Saturday, May 30, 2026

Democracia en tiempos de desorden

Democracia en tiempos de desorden

Javier Treviño

@javier_trevino

Hay intelectuales que estudian la historia desde la distancia académica. Y hay otros que la viven mientras ocurre. Timothy Garton Ash pertenece a esta segunda categoría. No es solamente un historiador. Tampoco es únicamente un periodista o un ensayista político. Es, quizá, algo más raro y más necesario en nuestro tiempo: un testigo intelectual de las grandes fracturas de Occidente.

Por eso resulta profundamente simbólico —y oportuno— que haya recibido el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2026. El reconocimiento no premia solamente una trayectoria académica. Premia una forma de entender la democracia liberal en una época en la que muchos parecen haber olvidado por qué vale la pena defenderla.

Las entrevistas concedidas después del anuncio del premio revelan a un pensador preocupado, incluso alarmado, por el estado actual del mundo. Cuando un periodista le preguntó cómo describiría la situación internacional, respondió con una mezcla de ironía y gravedad: “mala”… o, en dos palabras, “muy mala”. La frase resume bien el momento histórico que estamos viviendo.

Vivimos una etapa marcada por la simultaneidad de múltiples crisis: guerras, populismos, fragmentación social, polarización digital, deterioro institucional, ansiedad tecnológica y pérdida de confianza en las democracias liberales. Lo extraordinario es que Timothy Garton Ash anticipó muchas de estas tensiones desde hace años, cuando todavía predominaba el optimismo posterior a la caída del Muro de Berlín. Porque si hay una idea que atraviesa toda su obra es ésta: la democracia nunca está garantizada. Ese aprendizaje no proviene de la teoría abstracta. Proviene de la experiencia histórica. 

El profesor de Oxford fue uno de los grandes cronistas de la Europa del Este durante el derrumbe del bloque soviético. Estuvo en Polonia con Solidaridad. Caminó Berlín Oriental antes de la caída del muro. Conoció a Václav Havel. Observó cómo sistemas aparentemente eternos podían desmoronarse con enorme rapidez. Y quizá por eso entiende algo que muchas sociedades democráticas olvidaron después de 1989: la libertad política no es el estado natural de las cosas. Es una excepción histórica extremadamente frágil.

Su libro más reciente, Homelands: A Personal History of Europe, es profundamente revelador en ese sentido. Más que una memoria intelectual, es un recorrido por la historia europea de las últimas décadas, desde la esperanza democrática posterior a la Guerra Fría hasta el regreso de la guerra, el nacionalismo y el autoritarismo.

Lo interesante es que nunca cayó en el triunfalismo liberal que dominó buena parte de Occidente tras la caída de la Unión Soviética. Nunca creyó realmente en el “fin de la historia”. Su visión siempre fue más compleja, más europea y más trágica.

Para él, la democracia liberal no es un destino inevitable. Es una construcción política, cultural e institucional que requiere defensa permanente. Y ahí aparece una de sus ideas centrales: las democracias no mueren solamente por golpes militares o revoluciones violentas. También pueden erosionarse lentamente desde dentro.

Las democracias se erosionan a través de la captura de instituciones. Del debilitamiento de la prensa libre. De la destrucción de la esfera pública. Del deterioro de la verdad factual. De la polarización permanente. Del cansancio ciudadano. Del miedo. Del resentimiento. Del populismo convertido en método de gobierno. En sus entrevistas recientes, insiste especialmente en un tema que considera crucial: la destrucción de la esfera pública democrática. Y probablemente tiene razón.

Las democracias liberales fueron construidas sobre espacios comunes de deliberación: periódicos, universidades, parlamentos, radio-televisión pública, debate intelectual, discusión cívica. Lugares imperfectos, desde luego, pero donde todavía existía cierta posibilidad de compartir hechos, argumentos y desacuerdos dentro de un mismo marco de realidad.

Hoy esos espacios están fragmentándose dramáticamente. Las redes sociales y las plataformas tecnológicas han transformado la conversación pública en un sistema dominado por algoritmos que privilegian emoción, indignación y polarización. Timothy Garton Ash lo describe como “lo peor de ambos mundos”: fragmentación y polarización simultáneas.

La observación es extraordinariamente importante. Porque una democracia no puede sostenerse únicamente con elecciones. Necesita una esfera pública funcional. Necesita ciudadanos capaces de escuchar argumentos distintos. Necesita instituciones mediadoras. Necesita hechos compartidos.

Sin eso, la democracia se convierte lentamente en tribalismo digital. Y ahí es donde el pensamiento de Garton Ash adquiere enorme relevancia para nuestro tiempo. Muchos analistas siguen interpretando la crisis democrática exclusivamente como un problema económico o institucional. Él apunta hacia algo más profundo: una crisis cultural de la convivencia liberal.

La democracia liberal depende de algo más que reglas. Depende de hábitos cívicos. Depende de la disposición a convivir con el desacuerdo. Depende de aceptar límites al poder propio. Depende de reconocer legitimidad en el adversario. Depende de distinguir entre crítica y destrucción. Depende de aceptar que ninguna mayoría debería tener poder absoluto.

Por eso insiste tanto en la libertad de expresión. No porque crea ingenuamente que toda expresión es virtuosa. Sabe perfectamente que las palabras pueden manipular, polarizar o destruir. Pero entiende algo fundamental: una sociedad libre necesita preservar espacios donde el desacuerdo pueda expresarse sin miedo.

“El poder odia la libertad de expresión”, ha dicho repetidamente. Y probablemente esa frase resume buena parte de la historia política moderna. Lo interesante es que su defensa de la libertad de expresión no es dogmática ni simplista. No propone un libertarismo digital ingenuo. Lo que defiende es la necesidad de reconstruir condiciones para una conversación democrática sana.

Eso implica medios fuertes. Universidades libres. Debate intelectual serio. Periodismo profesional. Instituciones creíbles. Pluralismo real. En otras palabras: democracia como cultura, no solamente como procedimiento electoral.

Quizá por eso Europa ocupa un lugar tan central en su pensamiento. Europa no es solamente un mercado común ni una estructura burocrática. Es un proyecto civilizatorio construido sobre las ruinas de guerras, fascismos y totalitarismos. Y esa convicción explica también su enorme preocupación actual.

En sus entrevistas recientes habla de amenazas simultáneas provenientes de Rusia, China y Estados Unidos. La frase resulta provocadora, pero refleja su visión de un orden liberal occidental profundamente debilitado. Rusia representa la amenaza militar. China la presión económica y tecnológica. Y Estados Unidos la erosión interna de la tradición liberal occidental.

Eso obliga a Europa, según él, a asumir una responsabilidad histórica distinta. “La salvación de la democracia liberal depende sobre todo de nosotros los europeos”, declaró tras recibir el Princesa de Asturias. La afirmación tiene enorme peso intelectual.

Durante décadas, Europa delegó buena parte de su seguridad estratégica y de su confianza histórica en Estados Unidos. Pero Garton Ash cree que el mundo posterior a 1989 terminó. El orden liberal internacional ya no puede darse por sentado. Y ahí aparece otra de sus obsesiones: la complacencia.

Europa —y Occidente en general— se acostumbró demasiado rápido a considerar la libertad, la paz y la prosperidad como condiciones permanentes. Pero la historia europea demuestra exactamente lo contrario: la estabilidad es excepcional; el conflicto es recurrente.

Por eso insiste tanto en la memoria histórica. No como nostalgia. No como ritual académico. Sino como mecanismo de supervivencia democrática. Porque cuando las sociedades olvidan cómo colapsaron otras democracias, comienzan a creer ingenuamente que las propias son indestructibles. Y no lo son.

Ese es probablemente el mensaje más poderoso de Timothy Garton Ash. La democracia liberal no es automática. No es irreversible. No se sostiene sola. Necesita instituciones. Necesita cultura cívica. Necesita prensa libre. Necesita ciudadanos comprometidos. Necesita verdad factual. Necesita líderes responsables. Necesita autocrítica. Necesita capacidad de corregir errores sin destruirse a sí misma.

Y quizá ahí reside la verdadera profundidad de su pensamiento. No es un optimista ingenuo. Pero tampoco es un fatalista. Su obra está atravesada por una idea profundamente humana: incluso en los momentos más oscuros, las sociedades conservan capacidad de actuar. Lo vio en Solidaridad. Lo vio en Berlín. Lo vio en Praga. Lo vio en los disidentes soviéticos. Lo vio en las revoluciones pacíficas de 1989.

Por eso insiste tanto en la responsabilidad ciudadana. La democracia no sobrevive solamente por constituciones o tribunales. Sobrevive cuando suficientes personas deciden defenderla antes de que sea demasiado tarde.

