del problema. Ésa es, probablemente, la mayor debilidad institucional del Estado mexicano.

Gobernamos con instituciones del siglo XX

No existe nada particularmente malo en nuestras instituciones. Al contrario. México cuenta con un Servicio Meteorológico Nacional competente. CONAGUA dispone de información hidrológica valiosa. El Sistema Nacional de Protección Civil es reconocido internacionalmente desde su transformación después del terremoto de 1985. Las universidades mexicanas producen investigación científica de alta calidad. La Secretaría de Salud ha desarrollado importantes capacidades epidemiológicas. El Banco de México y la Secretaría de Hacienda cuentan con equipos técnicos de primer nivel.

El problema no reside en cada institución por separado. El problema aparece entre ellas. Cada una observa una parte distinta del mismo fenómeno. Cada una produce información valiosa. Pero nadie integra todas las piezas para responder una pregunta sencilla: ¿Qué significa todo esto para el país dentro de seis meses? Ésa es la diferencia entre administrar sectores y gobernar sistemas.

Las empresas más exitosas del mundo ya comprendieron este cambio. Utilizan inteligencia artificial para integrar información sobre consumidores, logística, inventarios, mercados financieros, cadenas de suministro y comportamiento de proveedores. No esperan a que aparezca un problema para reaccionar; construyen escenarios, simulan alternativas y ajustan decisiones continuamente.

Paradójicamente, muchos gobiernos siguen operando con una lógica administrativa diseñada hace medio siglo. No es un problema exclusivo de México. Pero México tiene una oportunidad excepcional para corregirlo.

La siguiente ventaja competitiva de las naciones

Durante décadas repetimos que la competitividad dependía de la estabilidad macroeconómica, la infraestructura, la educación o la apertura comercial. Todo eso sigue siendo cierto. Pero ya no es suficiente.

Los inversionistas también comienzan a preguntarse otra cosa. ¿Puede este país administrar una sequía sin paralizar su producción industrial? ¿Tiene suficiente agua para sostener nuevas inversiones? ¿Su sistema eléctrico resistirá olas de calor cada vez más intensas? ¿Puede proteger cadenas logísticas durante fenómenos extremos? ¿Sus instituciones reaccionan con rapidez?

En otras palabras, la resiliencia institucional comienza a convertirse en un activo económico. La estabilidad del siglo XXI dependerá menos de evitar riesgos —algo imposible— y más de administrarlos mejor que los demás. Los países que aprendan primero esa lección atraerán más inversión, protegerán mejor a sus ciudadanos y crecerán con mayor estabilidad. Ésa es la verdadera competencia del futuro.

Del Estado reactivo al Estado anticipatorio

Por eso creo que el debate nacional debería cambiar. La discusión no consiste únicamente en cómo responder al próximo episodio de El Niño. La discusión consiste en qué tipo de Estado necesita México durante las próximas décadas.

Propongo pensar en una idea distinta. Un Estado anticipatorio. No un gobierno que pretenda adivinar el futuro. Eso sería imposible. Tampoco un gobierno que intente controlar todos los riesgos. Eso sería igualmente ilusorio. Un Estado anticipatorio hace algo mucho más práctico. Integra información. Construye escenarios. Identifica señales tempranas. Coordina instituciones. Toma decisiones antes de que el costo de actuar sea mucho mayor.

La diferencia parece pequeña. En realidad, cambia completamente la lógica del gobierno. Un Estado reactivo administra crisis. Un Estado anticipatorio administra probabilidades. Un Estado reactivo espera evidencia completa. Un Estado anticipatorio actúa cuando la evidencia es suficiente. Un Estado reactivo reconstruye. Un Estado anticipatorio reduce la necesidad de reconstruir.

Ésa es la gran transformación institucional que México necesita. Y El Niño representa una oportunidad extraordinaria para iniciarla. Porque, por primera vez, enfrentamos un fenómeno cuyos efectos podemos prever razonablemente antes de que ocurran. La pregunta ya no es si sabemos lo suficiente. La pregunta es si somos capaces de gobernar con esa información.

Si aceptamos que el verdadero problema ya no es la falta de información sino la falta de anticipación, entonces la siguiente pregunta es inevitable. ¿Qué debería hacer México? Mi respuesta es sencilla. No necesitamos crear otra secretaría. No necesitamos una nueva burocracia. Necesitamos una nueva capacidad del Estado. La llamaría México Anticipa 2030.

No sería un programa sexenal. Sería una nueva filosofía de gobierno. Su propósito consistiría en algo aparentemente simple, pero profundamente transformador: convertir la anticipación en una función permanente del Estado mexicano. Significaría que cada decisión estratégica del gobierno comenzaría con preguntas distintas. No solamente: "¿Qué ocurrió?" Sino también: "¿Qué podría ocurrir?" "¿Qué señales tempranas estamos observando?" "¿Qué decisiones debemos tomar hoy para evitar problemas dentro de seis meses?"

Puede parecer un cambio semántico. En realidad, es un cambio cultural. Durante décadas medimos la eficacia de los gobiernos por su capacidad para responder a las crisis. Durante las próximas décadas comenzaremos a medirlos por su capacidad para evitar que esas crisis ocurran o, cuando sean inevitables, por su capacidad para reducir significativamente sus consecuencias.

Ésa será la nueva definición de un buen gobierno.

La inteligencia artificial cambiará también al Estado

La inteligencia artificial permitirá construir escenarios dinámicos que ningún grupo de funcionarios podría elaborar manualmente. Pero conviene hacer una precisión importante. La inteligencia artificial no sustituirá el juicio político. No decidirá prioridades nacionales. No resolverá conflictos de intereses. No determinará cuánto invertir en infraestructura o qué regiones deben recibir primero apoyo gubernamental.

Ésas seguirán siendo decisiones profundamente humanas. La tecnología podrá decirnos qué es probable. El gobierno seguirá siendo responsable de decidir qué hacer. Y precisamente por eso la calidad del liderazgo será todavía más importante.

