Saturday, January 10, 2026

Cuando gobernar se vuelve imposible

Cuando gobernar se vuelve imposible

Javier Treviño

@javier_trevino

Enero es, para millones de ciudadanos, una auténtica pesadilla administrativa. Es el mes en que convergen pagos, refrendos, renovaciones y trámites que el Estado exige puntualmente, pero gestiona con torpeza: largas filas, plataformas digitales que fallan, ventanillas sin información clara, requisitos contradictorios y horarios que castigan a quien trabaja. El ciudadano llega con la obligación cumplida y sale con la sensación de haber perdido tiempo, dinero y dignidad. Lo que debería ser un ejercicio rutinario de cumplimiento cívico se convierte en una experiencia de desgaste que alimenta el enojo y la desconfianza hacia las instituciones. Enero no revela una falta de voluntad de pago, sino una falla más profunda: un Estado que exige eficiencia al contribuyente, pero no se la exige a sí mismo. 

En el debate público contemporáneo hay una confusión peligrosa que se repite con insistencia: criticar el mal funcionamiento del Estado no es lo mismo que debilitar la democracia, pero en contextos de polarización esa distinción se pierde con facilidad. Ese es, quizá, el hilo conductor más inquietante de las reflexiones recientes de los profesores Don Moynihan, Jennifer Pahlka y Elizabeth Linos sobre la capacidad del Estado: la advertencia de que la frustración legítima con la burocracia puede convertirse en la antesala de un ataque más profundo contra el gobierno democrático.

La conversación organizada, a fines del año pasado, por la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard bajo el título Rebuilding State Capacity for Inclusive Economic Transformation no fue un ejercicio académico más. Fue, en realidad, una disección precisa de una paradoja que atraviesa a muchas democracias hoy: los ciudadanos exigen gobiernos que resuelvan, pero viven atrapados en Estados diseñados para no decidir. Y cuando la política promete cortar de tajo esa parálisis, el riesgo es que el bisturí se convierta en motosierra.

La burocracia como experiencia cotidiana

Uno de los aportes más influyentes de Don Moynihan ha sido poner nombre a algo que millones de personas experimentan a diario pero pocas veces conceptualizan: las cargas administrativas. No se trata sólo de trámites; se trata del tiempo, el esfuerzo cognitivo y el desgaste emocional que implica interactuar con un Estado hiperprocedimentalizado. Formularios interminables, requisitos opacos, reglas que cambian según la ventanilla o el funcionario.

Moynihan recuerda que incluso alguien con un doctorado en administración pública puede sentirse perdido frente a los procesos migratorios o los sistemas de apoyo social. Esa anécdota revela algo esencial: cuando el Estado se vuelve incomprensible, deja de ser un derecho y se convierte en una carrera de obstáculos. En sociedades desiguales, esa complejidad no es neutral; excluye de facto a quienes menos recursos tienen para navegarla.

Este diagnóstico resuena con fuerza en países donde el acceso a derechos sociales, permisos, apoyos o justicia depende demasiado de la capacidad individual para descifrar laberintos administrativos. La burocracia no sólo administra: distribuye poder, y cuando lo hace mal, erosiona legitimidad.

El Estado atrapado en su propio procedimiento

Jennifer Pahlka añade una capa crucial al problema: no sólo los ciudadanos sufren la burocracia; también los propios funcionarios están atrapados en ella. La sobreabundancia de reglas, manuales, controles y procesos —muchas veces creados para evitar abusos del pasado— termina impidiendo que el gobierno funcione en el presente.

Pahlka describe a un Estado que opera bajo un “modelo de proyecto”: objetivos rígidos, tiempos fijos, cumplimiento formal. Frente a ello propone un “modelo de producto”: gobiernos que diseñan servicios con foco en resultados, capaces de adaptarse, corregir y mejorar continuamente. No es una idea tecnológica; es una idea de gobernanza.

El punto es profundo: un Estado que sólo sabe cumplir procedimientos, pero no resolver problemas, se vuelve irrelevante. Y esa irrelevancia alimenta el descrédito democrático.

Procedimentalismo y politización: una combinación tóxica

Moynihan identifica dos fuerzas que hoy asfixian la capacidad estatal: el procedimentalismo excesivo y la politización. La primera paraliza; la segunda deslegitima. Juntas, crean gobiernos incapaces de actuar y permanentemente cuestionados.

Este diagnóstico es especialmente pertinente para América Latina. En muchos países, los controles y regulaciones se multiplicaron como reacción a la corrupción. Pero, sin rediseño institucional, esos controles se convirtieron en capas superpuestas que ralentizan todo. Al mismo tiempo, la politización convierte cualquier reforma administrativa en sospechosa de intención ideológica.

El resultado es un círculo vicioso: el Estado no entrega resultados, la ciudadanía pierde confianza, y los liderazgos autoritarios prometen “orden” a cambio de concentración de poder.

El riesgo de confundir reforma con demolición

Aquí aparece el punto más inquietante de la conversación. Moynihan advierte explícitamente sobre el riesgo de deslizamiento autoritario, donde el control de la burocracia se convierte en parte de un plan para debilitar contrapesos democráticos. No se trata de una distopía lejana; la ciencia política comparada muestra cómo muchas democracias colapsan no por golpes de Estado, sino por la erosión gradual de normas y equilibrios.

Pahlka introduce un matiz clave. Ella reconoce que muchos servidores públicos sienten una frustración tan profunda que estarían dispuestos a aceptar “un poco de motosierra” si eso les permitiera servir mejor a la gente. Esa disposición revela algo importante: la reforma administrativa es una demanda interna, no sólo externa.

Pero el riesgo está en el lenguaje y en la intención. Desmantelar por desmantelar no construye capacidad; sólo la rediseña cuando hay propósito, evidencia y límites claros. La metáfora importa: no es lo mismo reformar para servir mejor que destruir para controlar.

Capacidad del Estado y confianza democrática

Elizabeth Linos plantea la pregunta central: ¿cómo se reconstruye la confianza en el gobierno? La respuesta que emerge de la conversación es incómodamente simple: cumpliendo. No con retórica, no con grandes reformas legales, sino con experiencias cotidianas que funcionen.

La confianza en la democracia no se genera en discursos presidenciales; se construye cuando una persona puede registrar un negocio sin corrupción, recibir un apoyo sin humillación, acceder a un servicio sin intermediarios. La democracia se legitima en la ventanilla, no sólo en las urnas.

Moynihan añade que la transparencia atrae más que la promesa de eficiencia abstracta. Pero la transparencia sin resultados tampoco basta. Se requiere una teoría del poder —quién decide y por qué— y una teoría de la rendición de cuentas —quién responde cuando falla.

Una lección para la región

Las reflexiones de Moynihan, Pahlka y Linos no son exclusivamente estadounidenses. Son un espejo incómodo para democracias como las de América Latina. Aquí también enfrentamos Estados sobrerregulados e ineficientes, ciudadanías frustradas y liderazgos tentados por soluciones expeditas que prometen “acabar con la burocracia” sin distinguir entre capacidad y control.

La lección es clara: sin capacidad del Estado, no hay democracia que resista. Pero esa capacidad no se construye con autoritarismo, sino con diseño institucional inteligente, evidencia, profesionalización y foco en el usuario.

Reformar el Estado no es un acto de fuerza; es un ejercicio de humildad técnica. Hay que aceptar que muchas reglas ya no sirven, pero también que los contrapesos existen por una razón. Es necesario escuchar a los servidores públicos y a los ciudadanos al mismo tiempo.

Gobernar bien es defender la democracia

La gran advertencia de esta conversación en Harvard es que la democracia no muere sólo por ataques externos, sino por su incapacidad para resolver problemas básicos. Cuando gobernar se vuelve imposible, la tentación autoritaria se vuelve atractiva.

Por eso, reconstruir la capacidad del Estado no es un asunto administrativo; es una tarea profundamente política y democrática. No hacerlo abre la puerta a quienes ofrecen eficiencia sin derechos, orden sin pluralismo y decisiones sin rendición de cuentas.

