Saturday, February 21, 2026

El volante presidencial y la ilusión de poder

El volante presidencial y la ilusión de poder

Javier Treviño

@javier_trevino

Cada vez que un nuevo presidente asume el poder —en cualquier democracia presidencialista— se activa una expectativa casi teatral. El país imagina un momento de ruptura: ahora sí, el líder tomará el control, corregirá inercias, impondrá rumbo. La ceremonia de investidura suele interpretarse como una transferencia inmediata de mando efectivo, como si el simple acto de sentarse en la silla presidencial transformara la realidad política y administrativa.

Pero el poder moderno funciona de otra manera. Tomar el volante presidencial no consiste en dominar titulares ni en emitir órdenes con rapidez. La verdadera prueba de un presidente comienza en un terreno menos visible y mucho más complejo: convertir la autoridad formal en capacidad sostenida de gobierno. La distinción es sutil pero decisiva. Una cosa es poseer facultades constitucionales; otra, muy distinta, es lograr que todo el aparato estatal opere en la misma dirección.

La ciencia política lleva décadas estudiando esta paradoja. Un presidente hereda un cargo poderoso, pero un sistema operativo débil. Las constituciones suelen otorgar atribuciones amplias —nombramientos, decretos, veto, iniciativa presupuestal—, pero los resultados no emergen automáticamente de esas herramientas. Legislaturas, tribunales, burócratas de nivel medio, partidos, gobernadores y actores económicos retienen márgenes significativos de influencia. El presidente no gobierna en un vacío institucional, sino en un ecosistema de fricciones permanentes.

El poder presidencial, en la práctica, es menos mecánico y más relacional.

La primera lección: autoridad no es control

Una de las intuiciones más penetrantes sobre el poder presidencial proviene de Richard Neustadt, quien fuera uno de los profesores de Harvard más afamado por sus estudios de la presidencia. Formuló una idea tan simple como incómoda: el poder presidencial es, ante todo, el poder de persuadir. No persuadir en el sentido retórico, sino en el sentido estratégico: moldear incentivos, anticipar reacciones, construir reputación, alinear intereses.

El presidente eficaz rara vez gobierna mediante imposición directa. Gobierna configurando decisiones ajenas. Esto descoloca la intuición popular del mando vertical. La ciudadanía suele imaginar que la presidencia equivale a una cadena de órdenes descendentes. Sin embargo, incluso en sistemas fuertemente presidencialistas, la autoridad formal no elimina la autonomía relativa de otros actores. La maquinaria estatal responde a reglas, rutinas, restricciones legales, equilibrios políticos y capacidades técnicas que no se alteran simplemente por voluntad política.

El primer trabajo de un presidente no es transformar. Es construir apalancamiento de gobierno. Credibilidad, relaciones, rutas institucionales viables. Sin esa base, incluso las mejores agendas se diluyen en la resistencia silenciosa del sistema.

Diagnosticar antes de transformar

Otra contribución fundamental proviene de Stephen Skowronek, cuya teoría de los “regímenes políticos” introduce una advertencia crucial: los presidentes no gobiernan en condiciones neutras. Gobiernan dentro de estructuras heredadas de legitimidad, coaliciones dominantes y expectativas históricas.

No todos los momentos permiten reconstrucción. No todos toleran ruptura. Antes de anunciar agendas “transformacionales”, el presidente debe leer correctamente el clima político: ¿La sociedad demanda cambio o estabilidad? ¿Las instituciones están alineadas o son defensivas? ¿Se gobierna dentro del régimen vigente o contra él?

Los presidentes que malinterpretan su contexto consumen capital político en conflictos inviables. El resultado frecuente es la pérdida temprana de control, no por debilidad formal, sino por desgaste estratégico.

Gobernar exige diagnóstico previo de correlaciones reales, no solo aspiraciones.

El espejismo del micrófono

En la era mediática, muchos líderes confunden comunicación con poder. La lógica parece intuitiva: hablar directamente a la ciudadanía, movilizar opinión pública, presionar a otras instituciones. Samuel Kernell describió esta estrategia como “going public”, un rasgo distintivo del liderazgo contemporáneo. Pero la evidencia empírica introduce sobriedad.

George C. Edwards III mostró que los discursos presidenciales rara vez alteran de manera duradera las preferencias ciudadanas. El micrófono no sustituye la negociación. La exposición pública no reemplaza la aritmética legislativa ni la complejidad administrativa.

La comunicación es un instrumento de apoyo, pero no es el motor del gobierno. Sirve para fijar prioridades, preparar costos, enviar señales de seriedad. Pero cuando se convierte en sustituto de la construcción institucional, la brecha entre narrativa y resultados se ensancha peligrosamente.

La presidencia como problema organizacional

Quizá la lección más subestimada del poder ejecutivo moderno sea esta: la presidencia es, ante todo, una organización. No un individuo, no un símbolo, no un púlpito. Terry Moe y otros estudiosos de la burocracia han mostrado que gran parte de la eficacia presidencial depende del diseño del centro de gobierno. Si la estructura es caótica, el gobierno será caótico. Si los procesos son ambiguos, la ejecución será errática.

La organización es estrategia. Los primeros meses de una administración son críticos no solo para lanzar políticas, sino para construir la arquitectura decisional: ¿Quién decide qué? ¿Cómo circula la información? ¿Cómo se resuelven conflictos interinstitucionales? ¿Cómo se monitorea la ejecución?

Un presidente que no controla el proceso difícilmente controlará los resultados.

Nombramientos: la política invisible del poder

Los presidentes no gobiernan solos. Gobiernan a través de personas. Cada nombramiento redefine flujos de información, velocidades de implementación y márgenes de autonomía burocrática.

La selección de cuadros no es un acto ceremonial; es un acto estructural. Tres criterios suelen distinguir nombramientos funcionales:

1. Competencia — capacidad de operar sistemas complejos.

2. Alineación — convergencia en prioridades y tolerancia al riesgo.

3. Integridad — protección de legitimidad institucional.

Retrasar nombramientos o privilegiar señales políticas sobre capacidad operativa erosiona control temprano. La burocracia, en ausencia de liderazgo claro, tiende a replegarse hacia las inercias y la incompetencia.

El mito del poder unilateral

Las facultades ejecutivas directas —decretos, órdenes administrativas, acciones regulatorias— suelen generar la impresión de poder inmediato. William Howell documentó cómo los presidentes pueden influir significativamente mediante acción directa.

Pero la durabilidad introduce otra variable. Las decisiones unilaterales suelen ser frágiles: reversibles por sucesores, vulnerables judicialmente, polarizantes políticamente. Kenneth Lowande advierte que el poder unilateral es con frecuencia sobreestimado. La apariencia de control no siempre produce cambio estructural sostenido.

Velocidad no equivale a permanencia. Las herramientas unilaterales funcionan mejor como mecanismos de estabilización, ajustes operativos o programas piloto, no como sustitutos de acuerdos legislativos duraderos.

Legitimidad: el activo operativo del gobierno

La autoridad presidencial depende menos de coerción que de cooperación voluntaria. Legisladores, jueces, gobernadores, burocracias y actores económicos responden no solo a incentivos formales, sino a percepciones de legitimidad.

La legitimidad no es un adorno moral. Es infraestructura de gobernabilidad. Procedimientos transparentes, reglas éticas creíbles, moderación estratégica en conflictos institucionales. Un presidente que erosiona legitimidad puede ganar confrontaciones inmediatas, pero debilita la cooperación que sostiene el funcionamiento cotidiano del Estado.

La disciplina de elegir

La tentación más recurrente de los nuevos gobiernos es la expansión excesiva de prioridades. Demasiadas promesas, demasiadas reformas simultáneas, demasiada dispersión.