La diferencia entre los gobiernos exitosos y los demás ya no dependerá únicamente de quién tenga más información. Todos tendrán acceso a enormes cantidades de datos. La diferencia dependerá de quién haga mejores preguntas y tome mejores decisiones.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/un-gobierno-que-llega-tarde-o-un-estado-anticipatorio/


Wednesday, August 05, 2026

Saturday, August 01, 2026

La primera línea de defensa: Lo que estará en juego en las elecciones de 2027

La primera línea de defensa: Lo que estará en juego en las elecciones de 2027

Javier Treviño

@javier_trevino

En 2027, los mexicanos elegiremos 17 nuevos gobernadores, casi 700 presidentes municipales, miles de integrantes de ayuntamientos y un número muy importante de diputados federales y locales. Como ocurre en cada proceso electoral, escucharemos promesas sobre más patrullas, mejores calles, nuevas obras públicas, transporte, agua potable, desarrollo económico y combate a la corrupción.

Todo eso importa. Pero sospecho que estaremos en una discusión del siglo pasado. Porque el verdadero desafío de quienes resulten electos será completamente distinto. Los gobernadores y alcaldes que asumirán el poder en 2027 no administrarán únicamente estados y municipios. Tendrán que gobernar en medio de una convergencia de crisis que ya está transformando la economía, la seguridad, la tecnología, el clima, la migración y la vida cotidiana de millones de personas.

La elección de 2027 no definirá solamente quién gobernará nuestros estados y municipios. Definirá si México comienza a construir gobiernos capaces de administrar la incertidumbre. Ésa será la verdadera elección.

Hace unas semanas leí un extraordinario análisis del Bloomberg Center for Cities de la Universidad de Harvard. Su conclusión debería llamar la atención de todos los candidatos que competirán el próximo año: los grandes problemas del mundo ya no llegan primero a las cancillerías ni a los congresos nacionales. Llegan primero a las oficinas de los gobernadores y a los palacios municipales:

1. Los gobiernos nacionales negocian tratados comerciales. Los municipios reciben las empresas que llegan —o las inversiones que nunca llegan.


2. Los gobiernos federales discuten el cambio climático. Los alcaldes enfrentan inundaciones, sequías, incendios y olas de calor.


3. Los presidentes hablan de inteligencia artificial. Los municipios tendrán que gestionar su impacto sobre el empleo, los servicios públicos, la movilidad, la educación y la seguridad.


4. Los conflictos internacionales alteran las cadenas globales de suministro. Los gobiernos locales administran el desempleo, la presión sobre la vivienda o la llegada de nuevas inversiones derivadas del nearshoring.

La globalización cambió de dirección. Ya no baja de la nación hacia las ciudades. Ahora entra al país por las ciudades.

Durante buena parte del siglo XX, la misión de un presidente municipal era relativamente clara: pavimentar calles, recoger la basura, otorgar permisos de construcción, mantener el alumbrado público y coordinar la policía preventiva.

Nada de eso ha dejado de ser importante. Pero ya no basta. El municipio del siglo XXI se ha convertido en la primera línea de defensa de la sociedad frente a la incertidumbre global. Ésa es una transformación histórica que apenas comenzamos a comprender.

La OCDE ha insistido recientemente en una idea poderosa: las ciudades ya no enfrentan problemas aislados. Enfrentan una policrisis. Es decir, una acumulación de crisis que interactúan entre sí y producen efectos en cascada.

Una sequía reduce la disponibilidad de agua. La escasez de agua afecta la producción agrícola. La caída de la producción incrementa los precios. La inflación reduce el consumo. La desaceleración económica disminuye la recaudación municipal. Con menos recursos se deteriora la infraestructura. La infraestructura deficiente aumenta la vulnerabilidad frente a nuevos fenómenos climáticos.

Cada problema alimenta al siguiente. Los especialistas llaman a esto “efectos en cascada”. Los ciudadanos simplemente lo llamamos “realidad”.

Durante décadas organizamos nuestros gobiernos suponiendo que cada problema podía resolverse desde una oficina distinta. La Secretaría de Seguridad atendía la criminalidad. La de Desarrollo Económico se ocupaba de la inversión. Obras Públicas construía infraestructura. Protección Civil respondía a emergencias. Medio Ambiente sembraba árboles.

Pero el siglo XXI está demostrando que esa división ya no funciona. La seguridad depende de la educación. La educación depende de la conectividad. La conectividad depende de la energía. La energía depende del agua. El agua depende del cambio climático. El cambio climático depende de decisiones globales. Y todas esas variables terminan afectando el presupuesto de un municipio. Los problemas dejaron de respetar organigramas. Por eso las soluciones tampoco pueden seguir respetándolos.

Edward Glaeser, uno de los grandes especialistas en economía urbana de Harvard, sostiene que las ciudades prosperan porque concentran talento, innovación y conocimiento. Pero precisamente por esa concentración también son las primeras en sentir el impacto de las grandes transformaciones del mundo.

Benjamin Barber llevó esa reflexión todavía más lejos en su célebre libro If Mayors Ruled the World. Su argumento era provocador: mientras los gobiernos nacionales suelen quedar atrapados en disputas ideológicas, los alcaldes son evaluados por resultados concretos. El ciudadano no pregunta si la basura fue recogida por un gobierno de izquierda o de derecha. Pregunta simplemente si se llevaron la basura o no.

Hoy incluso esa lógica se está quedando corta. Porque el alcalde ya no administra únicamente servicios. Administra incertidumbre.

Pensemos en la inteligencia artificial. La conversación pública suele concentrarse en si reemplazará empleos o en cómo regularla. Pero sus efectos llegarán primero a los gobiernos locales. Cambiará la demanda de habilidades laborales, transformará el transporte urbano, modificará la prestación de servicios públicos, fortalecerá la gestión del tránsito, permitirá una mejor atención ciudadana y exigirá proteger la infraestructura digital frente a ataques cibernéticos.