En tiempos de impaciencia y enojo social, la respuesta no puede ser ni la parálisis burocrática ni la demolición institucional. Debe ser algo más difícil y más valioso: un Estado que funcione, porque sólo un Estado que funciona puede sostener una democracia que importe.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/cuando-gobernar-se-vuelve-imposible/


Saturday, January 03, 2026

La prueba del 2026

La prueba del 2026

Javier Treviño

@javier_trevino

Llegamos a 2026 en un punto de inflexión. El calendario no tiene magia. Pero varias placas tectónicas —económicas, financieras, tecnológicas y geopolíticas— se moverán al mismo tiempo. The Economist, en su edición “The World Ahead 2026”, lo plantea con crudeza: el mundo entra en una fase donde el nuevo orden se irá delineando con más claridad, pero también con más fricción: tensiones geopolíticas, riesgos financieros asociados a deuda y un salto tecnológico que puede acelerar la productividad o ampliar la desigualdad. 

La pregunta no es si el mundo será complicado. La pregunta es si tendremos la madurez institucional y los liderazgos para navegarlo. Y aquí entra el corazón de mi libro “Silos, celos y círculos íntimos”: el mayor riesgo no suele venir de afuera; viene de cómo nos organizamos por dentro. Un país puede tener ubicación estratégica, población joven y acceso preferencial a mercados y aun así fallar si su gobierno y sus empresas operan como archipiélago: dependencias aisladas, rivalidades internas y decisiones tomadas en pequeños comités, lejos de la realidad operativa.

Un crecimiento global moderado

Los organismos multilaterales no anticipan un colapso global en 2026, pero sí un entorno de crecimiento moderado y “margen estrecho” frente a las sorpresas. El FMI estima que el crecimiento mundial se desacelerará a 3.1% en 2026. La OCDE proyecta que el PIB global se modere hacia 2.9%. 

En otras palabras: el mundo seguirá creciendo, pero con menos colchón. En ese tipo de escenarios, lo que define ganadores y perdedores no es la retórica: es la capacidad de ejecución, la consistencia regulatoria y la confianza. Y aquí aparece una primera implicación: 2026 exigirá que dejemos de confundir las políticas públicas con la comunicación. La política económica real se hará con coordinación, certidumbre y resultados verificables.

El gran “factor financiero”: deuda, bonos y premio por riesgo

Un punto particularmente relevante del marco de “The World Ahead 2026” es la advertencia sobre el riesgo de tensiones en mercados de bonos, asociadas a que los países ricos “viven por encima de sus posibilidades” y a la vulnerabilidad que eso puede generar. 

¿Por qué importa esto? Porque, en un mundo de estrés financiero, los mercados suelen subir el “precio” del dinero para todos los emergentes, incluso si sus fundamentos son razonables. Esto se traduce en volatilidad cambiaria, mayores tasas para empresas y gobierno, y decisiones de inversión que se posponen. 

En 2026, México puede tener oportunidades enormes por nearshoring, pero si aumenta el premio por riesgo global, los proyectos se vuelven más exigentes: piden más certidumbre, más seguridad y más infraestructura funcionando.

Aquí la lección es directa: la política fiscal, la calidad institucional y el respeto a las reglas y el estado de derecho no son debates técnicos: son palancas de crecimiento. Cuando un país luce improvisado, fragmentado o políticamente caprichoso, el mundo le cobra más caro el financiamiento. Y no hay programa social que alcance si el costo de capital se dispara.

Geopolítica: el nuevo orden se perfila y se endurece

The Economist sugiere que en 2026 “los contornos” de la geopolítica del siglo XXI se verán con más claridad: no porque haya paz, sino porque los alineamientos, tensiones y prioridades quedarán más definidos. En paralelo, el Council on Foreign Relations (CFR) advierte que el riesgo de guerra entre grandes potencias sigue presente y eleva la atención sobre contingencias como una crisis en el Estrecho de Taiwán o choques Rusia–OTAN, catalogadas con probabilidad significativa y alto impacto. 

México no está en el Estrecho de Taiwán ni en Europa del Este. Pero sí está en las cadenas de suministro del mundo y depende de rutas, seguros, energía y riesgo-país. La geopolítica ya no se queda “en las noticias”: se mete en los costos logísticos, en la disponibilidad de insumos, en el apetito de inversión y en el humor de los mercados.

Hay una alerta adicional en la evaluación del CFR que México no debería ignorar: incluye escenarios en el hemisferio, como una escalada que involucre a Estados Unidos y Venezuela. Esto implicaría más presión regional: migración, energía, diplomacia y relación con Washington. En 2026, México necesitará una política exterior menos declarativa y más estratégica: capaz de reducir riesgos y ampliar el margen de maniobra.

La tecnología como prueba de Estado: IA y productividad o desigualdad

Si 2024 y 2025 fueron años de “asombro” con la inteligencia artificial (IA), 2026 será el año de la verdad: el de la adopción real y sus consecuencias. The Economist subraya la preocupación por el gasto rampante en IA y el riesgo de que la inversión corra por delante de la creación de valor, además de las tensiones que surgen por regulación, trabajo y confianza. 

Para México, la IA puede ser la palanca más poderosa de productividad en décadas: manufactura, logística, retail, salud pública, educación, seguridad, recaudación, trámites. Pero también puede ser un acelerador de desigualdad si sólo la adoptan las empresas más grandes y si el Estado no moderniza su capacidad.

La pregunta no es “¿IA sí o no?” La pregunta es: ¿con qué instituciones, con qué talento y con qué gobernanza? Un país que incorpora IA sin preparar a su fuerza laboral, sin rediseñar procesos y sin reglas claras de datos crea ganadores y perdedores demasiado rápido. En 2026, México debería tratar la IA como política de Estado: capacitación masiva, certificaciones cortas, alianzas con empresas y universidades, y uso intensivo en gobierno para elevar calidad de servicios. Esto no es futurismo: es competitividad básica.

México 2026: oportunidad real con límites claros

La OCDE proyecta para México un crecimiento de 1.2% en 2026, tras 0.6% en 2025, y advierte que exportaciones podrían verse afectadas por aranceles más altos e incertidumbre, mientras el consumo y la inversión pública se mantienen contenidos. 

Ese diagnóstico tiene una traducción inmediata: México no puede apostar a que el crecimiento llegará solo, por nearshoring. La oportunidad existe, pero la captura de valor dependerá de cinco capacidades muy concretas:

1. Energía confiable y competitiva (no sólo capacidad instalada: continuidad, tarifas y permisos).

2. Infraestructura logística (puertos, aduanas, carreteras, ferrocarril, última milla).

3. Seguridad en corredores productivos (la cadena no puede operar con extorsión como costo fijo).

4. Estado de derecho, certeza y permisología inteligente (velocidad sin discrecionalidad).

5. Capital humano (técnicos, ingenieros, operadores, y ahora también talento para IA).

Nada de esto se resuelve con un decreto. Se resuelve con coordinación diaria. Y ahí volvemos al argumento central de mi libro: México falla cuando deja que el gobierno se vuelva una suma de feudos. Los silos bloquean coordinación; los celos castigan talento; los círculos íntimos sustituyen evidencia por lealtad. En 2026, ese triángulo es letal porque el mundo premiará a los países que ejecuten, no a los que sólo declaren.

Las reformas (cualquiera que sea) no sirven sin capacidad de implementación

En México tendemos a discutir reformas como si la clave fuera el diseño legal. Importa, sí. Pero la historia reciente enseña que una reforma sin implementación es propaganda con apellido jurídico. Y la implementación falla cuando:

a) una dependencia no comparte información con otra;

b) una secretaría compite por presupuesto en vez de coordinar metas;

c) los equipos se eligen por confianza personal, no por competencia;

d) y las malas noticias no suben porque “incomodan”.

2026 será un año en el que la brecha entre decisión e implementación se volverá visible. Si queremos atraer inversión en serio, necesitamos un Estado que reduzca tiempos sin aumentar discrecionalidad. Si queremos aprovechar IA, necesitamos rediseñar procesos, no sólo comprar software. Si queremos resiliencia geopolítica, necesitamos planes de contingencia, no discursos.

Política exterior: menos reflejo, más estrategia

La combinación de geopolítica más áspera y riesgos regionales obliga a México a profesionalizar su política exterior como herramienta de prosperidad: comercio, inversión, energía, migración, seguridad y tecnología. El país debe llegar a 2026 con una visión clara de Norteamérica, sí, pero también con capacidad de leer el mundo fragmentado que describen The Economist y el CFR: un mundo donde las tensiones reconfiguran cadenas y donde el riesgo aumenta en tiempo real. 