El control exige concentración. Tres prioridades claras suelen superar veinte agendas difusas. Las victorias tempranas de ejecución anclan credibilidad. La secuenciación inteligente reduce desgaste.

Cada conflicto consume capital. Cada decisión define reputación.

El factor humano del poder

Los estudios sobre liderazgo presidencial recuerdan una dimensión frecuentemente ignorada: la personalidad interactúa con el poder. Estilos, temperamentos, sesgos cognitivos influyen en la toma de decisiones bajo presión.

Los líderes más eficaces diseñan sistemas compensatorios:

1. El impulsivo necesita procesos disciplinados.

2. El cauteloso necesita plazos y delegación clara.

3. El lealista a su antecesor necesita mecanismos de disenso.

4. El comunicador necesita proteger tiempo para gestión.

La autoconciencia siempre es una buena herramienta de gobierno.

Manual práctico del asiento del conductor

La teoría comparada converge en una conclusión sencilla: gobernar eficazmente requiere diseñar el asiento del conductor antes de acelerar. Un presidente que aspire a control operativo real debe:

1. Definir un modelo de gobierno claro - Tres prioridades, métricas explícitas, límites no negociables.

2. Construir una “cabina de piloto” ejecutiva y disciplinada - Jefe de gabinete con autoridad, procesos decisionales con plazos, seguimiento semanal.

3. Nombrar por capacidad, no para simular - Competencia e integridad como criterios centrales.

4. Mapear el poder real del sistema - Coaliciones legislativas, riesgos judiciales, coordinación territorial, vetos burocráticos.

5. Usar la comunicación como palanca, no como ilusión - Explicar costos, reconocer restricciones, evitar inflación retórica.

6. Usar acciones unilaterales estratégicamente - Comprar tiempo, estabilizar, hacer pilotos — pero lograr que se legisle para la permanencia.

La mecánica invisible del poder

El primer desafío real de cualquier presidente no es cambiar el país. Es algo más básico y mucho más difícil: tomar control de la maquinaria del gobierno.

La diferencia es profunda. Gobernar no es declarar intenciones. Gobernar es lograr que un aparato estatal gigantesco, complejo y lleno de inercias opere en la misma dirección. La presidencia no es un podio; es un centro de coordinación. Y la historia política mundial muestra que los líderes más eficaces entendieron esta verdad desde el primer día.

La ilusión presidencialista —muy arraigada en América Latina— tiende a imaginar que la autoridad formal equivale a control operativo. Se piensa que ocupar la oficina basta para conducir el sistema. Pero el poder moderno funciona de otra manera. Entre la voluntad del presidente y la realidad administrativa se interponen burocracias, legislaturas, tribunales, actores territoriales, restricciones presupuestales y, sobre todo, la resistencia natural de toda organización grande al cambio abrupto.

Los presidentes exitosos no ignoraron esa fricción. La domesticaron. Tomar el volante es sencillo. Lograr que todo el vehículo responda es el verdadero arte del poder. Porque en política, como en la conducción, la autoridad puede otorgar el asiento. Pero solo la capacidad sostenida permite controlar el rumbo.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/el-volante-presidencial-y-la-ilusion-de-poder/


Saturday, February 14, 2026

Pandemia de lunáticos

Pandemia de lunáticos

Javier Treviño

@javier_trevino

Hay momentos en los que uno se pregunta si el país está atravesando una crisis de ideas más profunda que sus crisis económicas o políticas. Abrimos las redes sociales, escuchamos debates públicos, seguimos conferencias oficiales o leemos titulares, y la sensación se repite: algo no cuadra. 

Todos los días somos testigos de argumentos contradictorios que conviven sin problema, consignas que sustituyen al análisis, y posturas claramente inconsistentes que se defienden con absoluta convicción. 

No es que falte información; sobra ruido. En ese contexto, el libro Pandemic of Lunacy: How to Think Clearly When Everyone Around You Seems Crazy, del filósofo J. Budziszewski, resulta una lectura sorprendentemente útil para entender no solo el clima cultural de Estados Unidos, sino también —y quizá con mayor urgencia— el momento que vive México hoy.

Vale la pena detenerse un momento en el perfil del autor, porque nos ayuda a entender el tono y la ambición del libro. J. Budziszewski es profesor de gobierno y filosofía en la Universidad de Texas en Austin y uno de los pensadores contemporáneos más influyentes en temas de derecho natural, conciencia moral y autoengaño. Autor de más de veinte libros —entre ellos The Revenge of Conscience y What We Can’t Not Know—, Budziszewski se ha caracterizado por aplicar la tradición filosófica clásica a los dilemas culturales actuales, con un estilo directo, accesible y provocador. Su trabajo no busca ofrecer consignas ideológicas, sino entrenar la capacidad de pensar con claridad en contextos donde la confusión moral y la incoherencia se han normalizado, una tarea que hoy resulta especialmente relevante para sociedades como la mexicana.

La tesis central de Budziszewski es poderosa: la locura contemporánea no es un problema de ignorancia, sino de autoengaño. No se trata de que la gente “no sepa” distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo coherente y lo contradictorio. Se trata de que, muchas veces, decide no hacerlo. Y cuando una sociedad normaliza ese hábito, la irracionalidad deja de ser marginal y se convierte en sistema.

Cuando la conciencia estorba

Budziszewski parte de una idea que ha trabajado durante décadas: existen verdades morales básicas que los seres humanos tienen que conocer. Podemos ignorarlas, silenciarlas o racionalizarlas, pero no eliminarlas. Cuando actuamos contra esas verdades —cuando mentimos, abusamos del poder, justificamos lo injustificable— la conciencia reacciona. Y, como aceptar la culpa es costoso, la mente busca salidas: ideologías, narrativas, teorías a modo que nos permitan seguir adelante sin admitir el error.

Ese mecanismo —que el autor llama la “venganza de la conciencia”— es clave para entender muchos debates actuales en México. Pensemos, por ejemplo, en la facilidad con la que se normaliza la contradicción en el discurso público: defender la legalidad mientras se erosiona a las instituciones que la garantizan; hablar de justicia social mientras se toleran privilegios selectivos; invocar al “pueblo” mientras se cancelan voces incómodas. No es que no se vea la contradicción. Es que reconocerla tendría costos políticos y personales.

Las “locuras” que se vuelven la norma

El libro está estructurado en torno a lo que Budziszewski llama “ideas que contienen un grano de verdad, pero que, al exagerarse o separarse del resto de la realidad, se convierten en falsedades peligrosas”. En México conocemos bien ese fenómeno.

Tomemos la idea de que “la realidad es compleja”. Es verdad. Pero de ahí se pasa con facilidad a una conclusión tramposa: como todo es complejo, nadie puede exigir claridad, evidencia o rendición de cuentas. Esa lógica se utiliza para justificar políticas improvisadas, decisiones opacas o resultados deficientes. La complejidad se vuelve excusa para la irresponsabilidad.

Otro ejemplo: la desconfianza histórica hacia las élites. Tiene raíces legítimas. Pero cuando esa desconfianza se transforma en desprecio sistemático por el conocimiento técnico, por la experiencia o por los datos, el resultado no es empoderamiento popular, sino mediocridad institucional. En lugar de mejorar al Estado, se le vacía de capacidades. Budziszewski advierte justamente: cuando la crítica justa se convierte en negación absoluta, el pensamiento deja de corregir y empieza a destruir.

El ecosistema de la irracionalidad

Una de las ideas más inquietantes del libro es que la irracionalidad rara vez aparece sola. Los lunáticos se refuerzan entre sí. Cuando se relativiza la verdad, también se relativiza la responsabilidad. Cuando se diluye la responsabilidad, la impunidad se normaliza. Y cuando la impunidad se normaliza, la confianza social se erosiona.