Lo mismo ocurre con el cambio climático. Durante muchos años fue tratado como un tema ambiental. Hoy es un problema de salud pública, protección civil, infraestructura hidráulica, vivienda, movilidad, energía y finanzas públicas. Ya no se trata únicamente de plantar árboles. Se trata de decidir dónde construir viviendas, cómo diseñar drenajes, cómo proteger hospitales, cómo garantizar el suministro eléctrico durante una ola de calor y cómo responder cuando una tormenta paraliza una ciudad.

Algo semejante ocurre con la geopolítica. La competencia tecnológica entre Estados Unidos y China, la revisión del T-MEC, el nearshoring, la reorganización de las cadenas globales de suministro y la carrera por la inteligencia artificial determinarán qué estados atraerán inversión y cuáles perderán competitividad. Las decisiones tomadas en Washington, Pekín o Bruselas terminarán influyendo en municipios de Coahuila, Nuevo León, Chihuahua, Guanajuato o Yucatán.

Y todavía debemos añadir una variable más. El crimen organizado también está evolucionando. Utiliza drones, inteligencia artificial, criptomonedas, redes internacionales y sofisticados mecanismos financieros. Pretender enfrentarlo únicamente con las herramientas institucionales del siglo pasado sería un grave error.

Todo ello exige un nuevo tipo de liderazgo. Harvard, la OCDE, ONU-Hábitat y Brookings coinciden en un punto esencial: los gobiernos exitosos del futuro no serán necesariamente los que tengan más recursos, sino aquellos capaces de aprender más rápido.

Ésa me parece la idea más importante de todas. Durante décadas pensamos que la función del gobierno consistía en controlar la realidad. Hoy la realidad cambia demasiado rápido para ser controlada.

La verdadera tarea consiste en aprender continuamente. Corregir antes. Adaptarse mejor. Experimentar. Escuchar evidencia. Construir alianzas. Rectificar sin convertir cada cambio de rumbo en una derrota política. En otras palabras, construir Estados y municipios que aprenden.

Pero existe otra dimensión poco discutida en México. No hay resiliencia sin capacidad financiera. La OCDE insiste en que la autonomía fiscal será uno de los factores decisivos. Un municipio incapaz de recaudar adecuadamente, administrar responsablemente sus finanzas o responder con rapidez a una emergencia dependerá siempre de decisiones tomadas en otro nivel de gobierno.

Sin capacidad fiscal, la “resiliencia” se convierte únicamente en un discurso. Creo que, en el fondo, los municipios del siglo XXI competirán por tres formas de capital:

1. Capital físico: infraestructura, agua, energía, vivienda, movilidad y conectividad.


2. Capital institucional: confianza ciudadana, finanzas públicas sanas, Estado de derecho, coordinación entre órdenes de gobierno y capacidad administrativa.


3. Capital cognitivo: educación, universidades, talento, inteligencia artificial, innovación y capacidad para aprender.

Las ciudades que logren fortalecer simultáneamente estos tres capitales serán las que prosperen. Las que fortalezcan sólo uno de ellos quedarán rezagadas.

Por eso me preocupa que las campañas de 2027 vuelvan a concentrarse exclusivamente en promesas de corto plazo. Necesitamos discutir cómo construir gobiernos capaces de anticipar riesgos, coordinar actores, aprovechar la inteligencia artificial, fortalecer sus finanzas, atraer talento, administrar el agua, proteger infraestructura crítica y aprender continuamente.

Durante décadas elegimos alcaldes para administrar ciudades. En 2027 elegiremos líderes que deberán gobernar la intersección entre los grandes cambios del mundo y la vida cotidiana de millones de mexicanos.

El cambio climático, la inteligencia artificial, las migraciones, las guerras comerciales, las crisis sanitarias, la transformación tecnológica y la delincuencia organizada no pedirán permiso para entrar a nuestros municipios. Llegarán de cualquier forma.

La única pregunta es si nuestros gobiernos locales estarán preparados para absorber esos impactos, aprender de ellos y convertirlos en oportunidades de desarrollo. Porque, al final, la fortaleza de un país ya no se medirá únicamente por las decisiones que tome su gobierno nacional. Se medirá, cada vez más por la capacidad de aprendizaje de sus ciudades y municipios. Ahí, en esa primera línea de defensa frente a la incertidumbre global, comenzará a decidirse el futuro de México.

Uno de los mayores errores de cualquier democracia es confundir popularidad con capacidad de gobierno. Las encuestas miden reconocimiento; las redes sociales premian visibilidad; las campañas ponen a prueba el carisma. Pero ninguna de ellas mide el buen juicio. Y precisamente el buen juicio será el recurso más escaso para los gobernadores y alcaldes que asumirán sus cargos en 2027. 

Los nuevos servidores públicos tendrán que tomar decisiones bajo incertidumbre, enfrentar crisis simultáneas, coordinar actores con intereses opuestos y actuar con rapidez cuando no exista una respuesta evidente. 

La pregunta decisiva para los partidos políticos no debería ser quién puede ganar una elección, sino quién posee el criterio, el carácter y la capacidad de aprendizaje para gobernar en un mundo mucho más complejo que el de hace apenas una década. 

La historia demuestra que las democracias no fracasan por elegir candidatos poco populares, sino por elegir gobernantes que nunca estuvieron preparados para ejercer el poder.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/la-primera-linea-de-defensa-lo-que-estara-en-juego-en-las-elecciones-de-2027/


Saturday, July 25, 2026

Cuando la inteligencia dejó de ser escasa

Cuando la inteligencia dejó de ser escasa

Javier Treviño

@javier_trevino

Hubo un momento en la historia de Atenas que todavía debería inquietarnos. En el año 406 antes de Cristo, la ciudad obtuvo una brillante victoria naval frente a Esparta en la batalla de las Arginusas. Después de casi treinta años de guerra, aquella victoria parecía anunciar el principio del fin del conflicto. Pero una tormenta impidió rescatar a cientos de marinos que habían caído al mar. Cuando la noticia llegó a Atenas, la euforia se convirtió en indignación. La Asamblea Popular decidió juzgar a los generales. No uno por uno, sino a todos al mismo tiempo. Bajo la presión de la opinión pública fueron condenados a muerte. Meses después, la propia ciudad reconoció que había cometido un error. La democracia rectificó. Pero ya era demasiado tarde.