Y quizá esa es la razón profunda por la que el Premio Princesa de Asturias resulta tan pertinente en este momento histórico. Porque vivimos una época donde muchas sociedades parecen cansadas de la democracia liberal sin recordar realmente qué alternativas históricas existen cuando ésta se deteriora.

La historia europea que se ha narrado durante décadas contiene precisamente esa advertencia. Las democracias rara vez desaparecen de golpe. Se erosionan lentamente. Se acostumbran gradualmente a la degradación. Pierden confianza en sí mismas. Normalizan el deterioro institucional. Confunden polarización con vitalidad democrática. Y terminan descubriendo demasiado tarde que destruir es mucho más fácil que construir.

Tal vez por eso su obra resulta hoy tan necesaria. Porque en un mundo dominado por la velocidad, la indignación y el ruido digital, Timothy Garton Ash sigue recordándonos algo profundo: la democracia liberal no es solamente un sistema político. Es una disciplina moral de convivencia entre personas que aceptan vivir juntas sin destruirse mutuamente.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/democracia-en-tiempos-de-desorden/


Saturday, May 23, 2026

Inteligencia artificial y reconstrucción de gobiernos

Inteligencia artificial y reconstrucción de gobiernos

Javier Treviño

@javier_trevino

Hace unos días, el Decano de la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universdiad de Harvard, Jeremy Weinstein, estuvo en nuestro país. Tuve la oportunidad de conversar con él en la Ciudad de México, y posteriormente en Monterrey, sobre algunos de los grandes desafíos que enfrentan hoy las democracias, las instituciones públicas y las empresas ante la aceleración tecnológica que está transformando al mundo.

Como egresado de la maestría en políticas públicas de Harvard, mi conversación con Weinstein fue fascinante porque el profesor no pertenece al grupo de tecnólogos ingenuos que ven a la inteligencia artificial como una solución mágica para todos los problemas humanos. Su aproximación es mucho más profunda. Más política. Más institucional. Más realista.

Su tesis central podría resumirse así: la inteligencia artificial no es solamente una revolución tecnológica; es una transformación de la capacidad del Estado, de la democracia y de la relación entre ciudadanos e instituciones.

Y mientras lo escuchaba, no podía dejar de pensar en el reto que tendrán las nuevas generaciones para reconstruir gobiernos. Enfrentarán exactamente muchos de los problemas que Weinstein describe: burocracias lentas, instituciones fragmentadas, exceso de trámites, débil coordinación gubernamental, baja capacidad de ejecución, corrupción, pérdida de confianza ciudadana y sistemas públicos que frecuentemente reaccionan demasiado tarde frente a problemas cada vez más complejos.

Durante décadas, los gobiernos fueron diseñados para un mundo relativamente estable, lento y predecible. Un mundo de expedientes físicos, jerarquías rígidas y flujos de información verticales. Los gobiernos fueron diseñados bajo supuestos de la era industrial: escasez de información, comunicación jerárquica, ciclos lentos de decisión, administración basada en papel, conocimiento altamente centralizado. 

En The Nerves of Government (1963), Karl W. Deutsch desarrolló una idea extraordinariamente adelantada a su tiempo: los gobiernos funcionan como sistemas nerviosos capaces —o incapaces— de percibir información, procesarla, aprender y reaccionar frente a su entorno. 

Para Deutsch, el verdadero poder de un Estado no dependía solamente de leyes, ideologías o fuerza coercitiva, sino de su capacidad para comunicar, coordinar y adaptarse. Un gobierno eficaz es aquel que recibe señales correctas de la sociedad, corrige errores, aprende continuamente y responde con velocidad e inteligencia a los cambios del entorno. 

Cuando los “nervios” del gobierno se saturan, se aíslan o dejan de transmitir información de calidad, las instituciones comienzan a reaccionar tarde, pierden capacidad de coordinación y eventualmente se desconectan de la realidad. Décadas antes de la inteligencia artificial, Deutsch entendió algo fundamental para el siglo XXI: gobernar es, en esencia, procesar complejidad. 

Hoy, muchos de esos nervios están dañados, fragmentados o simplemente saturados. Las instituciones públicas cada vez tienen más dificultades para integrar información entre dependencias, anticipar crisis, coordinar políticas, detectar corrupción, personalizar servicios, procesar retroalimentación ciudadana, o incluso comprender las consecuencias indirectas de sus propias decisiones. El resultado es una parálisis institucional disfrazada de gobernanza. 

Hoy vivimos en un entorno definido por la sobrecarga de información, velocidad digital, interdependencia global, volatilidad geopolítica, redes sociales, inteligencia artificial, y crisis simultáneas. La mayoría de las burocracias del mundo simplemente no fueron diseñadas para operar en esta realidad. Y ahí es donde la IA podría convertirse en una herramienta histórica de reconstrucción institucional.

No porque vaya a reemplazar gobiernos o servidores públicos, sino porque puede ampliar enormemente la capacidad cognitiva del Estado. Éste es quizá el concepto más importante. La IA permite procesar complejidad a escalas antes imposibles: analizar millones de documentos, detectar patrones de corrupción, modelar escenarios económicos, acelerar permisos, anticipar riesgos, optimizar programas sociales, reducir tiempos burocráticos, mejorar servicios públicos, coordinar información entre dependencias. 

En otras palabras, podría ayudar a reconstruir la capacidad estatal en gobiernos agotados por la complejidad o por la polarización política. Muchos gobiernos parecen cada vez más lentos frente a sociedades que cambian cada vez más rápido. El resultado es frustración social, pérdida de legitimidad y una peligrosa erosión de confianza.

La gente ya no evalúa únicamente ideologías. Evalúa capacidad de respuesta. Y eso cambia completamente la naturaleza de la política. Durante mucho tiempo pensamos que el principal reto de los gobiernos era definir buenas políticas públicas. Hoy el gran reto es ejecutarlas eficazmente en entornos extraordinariamente complejos.

La IA podría ayudar justamente ahí. Imaginemos, por ejemplo: sistemas de salud capaces de detectar brotes epidemiológicos en tiempo real; plataformas gubernamentales que reduzcan trámites de semanas a minutos; sistemas judiciales apoyados por IA para disminuir rezagos; algoritmos que detecten redes de corrupción en compras públicas; modelos predictivos para prevenir violencia; ciudades inteligentes capaces de optimizar movilidad, agua y energía dinámicamente. 

Esto ya no pertenece a la ciencia ficción. Está empezando a ocurrir. Pero aquí aparece la gran advertencia de Weinstein: el problema no es solamente tecnológico. Es institucional. Porque la IA también puede amplificar los defectos del Estado.

Una burocracia eficiente con IA puede convertirse en una burocracia extraordinariamente eficaz. Pero una burocracia corrupta con IA puede convertirse en una maquinaria corrupta todavía más poderosa.

Un gobierno democrático puede utilizar IA para mejorar servicios públicos y fortalecer transparencia. Pero un gobierno autoritario puede utilizar exactamente la misma tecnología para expandir vigilancia, manipular información, automatizar censura o concentrar poder.

Ése es el verdadero dilema del siglo XXI. La IA podría fortalecer la democracia o erosionarla profundamente. Y la diferencia no estará en la tecnología misma, sino en la calidad de las instituciones y del liderazgo político.

Weinstein insiste mucho en un concepto fundamental desarrollado cuando era profesor de Stanford: “human-centered AI”, IA centrada en las personas. La idea parece obvia, pero no lo es. Porque muchas veces la conversación tecnológica gira exclusivamente alrededor de eficiencia, automatización, productividad, velocidad. 

Las sociedades democráticas requieren transparencia, supervisión humana, explicabilidad, rendición de cuentas (accountability), legitimidad, derechos ciudadanos. La democracia no puede convertirse en una “caja negra algorítmica”. Los ciudadanos necesitan entender cómo se toman las decisiones públicas. Necesitan confiar en los sistemas. Necesitan sentir que todavía existe control humano sobre procesos fundamentales.

La IA podrá procesar datos, pero no sustituirá al liderazgo político legítimo. Y eso es particularmente relevante. Ahora podríamos utilizar la IA para simplificar los trámites, reducir la corrupción, fortalecer la seguridad, acelerar la construcción de infraestructura, mejorar la planeación urbana, modernizar los sistemas educativos, optimizar la salud pública, mejorar la recaudación, fortalecer la transparencia. 

Y aquí emerge una paradoja fascinante. La IA podría hacer más importante el buen juicio humano, no menos. Porque mientras las tareas repetitivas se automaticen, el verdadero valor del liderazgo estará en el pensamiento estratégico, razonamiento ético, coordinación institucional, empatía, negociación, construcción de confianza.