¿Vivimos hoy dentro de un ecosistema de lunáticos? La desinformación no solo confunde; cansa. La polarización no solo divide; desgasta. Muchos ciudadanos han dejado de participar en el debate público no porque no les importe, sino porque sienten que discutir ya no sirve para entender, sino solo para agredir o descalificar. Ese retiro silencioso es, quizás, una de las consecuencias más graves de la pandemia de la locura: una ciudadanía fatigada, menos exigente, más resignada.

El corto plazo como ideología

Budziszewski no escribe un libro de política pública, pero su diagnóstico encaja con uno de los grandes problemas del México actual: la sustitución del análisis de largo plazo por la narrativa inmediata. La lógica es simple: lo que no produce aplausos hoy, estorba. Lo que no cabe en una consigna, se descarta. Lo que requiere paciencia institucional, se abandona.

El resultado es una política pública que se mueve por impulsos más que por estrategias. Se anuncian grandes transformaciones sin mecanismos claros de evaluación. Se descalifica a los críticos como enemigos. Se confunde voluntad política con capacidad de ejecución. Y cuando los resultados no llegan, la culpa siempre es de alguien más: del pasado, del extranjero, de la “tecnocracia”, de los medios.

Aquí vuelve la tesis central del libro: la racionalización como forma de huida. En lugar de corregir errores, se construyen explicaciones que preservan la narrativa. No importa que los datos contradigan el discurso; se ajusta el discurso. No importa que las instituciones se debiliten; se celebra la “lealtad”.

Pensar claro en un entorno nublado

Una de las virtudes del libro Pandemic of Lunacy es que no se limita a criticar. Propone una actitud intelectual: recuperar el hábito de la claridad. Y eso, en el México de hoy, es casi un acto de resistencia cívica.

Pensar claro implica distinguir hechos de opiniones, intenciones de resultados, discurso de realidad. Debemos aceptar que no todo desacuerdo es traición y que no toda crítica es mala fe. La complejidad no elimina la necesidad de principios básicos: verdad, coherencia, responsabilidad.

Budziszewski insiste en algo elemental: cuando una sociedad deja de valorar la coherencia, termina premiando al más ruidoso, no al más razonable. Y cuando eso ocurre, el espacio público se llena de gritos, pero se vacía de sentido.

La responsabilidad individual en tiempos colectivos

Quizá el mensaje más incómodo del libro —y el más relevante para México— es que la pandemia de lunáticos no es solo un problema “de los otros”. No es exclusiva del gobierno, de los medios o de las redes sociales. Cada ciudadano participa, consciente o inconscientemente, en su propagación.

Cuando compartimos información falsa porque confirma lo que queremos creer. Cuando toleramos contradicciones porque “son de los nuestros”. Cuando callamos ante abusos porque denunciarlos sería incómodo. En todos esos momentos, la conciencia protesta. Y en todos esos momentos decidimos si la escuchamos o la silenciamos.

Budziszewski no ofrece soluciones mágicas. Ofrece algo más exigente: la invitación a hacernos cargo de nuestro propio pensamiento. A resistir la tentación del autoengaño. A aceptar que la verdad, a veces, incomoda más que la mentira.

México frente al espejo

México no está condenado a la irracionalidad. Tiene instituciones, talento, historia cívica y una sociedad mucho más plural y crítica de lo que a veces se reconoce. Pero sí enfrenta un riesgo real: acostumbrarse a la incoherencia. Normalizarla. Convertirla en paisaje.

En ese sentido, Pandemic of Lunacy funciona como un espejo. Nos obliga a preguntarnos si estamos discutiendo para entender o solo para ganar. Si estamos construyendo argumentos o repitiendo consignas. Si estamos fortaleciendo la vida pública o simplemente sobreviviendo en ella.

Pensar con claridad hoy no es un lujo intelectual. Es una necesidad democrática. Porque cuando la locura se vuelve la norma, la sensatez parece provocación. Y cuando la sensatez se castiga, el deterioro ya no es accidental: es estructural.

La pregunta final que deja el libro —y que México debería hacerse con urgencia— no es si vivimos tiempos difíciles. Eso es evidente. La pregunta es si estamos dispuestos a defender la claridad, la coherencia y la verdad, incluso cuando hacerlo tenga costos. Porque la conciencia siempre pasa factura. La única duda es cuándo… y a quién.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/pandemia-de-lunaticos/


Saturday, February 07, 2026

Lo que la Generación Z le está diciendo al poder

Lo que la Generación Z le está diciendo al poder

Javier Treviño

@javier_trevino

Durante años se repitió una idea cómoda para quienes detentan el poder: que los jóvenes estaban distraídos, encapsulados en redes sociales, más interesados en causas identitarias o en su vida digital que en la política real. La Generación Z —jóvenes de 13 a 28 años, nacidos entre 1997 y 2012— fue descrita como apática, impaciente y poco comprometida con la democracia. Hoy, esa narrativa hace agua.

En distintas regiones del mundo, la “Gen Z” está protagonizando algunas de las protestas más relevantes de la última década. Jóvenes en Nepal, Serbia, Filipinas, Indonesia, Kenia, Bangladesh, Marruecos o Perú han salido a las calles para exigir algo que parece elemental pero que se ha vuelto escaso: gobiernos que no roben, que funcionen y que ofrezcan futuro. No protestan por ideología; protestan por supervivencia económica, dignidad y justicia básica.

La pregunta clave no es si estas protestas existen —están a la vista— sino si representan un momento pasajero o el inicio de una transformación política duradera. Y, más aún, qué implicaciones tiene este fenómeno global para México.

Lo que dice la evidencia: la juventud sí importa

La investigación reciente de Erica Chenoweth, profesora de Harvard Kennedy School y una de las mayores autoridades mundiales en movimientos sociales, junto con el investigador Matthew Cebul, ofrece datos reveladores. No se trata de intuiciones ni de romanticismo generacional: los movimientos de protesta con amplia participación juvenil tienen más del doble de probabilidades de éxito que aquéllos donde los jóvenes juegan un papel secundario.

¿Por qué? Porque los jóvenes suelen aportar volumen, energía, creatividad táctica y una capacidad singular para construir coaliciones transversales. Además, tienen más tiempo, menos compromisos patrimoniales y una mayor disposición a asumir riesgos personales. En contextos de crisis económica, son también quienes más pierden: enfrentan desempleo, informalidad, salarios bajos y expectativas de movilidad social cada vez más frágiles.

La historia reciente confirma el patrón. Jóvenes fueron decisivos en la caída de Joseph Estrada en Filipinas, en la Revolución del Cedro en Líbano, en el derrocamiento de Omar al-Bashir en Sudán y en múltiples movimientos anticorrupción en Europa del Este y Asia. No son casos aislados: forman parte de una tendencia de largo plazo.

La paradoja de la represión

Sin embargo, Chenoweth y Cebul subrayan una paradoja inquietante: las protestas con fuerte participación juvenil no son más violentas, pero sí reciben una represión más intensa. Regímenes autoritarios —y también democracias frágiles— suelen percibir a los jóvenes como una amenaza mayor que a otros grupos sociales.

El resultado ha sido brutal. En años recientes hemos visto asesinatos masivos de manifestantes en Bangladesh y Tanzania; decenas de jóvenes muertos en Kenia; miles de detenidos y desaparecidos en Marruecos. La represión no solo busca sofocar la protesta inmediata, sino disciplinar a toda una generación.

Este punto es crucial para México. La contención del descontento juvenil no depende solo de que existan canales institucionales, sino de que el Estado no cruce la línea de la criminalización sistemática. Cuando eso ocurre, la protesta deja de ser episódica y se vuelve estructural.