¿Por qué seguimos recordando ese episodio casi dos mil quinientos años después? Porque revela una verdad que ninguna revolución tecnológica ha conseguido borrar: una sociedad puede disponer de información, instituciones y participación ciudadana, y aun así tomar decisiones profundamente equivocadas. La inteligencia colectiva no garantiza el buen juicio. La información tampoco.

Esa lección nunca había sido tan actual. Vivimos el comienzo de una transformación comparable con la Revolución Industrial o con la llegada de la electricidad. La inteligencia artificial ya redacta informes, descubre nuevos materiales, acelera el diseño de medicamentos, optimiza cadenas de suministro y responde preguntas complejas en segundos. Cada semana aparecen modelos más poderosos y agentes más autónomos.

Sin embargo, buena parte de la conversación pública continúa atrapada en una pregunta equivocada: ¿La inteligencia artificial sustituirá a los seres humanos? Es una pregunta legítima. Pero no es la más importante. La verdadera pregunta es otra: ¿Qué ocurrirá cuando la inteligencia deje de ser un recurso escaso?

Durante siglos, el conocimiento fue una fuente de poder. Los gobernantes dependían de un pequeño círculo de consejeros; las universidades concentraban el saber especializado; las empresas construían ventajas competitivas porque sabían algo que sus competidores ignoraban. Quien tenía más información, normalmente decidía mejor.

Ese mundo está desapareciendo. Por primera vez en la historia, millones de personas tienen acceso inmediato a capacidades analíticas que hasta hace muy poco pertenecían exclusivamente a los mejores centros de investigación del planeta. La inteligencia comienza a democratizarse.

Y cuando un recurso deja de ser escaso, cambia la naturaleza de la competencia. La historia del desarrollo humano puede leerse como la historia de aquello que fue escaso. Durante milenios fue la tierra. Después el capital. Más tarde la energía. En las últimas décadas, el conocimiento especializado. 

La inteligencia artificial está cerrando ese ciclo. No inaugura simplemente una nueva revolución tecnológica. Inaugura la era del juicio. Ésa es la verdadera transformación que tenemos frente a nosotros. La inteligencia seguirá siendo indispensable, pero dejará de ser el principal factor diferenciador. El recurso realmente escaso será la capacidad de convertir esa inteligencia en decisiones acertadas.

Hace más de medio siglo, Herbert Simon escribió una frase que hoy parece profética: "La abundancia de información crea pobreza de atención". Comprendió que el gran problema del futuro no sería producir más conocimiento, sino distinguir qué merece realmente nuestra atención.

La inteligencia artificial multiplica esa paradoja. Reduce el costo de obtener respuestas, pero aumenta el valor de formular las preguntas correctas. Porque la inteligencia y el juicio nunca han sido lo mismo.

Daniel Kahneman demostró que nuestros juicios están condicionados por sesgos, emociones y exceso de confianza. La inteligencia artificial puede ayudarnos a reducir algunos de esos errores, pero no puede decidir qué objetivos debe perseguir una sociedad, qué riesgos vale la pena asumir o qué principios éticos no deben sacrificarse.

Sir Andrew Likierman añade otra pieza esencial: el buen juicio nace de combinar conocimiento, experiencia, comprensión del contexto y capacidad de ejecución. Ninguno de esos atributos puede automatizarse completamente.

La conclusión resulta sorprendente. Mientras más poderosa sea la inteligencia artificial, mayor será el valor de aquello que ella no puede producir por sí sola: criterio, prudencia y discernimiento. Por eso el liderazgo también está cambiando.

Durante décadas admiramos a quienes parecían tener todas las respuestas. En la era del juicio serán más valiosos quienes formulen las preguntas que nadie más está haciendo. La inteligencia artificial podrá generar miles de respuestas en segundos. Pero una respuesta extraordinaria sigue dependiendo de una pregunta extraordinaria. Y ésa continuará siendo una tarea profundamente humana.

La segunda gran transformación es todavía más importante. La ventaja competitiva del siglo XXI dejará de ser la inteligencia. Será el aprendizaje. Las organizaciones más exitosas no serán necesariamente las que desarrollen los algoritmos más sofisticados. Serán las que aprendan más rápido que los cambios que ocurren a su alrededor.

Lo mismo sucederá con las naciones. Los países que prosperen no serán únicamente los que inviertan más en inteligencia artificial. Serán aquellos cuyas instituciones aprendan con mayor rapidez, corrijan antes sus errores e incorporen evidencia sin convertir cada rectificación en una derrota política.

La historia demuestra que las civilizaciones rara vez fracasan por falta de inteligencia. Con mucha mayor frecuencia fracasan porque dejan de aprender. Y ningún ámbito necesita comprender esta transformación con mayor urgencia que el gobierno.

México llega a esta nueva era en un momento decisivo de su historia. La inteligencia artificial coincide con una transformación geopolítica sin precedentes. La rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China, la revisión del T-MEC, la transición energética, el envejecimiento demográfico, el cambio climático, la revolución biotecnológica y la creciente sofisticación del crimen organizado están ocurriendo al mismo tiempo.

Cada uno de esos desafíos sería enorme por separado. Juntos forman un sistema de enorme complejidad. Los problemas del siglo XXI ya no respetan organigramas.

Una decisión energética afecta la competitividad industrial; ésta depende del capital humano; el capital humano de la educación; la educación de la revolución digital; la revolución digital exige ciberseguridad; la ciberseguridad es un asunto de seguridad nacional; la seguridad condiciona la inversión y la inversión determina el crecimiento económico. Todo está conectado.

Sin embargo, nuestros gobiernos siguen organizados como si cada problema pudiera resolverse desde un escritorio distinto. Ésa es la contradicción institucional de nuestro tiempo. Durante buena parte del siglo XX construimos burocracias para administrar una realidad relativamente estable. El siglo XXI exige algo diferente: instituciones capaces de aprender mientras la realidad cambia.