Pero también enfrentamos enormes riesgos. Porque la tecnología no sustituye instituciones sólidas. Ésta quizá es la gran lección de Weinstein. Muchas veces los países creen que pueden resolver la debilidad institucional solamente incorporando tecnología. La historia demuestra que eso rara vez funciona. La tecnología amplifica capacidades existentes. Si existen instituciones fuertes, liderazgo serio y visión estratégica, la IA puede convertirse en una herramienta extraordinaria de modernización. Pero si predominan improvisación, polarización, opacidad o concentración excesiva de poder, la tecnología puede acelerar el deterioro institucional.

Y esto ocurre justo cuando el mundo atraviesa una nueva etapa de competencia geopolítica, transformación energética y reconfiguración económica global. La IA será parte central de esa competencia. Estados Unidos, China y Europa ya están entendiendo que la IA no es solamente un negocio tecnológico. Es infraestructura estratégica del siglo XXI. Quien controle las capacidades avanzadas de IA tendrá ventajas enormes en productividad, defensa, innovación, educación, seguridad, finanzas, diplomacia, industria, e incluso narrativa política. 

Estamos frente a una transformación histórica comparable a la Revolución Industrial o al nacimiento de Internet. La IA obligará a replantear completamente el funcionamiento del gobierno. Durante décadas construimos burocracias diseñadas para administrar estabilidad. Pero el futuro exigirá instituciones capaces de administrar complejidad permanente. La diferencia es enorme.

Los gobiernos del futuro necesitarán aprender continuamente, procesar información en tiempo real, coordinar sistemas complejos, anticipar riesgos, adaptarse rápidamente, y mantener legitimidad democrática en medio de cambios tecnológicos acelerados. 

En otras palabras: necesitaremos Estados mucho más inteligentes. Pero también mucho más humanos. Porque existe un riesgo evidente de fascinación tecnocrática. Hay quienes piensan que más datos automáticamente producen mejores decisiones. Y la historia demuestra que no es así.

Las sociedades no funcionan únicamente con algoritmos. Funcionan con confianza, legitimidad, cultura cívica, instituciones, ética y liderazgo. Jeremy Weinstein lo entiende muy bien. Por eso sus ideas resultan tan relevantes en este momento histórico. La gran pregunta ya no es si la IA cambiará gobiernos y sociedades. Eso ya comenzó.

Las verdaderas preguntas son: ¿Seremos capaces de utilizar esta revolución tecnológica para reconstruir instituciones más eficaces, más transparentes y más humanas? ¿O terminaremos creando sistemas más eficientes… pero menos democráticos?

El desenlace todavía no está escrito. Pero una cosa parece clara: los países que sobrevivan mejor al siglo XXI no serán necesariamente los que tengan únicamente más tecnología. Serán aquellos capaces de combinar inteligencia artificial con inteligencia institucional.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/inteligencia-artificial-y-reconstruccion-de-gobiernos/


Saturday, May 16, 2026

Soberanía en tiempos de algoritmos

Soberanía en tiempos de algoritmos

Javier Treviño

@javier_trevino

La soberanía ha vuelto al centro de la política mundial. Pero regresó distinta. Dejó de ser una abstracción académica. Volvió a convertirse en una obsesión política. Y México se encuentra en el centro de esa transformación.

Durante tres décadas escuchamos que la globalización había reducido la importancia del estado nación. Que las fronteras importarían menos. Que el comercio, internet y las cadenas de suministro globales terminarían creando un mundo crecientemente integrado y postnacional. Muchos gobiernos asumieron que la eficiencia económica sería suficiente para garantizar estabilidad política.

La realidad desmintió esa idea. Primero vino Brexit. Después la pandemia. Más tarde la guerra en Ucrania. Luego la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China. Y ahora observamos el regreso de discursos abiertamente proteccionistas, nacionalistas y soberanistas.

El mundo está entrando a una nueva etapa. Las grandes potencias vuelven a hablar de fronteras, control industrial, autonomía energética, relocalización de cadenas, seguridad nacional, aranceles, tecnología estratégica, migración, soberanía digital, inteligencia artificial y poder geopolítico.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que la globalización no eliminó la necesidad de hablar de soberanía: la intensificó. Mientras más interconectado se volvió el mundo, más vulnerables comenzaron a sentirse los países. Y la interdependencia sin resiliencia puede convertirse en debilidad nacional.

Quizá por eso vale la pena regresar a los antiguos griegos. Porque aunque ellos nunca utilizaron la palabra “soberanía” en el sentido moderno, sí desarrollaron las preguntas fundamentales que hoy vuelven a definir la política mundial: ¿Quién manda? ¿Con qué legitimidad? ¿Cómo se protege una comunidad política? ¿Qué ocurre cuando una potencia presiona a otra nación más débil? ¿Cuáles son los límites del poder?

En la Ilíada, Homero retrata a Agamenón como un líder poderoso pero incapaz de controlar su arrogancia. Tiene autoridad formal, pero comienza a perder legitimidad moral. El resultado es deterioro interno en medio de una guerra existencial. La lección sigue vigente: el poder sin prudencia termina debilitándose desde adentro.

Más adelante, Solón intentó salvar a Atenas del colapso político construyendo instituciones capaces de canalizar el conflicto social. Entendió algo extraordinariamente moderno: la estabilidad no surge de eliminar tensiones, sino de administrarlas mediante reglas legítimas.

Y luego apareció Tucídides. Quizá ningún pensador antiguo resulta hoy más contemporáneo. En su relato de la “Guerra del Peloponeso” describió cómo Atenas —la democracia admirada por el mundo griego— terminó comportándose como un imperio obsesionado con preservar poder y seguridad. El célebre “Diálogo de Melios” sigue siendo una de las reflexiones más brutales sobre soberanía y poder internacional. Los atenienses le dicen a los melios: “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.

Dos mil quinientos años después, esa frase vuelve a recorrer el sistema internacional. Porque el mundo actual se parece cada vez más al universo descrito por Tucídides: grandes potencias compitiendo por supremacía, alianzas en redefinición, presiones económicas utilizadas como armas, disputas tecnológicas, tensiones comerciales y conflictos crecientes alrededor de cadenas estratégicas.

La rivalidad entre Estados Unidos y China está reorganizando el planeta. Y México quedó exactamente en medio. Durante décadas, la relación bilateral México-Estados Unidos estuvo dominada por comercio, migración y seguridad. Pero ahora se están añadiendo nuevas dimensiones: competencia tecnológica, semiconductores, energía, inteligencia artificial, infraestructura crítica, cadenas de suministro, control fronterizo, combate al narcotráfico y soberanía industrial.

La discusión ya no es solamente económica. Es geopolítica. Estados Unidos entiende perfectamente esta lógica. Sus discursos sobre aranceles, migración y relocalización industrial no son únicamente electorales. Responden a una visión soberanista del poder estadounidense.

Cuando Washington pone sobre la mesa la posibilidad de imponer aranceles a productos mexicanos vinculando comercio con migración o combate al narcotráfico, en realidad está enviando un mensaje mucho más profundo: Estados Unidos ya no ve la integración económica solamente como un proyecto de eficiencia. La ve como un instrumento de seguridad nacional. Eso cambia completamente el tablero.

Durante años, México asumió que el libre comercio generaría automáticamente estabilidad estratégica. Hoy descubrimos que la interdependencia también puede convertirse en vulnerabilidad política. Europa aprendió esa lección con el gas ruso. La pandemia mostró otra dimensión del problema. Muchos países descubrieron que no podían producir insumos médicos básicos. De pronto, cubrebocas, ventiladores, medicamentos y vacunas se volvieron asuntos de soberanía nacional. 

Después vinieron los chips. Los semiconductores son para el siglo XXI lo que el petróleo fue para el siglo XX: infraestructura crítica de poder. Sin chips no hay inteligencia artificial, telecomunicaciones, defensa, automóviles, sistemas financieros, logística ni industria avanzada.

Por eso hoy las grandes potencias están rediseñando políticas industriales, energéticas y tecnológicas. Lo que antes se consideraba simplemente política económica ahora se considera seguridad nacional. Semiconductores, inteligencia artificial, minerales críticos, telecomunicaciones, baterías y energía limpia dejaron de ser únicamente sectores productivos. Se convirtieron en instrumentos estratégicos de soberanía.

México se ha beneficiado enormemente de la integración económica con Estados Unidos. Pero al mismo tiempo enfrenta el riesgo de quedar atrapado entre la rivalidad Washington-Beijing, las presiones de seguridad, el endurecimiento fronterizo, las disputas energéticas y la creciente politización de la relación bilateral.