La Gen Z no protesta “por la democracia”… pero sin democracia no hay salida

Un hallazgo especialmente relevante es que muchas protestas de la Gen Z no se articulan explícitamente como luchas por la democracia, aunque en el fondo lo sean. Sus demandas se concentran en problemas tangibles: corrupción, inflación, servicios públicos deficientes, nepotismo, abuso de poder, falta de oportunidades.

Esto explica una aparente contradicción: aunque las encuestas muestran que la Gen Z suele declararse escéptica o decepcionada de la democracia, en la práctica es una de las generaciones más activas políticamente. El problema no es la democracia como ideal, sino una democracia que no entrega resultados.

Aquí hay una lección directa para México. El descontento juvenil no necesariamente se expresará con consignas institucionales o discursos ideológicos, sino con reclamos muy concretos sobre empleo, vivienda, seguridad, transporte, educación y salud. Ignorar esos reclamos porque “no hablan de democracia” es un error grave.

El tamaño del elefante generacional

Chenoweth y Cebul recuerdan un dato que debería quitarle el sueño a cualquier tomador de decisiones: hay alrededor de 2.8 mil millones de personas entre 10 y 29 años en el mundo, casi un tercio de la población global. Nunca antes una cohorte generacional tan grande había enfrentado, al mismo tiempo, expectativas crecientes y sistemas políticos tan rígidos.

México no es la excepción. Nuestro país tiene una población joven significativa, con altos niveles de escolaridad comparados con generaciones anteriores, pero con menores garantías de movilidad social. El famoso “si estudias, te irá mejor” dejó de ser una promesa creíble para millones.

Ese desfase entre expectativas y realidad es, históricamente, uno de los detonadores más poderosos de protesta.

México: condiciones presentes, detonante incierto

México reúne muchas de las condiciones que, en otros países, han detonado protestas juveniles de gran escala:

Jóvenes enfrentando informalidad y precariedad laboral.

Dificultad creciente para acceder a vivienda.

Percepción extendida de corrupción e impunidad.

Instituciones políticas dominadas por liderazgos de los mayores.

Canales limitados para la participación política efectiva sin padrinazgos.

Hasta ahora, el descontento juvenil en México se ha canalizado más por activismo digital, causas locales, participación electoral intermitente y protestas focalizadas. Pero la experiencia internacional muestra que las grandes protestas no siempre nacen de grandes eventos, sino de acumulaciones silenciosas.

Un aumento de tarifas de servicios públicos, un escándalo de corrupción particularmente simbólico, un abuso de autoridad viralizado o una reforma percibida como injusta pueden funcionar como catalizadores. México no es inmune a ese punto de quiebre.

El gran riesgo: protesta sin traducción institucional

Otro elemento central del análisis de Chenoweth y Cebul es que muchas protestas juveniles logran victorias inmediatas —renuncias, caídas de gobiernos— pero no mejoras sostenidas en la vida de los jóvenes. Incluso después de protestas exitosas, el desempleo juvenil no disminuye y la desigualdad persiste.

El riesgo para México es claro: protesta sin traducción institucional. Nuestro sistema político sigue ofreciendo pocos mecanismos creíbles para que jóvenes sin apellidos, sin recursos y sin redes conviertan demandas sociales en políticas públicas. Cuando la protesta no encuentra salida institucional, el ciclo se repite: frustración, movilización, desilusión.

Horizontalidad: fortaleza y límite

Muchos movimientos de la Gen Z son descentralizados, horizontales y sin liderazgos visibles. Esto los hace ágiles, difíciles de cooptar y resistentes a la represión selectiva. Pero también los vuelve frágiles cuando llega el momento de negociar, priorizar demandas y sostener cambios en el tiempo.

México enfrenta aquí un dilema importante. La energía juvenil es indispensable, pero la transformación requiere organización, liderazgo y capacidad de gobernar. No se trata de domesticar la protesta, sino de darle continuidad.

Una advertencia para quienes gobiernan

El mensaje para quienes hoy toman decisiones en México es incómodo pero ineludible: ignorar a la Gen Z es una mala estrategia. Descalificarla como ingenua, radical o manipulable solo profundiza la brecha. La historia demuestra que los sistemas que no se adaptan a las demandas generacionales terminan enfrentándolas en condiciones mucho más adversas.

Como escriben Chenoweth y Cebul, estamos ante un posible “despertar político global”. Si los gobiernos no crean espacios reales de inclusión y participación, la presión no desaparecerá: se acumulará.

¿Momento o movimiento?

¿Habrá protestas juveniles masivas en México? No es inevitable, pero sí plausible. Todo dependerá de si el sistema político es capaz de escuchar antes de reaccionar, de incluir antes de contener, y de reformar antes de reprimir.

La historia reciente deja una lección clara: las protestas no nacen del radicalismo, sino de la falta de futuro. México aún tiene margen para aprender de lo que ocurre en otras latitudes.

La pregunta no es si la Generación Z va a protestar. La pregunta es si el país está dispuesto a cambiar antes de que lo haga.

Es muy probable que sea la Gen Z quien decida las próximas elecciones en México. Será el bloque más numeroso de nuevos votantes. Además, participa en la política de una forma distinta: no a través de lealtades partidistas heredadas, sino desde causas concretas como empleo digno, acceso a vivienda, educación útil, seguridad, medio ambiente y uso justo de la tecnología. 

Es una generación hiperconectada, que se informa fuera de los medios tradicionales, desconfía del discurso vacío y castiga rápidamente la incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Su peso no solo está en las urnas, sino en la agenda pública: define qué temas importan, qué narrativas se vuelven virales y qué candidatos logran relevancia. 

Quien logre hablarle con autenticidad, propuestas creíbles y resultados medibles no solo ganará votos jóvenes: marcará el tono de la elección.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/lo-que-la-generacion-z-le-esta-diciendo-al-poder/


Saturday, January 31, 2026

La batalla por la atención: poder, política y democracia en la era del ruido

La batalla por la atención: poder, política y democracia en la era del ruido

Javier Treviño

@javier_trevino

Vivimos una paradoja inquietante. Nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido acceso a tanta información, tantas plataformas y tantas voces. Y, sin embargo, nunca había sido tan difícil ponernos de acuerdo siquiera en los hechos básicos de la realidad. La información abunda; la comprensión escasea. La atención es limitada; la disputa por capturarla es feroz. En ese terreno se libra hoy una de las batallas más decisivas para la política, la democracia y el liderazgo.

Nancy Gibbs, una de las periodistas más influyentes de nuestra era y ex editora en jefe de la revista Time, lo resume con una frase contundente: “La información y la atención son los campos de batalla de este siglo”. No es una metáfora exagerada. Es una descripción precisa del mundo en el que vivimos.

Gibbs es ahora la directora del Shorenstein Center y profesora de la cátedra Edward R. Murrow de Práctica de Prensa, Política y Políticas Públicas, de la Escuela Kennedy de Gobierno de Harvard. 

Una transformación tan profunda como la imprenta

Durante un reciente seminario en Harvard, Gibbs abordó temas que desarrollará con mayor detalle el próximo mes en un programa de “Educación Ejecutiva” de dos semanas titulado “Leading Through the Changing Media Landscape”. Dijo, con razón, que estamos atravesando una transformación mediática tan profunda como la invención de la imprenta. Pero a diferencia de otros grandes cambios históricos, éste está ocurriendo en tiempo real, dentro de una sola generación. No hubo transición lenta ni adaptación gradual. De pronto, el ecosistema informativo cambió de reglas, de actores y de ritmos.

El resultado es un estado de emergencia informativa. No solo por la proliferación de desinformación o noticias falsas, sino por algo más profundo: la forma en que consumimos información, la irrupción de la inteligencia artificial, la fragmentación extrema de las audiencias y la creciente desconfianza hacia las instituciones.