Ésa será la verdadera diferencia entre los países que prosperen y los que se rezaguen. Los primeros construirán Estados que aprenden. Los segundos seguirán intentando controlar una realidad demasiado compleja para ser controlada.

Un Estado que aprende no pretende saberlo todo. Reconoce que el conocimiento está distribuido entre universidades, empresas, centros de investigación, gobiernos locales, organizaciones sociales y ciudadanos. Su fortaleza no consiste en concentrar información, sino en conectar inteligencias.

Gobernar dejará de significar monopolizar el conocimiento. Gobernar significará crear las condiciones para que el mejor conocimiento disponible llegue a las decisiones públicas. Ése es un cambio mucho más profundo que cualquier innovación tecnológica.

Durante décadas confundimos autoridad con infalibilidad. Pensamos que un gobierno fuerte era aquel que nunca corregía sus decisiones. En realidad ocurre exactamente lo contrario. Las instituciones que no reconocen errores dejan de aprender; y cuando dejan de aprender, comienzan a perder contacto con la realidad.

Ésa ha sido una de las constantes de la historia. Las grandes organizaciones rara vez fracasan porque les falte inteligencia. Fracasan porque la soberbia les impide aprender. Por eso la inteligencia artificial no reduce la importancia del liderazgo. La aumenta.

Mientras las respuestas se vuelven abundantes, las preguntas correctas se vuelven más escasas. Mientras aumenta la capacidad de cálculo, crece el valor del criterio. Mientras las máquinas producen más inteligencia, los seres humanos deben producir más juicio.

Ahí reside la gran oportunidad para México. Es poco probable que nuestro país construya los modelos de inteligencia artificial más avanzados del mundo o lidere la fabricación de los semiconductores más sofisticados. Pero esa no será la única competencia decisiva del siglo XXI. Existe otra, mucho más importante. La competencia por construir gobiernos capaces de aprender más rápido.

México podría convertirse en un referente internacional si utiliza la inteligencia artificial para elevar la calidad de sus decisiones públicas; si fortalece un servicio civil profesional; si incorpora sistemáticamente evidencia en la formulación de políticas; si promueve la colaboración entre gobierno, universidades, empresas y sociedad civil; y, sobre todo, si desarrolla una cultura donde corregir un error sea una muestra de responsabilidad y no una derrota política.

Ésa sería una ventaja competitiva extraordinaria. Las tecnologías pueden comprarse. Los algoritmos evolucionan. Los centros de datos se construyen. Pero el juicio institucional tarda décadas en formarse. Y una cultura de aprendizaje requiere generaciones.

Al final, la lección de las Arginusas nunca trató realmente de una batalla naval. Trató de la distancia que existe entre disponer de información y ejercer buen juicio. Los atenienses contaban con datos, instituciones y deliberación pública. Sin embargo, tomaron una decisión que después lamentaron durante siglos.

Hoy nosotros contamos con una inteligencia incomparablemente superior. Dentro de pocos años conviviremos con sistemas capaces de analizar billones de datos, descubrir relaciones invisibles para cualquier ser humano y proponer soluciones con una velocidad que hoy apenas imaginamos.

Pero la pregunta decisiva seguirá siendo exactamente la misma. No será cuánto sabe una sociedad. Ni cuántos datos procesa. Ni qué tan poderosa es su inteligencia artificial. La pregunta será otra: ¿Es capaz de aprender más rápido que los problemas que enfrenta? Ésa será la verdadera medida de la prosperidad de las naciones.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/cuando-la-inteligencia-dejo-de-ser-escasa/


Saturday, July 18, 2026

La política contra la realidad

La política contra la realidad

Javier Treviño

@javier_trevino

Todos los partidos políticos quieren el poder. Es natural. Esa es su razón de ser. Existen para ganar elecciones y formar gobiernos. Tienen una visión de país y buscan moldear el futuro de una nación. Un partido que renuncia a conquistar el poder deja de ser un actor político para convertirse en un club desorganizado de opiniones.

El verdadero peligro aparece cuando un partido —sea gobierno u oposición— concluye que reconocer la realidad representa un mayor riesgo político que negarla. Y parecería que estamos ahora en ese escenario.

Admitir errores, aceptar datos incómodos o reconocer que una política pública no está funcionando puede tener costos inmediatos: pérdida de popularidad, críticas de la oposición, descontento de la militancia o debilitamiento del liderazgo. 

En cambio, negar los hechos, reinterpretarlos o construir una narrativa alternativa suele ofrecer beneficios políticos de corto plazo. Sin embargo, la historia demuestra que casi ninguna decisión resulta tan costosa para un país como gobernar sobre una realidad imaginaria.

La teoría de la negación de la realidad

Uno de los estudios más importantes sobre este fenómeno fue realizado por el sociólogo británico Stanley Cohen en su libro States of Denial. Explica que individuos, organizaciones y gobiernos desarrollan mecanismos para evitar reconocer hechos que amenazan su legitimidad o sus creencias.

La negación no suele consistir en decir que algo no ocurrió. Es mucho más sofisticada. Consiste en minimizar los hechos. Cambiarles el nombre. Buscar culpables externos. Redefinir los indicadores. Descalificar a quien presenta la evidencia. Cambiar la conversación. En otras palabras, construir una explicación políticamente conveniente aunque resulte objetivamente falsa. La negación permite ganar tiempo. Pero rara vez resuelve los problemas.

La disonancia cognitiva del poder

El psicólogo Leon Festinger, creador de la teoría de la disonancia cognitiva, explicó que cuando los hechos contradicen nuestras creencias profundas experimentamos una tensión psicológica. Existen dos caminos para eliminar esa tensión. Cambiar nuestras ideas. O reinterpretar la realidad. La mayoría de las personas escoge la segunda opción. Los partidos políticos también.