2026 como examen de liderazgo

No necesitamos adivinos. Necesitamos instituciones que funcionen y liderazgos que no le teman al talento, a la evidencia ni a la coordinación. En 2026, el mundo será más competitivo, más volátil y más tecnológico. El FMI y la OCDE sugieren crecimiento moderado y riesgos persistentes; The Economist advierte tensiones financieras y geopolíticas; CFR señala escenarios de conflicto. 

En ese entorno, México puede ganar —mucho— si ordena su casa. Pero para hacerlo tiene que romper con lo que destruye valor público desde adentro: silos que aíslan, celos que paralizan y círculos íntimos que desconectan al poder de la realidad. 2026 será una prueba de Estado. Y el futuro no se improvisa: se construye.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/la-prueba-del-2026/


Saturday, December 27, 2025

Gobernar en un mundo que ya cambió

Gobernar en un mundo que ya cambió

Javier Treviño

@javier_trevino

Se discuten hoy reformas, rediseños institucionales y nuevas reglas del juego político como si el problema fuera sólo jurídico o electoral. El verdadero dilema es más profundo: seguimos intentando gobernar los retos del siglo XXI con una mentalidad del siglo XX. Y ese desfase —más que cualquier ley— es el mayor riesgo que enfrentamos.

El verdadero problema no es la ley, es la mentalidad

El mundo que conocimos hace apenas veinticinco años ya no existe. No porque la política haya desaparecido, sino porque cambiaron radicalmente sus reglas, sus tiempos y sus exigencias. Hoy, gobernar como si nada hubiera cambiado no es sólo ingenuo: es irresponsable. La realidad se mueve más rápido que las instituciones, más rápido que los liderazgos y, muchas veces, más rápido que nuestra capacidad de adaptación.

Vivimos en una época marcada por la aceleración, la incertidumbre y la complejidad. Los mapas con los que antes se tomaban decisiones dejaron de servir. Las certezas se fragmentaron, los problemas públicos dejaron de ser lineales y la información pasó de ser escasa a abrumadora. Sin embargo, seguimos viendo liderazgos que intentan administrar el presente con recetas del pasado, como si el mundo fuera a esperar a que se resuelvan las disputas internas.

Cuando la realidad avanza más rápido que la política

Ese desfase —entre un entorno global que avanza y una política que se resiste a cambiar— define buena parte del malestar actual. Explica la frustración ciudadana, la desconfianza en las instituciones y la sensación de que el gobierno, sea cual sea su signo, siempre llega tarde. No es sólo un problema de ideología; es un problema de capacidad.

La política, de ahora en adelante, exigirá algo distinto: líderes capaces de adaptarse, escuchar, pensar estratégicamente y actuar con ética y decencia en un entorno donde la presión es constante y el margen de error es cada vez menor. No se trata de modas, ni de discursos novedosos, ni mucho menos de charlatanes o aprendices de influencer. Se trata de cambios estructurales que están redefiniendo la gobernanza en todo el mundo y que no se pueden seguir ignorando sin pagar un costo muy alto.

Hoy, los modelos tradicionales de liderazgo —verticales, rígidos, obsesionados con el control— están siendo cuestionados por una ciudadanía más informada, más conectada y más exigente. Las nuevas generaciones no piden líderes infalibles, pero sí líderes auténticos. No exigen perfección, pero sí coherencia. No esperan respuestas absolutas, pero sí honestidad para reconocer la incertidumbre y capacidad para gobernarla. Cuando esa expectativa no se cumple, la consecuencia no es sólo desinterés: es enojo, polarización y ruptura del vínculo entre ciudadanos e instituciones.

Gobernar ya no es imponer: es articular

Gobernar es cosa seria. Ya no es imponer sino convencer. No es concentrar poder, sino articular capacidades. No es mandar desde arriba, sino coordinar desde múltiples frentes. Y eso requiere una transformación profunda en la forma de ejercer el liderazgo público. Requiere pasar de la lógica del “yo decido” a la lógica del “cómo construimos juntos”. Requiere entender que el poder, cuando no se comparte, se empobrece y termina aislándose de la realidad que pretende gobernar.

Adaptarse no es rendirse: es anticipar

Uno de los errores más frecuentes que seguimos cometiendo es confundir adaptación con debilidad. Adaptarse no es rendirse. Es anticipar. Es leer tendencias, detectar señales tempranas y prepararse para escenarios que todavía no se manifiestan por completo, pero que ya están en marcha. La anticipación no es adivinación: es análisis serio de datos, de dinámicas globales, de cambios tecnológicos, demográficos y ambientales que están redefiniendo el mundo… y que ya nos están impactando, nos guste o no.

El mundo ya cambió: energía, clima y tecnología

Hoy, por ejemplo, no se puede hablar de política económica sin entender la transición energética. El litio, el hidrógeno verde, el cobre o el cobalto no son sólo recursos naturales: son activos geopolíticos que definirán nuevas relaciones de poder. El cambio climático ya no es un tema ambiental; es un asunto de seguridad nacional, de competitividad económica y de bienestar social. La inteligencia artificial dejó de ser ciencia ficción para convertirse en una tecnología de propósito general que transformará el trabajo, la educación, la salud y la política misma.

Gobernar ignorando estas realidades es condenar al país a la irrelevancia. Y, sin embargo, seguimos discutiendo el futuro con categorías del pasado, como si el mundo fuera a esperar a que resolvamos nuestras pugnas internas. No lo hará.

Gobernanza: la diferencia entre transformar y fragilizar

En distintas regiones del mundo, ya entendieron esta lección. Países con tradiciones políticas muy distintas han apostado por modelos de liderazgo más colaborativos, basados en evidencia, abiertos a la innovación y menos dependientes del culto a la personalidad. Han comprendido que la buena gobernanza no es un lujo técnico, sino una necesidad ética. Instituciones que funcionan, reglas claras, rendición de cuentas, coordinación entre sectores y visión de largo plazo no son consignas vacías: son las condiciones mínimas para que un país pueda crecer, competir y ofrecer bienestar real a su población.

En contraste, cuando los gobiernos se encierran en sí mismos, cuando privilegian la lealtad sobre la capacidad, cuando desmantelan instituciones en nombre de una supuesta eficacia política, lo que generan no es transformación, sino fragilidad institucional, fragilidad económica y, sobre todo, fragilidad social. El costo no es abstracto: lo pagan los ciudadanos en servicios deficientes, en oportunidades perdidas y en un futuro cada vez más incierto.

Liderar en la incertidumbre exige nuevas capacidades

Podemos adaptarnos de manera inteligente a este nuevo entorno global o podemos quedarnos atrapados en las inercias del pasado. No basta con cambiar de administración ni con modificar el tono del discurso. Hay que cambiar de mentalidad.

El verdadero liderazgo no es el que grita más fuerte, sino el que ve y piensa más lejos. No es el que divide, sino el que construye puentes. No es el que se aferra al poder, sino el que lo utiliza para empoderar a otros. No es el que gobierna desde el miedo, sino el que actúa desde una visión clara del futuro que quiere construir.

Uno de los mayores desafíos del liderazgo contemporáneo es aprender a gobernar la incertidumbre. Ya no existen rutas lineales hacia el progreso. Vivimos en un mundo frágil, ansioso, no lineal e incomprensible. En ese contexto, improvisar no es una opción. La adaptabilidad se convierte en la competencia más urgente del liderazgo público.

Adaptarse implica desarrollar nuevas capacidades: pensamiento sistémico, inteligencia emocional, escucha activa, manejo de crisis, comunicación honesta y, sobre todo, humildad. Humildad para aceptar que nadie tiene todas las respuestas, pero que todos podemos contribuir a construirlas. Humildad para rodearse de los mejores, incluso cuando piensan distinto. Humildad para reconocer errores y corregir el rumbo sin convertir cada rectificación en una derrota política.

Una nueva generación de liderazgo

En este proceso, los jóvenes juegan un papel central. No sólo porque vivirán más tiempo con las consecuencias de las decisiones que tomamos hoy, sino porque entienden mejor la lógica del presente. Han crecido en la cultura de red, en la interdependencia global, en la diversidad. Pero para que ese talento se traduzca en liderazgo público, necesitamos abrirles espacios reales, darles formación, responsabilidad y voz. No como gesto simbólico, sino como una apuesta estratégica de país.