Hoy, personas que viven en la misma ciudad, incluso en la misma casa, pueden habitar universos informativos completamente distintos. Ya no compartimos referentes comunes. Y cuando no compartimos hechos, tampoco compartimos diagnósticos ni soluciones.

Jóvenes, pantallas y mundos paralelos

La brecha generacional es especialmente reveladora. Para millones de jóvenes, ver un noticiero nocturno es tan extraño como sería escuchar radio de onda corta. La información ya no se “busca”; se encuentra accidentalmente en TikTok, YouTube, Instagram o WhatsApp.

Los datos son claros: el consumo de noticias ha caído en todos los grupos de edad desde 2019, pero el descenso más pronunciado se da entre los adultos de 30 a 39 años. Al mismo tiempo, el uso de redes sociales como fuente principal de información alcanza máximos históricos, mientras que los periódicos impresos y la televisión abierta siguen en declive.

Esto tiene consecuencias profundas. Una democracia necesita ciudadanos informados. Pero hoy, el 70% de los jóvenes dice que se topa con noticias políticas por casualidad, no porque las esté buscando. El conocimiento cívico se vuelve fragmentario, emocional y muchas veces superficial.

Cuando la atención se vuelve poder

En este contexto, la atención dejó de ser un medio y se convirtió en un fin. Gibbs lo dice con claridad: capturar la atención hoy es una forma de ejercer poder. En el pasado, los líderes gobernaban y luego recibían cobertura. Hoy, si no estás haciendo ruido, simplemente no existes políticamente.

Un viejo titular de Vanity Fair lo resumió sin rodeos: “Si no estás haciendo noticia, no estás gobernando”. La política se volvió performativa. La visibilidad se confunde con efectividad. El escándalo compite con la política pública.

Esto explica por qué todo es “urgente”, todo es “última hora” y todo busca provocar indignación. La economía de la atención recompensa el enojo, el miedo y la confrontación. Las emociones viajan más rápido que los matices.

El auge de la economía del creador

En paralelo, los guardianes tradicionales de la información han perdido poder. Editores, directores de noticieros y grandes redacciones ya no controlan la agenda. En su lugar, emergió la “economía del creador”: influencers, podcasters, youtubers, tiktokers y expertos temáticos que construyen audiencias gigantescas.

Algunos de ellos son periodistas que migraron con sus seguidores; otros nunca pisaron una redacción. El dato es impactante: hay creadores en TikTok con más de 150 millones de seguidores, superando el alcance de muchos medios tradicionales. Y se estima que la economía del creador alcanzará medio billón de dólares en 2027, superando incluso a la publicidad tradicional.

En este nuevo ecosistema, un primo, una vecina o un grupo de WhatsApp pueden ser más influyentes que la portada del New York Times. La confianza se desplazó del medio a la relación personal.

La crisis de autoridad

Pero el problema va más allá de los medios. Lo que vivimos es una crisis de autoridad. Universidades, tribunales, congresos, gobiernos y medios enfrentan niveles históricamente bajos de confianza. En Estados Unidos, por ejemplo, la confianza en los medios cayó a 28%, un mínimo histórico.

En este contexto, decidir dónde informarse se vuelve casi tan importante como la información misma. Y cuando no sabemos en quién confiar, el terreno queda fértil para la manipulación.

Jon Favreau y Scott Jennings —analistas políticos desde trincheras ideológicas opuestas— coincidieron, en un seminario el año pasado en Harvard, en algo esencial: la fragmentación informativa erosiona la confianza porque ya no sabemos si lo que escuchamos es real. Cada quien recibe una versión distinta del mundo.

Noticias que cansan, noticias que duelen

Hay otro factor que no podemos ignorar: muchas personas están evitando activamente las noticias. No por apatía, sino por agotamiento emocional. Ansiedad, impotencia, tristeza. El bombardeo constante de crisis, violencia y escándalos genera rechazo.

Vivimos en lo que algunos llaman una “cultura de la dopamina”, donde el cerebro es entrenado para buscar estímulos rápidos, gratificación inmediata y distracción permanente. Como dice Gibbs, estamos participando en un experimento masivo de ingeniería social, sin saber del todo sus consecuencias.

Violencia, palabras y responsabilidad

La polarización no es solo retórica. El aumento de la violencia política ha encendido alarmas. Favreau, asesor de Barack Obama, y Jennings, asesor de George W. Bush, coinciden en algo fundamental: cuando el debate deja de ser seguro, cuando hablar implica miedo, la democracia empieza a romperse.

Aquí hay una responsabilidad compartida. Políticos, comunicadores, periodistas y creadores tienen influencia. Y con la influencia viene la obligación de denunciar la violencia, bajar el tono y abrir espacios de diálogo. Las palabras importan. Y también pueden herir.

Curiosidad, narrativa y comprensión

En medio de este panorama, Gibbs propone antídotos claros. El primero es la curiosidad genuina. Estudios muestran que preguntar con interés real —no para ganar, sino para entender— reduce la polarización incluso entre personas que discrepan profundamente.

El segundo es el storytelling. No basta con datos. Necesitamos narrativas coherentes que expliquen cómo funciona el gobierno, por qué importan las políticas públicas y cómo afectan la vida diaria de los ciudadanos. Iniciativas como Unlocked, del Shorenstein Center, buscan justamente eso: abrir el cofre negro del poder para que ciudadanos y periodistas entiendan la maquinaria que sostiene la democracia.

Nunca había sido tan posible llegar a tantos

Aquí está la paradoja final. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para manipular. Pero tampoco tantos instrumentos para construir. Como dice Gibbs: nunca en la historia había sido tan fácil llegar a millones con una buena historia. No necesitas una imprenta, un canal de televisión ni un estudio de cine. Necesitas claridad, honestidad y propósito.

El reto no es técnico. Es ético y político. Pocos lo han entendido.

México ante la batalla de la atención

En México, esta discusión no es teórica. Vivimos también fragmentación, desconfianza y polarización. La batalla por la atención define reformas, elecciones, políticas públicas y reputaciones. Gobernar bien ya no basta: hay que explicar, escuchar y conectar.

Pero debemos tener cuidado: gobernar solo para la cámara, para el “trending topic” o para el aplauso inmediato es una trampa. La atención puede ser poder, sí, pero sin instituciones, sin verdad y sin responsabilidad, ese poder es efímero.

Conclusión: defender la democracia en la era del ruido

La batalla por la atención no se va a acabar. Es el nuevo terreno de la política y del poder. La pregunta es cómo la libramos y cómo la ganamos. Con miedo o con curiosidad. Con gritos o con argumentos. Con manipulación o con sentido de valor público.

La democracia no se defiende solo con leyes o elecciones, mucho menos con un discurso difuso de transformación. Se defiende con comprensión compartida de la realidad. Y eso, hoy, es más difícil —y más urgente— que nunca.

En un mundo saturado de ruido, la claridad es un acto de liderazgo.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/la-batalla-por-la-atencion-poder-politica-y-democracia-en-la-era-del-ruido/


Saturday, January 24, 2026

El valor público de América del Norte

El valor público de América del Norte

Javier Treviño

@javier_trevino

En el debate público sobre los tratados comerciales suele repetirse una pregunta incompleta: ¿quién gana y quién pierde? Se cuentan empleos, se comparan balanzas comerciales y se lanzan consignas políticas. Pero rara vez se formula la pregunta correcta: ¿qué valor público han creado —o pueden seguir creando— el TLCAN y el T-MEC para los ciudadanos de Estados Unidos, Canadá y México?