La soberanía mexicana hoy ya no depende solamente de la protección del territorio. Depende también de su capacidad energética, infraestructura, Estado de derecho, seguridad pública, talento tecnológico, resiliencia institucional, cadenas industriales, ciberseguridad y estabilidad política.

La soberanía moderna ya no se mide únicamente con ejércitos. También se mide con capacidad de producir energía suficiente, atraer inversión, proteger datos, desarrollar talento e integrarse inteligentemente a las cadenas globales.

Los algoritmos se están convirtiendo en instrumentos de poder geopolítico. Quien controla datos controla ventajas estratégicas. Quien domina inteligencia artificial tendrá ventajas económicas, militares y políticas enormes. Quien dependa completamente de tecnología externa reducirá gradualmente márgenes reales de autonomía. La pregunta central del siglo XXI ya no es únicamente ¿quién controla el territorio? Ahora también es: ¿quién controla los sistemas invisibles que organizan la vida económica y política?

México enfrenta esta transición en medio de tensiones particularmente delicadas. Por un lado, posee una oportunidad histórica: la relocalización industrial puede atraer inversiones enormes y convertir a México en pieza estratégica de las cadenas manufactureras occidentales.

Pero esa oportunidad exige condiciones muy concretas: energía suficiente, seguridad, agua, infraestructura, talento, certidumbre jurídica, instituciones regulatorias confiables y relaciones maduras con Estados Unidos.

Aquí aparece otra lección griega fundamental. Aristóteles sostenía que la fortaleza de una comunidad política no dependía solamente de quién gobernaba, sino del propósito del gobierno: el bien común o el interés de una facción.

La polarización permanente erosiona la capacidad estratégica. Y México necesita justamente lo contrario: cohesión, capacidad técnica, visión de largo plazo, cooperación institucional y una relación madura con Washington.

La realidad geopolítica es contundente: México y Estados Unidos están entrando en una etapa de interdependencia todavía más profunda. No menos. La economía norteamericana necesita manufactura integrada. Estados Unidos necesita cadenas regionales más resilientes frente a China. Necesita infraestructura logística compartida. Necesita estabilidad fronteriza. Necesita cooperación en seguridad. Y también necesita energía.

México, por su parte, necesita inversión, crecimiento, acceso tecnológico, mercados, certidumbre y estabilidad regional. La paradoja moderna de la soberanía es que la autonomía ya no se construye mediante aislamiento. Se construye con la integración inteligente.

Los griegos habrían entendido perfectamente este dilema. Porque ellos sabían que ninguna ciudad sobrevivía sola por mucho tiempo. Las alianzas eran indispensables. Pero también sabían que la dependencia excesiva podía convertirse en subordinación.

Ahí radica el equilibrio más difícil de todos: ni sumisión ingenua ni nacionalismo estéril. La soberanía moderna exige algo mucho más sofisticado: capacidad de negociación, resiliencia institucional, fortaleza económica, legitimidad democrática y visión estratégica.

Platón advertía que las sociedades podían deteriorarse cuando las emociones colectivas sustituían a la deliberación racional. Esa advertencia parece escrita para nuestra época. Hoy la política global vive dominada por ansiedad, polarización, miedo identitario, desinformación, redes sociales, populismos y aceleración tecnológica. En ese entorno, la tentación soberanista puede derivar fácilmente hacia el aislacionismo o la confrontación permanente.

Pero ninguna economía moderna puede prosperar encerrándose. México enfrenta entonces un reto histórico extraordinario: fortalecer soberanía sin romper integración. Construir resiliencia sin caer en autarquía. Defender intereses nacionales sin destruir cooperación estratégica. Porque la soberanía moderna ya no puede definirse como autonomía absoluta. 

Los antiguos griegos entendían algo esencial: las ciudades podían desaparecer no sólo por invasiones externas, sino también por errores internos —arrogancia, improvisación, polarización, corrupción o incapacidad de adaptación. La lección sigue vigente.

La soberanía no se pierde únicamente cuando otro país invade tu territorio. También puede erosionarse lentamente cuando un país pierde capacidad de producir, innovar, educar, gobernar, construir confianza, generar energía, garantizar seguridad y adaptarse a los cambios del mundo.

En el siglo XXI, las naciones más soberanas no serán necesariamente las más aisladas ni las más estridentes. Serán las más preparadas. Las que entiendan que la soberanía ya no depende solamente de defender fronteras sino de gobernar la complejidad. 

El poder del futuro ya no pertenecerá solamente a quienes controlen territorios. Pertenecerá también a quienes controlen las infraestructuras invisibles que organizan el mundo: energía, datos, chips, algoritmos y conocimiento. Y ésa es exactamente la gran batalla geopolítica de nuestro tiempo.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/soberania-en-tiempos-de-algoritmos/


Saturday, May 09, 2026

Tenemos que producir futuro

Tenemos que producir futuro

Javier Treviño

@javier_trevino

La presidenta de México presentó los nuevos proyectos del Plan México como una apuesta para detonar el crecimiento en el nuevo contexto global: corredores industriales vinculados al nearshoring, inversiones en infraestructura logística —puertos, trenes y carreteras—, ampliación de la capacidad energética con énfasis en soberanía, y programas para fortalecer proveedores nacionales dentro de las cadenas de valor. 

El anuncio, rodeado de cifras ambiciosas y un lenguaje de oportunidad histórica, buscó proyectar a México como un nodo clave de la relocalización productiva en América del Norte. Sin embargo, una pregunta de fondo quedó flotando en el ambiente: ¿lograrán estos proyectos transformar la estructura productiva del país?

Recuerdo que, en uno de los grupos de estudio de alguno de los cursos de la maestría en Harvard, uno de mis compañeros, que venía de un país de Europa del Este, decía que las sociedades no se desmoronan por falta de ideas, sino por aferrarse demasiado tiempo a las ideas equivocadas. México no está estancado por falta de oportunidades. Tal vez está estancado por una idea equivocada del desarrollo.

Durante décadas, la narrativa era aparentemente impecable: abrir la economía, integrarse al mundo, atraer inversión, exportar manufacturas y, con el tiempo, el crecimiento llegaría por derrame. Fue una estrategia disciplinada, coherente y, durante algunos años, efectiva.

Pero hoy sabemos que ese modelo ya no alcanza. Y, sin embargo, seguimos actuando como si todavía fuera suficiente. Ahí está el núcleo del problema. México no se está quedando atrás por falta de talento, ni de geografía, ni de geología, ni de acceso a mercados. Se está quedando atrás porque insiste en un modelo económico que el mundo ya superó.

El nuevo libro del profesor de Harvard, Dani Rodrik, “Shared Prosperity in a Fractured World: A New Economics for the Middle Class, the Global Poor, and Our Climate”, ofrece una de las explicaciones más contundentes de este fenómeno. Su tesis es simple pero devastadora: el paradigma de la globalización basado en eficiencia, apertura y exportaciones dejó de producir prosperidad compartida. Y quienes no lo entiendan, quedarán atrapados en un crecimiento mediocre, socialmente frágil y políticamente inestable.

El error de diagnóstico

Rodrik plantea que el mundo enfrenta tres desafíos simultáneos: reconstruir la clase media, reducir la pobreza global y enfrentar el cambio climático. El error de las últimas décadas ha sido tratarlos como problemas separados, cuando en realidad son uno solo: un problema de transformación productiva.

Sin una estrategia integrada —advierte— se generan “trade-offs crueles”: crecimiento que destruye empleos, políticas climáticas que generan pobreza, o expansión económica que erosiona la democracia. 

México ha caído exactamente en esa lógica. Se ha concentrado en crecer —aunque sea poco— sin preguntarse qué tipo de crecimiento genera. Se ha integrado al comercio global sin construir una base productiva amplia. Ha promovido inversión, pero sin garantizar que esa inversión cree empleos de calidad o fortalezca el tejido social. El resultado es un país que exporta más que nunca… pero crece menos que nunca.

La ilusión manufacturera

Durante años, la gran promesa fue clara: la manufactura exportadora sería el motor del desarrollo. Y durante un tiempo lo fue. Pero ese modelo tal vez está llegando a su límite. La automatización, la competencia global y la fragmentación de las cadenas de valor han reducido su capacidad de generar empleos masivos. Incluso en los países más exitosos, su poder de inclusión es hoy mucho menor.

México, sin embargo, sigue apostando a esa carta. El nearshoring ha reavivado el entusiasmo. Se habla de una oportunidad histórica frente a la rivalidad entre Estados Unidos y China. Y lo es. Pero también es incompleta. Porque la pregunta clave no es si llegará inversión. La pregunta es otra: ¿qué tipo de país se construye con esa inversión?