El liderazgo del futuro no se ejercerá únicamente desde los cargos públicos tradicionales. Habrá líderes en las universidades, en las empresas, en las organizaciones civiles, en los gobiernos locales y en las comunidades digitales. La política se descentraliza, se multiplica, se vuelve más compleja. Y eso no es una amenaza; es una oportunidad. Siempre y cuando estemos dispuestos a aprender y a colaborar.

Porque si algo exige este nuevo panorama es reconocer que el mundo ya no es como era. Que las soluciones simples ya no funcionan. Que gobernar es cosa seria y no admite improvisaciones. Que el poder sin capacidad no sirve. Y que la autoridad sin ética termina erosionando aquello que pretende defender.

México necesita líderes como tú

Mi libro nació como una invitación a repensar la política desde la experiencia, no desde la consigna. A cuestionar los silos que aíslan, los celos que paralizan y los círculos íntimos que destruyen valor público y debilitan instituciones. A recuperar la dignidad del servicio público y el sentido profundo de lo colectivo. No para idealizar el pasado ni negar los retos del presente, sino para asumir con responsabilidad que necesitamos una nueva generación de liderazgos: más preparados, más éticos, más abiertos al cambio 

Eliminar los silos, los celos y los círculos íntimos no es un asunto retórico. Es una condición indispensable para que posamos adpatarnos, competir y avanzar en un mundo que ya cambió. México necesita líderes como tú.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/gobernar-en-un-mundo-que-ya-cambio/


Puedes encontrar mi libro “Silos, celos y círculos íntimos: México necesita líderes como tú” en  https://a.co/d/4rZhWnI


Saturday, December 20, 2025

La democracia que viene

La democracia que viene

Javier Treviño

@javier_trevino

Una de las tesis centrales de mi libro Silos, celos y círculos íntimos es que México no podrá resolver sus grandes desafíos sin una renovación profunda de su cultura política. No hablo sólo de instituciones, leyes o reformas administrativas. Hablo de algo más elemental: la relación que tenemos con la democracia, con la participación pública, con la idea misma de lo colectivo. Y entre todos los actores que están redefiniendo esa relación, uno destaca con particular fuerza: los jóvenes.

El futuro de la democracia mexicana no puede entenderse sin las nuevas generaciones. No es una frase hecha, ni un homenaje fácil al potencial juvenil. Es una constatación empírica: la estructura demográfica, los patrones de participación, los hábitos tecnológicos y la percepción social del poder están cambiando rápidamente. Y esos cambios obligan a replantear cómo se gobierna, cómo se comunica y cómo se construye legitimidad en el siglo XXI.

La distancia emocional entre jóvenes y política

Una de las paradojas más inquietantes de nuestro tiempo es que los jóvenes son, simultáneamente, el grupo más informado y el más desencantado de la democracia. No se trata de apatía, sino de exigencia. Como señala Pippa Norris, en su análisis sobre el “déficit democrático”, las nuevas generaciones no rechazan la democracia; rechazan su versión degradada: lenta, opaca, capturada por intereses y sin mecanismos reales de escucha.

Los datos lo confirman. Desde el Latinobarómetro hasta el Pew Research Center, documentan un fenómeno creciente: los jóvenes creen en la democracia como valor, pero no creen en las instituciones que deberían representarla. La promesa democrática se siente incumplida. La distancia entre el discurso público y la realidad cotidiana —desigualdad, informalidad, precariedad laboral, inseguridad— erosiona la confianza.

De ahí la pregunta central: ¿Cómo se reconstruye una democracia cuando las generaciones que deberían renovarla ya no confían en ella? La respuesta no puede ser paternalista ni defensiva. La clase política suele repetir que los jóvenes “no entienden”, que “no participan”, que “no les interesa”. 

Pero cuando uno observa el activismo climático, el crecimiento del voluntariado digital, las comunidades tecnológicas, los movimientos feministas o las redes de participación cultural, queda claro que los jóvenes sí participan, solo que participan en otros espacios, con otras reglas y con otras expectativas. Lo que no aceptan —y con razón— es la política tradicional: jerárquica, lenta, simbólicamente distante, encerrada en sus propios rituales y desentendida de los problemas reales.

La democracia en tensión: polarización, desinformación y el colapso de la conversación pública

Mi libro insiste en un punto que hoy atraviesa todas las democracias del mundo: la erosión del debate público. La política dejó de ser un intercambio racional de argumentos, y se convirtió en un choque permanente de identidades, agravado por tres fuerzas corrosivas: 

1) La polarización, que convierte al adversario en enemigo. 

2) La desinformación, que fragmenta la verdad en miles de relatos incompatibles. 

3) Las plataformas digitales, que premian la rabia, la velocidad y la simplificación.

La RAND Corporation lo llamó “Truth Decay”: la decadencia de la verdad como valor social. No es solo un fenómeno estadounidense; es global. En México lo vemos cada día: burbujas informativas, teorías conspirativas, campañas de odio, influencers que sustituyen a expertos y emociones que sustituyen a los hechos.

Los jóvenes han crecido dentro de ese flujo caótico, y han aprendido a desconfiar instintivamente de cualquier voz institucional. Para muchos de ellos, la democracia no es un sistema de representación, sino un campo de batalla narrativa donde gana quien grita más fuerte. ¿Cómo construir ciudadanía en este entorno?

La tecnología: aliada, amenaza y territorio de disputa

La tecnología es indispensable para entender el futuro democrático. Los jóvenes se mueven con naturalidad en entornos digitales hiperconectados, donde la información está disponible a una velocidad inédita. Pero esa misma tecnología crea dilemas profundos:

La atención es más frágil.

Las discusiones son más cortas y más emocionales.

Los algoritmos amplifican sesgos y extremismos.

La cultura del “scroll” dificulta el pensamiento crítico.

La privacidad se erosiona.

Y ahora llega la inteligencia artificial, que no solo transforma industrias, sino que redefine cómo se forma opinión pública. La IA puede informar, pero también puede manipular; puede empoderar a los ciudadanos, pero también puede vigilarlos; puede amplificar voces, pero también puede crear ejércitos de falsificaciones perfectas.

Lo advertía Yuval Noah Harari: “La tecnología amplifica las fuerzas humanas, no necesariamente la sabiduría humana”. Los jóvenes están en el centro de esa tensión. Son quienes mejor dominan la tecnología, pero también son quienes más riesgos enfrentan frente a la manipulación digital. El desafío democrático será enorme: ¿cómo garantizar que la tecnología fortalezca y no degrade la ciudadanía?

Los jóvenes como fuerza creadora, no solo como audiencia

Mi libro plantea un cambio fundamental: dejar de ver a los jóvenes como receptores pasivos que deben ser “convencidos”, y asumirlos como actores políticos creativos. Los jóvenes no solo consumen información; la producen, la transforman, la reinterpretan. Construyen identidad política a través de redes, lenguajes propios, códigos digitales, espacios de creatividad colectiva.

En muchos países, los avances democráticos recientes han sido impulsados por jóvenes. Los jóvenes no solo quieren votar: quieren incidir. ¿Qué significa renovar la democracia desde las nuevas generaciones?

1. Transparencia radical: Los jóvenes no toleran la opacidad. Exigen datos abiertos, información en tiempo real, cuentas claras y procesos visibles. Lo que no se puede mostrar, no se puede justificar.

2. Participación continua, no episódica: Para los jóvenes, votar cada tres o seis años es insuficiente. Buscan mecanismos de participación digital, consultas abiertas, espacios deliberativos y plataformas colaborativas.

3. Lenguaje claro y directo: El lenguaje político tradicional —solemne, abstracto, lleno de tecnicismos— ya no funciona. Los jóvenes buscan claridad, honestidad, autenticidad.

4. Políticas públicas basadas en evidencia: El “así siempre se ha hecho” no es argumento. Los jóvenes exigen rigor técnico, datos verificables y políticas evaluables.

5. Inclusión como principio rector: Los jóvenes no quieren democracias que excluyan por clase, origen, género o condición. Quieren espacios donde todas las voces cuenten.

6. Innovación institucional: La democracia debe actualizarse. No puede seguir operando con herramientas del siglo XX para los desafíos del siglo XXI.