Cuando los datos económicos contradicen el discurso oficial, se desacreditan las estadísticas. Cuando aumentan ciertos delitos, se cuestionan las mediciones. Cuando una política pública fracasa, se culpa al pasado, a los medios, a los adversarios o al contexto internacional.

Pero exactamente el mismo mecanismo aparece en la oposición. Cuando el gobierno logra avances reales —por ejemplo, en programas sociales, infraestructura, inversión o estabilidad macroeconómica— algunas fuerzas opositoras simplemente los ignoran porque reconocerlos rompería la narrativa de que todo marcha mal. La negación no pertenece a una ideología. Pertenece a la naturaleza humana.

La marcha de la insensatez

La historiadora Barbara W. Tuchman, en su extraordinario libro The March of Folly, estudió algunos de los mayores errores políticos de la historia: la guerra de Troya, los Papas del Renacimiento, la pérdida de las colonias británicas en América y la guerra de Vietnam.

Encontró un patrón sorprendente. Los gobiernos sabían que sus decisiones estaban fracasando. Había evidencia, advertencias y alternativas. Sin embargo, persistieron. ¿Por qué? Porque políticamente resultaba más sencillo insistir en el error que reconocerlo.

Su conclusión parece escrita para muchas democracias contemporáneas: los gobiernos no fracasan solamente por falta de información; fracasan porque desarrollan una incapacidad para aceptar información que contradice sus decisiones.

El pensamiento grupal

El psicólogo Irving Janis, autor de la teoría del groupthink, explicó cómo los grupos muy cohesionados terminan convencidos de su propia infalibilidad. Aparecen varias señales inconfundibles. Todos parecen estar de acuerdo. Nadie cuestiona al líder. Las voces críticas desaparecen. Las malas noticias dejan de circular. Quienes presentan datos incómodos son marginados.

Poco a poco la organización deja de tomar decisiones basadas en evidencia y comienza a decidir con base en consenso interno. Muchas derrotas electorales inesperadas tienen exactamente ese origen. Nadie quiso decirle la verdad al dirigente.

Las mentiras públicas

El economista de la Universidad de Duke Timur Kuran, en Private Truths, Public Lies, estudió otro fenómeno fascinante: la falsificación de preferencias. Las personas muchas veces expresan públicamente opiniones que en realidad no comparten.

Ocurrió en Europa del Este antes de la caída del comunismo. Durante años parecía existir un apoyo masivo a los regímenes socialistas. En realidad millones de ciudadanos habían dejado de creer en ellos. Simplemente nadie se atrevía a decirlo. Cuando finalmente la verdad salió a la luz, los sistemas colapsaron con una velocidad que sorprendió al mundo.

La enseñanza para cualquier partido político es evidente. Los aplausos no siempre representan apoyo. El silencio tampoco significa aprobación. Las encuestas internas pueden convertirse en espejos deformados cuando nadie quiere transmitir malas noticias.

Las burbujas digitales

El jurista Cass Sunstein, profesor de Harvard, ha demostrado en #Republic y en Going to Extremes que las redes sociales favorecen la formación de cámaras de eco. Los algoritmos muestran principalmente aquello con lo que ya estamos de acuerdo. Los partidos terminan escuchando únicamente a sus simpatizantes. Confunden las tendencias de X o TikTok con el sentir nacional. Creen que un hashtag representa a millones de votantes. 

La consecuencia es devastadora. Diseñan campañas para convencer a quienes ya estaban convencidos. Mientras tanto, el electorado moderado observa con creciente distancia una discusión que cada vez le resulta más ajena.

La ilusión de tener siempre la razón

El psicólogo social Jonathan Haidt, en The Righteous Mind, sostiene que el razonamiento político rara vez busca descubrir la verdad. Su función principal consiste en justificar las creencias que ya tenemos. La razón trabaja como abogado defensor, no como juez imparcial.

Eso explica por qué gobiernos y oposiciones interpretan exactamente el mismo acontecimiento de formas completamente opuestas. No están analizando evidencia. Están defendiendo identidades.

México ofrece ejemplos para todos

La historia reciente de México ilustra perfectamente este fenómeno. El PRI tardó demasiado tiempo en reconocer que la sociedad mexicana había cambiado profundamente antes de la alternancia del año 2000 y de su derrota en 2018. El PAN subestimó el desgaste ciudadano acumulado durante sus dos sexenios y no comprendió a tiempo el creciente descontento social.

Hoy Morena enfrenta un desafío distinto, pero igualmente complejo: evitar que el enorme respaldo electoral se transforme en una sensación de infalibilidad. Todo gobierno exitoso corre el riesgo de creer que la legitimidad obtenida en las urnas sustituye la necesidad permanente de escuchar datos, corregir errores y aceptar críticas.

Al mismo tiempo, los partidos de oposición siguen enfrentando una pregunta que no pueden seguir posponiendo: ¿por qué millones de ciudadanos continúan votando por el oficialismo? Si la única respuesta consiste en atribuir esos resultados exclusivamente a propaganda, clientelismo o manipulación, difícilmente lograrán reconstruir una alternativa competitiva. Comprender las razones del apoyo ciudadano no significa compartirlas; significa entender la realidad antes de intentar transformarla.

La realidad no negocia

El inversionista Howard Marks suele recordar que los mercados pueden ignorar la realidad durante algún tiempo, pero nunca indefinidamente.

La política funciona igual. Puede construirse una narrativa. Puede manipularse la conversación pública. Puede modificarse el lenguaje. Pero finalmente aparecen los resultados. La economía crece o no crece. La seguridad mejora o empeora. La inversión aumenta o disminuye. La educación avanza o retrocede. Los ciudadanos viven mejor o viven peor. La realidad posee una enorme ventaja sobre cualquier estrategia de comunicación. Nunca deja de existir.

La humildad intelectual

El filósofo Karl Popper construyó toda una teoría del conocimiento sobre una idea profundamente democrática: ninguna persona posee la verdad definitiva.