Hoy, la manufactura en México opera en gran medida como un enclave: altamente productiva, integrada a cadenas globales, pero desconectada del resto de la economía. Genera valor, pero no necesariamente lo distribuye. Exporta, pero no necesariamente transforma.

Y mientras tanto, la mayoría de los mexicanos sigue trabajando en sectores de baja productividad: comercio informal, servicios precarios, economías locales sin escalabilidad. Ahí está la verdadera fractura.

El futuro está en los servicios

Una de las ideas más disruptivas del libro de Rodrik es que los empleos del futuro no estarán en la manufactura, sino en los servicios. No en los servicios sofisticados de élite, sino en aquellos donde trabaja la mayoría: comercio, logística, cuidado, alimentación.

El problema es que esos sectores son hoy poco productivos. Y ahí está la nueva frontera del desarrollo: no mover trabajadores hacia sectores modernos, sino elevar la productividad donde ya están.

Esto implica un cambio radical de enfoque: dejar de pensar el desarrollo como un proceso “de arriba hacia abajo” —basado en grandes empresas exportadoras— y comenzar a construirlo “de abajo hacia arriba”, fortaleciendo pequeñas y medianas empresas, difundiendo tecnología, profesionalizando servicios y mejorando capacidades locales.

México ha hecho exactamente lo contrario. Ha privilegiado grandes inversiones y grandes proyectos, pero ha descuidado el ecosistema donde realmente se juega el futuro de la productividad. En otras palabras: hemos construido una economía moderna en la superficie… sobre una base profundamente rezagada.

La clase media que no llegó

Rodrik insiste en que la clase media no es solo un resultado económico; es una condición política. Sin empleos dignos, estables y bien remunerados, la democracia se debilita. Surgen la polarización, la desconfianza, las soluciones de corto plazo.

México vive esa paradoja. Ha logrado estabilidad macroeconómica, pero no movilidad social. Ha profundizado su integración global, pero no ha generado prosperidad para todos.

El país evitó crisis profundas. Pero no logró construir una clase media robusta. Y sin clase media, el sistema político se vuelve frágil. El problema no es ideológico. Es estructural.

El país que confundió apertura con estrategia

Otro de los puntos centrales en el libro de Rodrik es su crítica a la hiperglobalización: un modelo donde la integración se convierte en un fin en sí mismo. Su propuesta es una globalización más pragmática: menos rígida, más flexible, más compatible con las necesidades nacionales.

México, en cambio, internalizó una versión rígida de apertura: reglas claras, disciplina macro, integración comercial… pero poca capacidad de acción estratégica. Fue un excelente alumno de la globalización. Pero un mal arquitecto de su propio desarrollo.

El gran ausente: el Estado productivo

La lección más importante del libro es que el desarrollo no ocurre espontáneamente. Se construye. Rodrik no propone un Estado omnipresente, sino un Estado inteligente: capaz de experimentar, coordinar, aprender y corregir. Un Estado que trabaje con el sector privado para resolver problemas concretos, identificar oportunidades y escalar soluciones.

México no tiene ese Estado. Tiene, en cambio, una mezcla de desconfianza histórica hacia la política industrial y una capacidad institucional limitada para implementarla bien. El resultado es un vacío estratégico: ni mercado plenamente funcional, ni Estado eficaz. Y en ese vacío, otros países avanzan.

La oportunidad que se está perdiendo

El mundo está entrando en una nueva fase: reconfiguración de cadenas de valor, transición energética, revolución tecnológica, tensiones geopolíticas. Es una oportunidad extraordinaria para México. Pero solo si entiende que el juego cambió.

No basta con atraer inversión. Hay que transformarla en desarrollo. No basta con exportar más. Hay que crear más valor interno. No basta con crecer. Hay que crecer mejor.

Rodrik lo dice con claridad: el futuro de la prosperidad depende de la capacidad de los países para rediseñar sus estrategias productivas en torno a empleos, sostenibilidad y cohesión social. Tenemos que hacer ese rediseño.

El riesgo silencioso

El mayor peligro para México no es una crisis. Es algo más sutil: crecer sin desarrollar. Aumentar exportaciones sin aumentar productividad general. Atraer inversión sin generar empleos de calidad. Integrarse al mundo sin fortalecer el mercado interno.

Ese es el espejismo. Y es un espejismo peligroso, porque da la ilusión de avance mientras el rezago estructural se profundiza.

Producir futuro

La pregunta no es si México puede crecer más. La pregunta es otra: ¿sabemos cómo crecer en el mundo que viene?

Porque el modelo que nos integró al mundo ya no garantiza prosperidad. Y el nuevo modelo —basado en productividad de servicios, política industrial inteligente y reconstrucción de la clase media— aún no forma parte del consenso nacional. Ahí está el verdadero rezago.

Las naciones no fracasan por falta de recursos. Fracasan por falta de visión. México no está condenado a quedarse atrás. Pero sí está en riesgo de hacerlo si no abandona sus viejas certezas.

Rodrik ofrece una brújula. No una receta, pero sí una dirección: reconstruir la economía desde la base productiva, desde los empleos, desde las personas.

En última instancia, el desarrollo no es una ecuación macroeconómica. Es una decisión política. Y hoy, la pregunta más importante para México es: ¿seguiremos produciendo exportaciones… o comenzaremos, por fin, a producir futuro?

https://www.sdpnoticias.com/opinion/tenemos-que-producir-futuro/


Saturday, May 02, 2026

Gobernar en la oscuridad

Gobernar en la oscuridad

Javier Treviño

@javier_trevino

Hay un instante —justo antes del despegue o antes de la inmersión— en el que el liderazgo deja de ser teoría y se convierte en destino. En ese momento, un piloto de combate y un capitán de submarino enfrentan la misma realidad: sistemas complejos, vidas en juego y un entorno donde el error no admite corrección.

Pero lo hacen desde lógicas radicalmente distintas. Esa diferencia, más que técnica, es filosófica. Y hoy ofrece una metáfora extraordinariamente útil para entender el liderazgo contemporáneo. En particular, para entender por qué los líderes de México —como muchas de sus instituciones— siguen intentando gobernar como piloto en un mundo que exige pensar como capitán de submarino.

El cielo: velocidad, visibilidad y decisión

En el universo de la aviación, todo ocurre en tiempo real. El piloto observa, procesa y decide en cuestión de segundos. La información es abundante, inmediata y, en buena medida, verificable. Cada acción genera una consecuencia visible.

Por eso, la aviación moderna desarrolló una cultura obsesiva con la precisión: protocolos estrictos, checklists, entrenamiento constante. El error no se elimina, pero se gestiona sistemáticamente.

Sin embargo, hay una evolución clave: el Crew Resource Management (CRM). Este modelo transformó la cabina en un espacio de inteligencia compartida. El copiloto ya no es un ejecutor pasivo; es un agente activo que puede cuestionar, corregir y complementar.

El liderazgo del piloto, en su versión más sofisticada, no es autoritario. Es coordinación disciplinada bajo presión. Este modelo funciona —y funciona extraordinariamente bien— en entornos donde la visibilidad permite corregir en tiempo real.

Pero ese no es el mundo en el que hoy se toman las decisiones más importantes.

La profundidad: silencio, ambigüedad y juicio

En el submarino, el liderazgo es otra cosa. El enemigo no se ve. El entorno no se controla. La información es incompleta, fragmentaria, ambigua. El tiempo no se acelera: se densifica. Aquí, liderar no es reaccionar. Es interpretar. El sonar no ofrece certezas; ofrece señales. Un sonido puede ser amenaza o ilusión. Un movimiento puede salvar o condenar.

En ese contexto, la teoría de liderazgo también evolucionó. Figuras como David Marquet propusieron el paso del modelo “líder-seguidor” al modelo “líder-líder”: en entornos de alta incertidumbre, la autoridad no puede concentrar todo el conocimiento. Debe distribuir la capacidad de pensar.

La disciplina clave no es la ejecución. Es el juicio. Y el juicio —a diferencia de la reacción— no puede improvisarse.

El error de nuestro tiempo: creer que todo es un problema de piloto

El contraste es claro. El piloto lidera en un entorno donde la velocidad es ventaja. El capitán de submarino lidera en un entorno donde la comprensión es supervivencia.

El problema es que hoy vivimos en una era que ha decidido que todos los problemas son de piloto. Las redes sociales premian la inmediatez. Los ciclos políticos exigen respuestas rápidas. Los mercados castigan la ambigüedad.