Lo que está en juego: el sentido de futuro

Cada generación tiene un punto de quiebre: un momento en que la relación con el país se redefine: crisis climática, desigualdad, estancamiento salarial, violencia, estrés económico, incertidumbre laboral y deterioro institucional.

Pero también enfrenta una oportunidad histórica: el nearshoring, la IA, las industrias creativas, la economía digital, las nuevas energías y el peso creciente del talento mexicano en el mundo. 

Para que esa oportunidad sea real, la democracia debe reformarse. No habrá desarrollo sin esperanza, ni esperanza sin instituciones confiables.

1. La desconfianza es el mayor obstáculo para la democracia joven: Se combate con autenticidad, no con propaganda.

2. Los jóvenes participarán si sienten que su participación cambia algo: No en simulaciones, sino en decisiones reales.

3. La tecnología no sustituye la política; la obliga a reinventarse.

4. Las democracias sólidas son las que escuchan a sus nuevas generaciones, no las que las regañan.

5. La educación cívica debe adaptarse a la era digital: Pensamiento crítico, alfabetización mediática, ética tecnológica.

Un nuevo pacto con los jóvenes

Para reconstruir la relación entre jóvenes y democracia se requiere:

1. Crear instituciones juveniles con poder real: No consejos simbólicos. Instancias donde la voz juvenil incida en las políticas públicas.

2. Implementar presupuestos participativos digitales: Los jóvenes deben decidir directamente sobre una parte del gasto público.

3. Reformar la educación cívica: Menos memorización; más deliberación, debate, alfabetización informacional e inteligencia artificial.

4. Regular las plataformas con criterios democráticos: Transparencia algorítmica, combate a la desinformación y protección de datos.

5. Profesionalizar la comunicación pública: Mensajes claros, honestos, sin cinismo, sin manipulación, sin propaganda.

6. Crear laboratorios de innovación democrática: Espacios donde jóvenes, gobierno, academia y empresas diseñen políticas nuevas.

7. Invertir en proyectos comunitarios liderados por jóvenes: El talento emerge cuando se le da responsabilidad.

8. Apostar por políticas intergeneracionales: El futuro no le pertenece solo a un grupo: es un proyecto compartido.

Sin jóvenes no hay democracia posible

La democracia mexicana no está destinada al fracaso; está destinada a transformarse.

Y esa transformación llevará la firma de los jóvenes. Ellos no quieren un país que les hable del pasado; quieren uno que los invite a construir el futuro. No quieren rituales políticos; quieren soluciones. No quieren ser espectadores; quieren ser protagonistas.

En Silos, celos y círculos íntimos escribí que la confianza pública es el recurso político más escaso del país. Hoy agrego: la confianza solo se reconstruirá si escuchamos, incorporamos y empoderamos a quienes están dispuestos a cambiarlo todo.

La democracia mexicana no se salvará desde las élites. Se salvará desde las nuevas generaciones, si somos capaces de abrir espacio, de ceder control y de entender que el verdadero liderazgo no consiste en dominar, sino en acompañar.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/la-democracia-que-viene/


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Saturday, December 13, 2025

Comunicar para unir, no para incendiar

Comunicar para unir, no para incendiar

Javier Treviño

@javier_trevino

Vivimos en tiempos raros: nunca habíamos hablado tanto… y nunca había sido tan difícil entendernos. Hoy cualquier declaración, meme o video de 15 segundos puede recorrer el país en minutos. Un desliz en una entrevista, una frase fuera de contexto o un dato a medias se vuelve tendencia antes de que termine la conferencia de prensa. Pero, al mismo tiempo, crece el enojo, la confusión y la desconfianza. No es falta de información: es falta de comunicación confiable.

La comunicación política ya no puede ser propaganda, ni show, ni simple estrategia de imagen. Tiene que convertirse en algo mucho más serio: un acto de respeto democrático.

De “hablar mucho” a “comunicar bien”

Durante años se creyó que comunicar era “salir en los medios” o “dominar la narrativa” del día. Mientras más conferencias, spots, giras y entrevistas, mejor. Hoy sabemos que no es así. En un país saturado de mensajes, lo que hace la diferencia no es quién habla más fuerte, sino quién habla con más verdad, más claridad y más coherencia.

La comunicación no es llenar el espacio público de slogans; es construir puentes de confianza. Un político que solo se dedica a promoverse, tarde o temprano se estrella contra la realidad. Un político que toma la comunicación como parte de la gobernanza, en cambio, entiende que cada mensaje es un compromiso, cada dato una promesa, cada silencio una señal.

El punto de partida es sencillo de decir y muy difícil de practicar: autenticidad. En la era de las redes sociales, fingir es carísimo. Si el discurso dice una cosa y los hechos muestran otra, la ciudadanía se da cuenta. Si se maquillan cifras, si se esconden errores, si se busca manipular con medias verdades, la confianza se derrumba. Y una vez que se pierde, cuesta muchísimo recuperarla.

Transparencia que no sea de cartón

La transparencia no puede ser una palabra bonita en un reglamento. Tiene que ser una práctica diaria. En especial en tiempos de crisis —pandemias, desastres naturales, violencia, decisiones económicas difíciles— la sociedad necesita saber tres cosas: Qué está pasando; qué no se sabe todavía; y qué se está haciendo para resolverlo.

Decir “no sabemos” a tiempo es menos costoso que inventar una respuesta para salir del paso. Cuando un gobierno explica con claridad los dilemas que enfrenta, muestra evidencia, reconoce límites y errores, la gente quizá no esté de acuerdo, pero puede entender. Esa comprensión es el primer ladrillo de la confianza.

La transparencia también pasa por cómo se trata a los medios. En un mundo de noticias falsas y cadenas anónimas, el periodismo profesional sigue siendo un actor indispensable. Un gobierno que respeta la democracia respeta a la prensa crítica: responde preguntas incómodas, entrega información, corrige cuando se equivoca.

La tentación de convertir a los periodistas en “enemigos” puede dar aplausos fáciles, pero destruye algo mucho más valioso: la credibilidad del sistema entero. Sin medios libres no hay quien contraste versiones, no hay quien verifique datos, no hay quién ponga un alto a la cultura de la mentira.

Cuando la política se vuelve teatro

No es nuevo que la política tenga algo de teatro. Lo sabían Franklin Roosevelt con sus charlas junto a la chimenea y Ronald Reagan con su habilidad para contar historias que daban esperanza. La diferencia está en para qué se usa ese teatro.

Roosevelt hablaba para explicar decisiones durísimas en plena Gran Depresión y en la guerra. Reagan usaba su talento para comunicar una idea de país, una visión de futuro. Hoy, en muchos lugares, la puesta en escena se convirtió en fin en sí mismo: conferencias diarias, frases estudiadas, enemigos prefabricados, aplausos coreografiados.

Las mañaneras del sexenio pasado, por ejemplo, fueron mucho más que conferencias de prensa: fueron un escenario diario. Ahí se definían “buenos y malos”, se premiaba o castigaba a medios, se acomodaba la agenda pública. Ese formato dio cercanía y poder de encuadre, sí, pero también normalizó la idea de que la política se reduce a controlar el relato, no a rendir cuentas.

En toda comunicación hay encuadre: escoger de qué hablar, qué datos resaltar, qué historia contar. Eso es inevitable. El problema empieza cuando el marco se despega de los hechos. Cuando la narrativa sirve para negar la realidad, inventar crisis o esconderlas. Ahí la política deja de ser representación y se vuelve ilusión.

La decadencia de la verdad

La RAND Corporation llamó a este fenómeno “Truth Decay”: la decadencia de la verdad. No es sólo que haya mentiras; es que los hechos pierden peso frente a las opiniones, los memes y los sentimientos. Parece que “todo es relativo” y que cada quien tiene “su propia versión”.

En ese contexto, el “paltering” —el arte de engañar diciendo solo una parte de la verdad— se vuelve deporte nacional. No se miente abiertamente, pero se omite el dato incómodo, se recorta la frase del adversario, se presenta un número sin contexto. Formalmente es verdad, pero en la práctica es manipulación.