Toda hipótesis debe estar abierta a ser refutada. Toda política pública debe poder evaluarse. Todo gobierno debe aceptar que puede equivocarse. Toda oposición debe aceptar que también puede hacerlo. La humildad intelectual no representa debilidad. Es una fortaleza institucional.

El liderazgo comienza cuando termina la propaganda

El médico y estadístico Hans Rosling, autor de Factfulness, sostenía que el mundo suele ser mejor —y también más complejo— de lo que imaginamos. Su invitación era sencilla: sustituir los prejuicios por evidencia y las emociones por datos.

Ésa debería ser también la aspiración de la política. México necesita menos propaganda y más diagnósticos. Menos consignas y más evidencia. Menos certezas ideológicas y más capacidad de corregir. Los grandes estadistas nunca construyeron su legado negando la realidad. Ninguno gobernó desde el autoengaño.

La prueba definitiva de la democracia

En una democracia madura, el verdadero liderazgo no consiste en ganar todas las discusiones ni en controlar la conversación pública. Consiste en tener la valentía de aceptar los hechos cuando éstos contradicen nuestras preferencias políticas.

El partido gobernante necesita comprender que ningún problema puede resolverse si primero se niega su existencia. La oposición necesita entender que ninguna alternativa convencerá a los ciudadanos si parte de un diagnóstico equivocado sobre el país. 

Ambos tienen una responsabilidad mayor que la de ganar la siguiente elección. Tienen el deber de preservar una cultura política donde la evidencia siga teniendo más valor que la propaganda y donde los hechos continúen siendo el punto de partida de cualquier decisión pública.

Porque las elecciones pueden ganarse con cuentos y relatos. Pero las naciones sólo prosperan cuando quienes ejercen el poder —y quienes aspiran a conquistarlo— tienen la disciplina intelectual y el valor moral de mirar la realidad de frente, incluso cuando ésta contradice sus propios intereses.

Al final, la política siempre puede intentar imponer su narrativa. Pero la realidad, tarde o temprano, termina imponiendo su veredicto.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/la-politica-contra-la-realidad/


Saturday, July 11, 2026

México 2036: gobernar para el futuro

México 2036: gobernar para el futuro

Javier Treviño

@javier_trevino

Entre 1985 y 1987 estudié la Maestría en Políticas Públicas en Harvard Kennedy School. Llegué a Cambridge, Massachusetts, en un momento de enormes transformaciones. El mundo todavía estaba marcado por la Guerra Fría. Ronald Reagan era presidente de Estados Unidos. México venía de una crisis económica profunda. América Latina intentaba consolidar sus democracias. 

En las aulas de HKS aprendí una idea que me ha acompañado durante toda mi vida pública y profesional: gobernar no es administrar la realidad como viene; gobernar es construir capacidades para cambiarla.

Por eso leí con enorme interés, hace un mes, la publicación “HKS 2036: Leadership for a New Era”. No la leí sólo como egresado. Lo leí como mexicano. Como alguien que cree que el servicio público sigue siendo una de las tareas más nobles de una sociedad. Y como alguien convencido de que México necesita, con urgencia, una visión seria hacia 2036.

La idea central del documento es poderosa: la forma en que gobernamos ya no corresponde con la forma en que vivimos. Esa frase debería discutirse en México todos los días.

Vivimos en sociedades digitales, pero tenemos gobiernos analógicos. Vivimos con inteligencia artificial, pero conservamos burocracias lentas. Vivimos en economías integradas, pero con instituciones fragmentadas. Vivimos en un mundo de riesgos globales, pero con capacidades públicas locales muchas veces débiles. Vivimos en una época de incertidumbre, pero seguimos formando servidores públicos para un mundo que ya no existe.

HKS 2036 propone tres grandes direcciones: fortalecer su base académica, responder a cuatro imperativos del futuro y activar a una comunidad global de más de 80 mil egresados, estudiantes, profesores, funcionarios y aliados. Sus cuatro imperativos son claros: abrir caminos al servicio público para todos; ayudar a los gobiernos a entregar mejores resultados; aprovechar la tecnología para el bien público; y formar líderes íntegros y eficaces para tiempos de polarización.

Comparto plenamente esa visión. Pero creo que México debería leerla no como una estrategia universitaria, sino como una provocación nacional. ¿Qué país queremos ser en 2036? Diez años parecen mucho tiempo. No lo son. Son apenas dos sexenios. Dos generaciones universitarias. Una ventana breve para reconstruir capacidades, recuperar confianza y preparar al país para una economía transformada por inteligencia artificial, transición energética, relocalización productiva, cambio climático, inseguridad, migración y tensiones geopolíticas.

Mi visión para México en 2036 comienza con una convicción: necesitamos volver a dignificar el servicio público. 

El país no saldrá adelante sólo con buenos discursos ni con ocurrencias sexenales. Necesita mujeres y hombres preparados, íntegros, competentes, con sentido ético y vocación de resultados. México debe formar una nueva generación de servidores públicos que entienda de datos, presupuesto, tecnología, seguridad, energía, educación, salud, diplomacia, desarrollo regional y construcción de acuerdos.

El servicio público no puede ser refugio de improvisados ni botín de lealtades partidistas. Tiene que volver a ser una carrera honorable. En 2036 quiero ver un México donde los mejores jóvenes aspiren a servir al país. Donde un alcalde tenga herramientas profesionales para gobernar. Donde un secretario estatal sepa implementar políticas públicas. Donde un funcionario federal sea evaluado por resultados, no por obediencia. Donde el mérito vuelva a importar.

El segundo gran cambio debe ser la obsesión por entregar resultados.

Durante décadas hemos confundido gobernar con anunciar programas. Pero gobernar no es anunciar. Gobernar es que las cosas funcionen. Que el hospital tenga medicinas. Que la escuela enseñe. Que la policía proteja. Que el trámite se resuelva. Que el permiso no dependa de mordidas. Que la carretera se construya. Que el agua llegue. Que la electricidad sea suficiente. Que el ciudadano no tenga que suplicar para ejercer un derecho.