Todo empuja hacia decisiones visibles, comunicables, inmediatas. Pero los desafíos más importantes no ocurren en la superficie. Ocurren en la profundidad.

México: un país que reacciona más de lo que entiende

México ha desarrollado una cultura de liderazgo profundamente influida por la lógica del piloto. Se privilegia la decisión rápida. Se valora la visibilidad sobre la comprensión. Se confunde acción con estrategia. El resultado es un país que reacciona constantemente, pero que rara vez anticipa.

Tomemos el caso de la seguridad. Durante años, la respuesta ha sido operativa: despliegues, capturas, reacciones inmediatas. Pero el fenómeno es estructural: redes criminales adaptativas, economías ilícitas, control territorial, incentivos locales. Se actúa como piloto frente a un problema de submarino.

En economía ocurre algo similar. Se anuncian programas, estímulos, proyectos. Pero la inversión —la verdadera palanca del crecimiento— depende de factores más profundos: certeza jurídica, calidad institucional, reglas estables. No son decisiones de segundos. Son construcciones de años.

El nuevo entorno: geopolítica, nearshoring y presión externa

Este problema se agrava en el contexto global actual. El mundo ha entrado en una fase de fragmentación estratégica: tensiones entre Estados Unidos y China, relocalización de cadenas productivas, competencia por tecnología, energía y minerales críticos.

En ese entorno, México ocupa una posición privilegiada… pero también vulnerable. El nearshoring representa una oportunidad histórica. La proximidad con Estados Unidos, el marco del T-MEC, la integración manufacturera: todo juega a favor.

Pero la oportunidad no es automática. Depende de condiciones internas que no se resuelven con decisiones rápidas: infraestructura logística, disponibilidad energética, Estado de derecho, capital humano.

Aquí emerge una tensión central: mientras el entorno externo exige profundidad estratégica, la respuesta interna sigue siendo de superficie.

La relación con Estados Unidos: entre la interdependencia y la presión

La relación bilateral con Estados Unidos añade otra capa de complejidad. Nunca antes México había estado tan integrado económicamente con su vecino del norte. Y nunca antes esa relación había estado tan atravesada por tensiones políticas: migración, seguridad, comercio, energía.

Estados Unidos no es solo un socio. Es un sistema de presión constante. La revisión del T-MEC, el clima político estadounidense, las narrativas sobre seguridad fronteriza y narcotráfico, la competencia industrial: todo configura un entorno donde México no puede simplemente reaccionar. Necesita anticipar. Necesita negociar con inteligencia estratégica. Necesita operar como submarino.

Aquí es donde el caso Sinaloa introduce una dimensión crítica. La acusación del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra el gobernador, un senador y otros funcionarios estatales no es un episodio más de la relación bilateral: es una prueba de profundidad para el Estado mexicano. El sistema de seguridad y gobernanza territorial está siendo cuestionado desde fuera.

El dilema no es únicamente jurídico. Es, sobre todo, estratégico. Se puede responder como piloto: negar, acelerar, cerrar filas y tratar de controlar la narrativa pública. Esa reacción puede ser necesaria en los primeros momentos de la crisis. Pero no es suficiente. Porque una acusación de esta magnitud —que involucra a autoridades en funciones— no se resuelve en la superficie mediática. Exige liderazgo de submarino: revisión profunda, cooperación institucional, investigación rigurosa y decisiones políticas complejas.

El riesgo es quedar atrapados entre dos reflejos igualmente problemáticos: aceptar sin reservas la narrativa externa o descalificarla automáticamente como una maniobra política. El primer camino debilita la soberanía; el segundo debilita la credibilidad del Estado de derecho. El verdadero liderazgo exige algo más difícil: sostener la presunción de inocencia sin permitir que se convierta en impunidad; defender la soberanía sin cerrar los ojos a posibles fallas estructurales; y, sobre todo, construir una respuesta institucional que vaya más allá del caso concreto.

Este episodio, en realidad, no es un hecho aislado. Es una señal de que los problemas de seguridad en México han alcanzado un nivel donde la línea entre lo político y lo criminal se vuelve difusa. Y cuando eso ocurre, el liderazgo ya no puede operar con reflejos de corto plazo. Debe interpretar, corregir y reconstruir. Debe actuar como capitán de submarino.

La ilusión del control

El problema de gobernar como piloto en un mundo de submarinos es que genera una ilusión poderosa: la sensación de control. Todo parece medirse. Todo parece monitorearse. Todo parece responder en tiempo real. Pero es una ilusión.

Porque cuando la realidad es compleja, la velocidad no sustituye al entendimiento. Lo oculta. Y lo que no se entiende, eventualmente se desborda. Las crisis en México rara vez son sorpresas. Son acumulaciones mal interpretadas.

Sería tentador concluir que la solución es abandonar el modelo del piloto. Pero eso sería un error. Hay momentos donde la velocidad es indispensable: crisis financieras, emergencias sanitarias, eventos de seguridad.

Un liderazgo que solo interpreta, pero no actúa, pierde legitimidad. El desafío real es otro: saber cuándo operar como piloto… y cuándo como capitán de submarino. Y, más importante aún, construir instituciones capaces de hacer ambas cosas al mismo tiempo.

El liderazgo que hace falta

Los líderes más efectivos hoy no son los que dominan una sola lógica. Son los que pueden habitar ambas. Saben cuándo acelerar y cuándo contenerse. Cuándo decidir y cuándo esperar. Cuándo centralizar y cuándo distribuir.

No solo toman decisiones. Diseñan sistemas que generan inteligencia. Este punto es fundamental: en entornos complejos, la ventaja no está en tener más información, sino en tener mejor capacidad de interpretación colectiva.

Si México quiere avanzar, necesita algo más que nuevas políticas. Necesita una nueva forma de ejercer el poder. Pasar de la reacción a la comprensión. Del control a la construcción de capacidades. De la decisión centralizada al criterio distribuido. Esto implica aceptar que el liderazgo no se mide por cuántas decisiones toma, sino por cuánta inteligencia genera.

En el fondo, el problema de México no es la falta de talento, ni de ideas, ni de recursos. Es más complejo. Es la forma en que se ejerce el liderazgo. Mientras el país siga intentando resolver problemas estructurales con herramientas de superficie, seguirá atrapado en ciclos de acción sin transformación.

El piloto domina el cielo porque puede ver. El capitán de submarino domina el océano porque sabe interpretar lo que no se ve. México necesita ambos. Pero hoy necesita, sobre todo, lo segundo. Porque el futuro no será de quien reaccione más rápido, sino de quien entienda más profundamente. Y en ese terreno —el de la profundidad— se juega no solo el éxito del liderazgo, sino el destino del país.

Al final, el dilema no es técnico. Es existencial. Los países —como las organizaciones— no fracasan cuando el entorno cambia. Fracasan cuando insisten en gobernar con las herramientas de un mundo que ya no existe.

Y hoy, México enfrenta exactamente ese riesgo. No el de equivocarse rápido. Sino el de no entender a tiempo. Porque en la superficie, todo se mueve. Pero es en la profundidad donde se decide el destino.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/gobernar-en-la-oscuridad/


Saturday, April 25, 2026

Estas ruinas que votamos

Estas ruinas que votamos

Javier Treviño

@javier_trevino

Hay títulos que funcionan como metáforas involuntarias de una época. “Estas ruinas que ves”, la novela de Jorge Ibargüengoitia, publicada en 1974, retrata con ironía una ciudad de provincia atrapada en sus propias pretensiones, donde la vida social, política e intelectual se mueve entre simulaciones, rivalidades y pequeños poderes. Uno la lee y sonríe. Pero también —si se mira con detenimiento— descubre algo más inquietante: no se trata sólo de una sátira de su tiempo, sino de un espejo que sigue reflejándonos.

Hoy, ese espejo parece ampliado sobre la política mexicana. Porque si algo define el momento actual es la sensación de que nuestros partidos políticos —aquellas estructuras que durante décadas organizaron la competencia, canalizaron demandas y dieron forma a la representación— se han convertido en algo muy parecido a las ruinas que Ibargüengoitia observaba: vestigios de un orden que ya no existe, pero que tampoco ha sido plenamente sustituido.

México es, por supuesto, un país que convive con sus ruinas. Las recorremos en Teotihuacán, nos maravillamos en Chichén Itzá, contemplamos el silencio monumental de Monte Albán o la selva que abraza Palenque. En cada una de ellas hay una historia de grandeza, de organización social sofisticada, de poder político estructurado… y de colapso.