Hablar de “valor público” implica ir más allá de las utilidades empresariales o de las estadísticas macroeconómicas. Significa preguntarnos si estos acuerdos han mejorado la vida cotidiana de las personas: si han elevado el ingreso real, fortalecido el empleo, ampliado oportunidades, reducido incertidumbre, mejorado reglas, protegido derechos y construido una región más competitiva y resiliente.

A más de 30 años del TLCAN y casi seis del T-MEC, vale la pena hacer una pausa, mirar con perspectiva y entender qué se ha construido en América del Norte y qué está en juego rumbo a la revisión de 2026.

América del Norte: una fábrica compartida

Uno de los grandes errores del debate comercial es seguir pensando en los países como competidores aislados. La realidad es otra: América del Norte funciona como una sola plataforma productiva, una “fábrica compartida” donde bienes y servicios cruzan fronteras varias veces antes de llegar al consumidor final.

Un automóvil ensamblado en México puede contener acero estadounidense, diseño canadiense, semiconductores asiáticos y logística trinacional. Lo mismo ocurre con alimentos, electrodomésticos, equipo médico o productos digitales.

Este modelo ha creado un tipo de valor público que pocas veces se reconoce: competitividad colectiva. Ninguno de los tres países sería hoy tan competitivo frente a Asia o Europa sin esta integración profunda.

Estados Unidos: valor público más allá del discurso político

En Estados Unidos, el TLCAN fue durante años un símbolo político incómodo. Se le culpó de la pérdida de empleos industriales, especialmente en ciertas regiones. Pero la evidencia muestra una realidad más compleja —y más honesta.

1. Ingreso real y productividad

Uno de los mayores beneficios públicos para Estados Unidos ha sido la reducción de costos y el aumento de productividad gracias a insumos más baratos, cadenas eficientes y mayor competencia. Esto se traduce en mayor poder adquisitivo para los consumidores y mejores márgenes para empresas que pueden invertir e innovar.

El propio gobierno estadounidense ha reconocido que el T-MEC, comparado con el escenario previo, incrementa el PIB real y el empleo, en buena medida por la certidumbre en comercio digital y reglas modernas.

2. Empleos: el problema no es el tratado, sino la transición

El comercio no destruye empleos: los transforma. El verdadero desafío ha sido la falta de políticas públicas suficientes para acompañar a los trabajadores desplazados. El valor público se erosiona cuando los beneficios se concentran y los costos se abandonan localmente.

Aquí hay una lección clara: el comercio necesita políticas de ajuste, no discursos de cancelación.

3. Valor estratégico y de seguridad

En un mundo fragmentado, el T-MEC aporta a Estados Unidos algo crucial: seguridad económica. Cadenas de suministro cercanas, confiables y reguladas son hoy un activo estratégico. El valor público no es solo económico; es geopolítico.

Canadá: reglas claras como bien público

Para Canadá, un país altamente dependiente del comercio, el valor público del TLCAN y del T-MEC ha sido aún más evidente.

1. Certidumbre para invertir y crecer

El acceso estable al mercado más grande del mundo no es un lujo; es una condición de desarrollo. El TLCAN permitió a Canadá atraer inversión, escalar empresas y sostener empleos bien remunerados.

El T-MEC, con todos sus retos, preserva esa certidumbre. En tiempos de volatilidad global, las reglas son un bien público.

2. Instituciones que equilibran asimetrías

Para un socio más pequeño, los mecanismos de solución de controversias y las disciplinas comerciales no son detalles técnicos; son seguros institucionales. Permiten que las diferencias se resuelvan con reglas, no con poder.

Ese es valor público en estado puro: previsibilidad frente a la arbitrariedad.

México: transformación estructural, con tareas pendientes

México es quizá el país que más cambió con el TLCAN. No siempre para bien en todas las regiones, pero sí de manera profunda e irreversible.

1. De economía cerrada a plataforma exportadora

Desde 1994, México pasó de ser una economía relativamente cerrada a una de las principales potencias exportadoras del mundo. Las exportaciones como proporción del PIB se triplicaron. Llegaron inversión, tecnología, procesos, estándares.

Ese cambio generó millones de empleos formales y una nueva clase empresarial integrada al mundo.

2. Productividad y aprendizaje

El valor público no está solo en exportar más, sino en aprender cómo producir mejor. El TLCAN trajo competencia, exigencia, transferencia de conocimiento y nuevas prácticas laborales.

Sin embargo, este valor no se distribuyó de manera uniforme. El norte y el centro avanzaron más rápido que el sur. Ahí está una de las grandes deudas del modelo.

3. El T-MEC y la oportunidad laboral

Aquí el T-MEC introduce un elemento nuevo: derechos laborales exigibles. Si se implementan con seriedad, pueden traducirse en mejores salarios, mayor formalidad y relaciones laborales más equilibradas.

Para México, este puede ser el siguiente salto de valor público: pasar de competir solo por costos a competir por calidad institucional y capital humano.

El valor público regional: más que la suma de las partes

Visto como sistema, América del Norte ha generado tres grandes bienes públicos compartidos:

1. Competitividad frente al mundo

La región compite mejor integrada que fragmentada. Romper cadenas no devuelve empleos mágicamente; reduce productividad y encarece la vida.

2. Resiliencia y cercanía

Después de la pandemia, la guerra en Ucrania y las tensiones con China, quedó claro que la proximidad importa. El T-MEC es una herramienta de resiliencia regional.

3. Modernización institucional

El comercio digital, los datos, el medio ambiente y el trabajo son ahora parte del acuerdo. Eso eleva el estándar del debate público.

El reto hacia 2026: cuidar lo construido y corregir lo pendiente

La revisión del T-MEC en 2026 no debe ser una renegociación ideológica, sino una conversación madura sobre cómo ampliar el valor público.

Eso implica:

Más políticas de ajuste y capacitación en Estados Unidos y Canadá.

Más inclusión regional y Estado de derecho en México.

Más cooperación, menos politización.

Más visión de América del Norte como proyecto compartido.

Una promesa que sigue vigente

El TLCAN no fue perfecto. El T-MEC tampoco lo es. Pero ambos representan algo más grande que un tratado: la idea de que tres países distintos pueden construir prosperidad juntos bajo reglas compartidas.

En tiempos de polarización y nacionalismo fácil, defender el valor público del comercio es un acto de responsabilidad. No se trata de idealizar acuerdos, sino de mejorarlos para que funcionen para más personas.

América del Norte no es solo un mercado. Es una promesa compartida que no debemos perder. Es una comunidad económica con destino común. Y el valor público que ha creado —y puede seguir creando— depende de que sepamos cuidarla.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/el-valor-publico-de-america-del-norte/


Saturday, January 17, 2026

La política exterior también se decide con emociones

La política exterior también se decide con emociones

Javier Treviño

@javier_trevino

Estudié relaciones internacionales. Y siempre nos enseñaron a pensar la política exterior como el terreno de la razón fría: intereses nacionales, equilibrios de poder, disuasión, estrategia. En los libros de texto y en los estudios de caso, los Estados actúan como si fueran calculadoras: miden costos, proyectan beneficios y eligen el curso de acción óptimo. Pero la historia real —la que cobra guerras, crisis y errores monumentales— nos cuenta otra cosa. La política internacional, así como la política interna, está atravesada por emociones.

Hace algunos años, a fines del 2018, leí el libro The Strange Order of Things, del neurocientífico Antonio Damasio. Habían pasado las elecciones, iniciaba un nuevo gobierno y ahí encontré una clave poderosa para entender por qué tantas decisiones internacionales fracasan. Su tesis central es tan simple como incómoda: los sentimientos no son el enemigo de la razón; son su fundamento biológico. Antes de pensar, sentimos. Antes de calcular, reaccionamos. Y la cultura, la política y las instituciones no flotan por encima de esa realidad: son extensiones de ella.