Cuando la política y los medios se acostumbran a ese juego, pasa algo muy grave: la ciudadanía deja de creer. Todo se siente sospechoso, todo huele a truco, todo parece propaganda. Y si nada es confiable ¿Cómo se toman decisiones informadas? ¿Cómo se discute en serio? ¿Cómo se vota con conciencia?

Es como en la película The Prestige: el truco perfecto no es el que nadie descubre, sino el que el público ya no quiere descubrir. Hay relatos políticos que logran eso: seducen tanto a su audiencia que ésta ya no quiere ver las inconsistencias. Se milita en una narrativa, no en un proyecto de país.

El papel del periodismo y el “buen desacuerdo”

En tiempos de decadencia de la verdad, el periodismo tiene una tarea doble. Primero, verificar hechos, aunque sean incómodos para el gobierno o para la oposición. Y segundo, explicar contexto, para que la gente entienda no solo qué pasó, sino qué significa.

No basta con “dar las dos versiones” y lavarse las manos. Si una versión está respaldada por evidencia y la otra no, hay que decirlo con todas sus letras. La neutralidad no puede ser sinónimo de indiferencia ante la mentira.

Algo similar ocurre con el debate público. La polarización ha convertido al adversario en enemigo. Disentir se castiga; matizar se sospecha; cambiar de opinión se ve como traición. Sin embargo, como escribe Bo Seo en Good Arguments, la calidad de una democracia se mide también por la calidad de sus desacuerdos.

Necesitamos buenos desacuerdos: discutir fuerte, pero con respeto; defender ideas sin descalificar personas; escuchar al otro no para destruirlo, sino para entender qué parte de la realidad ve que nosotros no vemos. Eso requiere líderes que no le tengan miedo al debate y ciudadanos que no se conformen con el aplauso de su propia tribu.

Ciudadanos que escuchan… y también hablan

En el siglo XXI la comunicación ya no es un monólogo desde el poder hacia la sociedad. Es una conversación permanente. La gente opina, comparte videos, organiza campañas, exige en tiempo real. Cualquier mensaje oficial se contrasta de inmediato en redes, chats y medios alternativos.

Por eso, las plataformas digitales de participación ciudadana no pueden ser simple decoración. Consultas, foros en línea, buzones de denuncia, transmisiones abiertas: todo eso sólo tiene sentido si sirve para escuchar de verdad y ajustar decisiones, no para simular.

Los ciudadanos no somos extras de la película del poder. Somos coproductores. Y eso implica también una responsabilidad: informarnos mejor, verificar antes de compartir, distinguir entre periodismo y rumor, apoyar medios serios aunque no siempre digan lo que queremos oír.

Storytelling sí, pero con ética

Contar historias es una herramienta poderosa. Un buen relato puede hacer visible el impacto de una política pública mejor que cien cuadros en Excel. Mostrar a la familia que por fin tiene agua potable, al joven que consiguió una beca, a la comunidad que recuperó un espacio público, ayuda a que la gente entienda para qué sirve el gobierno.

Pero el storytelling sin ética se vuelve simple propaganda. El riesgo está en usar la historia para tapar la realidad, no para explicarla. De nada sirve grabar un video emotivo en una escuela si al día siguiente no hay maestros o no hay luz.

La regla es simple: primero los hechos, luego la narrativa. La mejor estrategia de comunicación sigue siendo hacer bien las cosas… y después contarlas con honestidad.

Tres principios para comunicar con responsabilidad

Después de años de ver campañas, gobiernos y crisis, me quedo con tres principios básicos para una comunicación política responsable:

1. Claridad de propósito.

Comunicar no es vender una imagen ni ganar la nota del día. Es explicar hacia dónde vamos, qué problema queremos resolver y cómo pensamos hacerlo. Un gobierno sin propósito claro se nota en su comunicación: todo es ocurrencia, improvisación, fuego artificial.

2. Integridad con los hechos.

La tentación del “spin” siempre estará ahí: maquillar cifras, exagerar logros, minimizar errores. Puede funcionar un rato, pero a la larga la realidad termina pasando factura. La credibilidad, una vez dañada, tarda años en reconstruirse.

3. Capacidad de escucha.

Los líderes que sólo hablan y nunca escuchan terminan encerrados en cámaras de eco, rodeados de aplausos y desconectados del país real. Escuchar a las víctimas, a los jóvenes, a los expertos, a los críticos, no es debilidad: es inteligencia política.

Comunicar para unir, no para incendiar

Una comunicación basada en la desconfianza, la manipulación y el espectáculo es terreno fértil para el autoritarismo y el cinismo. Una comunicación basada en la verdad, el diálogo y el respeto mutuo es el mejor antídoto contra la polarización.

No se trata de buscar unanimidad —eso no existe en democracia—, sino de evitar que la diferencia se convierta en odio. De construir un lenguaje común donde se pueda decir “no estoy de acuerdo contigo, pero reconozco tu derecho a pensar distinto”.

El reto para México es enorme. La cultura del insulto fácil, del meme humillante, del “o estás conmigo o estás contra mí”, amenaza con volverse normalidad. Pero no tiene por qué ser así. Podemos elegir otra ruta: la de una comunicación pública que informe, que escuche, que reconozca matices, que no prometa milagros, pero sí trabajo, seriedad y compromiso.

Comunicar bien no es un lujo ni una moda. Es una necesidad estratégica y ética para cualquier país que quiera salir adelante. En un mundo donde la mentira se ha vuelto rentable, apostar por la verdad puede parecer ingenuo. Pero es exactamente al revés: sin verdad no hay confianza, y sin confianza no hay democracia ni desarrollo posible.

Esa es la lección de nuestro tiempo. Y esa debería ser la brújula de quienes hoy tienen la responsabilidad de hablarle a México.

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Saturday, December 06, 2025

El mensaje no es un adorno

El mensaje no es un adorno

Javier Treviño

@javier_trevino

Llevamos años viviendo en una tormenta perfecta: exceso de información, redes sociales que amplifican lo superficial, escándalos que duran 24 horas y desconfianza creciente hacia cualquier figura pública. Todo se comunica, pero muy poco se comprende. Y en medio de ese ruido, a la hora de las elecciones, los candidatos siguen creyendo que con spots ingeniosos, jingles pegajosos y encuestas a modo basta para ganar.

No. Las campañas que de verdad cambian algo —las que mueven a la gente a salir de su casa un domingo, hacer fila y marcar una boleta— se ganan con algo mucho más profundo: una narrativa. Una historia que le cuide el rostro al ciudadano, que le ponga palabras a lo que siente, que le ofrezca un lugar en el futuro que se está proponiendo.

No es tener la razón, es conectar

Los “cuartos de guerra” se llenan de buenos diagnósticos, propuestas sólidas, documentos muy bien escritos… que nunca llegan al corazón de nadie. Sin embargo, también hay campañas con pocos recursos, pero con una historia clara, capaces de darle sentido a la rabia, al miedo y a la esperanza de la gente.

Esa es la diferencia entre “tener razón” y “conectar”. La política es, en el fondo, una disputa por el significado de las cosas: qué entendemos por justicia, quién puede hablar en nombre del pueblo, qué futuro vale la pena imaginar. Si una campaña reduce todo a ataques y slogans huecos, pierde la oportunidad más valiosa: redefinir esas preguntas.

Un mensaje claro no es un mensaje simplón. No se trata de encoger la complejidad a una frase de tres palabras. Se trata de ordenar esa complejidad, nombrarla, devolverla al ciudadano en un lenguaje que pueda entender, sentir y repetir. Un buen mensaje hace que la persona se sienta vista, reconocida, invitada a algo que vale la pena.

¿Desde el algoritmo o desde el barrio?

Uno de los grandes males de la política actual es que demasiadas campañas se diseñan para el algoritmo, no para el ciudadano. Se construyen desde la comodidad del sofá del consultor en vez de hacerlo desde el mercado, el transporte público, la escuela, el hospital. Se piensan para impresionar en TikTok o Instagram, no para responder al “¿y a mí qué?” de quien vive con un salario mínimo.

Por eso tantas estrategias suenan a plástico: frases que podrían decirse en cualquier país, en cualquier elección, por cualquier candidato. Es la política de plantilla: ponen el nombre, el color y el logo… y todo lo demás es intercambiable.