Pero la arqueología no es sólo contemplación del pasado. Es, sobre todo, una disciplina que busca entender por qué las civilizaciones caen. Los arqueólogos saben que las ciudades no mueren de un día para otro. Se erosionan lentamente. Primero se debilitan sus instituciones, luego se fragmentan sus élites, después se pierde la confianza de la población. El colapso visible —el abandono, la ruina— es apenas el último capítulo de un proceso largo y silencioso.

Si uno adopta esa mirada para analizar a los partidos políticos mexicanos, el paralelismo es inevitable.

Hubo un tiempo en que los partidos eran ciudades vivas. Tenían plazas públicas —espacios de deliberación real—, templos ideológicos —proyectos de nación que articulaban identidades— y estructuras de poder capaces de ordenar la competencia política. Eran imperfectos, muchas veces opacos y excluyentes, pero cumplían una función esencial: estructuraban la vida democrática.

Hoy, en cambio, muchos de ellos se asemejan más a zonas arqueológicas que a organismos vivos. El ciudadano puede recorrerlos como visitante. Puede reconocer sus símbolos, escuchar sus discursos, identificar sus nombres históricos. Pero lo que encuentra es, con frecuencia, una escenografía vacía. Una repetición de formas sin contenido. Una institucionalidad que conserva la apariencia de lo que fue, pero que ha perdido su vitalidad.

¿Qué ocurrió en el camino? Aquí es donde la metáfora arqueológica se vuelve particularmente poderosa.

Las civilizaciones mesoamericanas no colapsaron por una sola causa. Los estudios apuntan a combinaciones complejas: tensiones internas, crisis de legitimidad, presiones externas, cambios ambientales. Pero hay un elemento recurrente: la desconexión entre las élites y la base social.

Cuando las élites dejan de responder a las necesidades de la población, cuando se encierran en sus propios círculos, cuando privilegian la preservación del poder sobre la adaptación al cambio, el sistema comienza a resquebrajarse.

Algo muy similar ha ocurrido con los partidos. Durante años —incluso décadas—, muchos de ellos se fueron encapsulando. Sustituyeron la deliberación por la disciplina vertical, la competencia interna por el control de cúpulas, la representación social por la lógica de cuotas y acuerdos. Se convirtieron en estructuras dominadas por lo que podríamos llamar —retomando una idea central de mi libro— silos, celos y círculos íntimos.

Silos, porque aislaron a sus distintos grupos y corrientes en compartimentos estancos incapaces de dialogar entre sí. Celos, porque la política interna se volvió un juego de rivalidades personales y defensa de territorios de poder. Círculos íntimos, porque las decisiones clave quedaron concentradas en élites cada vez más cerradas y alejadas de la sociedad.

El resultado fue una progresiva pérdida de legitimidad. Y cuando la legitimidad se erosiona, la ciudadanía se va. No necesariamente abandona la política —eso sería simplista—, pero sí abandona a los partidos como vehículos de representación. Busca otras formas: liderazgos personales, movimientos, causas específicas, expresiones más directas de participación. Como en las antiguas ciudades mesoamericanas, la población no desaparece: migra hacia nuevos centros de organización.

Eso explica, en buena medida, el surgimiento y consolidación de nuevas fuerzas políticas que han logrado capitalizar ese vacío. Pero también explica la fragilidad del sistema en su conjunto. Porque una democracia sin partidos sólidos es una democracia vulnerable.

Los partidos cumplen funciones que van más allá de la competencia electoral: agregan intereses, forman cuadros, estructuran el debate público, generan mecanismos de rendición de cuentas. Cuando esas funciones se debilitan, el sistema político se vuelve más volátil, más dependiente de liderazgos individuales y más propenso a decisiones de corto plazo.

Es, en términos arqueológicos, como una ciudad que pierde sus cimientos. Y sin embargo, aquí es donde la reflexión debe ir más allá del diagnóstico. Porque hay dos formas de relacionarse con las ruinas.

La primera es contemplativa. Las observamos, las preservamos, las integramos a nuestra identidad. Las ruinas se convierten en patrimonio. Son valiosas, pero pertenecen al pasado.

La segunda es reconstructiva. Nos preguntamos si es posible —y deseable— volver a habitar esos espacios. No como eran antes, sino como podrían ser en un nuevo contexto.

Esa es la disyuntiva de los partidos políticos mexicanos. ¿Están condenados a convertirse en patrimonio histórico —referencias simbólicas de una etapa superada— o pueden transformarse en proyectos viables para el futuro?

Responder esa pregunta exige algo más que cambios superficiales. No basta con renovar dirigencias, modificar discursos o ajustar estrategias electorales. Eso equivale, en términos arqueológicos, a limpiar la superficie de las ruinas sin entender su estructura.

Lo que se requiere es una excavación profunda:

1. Una revisión crítica de la arquitectura institucional. ¿Cómo se toman las decisiones? ¿Qué incentivos existen para la participación interna? ¿Qué mecanismos garantizan la rendición de cuentas?

2. Una reconstrucción de la relación con la sociedad. Los partidos deben volver a ser espacios de agregación de intereses reales, no sólo plataformas electorales. Deben escuchar, integrar, representar.

3. Una redefinición de su narrativa. En un entorno de cambios acelerados —tecnológicos, económicos, geopolíticos—, los partidos necesitan ofrecer visiones de futuro creíbles y diferenciadas. No basta con oponerse o apoyar: hay que proponer.

4. Y —quizá lo más difícil—, una renovación de sus liderazgos.

La historia de las civilizaciones muestra que los momentos de crisis requieren liderazgos capaces de romper inercias. De cuestionar lo establecido. De asumir costos en el corto plazo para construir viabilidad en el largo.

Sin ese tipo de liderazgo, las ruinas permanecen como ruinas. La tentación, por supuesto, es optar por la simulación. Mantener las estructuras existentes, ajustar algunos elementos visibles, confiar en que el paso del tiempo o el desgaste de los adversarios generen una nueva oportunidad. Es una estrategia conocida. Y, en el corto plazo, puede incluso parecer funcional. Pero es, en esencia, una ilusión.

Las ruinas no se reconstruyen por inercia. Se reconstruyen —si es que se reconstruyen— a partir de decisiones deliberadas, muchas veces dolorosas. Implica desmontar estructuras que ya no funcionan. Abrir espacios que estaban cerrados. Cambiar reglas que beneficiaban a unos pocos. Reconstruir confianza donde se ha perdido. Y, sobre todo, implica entender que el contexto ha cambiado.

La política del siglo XXI no opera bajo las mismas lógicas que la del siglo XX. La ciudadanía es más exigente, más informada, más volátil. Las redes sociales han transformado la comunicación política. La economía global impone nuevas restricciones y oportunidades. Los problemas públicos son más complejos y requieren soluciones más sofisticadas.

Pretender que los partidos pueden sobrevivir sin adaptarse a ese nuevo entorno es tan ingenuo como pensar que una ciudad antigua podría sostenerse sin cambios frente a nuevas condiciones climáticas, demográficas o tecnológicas.

La metáfora arqueológica, en este sentido, no es sólo descriptiva. Es normativa. Nos obliga a preguntarnos qué queremos hacer con esas ruinas. Porque, al final, no se trata sólo de los partidos. Se trata del sistema político en su conjunto. Se trata de la calidad de nuestra democracia. Se trata de la capacidad del país para procesar conflictos, tomar decisiones y construir futuro.

Un país puede convivir con sus ruinas históricas. De hecho, México lo hace con orgullo. Pero no puede gobernarse desde ruinas institucionales. Puede aprender de ellas. Puede entender sus causas. Puede evitar repetir sus errores. Pero, tarde o temprano, tiene que decidir si quiere seguir caminando entre vestigios… o volver a construir ciudades.

Esa decisión no corresponde sólo a los partidos. Corresponde también a la ciudadanía, a las élites económicas, a los actores sociales, a todos aquellos que tienen un papel en la vida pública. Porque las ciudades —como las democracias— no se construyen solas. Se construyen con visión, con liderazgo y, sobre todo, con la voluntad de dejar de admirar las ruinas para empezar, de nuevo, a poner piedra sobre piedra.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/estas-ruinas-que-votamos/


Saturday, April 18, 2026

El riesgo de la euforia y la oportunidad de la estrategia

El riesgo de la euforia y la oportunidad de la estrategia

Javier Treviño

@javier_trevino

La historia de los países que han organizado una copa del mundo de futbol podría resumirse en una sola frase: el Mundial no transforma a los países; los revela. Revela su capacidad de ejecución; revela la calidad de sus instituciones; revela la claridad de su estrategia; y, sobre todo, revela la seriedad de sus prioridades. 

Por eso, el verdadero reto de México frente a la FIFA World Cup 2026 no es organizar partidos. Es mucho más profundo: definir qué país quiere mostrarle al mundo y qué país quiere construir a partir de ese momento. Porque el Mundial dura un mes. Pero sus consecuencias —para bien o para mal— durarán décadas.