Aplicar esta idea a la política exterior cambia por completo la conversación de hoy. Nos obliga a reconocer que los Estados no sólo buscan maximizar poder o riqueza, sino restablecer una sensación colectiva de equilibrio: seguridad, dignidad, reconocimiento, control del destino. Cuando ese equilibrio se percibe amenazado, la respuesta rara vez es puramente racional.

La homeostasis también gobierna a las naciones

Damasio parte de un concepto biológico: la homeostasis, el conjunto de mecanismos que permiten a los organismos mantenerse con vida y en equilibrio. El dolor, el miedo, el placer o la calma son señales que orientan la conducta. Con el tiempo, esas señales se hicieron cada vez más complejas y dieron lugar a la cultura, la moral y la política.

Visto así, la política exterior es una forma ampliada de regulación emocional colectiva. Los Estados actúan no sólo para ganar, sino para dejar de sentirse amenazados, humillados o fuera de control. Ignorar esta dimensión ha sido una receta segura para el desastre.

Cuando la razón no basta: la Primera Guerra Mundial

Pocas tragedias ilustran mejor esta idea que la Primera Guerra Mundial. Desde una lógica racional, la guerra era una pésima decisión: economías interdependientes, ejércitos conscientes de la devastación industrial, líderes que conocían los costos. Y aun así, Europa se lanzó al abismo.

¿Por qué? Porque la lógica fue desbordada por emociones colectivas: miedo al declive, obsesión con el honor, humillación nacional, ansiedad ante la pérdida de estatus. El asesinato del archiduque Francisco Fernando no activó un cálculo sereno, sino un pánico homeostático: una sensación de que el orden se rompía y debía restaurarse de inmediato, cueste lo que cueste.

La guerra no fue producto de irracionalidad pura, sino de emociones no reconocidas gobernando decisiones estratégicas.

La Guerra Fría: éxito por administrar el miedo

Paradójicamente, la Guerra Fría muestra el otro lado de la moneda. Durante décadas, Estados Unidos y la Unión Soviética evitaron una guerra nuclear no porque confiaran uno en el otro, sino porque comprendieron sus límites emocionales. La disuasión funcionó porque ambos lados compartían un miedo existencial.

El momento más peligroso —la Crisis de los Misiles en Cuba— se resolvió no sólo con cálculo militar, sino con empatía estratégica. Kennedy y Jrushchov entendieron que el otro necesitaba una salida que preservara dignidad. La racionalidad funcionó porque estuvo anclada en una comprensión profunda del miedo humano.

Damasio diría que ahí la política exterior respetó la biología de quienes decidían.

Irak 2003: cuando se ignoran las emociones propias y ajenas

La invasión de Irak en 2003 es un ejemplo clásico de lo contrario. Desde Washington se diseñó una estrategia racional: derrocar a Saddam Hussein, instalar instituciones democráticas, estabilizar la región. Lo que se ignoró fue el paisaje emocional de la sociedad iraquí: humillación acumulada, fracturas sectarias, miedo, resentimiento y trauma.

También se ignoraron las emociones propias. El miedo y la ira tras el 11 de septiembre se disfrazaron de estrategia objetiva. La política se presentó como lógica, pero fue impulsada por sentimientos no examinados. El resultado fue una catástrofe que aún hoy reverbera.

Cuando las emociones se niegan, no desaparecen: mandan desde las sombras.

Rusia y Ucrania: la política del resentimiento

La guerra en Ucrania no puede entenderse sólo en términos geopolíticos. Desde el punto de vista económico y estratégico, ha sido un desastre para Rusia. Entonces, ¿por qué insistir?

Porque el conflicto responde a una narrativa emocional profunda: la sensación de humillación tras el fin de la Unión Soviética, el miedo al cerco, la pérdida de identidad imperial. Para el Kremlin, no se trata sólo de territorio, sino de reparar una herida histórica.

Nada de esto justifica la agresión. Pero ignorarlo explica por qué sanciones, advertencias y amenazas no evitaron la guerra. Una política exterior que no toma en cuenta las emociones colectivas de identidad y dignidad suele fallar en anticipar escaladas.

China: memoria, reconocimiento y paciencia estratégica

China ofrece un contraste interesante. Su política exterior está profundamente marcada por el recuerdo del “siglo de humillación”. No es sólo un relato histórico; es un ancla emocional. La soberanía, el respeto y el reconocimiento internacional no son negociables porque están ligados a una necesidad psicológica colectiva.

Por eso, gestos simbólicos, lenguaje diplomático y ceremonias importan tanto. Occidente suele subestimar estos factores; Beijing no. Entiende que el poder también se ejerce en el terreno emocional.

Diplomacia: arquitectura emocional, no sólo técnica

Desde esta perspectiva, la diplomacia no es sólo negociación de intereses; es arquitectura emocional. Tratados, cumbres e instituciones no sólo coordinan reglas: reducen ansiedad, crean previsibilidad y ofrecen rituales de reconocimiento mutuo.

La Unión Europea funcionó durante décadas como un gran dispositivo de homeostasis colectiva: transformó miedo histórico en confianza procedimental. Cuando esa legitimidad emocional se erosionó —con la crisis financiera y la migración— la fragmentación política avanzó.

Las instituciones fallan cuando gestionan normas, pero olvidan emociones.

¿Qué lecciones nos deja Damasio para la política exterior?

De mi lectura del libro The Strange Order of Things se desprenden varias lecciones incómodas pero urgentes:

1. Las emociones deben reconocerse explícitamente. Negarlas no es profesionalismo; es ceguera.

2. La dignidad importa. Muchas crisis se evitan permitiendo salidas que no humillen al otro.

3. La identidad es una variable estratégica. No es retórica; es estructura profunda.

4. La coerción tiene límites emocionales. Amenazar sin entender puede provocar reacciones desproporcionadas.

5. La empatía estratégica no es debilidad. Es una forma avanzada de realismo.

¿Y México?

Para un país como México, estas ideas son especialmente relevantes. Nuestra política exterior ha sido tradicionalmente prudente, basada en principios, pero a veces excesivamente formalista. En un mundo más emocional, más polarizado y más volátil, entender las motivaciones profundas de socios y adversarios no es un lujo académico: es una necesidad práctica.

Migración, comercio, seguridad y cooperación regional no se decidirán sólo con tratados, sino con narrativas, percepciones y emociones colectivas. Ignorarlas nos dejaría reaccionando, no influyendo.

Conclusión: la política exterior sigue siendo humana

La gran lección de Antonio Damasio es recordarnos algo que la diplomacia moderna olvidó: la política exterior la formulan y ejecutan seres humanos, no algoritmos. Y los seres humanos sienten antes de pensar.

El extraño orden de las cosas es que la emoción llegó primero y la razón después. Los Estados que no lo entiendan seguirán diseñando estrategias para actores imaginarios. Los que lo comprendan no garantizarán la paz, pero tendrán más posibilidades de evitar el desastre.

En un mundo cansado, polarizado y lleno de agravios, quizá la forma más realista de hacer política exterior sea, por fin, tomarnos en serio las emociones. No como ruido, sino como una señal.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/la-politica-exterior-tambien-se-decide-con-emociones/


Saturday, January 10, 2026

Cuando gobernar se vuelve imposible

Cuando gobernar se vuelve imposible

Javier Treviño

@javier_trevino

Enero es, para millones de ciudadanos, una auténtica pesadilla administrativa. Es el mes en que convergen pagos, refrendos, renovaciones y trámites que el Estado exige puntualmente, pero gestiona con torpeza: largas filas, plataformas digitales que fallan, ventanillas sin información clara, requisitos contradictorios y horarios que castigan a quien trabaja. El ciudadano llega con la obligación cumplida y sale con la sensación de haber perdido tiempo, dinero y dignidad. Lo que debería ser un ejercicio rutinario de cumplimiento cívico se convierte en una experiencia de desgaste que alimenta el enojo y la desconfianza hacia las instituciones. Enero no revela una falta de voluntad de pago, sino una falla más profunda: un Estado que exige eficiencia al contribuyente, pero no se la exige a sí mismo. 