El político que quiera trascender necesita algo más que un buen publicista: necesita escuchar. Escuchar de verdad. Saber qué enoja, qué duele, qué ilusiona. Estar presente, en cuerpo y en espíritu, en la vida cotidiana. Porque la emoción que mueve el voto no surge de un “focus group”; nace de historias reales de frustración, miedo y esperanza.

La buena campaña no manipula esa emoción: la reconoce y la acompaña. No inventa enemigos, propone causas comunes. No vende humo, construye puentes.

La columna vertebral es el mensaje

Como ciudadano, me gustaría que los equipos de campaña, antes de pagar espectaculares, redes, giras y debates, respondieran una sola pregunta: ¿cuál es nuestro mensaje? No ¿qué vamos a prometer? No ¿a quién le vamos a pegar? El mensaje es ese hilo conductor que une cada discurso, cada entrevista, cada volante. Si ese hilo no existe, la campaña se convierte en un rompecabezas: muchas piezas sueltas que nadie sabe cómo arman una sola imagen.

Un buen mensaje exige tres cosas:

1. Una verdad emocional. No nace en una hoja de cálculo, sino en la calle. En la rutina del padre que toma dos camiones para llegar a su trabajo, en la ansiedad del joven que no encuentra empleo, en la angustia de la madre que sale a la calle sin saber si regresará. Cuando el mensaje toca una verdad compartida, deja de sonar a discurso y empieza a verse como un espejo.

2. Una visión de futuro. La campaña no es sólo sobre lo que está mal, sino sobre lo que se puede construir. ¿Qué ciudad, qué país, qué comunidad estamos invitando a imaginar? El mensaje debe ser un puente entre la realidad y la posibilidad, no un muro de quejas.

3. Una narrativa accionable. No basta con emocionar. Hay que darle al ciudadano un papel en la historia: “esto puedes hacer tú, esto vamos a hacer juntos”. El votante no quiere ser público en la grada: quiere sentir que tiene influencia, que su participación importa.

Cuando esas tres capas se alinean, la campaña deja de ser una serie de frases y se convierte en un relato. Y los países, como las personas, necesitan relatos para seguir adelante.

Los jóvenes: de “problema” a “protagonistas”

Se repite como mantra que “a los jóvenes no les interesa la política”. Eso es falso. A los jóvenes no les interesa “esta política”: la que no los escucha, no los deja decidir, no entiende su manera de organizarse.

Ellos ya están participando: en causas climáticas, movimientos feministas, luchas por derechos digitales, protestas contra la violencia. Lo hacen en redes, colectivos, asambleas, en la calle. La pregunta no es cómo hacer que descubran la política; es cómo dejar de estorbar en la política que ya están creando.

Los partidos que sólo se acuerdan de los jóvenes para que llenen mítines o bailen en TikTok se están cavando su propia tumba. La nueva generación no se moviliza por lealtad a una sigla, sino por causas: justicia, igualdad, clima, futuro. No le interesan las pirámides rígidas, sino las redes horizontales.

Mover a los jóvenes exige cuatro cosas: un propósito que trascienda la elección; una organización que de verdad los deje entrar y decidir, una narrativa que hable su idioma sin caricaturizarlos; y una apuesta por formarlos como líderes, no sólo como “votantes objetivo”.

Cuando se les reconoce como sujetos políticos y no como decorado de campaña, los jóvenes dejan de ser “el segmento difícil” y se vuelven la energía que empuja el cambio.

La narrativa: el alma de la campaña

La narrativa política es la arquitectura invisible que sostiene todo: el mensaje, las propuestas, los gestos, las alianzas. Es la respuesta a una pregunta sencilla y poderosa: ¿qué problema vamos a resolver juntos?

Hay campañas que se montan sobre temas de posición: dividen al país en dos bandos, levantan banderas morales y obligan a la gente a alinearse. Otras apuestan por el desempeño: hablan de resultados, de comparaciones, de datos. Y otras construyen desde los atributos del candidato: su historia, su carácter, su biografía.

Las más efectivas combinan las tres: presentan a un líder reconocible, conectan con un enojo o una aspiración real y, al mismo tiempo, ofrecen respuesta concreta a problemas específicos. No viven sólo del pasado ni del “yo”, sino del futuro compartido.

Hemos visto cómo una narrativa simple, emocional y reiterada —la lucha contra la corrupción, el pueblo contra la élite— fue capaz de reordenar por completo el sistema de partidos. Independientemente del juicio que tengamos sobre sus resultados, sería un error negar la potencia de ese relato.

Mientras tanto, gran parte de la oposición ha padecido el síndrome de la campaña sin historia: muchas propuestas, poca emoción; muchas conferencias de prensa, pocas convicciones compartidas; mucho “en contra de”, poco “a favor de”.

Ningún país se renueva desde el rencor. Se renueva desde una narrativa que le diga a la gente no sólo qué está mal, sino en qué vale la pena creer.

Dos lecciones de campañas que dejaron huella

Pienso en dos ejemplos que, con todas sus diferencias, ilustran el poder de un mensaje bien construido.

El primero es el discurso de Luis Donaldo Colosio el 6 de marzo de 1994. No fue un texto técnico, ni un catálogo de promesas. Fue una radiografía ética de México: reconoció pobreza, desigualdad, injusticia, y habló de reformar el poder. Su fuerza no estuvo en una frase ingeniosa, sino en la coherencia entre lo que decía, lo que representaba y lo que estaba dispuesto a enfrentar. Por eso ese discurso sigue vivo en la memoria colectiva.

El segundo es el ascenso del movimiento que hoy gobierna México. Más allá de simpatías o rechazos, su éxito electoral no puede explicarse sin su relato: un villano claro (“la mafia del poder”), una promesa de reparación (“primero los pobres”), un héroe persistente que recorrió el país por años. A eso se sumó el contexto: corrupción, violencia, desigualdad. Cuando narrativa, liderazgo y momento se alinean, lo que ocurre no es sólo una elección ganada: es un cambio de época.

Los dos casos comparten algo: una historia que hacía sentido. No perfecta, no unánime, pero capaz de ofrecer a millones de personas una explicación de su presente y una puerta a un posible futuro.

El mensaje como acto ético

Podemos hablar de estrategias de campaña, segmentación, encuestas y redes. Pero al final, todo se reduce a una pregunta ética: ¿para qué quiero el poder y qué estoy dispuesto a prometer para conseguirlo?

Un mensaje honesto obliga al candidato a comprometerse con su propia historia. Si en campaña se usa el lenguaje para mentir, exagerar, manipular o inflamar odios, no debería sorprendernos que el resultado en el gobierno sea más división y más cinismo.

La comunicación política no es sólo propaganda; es pedagogía democrática. Cada campaña enseña algo al país: qué se vale decir, qué se aplaude, qué se normaliza. Por eso importa tanto cómo hablamos.

En tiempos de cinismo, lo más revolucionario es sonar sincero. Decir “no lo sé” cuando no se sabe. Reconocer límites. No prometer lo imposible. Y, sobre todo, alinear las palabras con los hechos. Porque al final, el elector se queda con una impresión muy simple: ¿le creo o no le creo? Y esa respuesta no depende del número de espectaculares, sino de la coherencia entre el mensaje, el mensajero y la realidad que comparten.

En política, quien no tiene claro su mensaje termina hablando solo. Y ya no estamos para más monólogos. Queremos una conversación adulta, exigente y esperanzadora entre ciudadanía y liderazgos. Una conversación con menos ruido y más sentido.

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Saturday, November 29, 2025

El poder de la colaboración política

El poder de la colaboración política

Javier Treviño

@javier_trevino

Algunos países viven atrapados en una paradoja política: los ciudadanos exigen soluciones de Estado, pero continúan premiando liderazgos que gobiernan como si fueran islas. Esta tensión entre expectativas colectivas y prácticas individualistas explica buena parte de los fracasos: gobiernos que prometen transformación pero terminan extraviados en sus propios laberintos; partidos que compiten entre sí incluso cuando necesitan coordinarse; y una ciudadanía que exige eficacia, pero sospecha de todo acuerdo.

Una contradicción así no es sostenible. Cuando un país enfrenta desafíos que rebasan la capacidad de cualquier actor aislado: desigualdad creciente, polarización corrosiva, violencia criminal, transición energética, crisis climática, tensiones federales, caída de la confianza institucional, la pregunta es ¿por qué sigue resistiéndose a la colaboración?