El espejismo del Mundial

Cada vez que un país obtiene la sede de un Mundial, aparece una narrativa predecible: vendrá crecimiento económico, turismo masivo, infraestructura transformadora, prestigio internacional. La promesa es seductora: el evento como palanca de desarrollo.

Pero la evidencia internacional es mucho más sobria. Brasil en 2014 invirtió miles de millones de dólares en estadios que hoy son subutilizados. Sudáfrica en 2010 logró una extraordinaria proyección internacional, pero con beneficios económicos limitados en el largo plazo. Qatar en 2022 construyó infraestructura de clase mundial, pero a un costo difícilmente replicable y bajo un intenso escrutinio global.

El patrón es claro: los beneficios del Mundial no son automáticos. Son el resultado de decisiones estratégicas —o de su ausencia. Y ahí es donde México se juega mucho más que un torneo.

Una ventaja que pocos han tenido

México llega al 2026 con una ventaja excepcional: no organiza solo. Comparte la sede con Estados Unidos y Canadá. Esto cambia completamente la ecuación.

A diferencia de Brasil o Sudáfrica, México no necesita construir estadios desde cero ni desplegar inversiones masivas de última hora. La mayor parte de la infraestructura ya existe. El riesgo fiscal es mucho menor. El margen de error, también.

Pero esta ventaja tiene un efecto paradójico: reduce la presión… y con ello, el sentido de urgencia. Y sin urgencia, no hay estrategia. El riesgo para México no es el fracaso visible. Es algo más sutil y más peligroso: la irrelevancia.

El verdadero partido: la narrativa

Los países que han capitalizado mejor un Mundial no son los que más invirtieron, sino los que mejor entendieron su dimensión simbólica.

Alemania en 2006 no solo organizó un torneo impecable. Redefinió su identidad internacional. Pasó de ser vista como una potencia fría y distante a un país abierto, moderno y hospitalario.

Ese es el verdadero poder de un Mundial: la capacidad de reescribir la narrativa de un país en tiempo real, frente a miles de millones de personas. México tiene aquí una oportunidad extraordinaria.

En un momento en que el país está en el centro de fenómenos globales —nearshoring, integración comercial con América del Norte, tensiones geopolíticas—, el Mundial puede convertirse en una plataforma para proyectar una nueva imagen:

Un México confiable para la inversión 

Un México competitivo en manufactura avanzada 

Un México dinámico en turismo y servicios 

Un México capaz de ejecutar proyectos complejos con eficiencia 

Pero esa narrativa no se improvisa. Se construye.

Turismo: más que visitantes, percepción

Uno de los beneficios más citados del Mundial es el turismo. Sin duda, durante el torneo México recibirá cientos de miles de visitantes. Hoteles llenos, restaurantes a máxima capacidad, aeropuertos saturados. Pero el verdadero valor no está en esas semanas. Está en lo que ocurre después.

Sudáfrica no multiplicó de inmediato su turismo tras el Mundial, pero sí logró algo más importante: cambió la percepción global sobre el país. Y esa percepción, con el tiempo, se tradujo en visitantes.

El turismo es, en esencia, una industria de confianza. Y el Mundial es una oportunidad única para enviar un mensaje claro: México es un país seguro, atractivo, organizado, vibrante.

Pero aquí aparece uno de los mayores desafíos.

Seguridad: el elefante en la habitación

No hay narrativa que resista una contradicción evidente.

México puede invertir en promoción, campañas, eventos culturales. Pero si la percepción de inseguridad domina la conversación global, el impacto del Mundial se diluye. El reto no es menor.

Porque la seguridad no se resuelve en un mes, ni con operativos temporales, ni con despliegues mediáticos. Requiere coordinación institucional, inteligencia, estrategia. 

El Mundial será, inevitablemente, una prueba de fuego. No solo para garantizar la seguridad de los visitantes, sino para demostrar que el país tiene la capacidad de enfrentar uno de sus desafíos estructurales más complejos.

En este punto, el Mundial deja de ser un evento deportivo. Se convierte en un examen de Estado.

Nearshoring: la oportunidad silenciosa

Hay otro partido que se jugará en paralelo, lejos de los estadios. El del nearshoring.

México se ha convertido en una pieza clave en la reconfiguración de las cadenas globales de suministro. Empresas de todo el mundo están reconsiderando dónde producir, cómo distribuir, con quién asociarse.

El Mundial puede ser un escaparate incomparable. No solo para mostrar destinos turísticos, sino para mostrar parques industriales, infraestructura logística, talento humano, integración regional.

En otras palabras: para mostrar que México no solo es un gran lugar para visitar, sino un gran lugar para invertir. Pero, de nuevo, esto no ocurre por inercia. Requiere una narrativa coordinada entre gobierno, sector privado y sociedad. Requiere mensajes claros, consistentes, estratégicos. Requiere liderazgo.

El riesgo de la fragmentación

Aquí aparece uno de los problemas más persistentes en México: la fragmentación. Gobiernos locales con agendas propias. Dependencias federales con prioridades distintas. Sector privado operando en paralelo. Esfuerzos que no siempre convergen.

El Mundial exige exactamente lo contrario: coordinación. Porque el visitante no distingue entre niveles de gobierno. No separa responsabilidades institucionales. Vive una experiencia integral.

Y esa experiencia define su percepción del país. Si hay desorden, lo percibe. Si hay ineficiencia, lo percibe. Si hay excelencia, también. El Mundial es un espejo.

En este contexto, emerge una ventaja menos visible pero decisiva: la importancia de contar con un liderazgo firme en tiempos turbulentos. En un entorno global marcado por tensiones geopolíticas, volatilidad económica y transformaciones estructurales, la organización del Mundial pone a prueba no solo la capacidad operativa del Estado, sino la calidad de su conducción. 

Un liderazgo que mantenga rumbo, coherencia y disciplina —que resista la tentación de la improvisación y articule esfuerzos dispersos— se convierte en un activo estratégico. Porque en momentos de alta exposición internacional, la estabilidad se traduce en confianza: para inversionistas, para turistas y para los propios ciudadanos. 

Y la experiencia internacional lo confirma: los países que mejor capitalizan estos eventos no son necesariamente los más ricos, sino los que cuentan con liderazgos capaces de coordinar, decidir y sostener una narrativa clara en medio del ruido.

Lo que México puede ganar

Si México logra articular una estrategia clara, disciplinada y ambiciosa, los beneficios pueden ser significativos:

1. Reputación internacional fortalecida. Una narrativa renovada como país confiable, moderno y competitivo.

2. Impulso al turismo de largo plazo. No solo más visitantes en 2026, sino más visitantes en los años siguientes.

3. Atracción de inversión. Aprovechando la visibilidad global para posicionarse como destino estratégico en América del Norte.

4. Coordinación institucional mejorada. El Mundial como catalizador de mejores prácticas de colaboración entre sectores.

5. Confianza interna. Quizá el beneficio más importante: demostrar que México puede organizar, ejecutar y proyectar con éxito.

Pero también lo que puede perder

Porque el riesgo es real. Si el Mundial se reduce a una serie de partidos bien organizados pero sin estrategia, México habrá desperdiciado una oportunidad histórica.

Peor aún, si se evidencian problemas de seguridad, desorganización o falta de coordinación, el impacto puede ser negativo.

El mundo estará observando. Y en la era digital, cada error se amplifica.

Estrategia, no euforia

Hay una tentación comprensible frente al Mundial: la euforia. La celebración anticipada, el entusiasmo, la emoción colectiva.

Pero los países que han aprovechado mejor estos eventos han seguido otro camino: el de la estrategia. Planeación rigurosa. Objetivos claros. Ejecución disciplinada. Evaluación constante.

El Mundial no es un fin. Es un medio. Un medio para proyectar una visión de país.

El verdadero legado

Al final, la pregunta no es cuántos partidos se jugarán en México, ni cuántos goles se anotarán, ni siquiera cuántos turistas llegarán.

La pregunta es otra: ¿Qué imagen de México quedará en la mente del mundo cuando termine el Mundial?

Y más importante aún: ¿Qué país habrá construido México para sí mismo a partir de esa experiencia?

Porque el legado de un Mundial no está en los estadios. Está en la confianza que un país genera. En la credibilidad que construye. En la capacidad que demuestra.

México tiene todo para ganar. Pero en este partido, como en los más importantes, no basta con salir a la cancha. Hay que saber jugarlo.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/el-riesgo-de-la-euforia-y-la-oportunidad-de-la-estrategia/