En el debate público contemporáneo hay una confusión peligrosa que se repite con insistencia: criticar el mal funcionamiento del Estado no es lo mismo que debilitar la democracia, pero en contextos de polarización esa distinción se pierde con facilidad. Ese es, quizá, el hilo conductor más inquietante de las reflexiones recientes de los profesores Don Moynihan, Jennifer Pahlka y Elizabeth Linos sobre la capacidad del Estado: la advertencia de que la frustración legítima con la burocracia puede convertirse en la antesala de un ataque más profundo contra el gobierno democrático.

La conversación organizada, a fines del año pasado, por la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard bajo el título Rebuilding State Capacity for Inclusive Economic Transformation no fue un ejercicio académico más. Fue, en realidad, una disección precisa de una paradoja que atraviesa a muchas democracias hoy: los ciudadanos exigen gobiernos que resuelvan, pero viven atrapados en Estados diseñados para no decidir. Y cuando la política promete cortar de tajo esa parálisis, el riesgo es que el bisturí se convierta en motosierra.

La burocracia como experiencia cotidiana

Uno de los aportes más influyentes de Don Moynihan ha sido poner nombre a algo que millones de personas experimentan a diario pero pocas veces conceptualizan: las cargas administrativas. No se trata sólo de trámites; se trata del tiempo, el esfuerzo cognitivo y el desgaste emocional que implica interactuar con un Estado hiperprocedimentalizado. Formularios interminables, requisitos opacos, reglas que cambian según la ventanilla o el funcionario.

Moynihan recuerda que incluso alguien con un doctorado en administración pública puede sentirse perdido frente a los procesos migratorios o los sistemas de apoyo social. Esa anécdota revela algo esencial: cuando el Estado se vuelve incomprensible, deja de ser un derecho y se convierte en una carrera de obstáculos. En sociedades desiguales, esa complejidad no es neutral; excluye de facto a quienes menos recursos tienen para navegarla.

Este diagnóstico resuena con fuerza en países donde el acceso a derechos sociales, permisos, apoyos o justicia depende demasiado de la capacidad individual para descifrar laberintos administrativos. La burocracia no sólo administra: distribuye poder, y cuando lo hace mal, erosiona legitimidad.

El Estado atrapado en su propio procedimiento

Jennifer Pahlka añade una capa crucial al problema: no sólo los ciudadanos sufren la burocracia; también los propios funcionarios están atrapados en ella. La sobreabundancia de reglas, manuales, controles y procesos —muchas veces creados para evitar abusos del pasado— termina impidiendo que el gobierno funcione en el presente.

Pahlka describe a un Estado que opera bajo un “modelo de proyecto”: objetivos rígidos, tiempos fijos, cumplimiento formal. Frente a ello propone un “modelo de producto”: gobiernos que diseñan servicios con foco en resultados, capaces de adaptarse, corregir y mejorar continuamente. No es una idea tecnológica; es una idea de gobernanza.

El punto es profundo: un Estado que sólo sabe cumplir procedimientos, pero no resolver problemas, se vuelve irrelevante. Y esa irrelevancia alimenta el descrédito democrático.

Procedimentalismo y politización: una combinación tóxica

Moynihan identifica dos fuerzas que hoy asfixian la capacidad estatal: el procedimentalismo excesivo y la politización. La primera paraliza; la segunda deslegitima. Juntas, crean gobiernos incapaces de actuar y permanentemente cuestionados.

Este diagnóstico es especialmente pertinente para América Latina. En muchos países, los controles y regulaciones se multiplicaron como reacción a la corrupción. Pero, sin rediseño institucional, esos controles se convirtieron en capas superpuestas que ralentizan todo. Al mismo tiempo, la politización convierte cualquier reforma administrativa en sospechosa de intención ideológica.

El resultado es un círculo vicioso: el Estado no entrega resultados, la ciudadanía pierde confianza, y los liderazgos autoritarios prometen “orden” a cambio de concentración de poder.

El riesgo de confundir reforma con demolición

Aquí aparece el punto más inquietante de la conversación. Moynihan advierte explícitamente sobre el riesgo de deslizamiento autoritario, donde el control de la burocracia se convierte en parte de un plan para debilitar contrapesos democráticos. No se trata de una distopía lejana; la ciencia política comparada muestra cómo muchas democracias colapsan no por golpes de Estado, sino por la erosión gradual de normas y equilibrios.

Pahlka introduce un matiz clave. Ella reconoce que muchos servidores públicos sienten una frustración tan profunda que estarían dispuestos a aceptar “un poco de motosierra” si eso les permitiera servir mejor a la gente. Esa disposición revela algo importante: la reforma administrativa es una demanda interna, no sólo externa.

Pero el riesgo está en el lenguaje y en la intención. Desmantelar por desmantelar no construye capacidad; sólo la rediseña cuando hay propósito, evidencia y límites claros. La metáfora importa: no es lo mismo reformar para servir mejor que destruir para controlar.

Capacidad del Estado y confianza democrática

Elizabeth Linos plantea la pregunta central: ¿cómo se reconstruye la confianza en el gobierno? La respuesta que emerge de la conversación es incómodamente simple: cumpliendo. No con retórica, no con grandes reformas legales, sino con experiencias cotidianas que funcionen.

La confianza en la democracia no se genera en discursos presidenciales; se construye cuando una persona puede registrar un negocio sin corrupción, recibir un apoyo sin humillación, acceder a un servicio sin intermediarios. La democracia se legitima en la ventanilla, no sólo en las urnas.

Moynihan añade que la transparencia atrae más que la promesa de eficiencia abstracta. Pero la transparencia sin resultados tampoco basta. Se requiere una teoría del poder —quién decide y por qué— y una teoría de la rendición de cuentas —quién responde cuando falla.

Una lección para la región

Las reflexiones de Moynihan, Pahlka y Linos no son exclusivamente estadounidenses. Son un espejo incómodo para democracias como las de América Latina. Aquí también enfrentamos Estados sobrerregulados e ineficientes, ciudadanías frustradas y liderazgos tentados por soluciones expeditas que prometen “acabar con la burocracia” sin distinguir entre capacidad y control.

La lección es clara: sin capacidad del Estado, no hay democracia que resista. Pero esa capacidad no se construye con autoritarismo, sino con diseño institucional inteligente, evidencia, profesionalización y foco en el usuario.

Reformar el Estado no es un acto de fuerza; es un ejercicio de humildad técnica. Hay que aceptar que muchas reglas ya no sirven, pero también que los contrapesos existen por una razón. Es necesario escuchar a los servidores públicos y a los ciudadanos al mismo tiempo.

Gobernar bien es defender la democracia

La gran advertencia de esta conversación en Harvard es que la democracia no muere sólo por ataques externos, sino por su incapacidad para resolver problemas básicos. Cuando gobernar se vuelve imposible, la tentación autoritaria se vuelve atractiva.

Por eso, reconstruir la capacidad del Estado no es un asunto administrativo; es una tarea profundamente política y democrática. No hacerlo abre la puerta a quienes ofrecen eficiencia sin derechos, orden sin pluralismo y decisiones sin rendición de cuentas.

En tiempos de impaciencia y enojo social, la respuesta no puede ser ni la parálisis burocrática ni la demolición institucional. Debe ser algo más difícil y más valioso: un Estado que funcione, porque sólo un Estado que funciona puede sostener una democracia que importe.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/cuando-gobernar-se-vuelve-imposible/