México 2036 debe ser el país que dejó atrás la cultura del pretexto y construyó una cultura de ejecución. Para eso necesitamos gobiernos con capacidades reales: buenos sistemas de información, presupuestos evaluables, compras públicas transparentes, funcionarios capacitados, instituciones coordinadas y mecanismos de rendición de cuentas. La política pública no termina cuando se publica un powerpoint o un decreto en el Diario Oficial. Empieza cuando llega a la vida de las personas.

El tercer imperativo es la tecnología para el bien público.

Éste será el gran divisor entre los países que avancen y los que se queden atrás. La inteligencia artificial, los datos, la automatización y la ciberseguridad no son temas de especialistas. Son el nuevo sistema nervioso del gobierno.

En 2036 México debería tener expedientes médicos interoperables; educación personalizada con apoyo tecnológico; plataformas digitales para permisos y trámites; sistemas de seguridad basados en inteligencia; compras públicas abiertas; monitoreo en tiempo real de infraestructura; alertas tempranas para desastres naturales; y servicios ciudadanos diseñados desde la experiencia del usuario.

Pero la tecnología no debe servir para vigilar ciudadanos ni para concentrar poder. Debe servir para ampliar derechos, reducir corrupción, mejorar decisiones y acercar el Estado a las personas. Un gobierno digital sin ética puede volverse autoritario. Un gobierno digital con valores puede ser profundamente democrático.

La cuarta exigencia es quizá la más difícil: liderar en tiempos de polarización.

México está atrapado en una conversación pública cada vez más agresiva. El adversario se vuelve enemigo. La crítica se interpreta como traición. La discrepancia se castiga. La política deja de ser deliberación y se convierte en combate permanente. Ningún país puede construir futuro si destruye todos los puentes.

México 2036 necesita líderes capaces de escuchar sin debilitarse, negociar sin rendirse, disentir sin destruir y construir acuerdos sin perder principios. Necesitamos recuperar la idea de que la política no consiste en humillar al adversario, sino en resolver problemas comunes.

Eso aprendí en Harvard Kennedy School: el liderazgo público no consiste sólo en tener buenas ideas. Consiste en movilizar personas, instituciones y recursos para producir valor público en condiciones difíciles. Requiere análisis, pero también juicio. Datos, pero también valores. Técnica, pero también política. Convicción, pero también humildad.

Mi visión para México en 2036 es la de un país más capaz. Un país donde el Estado sea fuerte, pero no arbitrario. Donde el gobierno sea eficaz, pero no autoritario. Donde la iniciativa privada invierta con certidumbre. Donde la sociedad civil participe sin ser estigmatizada. Donde las universidades produzcan conocimiento útil. Donde los municipios tengan recursos y capacidades. Donde los estados innoven. Donde el gobierno federal coordine, no asfixie.

Quiero un México en 2036 con crecimiento sostenido, energía suficiente y limpia, seguridad pública profesional, justicia confiable, educación de calidad, infraestructura moderna y oportunidades para los jóvenes. Que aproveche plenamente su lugar en América del Norte. Que convierta el nearshoring en desarrollo regional. Que fortalezca su relación con Estados Unidos y Canadá sin perder soberanía. Que mire a Centroamérica no como problema, sino como responsabilidad estratégica. Que participe en el mundo con inteligencia, seriedad y visión.

Pero todo eso exige algo que nos ha faltado: continuidad. México no puede reinventarse cada seis años. Los países exitosos construyen sobre lo que funciona. Corrigen lo que falla. Aprenden. Evalúan. Perseveran. Aquí demasiadas veces destruimos instituciones por razones políticas, no por razones técnicas. Cambiamos nombres, logos, estructuras y prioridades, pero no construimos capacidades duraderas.

La gran tarea de México hacia 2036 es reconstruir la confianza. Confianza en el gobierno. Confianza en la ley. Confianza entre sectores. Confianza entre ciudadanos. Confianza en que el futuro puede ser mejor si trabajamos juntos.

En 1985, cuando llegué a estudiar a la Escuela Kennedy de Gobierno de Harvard, la relación entre México y Estados Unidos atravesaba uno de sus momentos más complejos desde la Segunda Guerra Mundial. México enfrentaba las secuelas de la crisis de la deuda de 1982, una inflación desbordada, una economía cerrada y profundamente protegida. Washington veía con creciente preocupación el avance del narcotráfico, la migración irregular y las diferencias ideológicas derivadas de la política exterior mexicana en Centroamérica. 

La desconfianza era mutua: en México persistía un fuerte nacionalismo que concebía a Estados Unidos más como una amenaza a la soberanía que como un socio estratégico, mientras que en Washington predominaba la percepción de que México era un vecino inestable, vulnerable y con escasa capacidad para modernizar su economía. 

Nadie imaginaba entonces que apenas unos años después ambos países comenzarían a construir una de las relaciones económicas más intensas del mundo con la negociación del Tratado de Libre Comercio. Esa transformación demuestra que las relaciones entre naciones no están determinadas por la historia, sino por la capacidad de sus líderes para imaginar un futuro distinto y tener el valor político para construirlo.

HKS 2036 me recordó por qué elegí estudiar políticas públicas. Porque los problemas públicos no se resuelven solos. Porque la democracia necesita instituciones competentes. Porque el liderazgo importa. Porque el conocimiento debe servir. Porque gobernar bien puede cambiar vidas. A casi cuarenta años de haber concluido mi maestría en Harvard, sigo creyendo en esa misión.

México necesita una visión 2036. No un documento burocrático. No una lista de promesas. Una verdadera agenda nacional para formar líderes, profesionalizar gobiernos, aprovechar tecnología, reducir polarización y construir prosperidad compartida. La pregunta es sencilla: ¿queremos administrar el deterioro o construir el futuro?

Harvard Kennedy School eligió mirar hacia 2036. México debería hacer lo mismo. Porque los países no fracasan sólo por falta de recursos. Fracasan cuando dejan de imaginar seriamente el futuro. Y prosperan cuando forman líderes capaces de construirlo.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/mexico-2036-gobernar-para-el-futuro/