Escribí el libro “Silos, celos y círculos íntimos” porque estoy convencido de que las transformaciones no son producto de una figura providencial ni de un partido hegemónico disfrazado de pluralismo. Vienen de la capacidad de tejer coaliciones amplias, honestas, estratégicas y éticamente sólidas. No se trata sólo de ganar elecciones, sino gobernar con visión y propósito. Las coaliciones exitosas no se forman para frenar a alguien, sino para construir algo.

La colaboración no es debilidad: es un signo de madurez democrática

La política ha tenido una relación incómoda con la colaboración. A diferencia de los sistemas parlamentarios, donde las coaliciones son parte del ADN institucional, aquí solemos asociar el acuerdo con claudicación, el consenso con transacción, el diálogo con traición. Son herencias de un presidencialismo arraigado, sí, pero también de una cultura política que sobrevalora la épica individual y subestima la inteligencia colectiva.

Sin embargo, la realidad global apunta en otra dirección: ningún proyecto de nación funciona sin acuerdos, sin coaliciones. Ningún gobernante exitoso lo es en la soledad. La colaboración no es un favor. Es una condición de eficacia. Y en tiempos de crisis, es un acto de responsabilidad republicana.

Silos de poder: el enemigo invisible de la buena gobernanza

Los gobiernos fracasan no por falta de recursos, sino por incapacidad de colaborar. La “siloitis” es una enfermedad dañina: destruye valor público, rompe cadenas de decisión, duplica esfuerzos, genera conflictos inútiles y deteriora la confianza ciudadana.

Los silos no sólo aparecen dentro del Ejecutivo; también entre poderes, entre niveles de gobierno, entre partidos, entre instituciones autónomas, entre estados y municipios, incluso dentro del mismo partido gobernante. La lógica de silos produce incomunicación, improvisación, sobrecarga y vacío de responsabilidad.

La solución, como enseñaba Donella Meadows, no está en sustituir personas, sino en rediseñar sistemas. Y en política, el diseño más poderoso —y más subutilizado en México— es la coalición.

Alianzas y coaliciones: dos conceptos que se siguen confundiendo

Hoy más que nunca, conviene hacer una distinción que rara vez aparece en el debate público: Una alianza es un acuerdo electoral: se construye para ganar. Una coalición es un acuerdo de gobierno: se construye para gobernar.

Son dos formas de cooperación con objetivos distintos. Una alianza electoral suele formarse antes de las elecciones, cuando dos o más partidos deciden unir fuerzas para competir en conjunto y maximizar su posibilidad de ganar —compartiendo estructura de campaña, votos, listas, recursos y estrategia, pero conservando su identidad partidista individual. 

Por el contrario, una coalición política adquiere carácter después de la elección —es decir, cuando ningún partido obtiene mayoría suficiente para gobernar por sí solo. Entonces los partidos negociarán para formar un gobierno conjunto, compartir el poder, distribuir cargos, acordar políticas públicas, y actuar como bloque parlamentario o ejecutivo. 

La coalición implica un grado de integración institucional más profundo, una responsabilidad compartida frente al gobierno y la ciudadanía, y un compromiso colectivo de gobernabilidad. Mientras que la alianza persigue un objetivo puntual —ganar elecciones—, la coalición responde a la necesidad de gobernar con estabilidad y refleja la complejidad de equilibrar diversas identidades e intereses en una sola administración. 

Nos sobra urgencia electoral y nos falta arquitectura institucional. Las alianzas mexicanas se deshacen porque se construyen con prisas, motivadas más por el adversario común que por el propósito compartido. Carecen de narrativa, de reglas, de vocerías, de mecanismos de resolución de conflictos, de visión programática. Se vuelven reactivas, no propositivas.

Una alianza electoral sin coalición de gobierno es un edificio sin cimientos. Puede levantarse rápido, pero se derrumba en cuanto sopla el primer viento.

Construir coaliciones: el arte estratégico de lo posible

A lo largo de mi experiencia pública y académica he identificado 18 elementos esenciales para una alianza funcional y un paso más: una coalición gobernante. No son reglas teóricas, sino aprendizajes de campo —en México, en negociaciones legislativas, en procesos estatales, en experiencias comparadas.

Pueden encontrar la lista completa en mi libro “Silos, celos y círculos íntimos”. El principio fundamental es que la coalición es una arquitectura, no un gesto. Se diseña, se prepara, se negocia, se formaliza, se comunica y se sostiene.

Uno de los mayores errores es que se piense que las coaliciones fallan por falta de ideología. En realidad fallan por falta de método.

Coaliciones subnacionales: la lección olvidada de la Alianza Federalista

El episodio de la Alianza Federalista durante la pandemia fue una muestra del potencial —y de la fragilidad— de las coaliciones estatales. Por un momento, diez estados lograron elevar el debate nacional, cuestionar un modelo de centralización ineficaz y articular una narrativa federalista contemporánea.

Pero la alianza reveló algo más profundo: sin estructura, sin propósito común sostenible, sin mecanismos de decisión, estos ejercicios se diluyen. Una coalición subnacional exitosa necesita un proyecto de nación desde lo local; una estructura organizativa profesional; participación real de la sociedad civil y actores privados; metas medibles y un calendario de acción.

Los estados mexicanos tienen poder, capacidad técnica y fuerza política. Lo que les falta es coordinación estratégica. La fragmentación territorial limita cualquier posibilidad de construir política pública a escala nacional.

El Congreso: el gran articulador ausente

En teoría —y ya sabemos lo que pasa con la teoría— el Congreso debería ser el principal constructor de coaliciones. Es el espacio natural para alinear poderes, negociar reformas, equilibrar el presupuesto, escuchar a la ciudadanía, integrar a expertos, revisar modelos de desarrollo. Pero en la práctica, el Legislativo se reduce a ser una extensión del Ejecutivo, un foro de confrontación partidista o un espacio atrapado en la lógica de cuotas.

Si el Congreso recuperara su papel como corazón de la negociación democrática, México sería otro país. Podría articular coaliciones legislativas, coaliciones territoriales, coaliciones sectoriales. Podría convertirse en el gran puente entre poderes. Pero para lograrlo necesita tres transformaciones: a) Capacidad técnica al nivel de los congresos de países de la OCDE. b) Cultura de negociación profesional, no de protagonismos. c) Legitimidad social, basada en transparencia y apertura.

Coalición no es sumatoria: es sentido de propósito

Las coaliciones no triunfan por juntar logos. Triunfan cuando producen un relato compartido, una agenda concreta y una visión de largo plazo. Cuando le ofrecen a la ciudadanía algo más que un “no al adversario”: una propuesta de país.

Por eso, las coaliciones son también un acto ético: La ética de la cooperación. La ética de la corresponsabilidad. La ética del reconocimiento mutuo.

Formar coaliciones es aceptar que el éxito de otro no me debilita: al contrario, me fortalece. Que gobernar es un esfuerzo de colaboración. Que un país fragmentado necesita unir esfuerzos, no multiplicar pleitos.

México está entrando en su década más decisiva

México vive un punto de inflexión histórico. La próxima década definirá si logramos convertir nuestras crisis en oportunidades o si seguimos atrapados en un ciclo de polarización improductiva. El país necesita reformas profundas: electoral, fiscal, energética, educativa, de seguridad, de justicia. Ninguna se logrará sin coaliciones. Ninguna avanzará sin acuerdos amplios. Ninguna funcionará con la lógica de “uno gana, todos pierden”.

La política del siglo XXI no se ejerce con órdenes, sino con coaliciones. No se sostiene con imposición, sino con legitimidad compartida. No se construye desde la soledad, sino desde la inteligencia colectiva.

La invitación a las nuevas generaciones

Es momento de que las nuevas generaciones de líderes abandonen la épica solitaria y abracen la política de colaboración. Que entiendan la coalición no como una rendición, sino como una evolución. No como un mal necesario, sino como un acto de construcción nacional.

Las sociedades pagan un costo muy alto por gobernar en silos, con celos, y en círculos íntimos. Pierden valor público, estabilidad y tiempo.

La reconstrucción de un país no es obra de un líder. Es obra de una coalición de liderazgos, distribuidos en instituciones, estados, partidos, organizaciones y ciudadanía. Los países no necesitan más héroes. Necesitan puentes. Y los puentes se construyen.

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