Saturday, February 21, 2026

El volante presidencial y la ilusión de poder

El volante presidencial y la ilusión de poder

Javier Treviño

@javier_trevino

Cada vez que un nuevo presidente asume el poder —en cualquier democracia presidencialista— se activa una expectativa casi teatral. El país imagina un momento de ruptura: ahora sí, el líder tomará el control, corregirá inercias, impondrá rumbo. La ceremonia de investidura suele interpretarse como una transferencia inmediata de mando efectivo, como si el simple acto de sentarse en la silla presidencial transformara la realidad política y administrativa.

Pero el poder moderno funciona de otra manera. Tomar el volante presidencial no consiste en dominar titulares ni en emitir órdenes con rapidez. La verdadera prueba de un presidente comienza en un terreno menos visible y mucho más complejo: convertir la autoridad formal en capacidad sostenida de gobierno. La distinción es sutil pero decisiva. Una cosa es poseer facultades constitucionales; otra, muy distinta, es lograr que todo el aparato estatal opere en la misma dirección.

La ciencia política lleva décadas estudiando esta paradoja. Un presidente hereda un cargo poderoso, pero un sistema operativo débil. Las constituciones suelen otorgar atribuciones amplias —nombramientos, decretos, veto, iniciativa presupuestal—, pero los resultados no emergen automáticamente de esas herramientas. Legislaturas, tribunales, burócratas de nivel medio, partidos, gobernadores y actores económicos retienen márgenes significativos de influencia. El presidente no gobierna en un vacío institucional, sino en un ecosistema de fricciones permanentes.

El poder presidencial, en la práctica, es menos mecánico y más relacional.

La primera lección: autoridad no es control

Una de las intuiciones más penetrantes sobre el poder presidencial proviene de Richard Neustadt, quien fuera uno de los profesores de Harvard más afamado por sus estudios de la presidencia. Formuló una idea tan simple como incómoda: el poder presidencial es, ante todo, el poder de persuadir. No persuadir en el sentido retórico, sino en el sentido estratégico: moldear incentivos, anticipar reacciones, construir reputación, alinear intereses.

El presidente eficaz rara vez gobierna mediante imposición directa. Gobierna configurando decisiones ajenas. Esto descoloca la intuición popular del mando vertical. La ciudadanía suele imaginar que la presidencia equivale a una cadena de órdenes descendentes. Sin embargo, incluso en sistemas fuertemente presidencialistas, la autoridad formal no elimina la autonomía relativa de otros actores. La maquinaria estatal responde a reglas, rutinas, restricciones legales, equilibrios políticos y capacidades técnicas que no se alteran simplemente por voluntad política.

El primer trabajo de un presidente no es transformar. Es construir apalancamiento de gobierno. Credibilidad, relaciones, rutas institucionales viables. Sin esa base, incluso las mejores agendas se diluyen en la resistencia silenciosa del sistema.

Diagnosticar antes de transformar

Otra contribución fundamental proviene de Stephen Skowronek, cuya teoría de los “regímenes políticos” introduce una advertencia crucial: los presidentes no gobiernan en condiciones neutras. Gobiernan dentro de estructuras heredadas de legitimidad, coaliciones dominantes y expectativas históricas.

No todos los momentos permiten reconstrucción. No todos toleran ruptura. Antes de anunciar agendas “transformacionales”, el presidente debe leer correctamente el clima político: ¿La sociedad demanda cambio o estabilidad? ¿Las instituciones están alineadas o son defensivas? ¿Se gobierna dentro del régimen vigente o contra él?

Los presidentes que malinterpretan su contexto consumen capital político en conflictos inviables. El resultado frecuente es la pérdida temprana de control, no por debilidad formal, sino por desgaste estratégico.

Gobernar exige diagnóstico previo de correlaciones reales, no solo aspiraciones.

El espejismo del micrófono

En la era mediática, muchos líderes confunden comunicación con poder. La lógica parece intuitiva: hablar directamente a la ciudadanía, movilizar opinión pública, presionar a otras instituciones. Samuel Kernell describió esta estrategia como “going public”, un rasgo distintivo del liderazgo contemporáneo. Pero la evidencia empírica introduce sobriedad.

George C. Edwards III mostró que los discursos presidenciales rara vez alteran de manera duradera las preferencias ciudadanas. El micrófono no sustituye la negociación. La exposición pública no reemplaza la aritmética legislativa ni la complejidad administrativa.

La comunicación es un instrumento de apoyo, pero no es el motor del gobierno. Sirve para fijar prioridades, preparar costos, enviar señales de seriedad. Pero cuando se convierte en sustituto de la construcción institucional, la brecha entre narrativa y resultados se ensancha peligrosamente.

La presidencia como problema organizacional

Quizá la lección más subestimada del poder ejecutivo moderno sea esta: la presidencia es, ante todo, una organización. No un individuo, no un símbolo, no un púlpito. Terry Moe y otros estudiosos de la burocracia han mostrado que gran parte de la eficacia presidencial depende del diseño del centro de gobierno. Si la estructura es caótica, el gobierno será caótico. Si los procesos son ambiguos, la ejecución será errática.

La organización es estrategia. Los primeros meses de una administración son críticos no solo para lanzar políticas, sino para construir la arquitectura decisional: ¿Quién decide qué? ¿Cómo circula la información? ¿Cómo se resuelven conflictos interinstitucionales? ¿Cómo se monitorea la ejecución?

Un presidente que no controla el proceso difícilmente controlará los resultados.

Nombramientos: la política invisible del poder

Los presidentes no gobiernan solos. Gobiernan a través de personas. Cada nombramiento redefine flujos de información, velocidades de implementación y márgenes de autonomía burocrática.

La selección de cuadros no es un acto ceremonial; es un acto estructural. Tres criterios suelen distinguir nombramientos funcionales:

1. Competencia — capacidad de operar sistemas complejos.

2. Alineación — convergencia en prioridades y tolerancia al riesgo.

3. Integridad — protección de legitimidad institucional.

Retrasar nombramientos o privilegiar señales políticas sobre capacidad operativa erosiona control temprano. La burocracia, en ausencia de liderazgo claro, tiende a replegarse hacia las inercias y la incompetencia.

El mito del poder unilateral

Las facultades ejecutivas directas —decretos, órdenes administrativas, acciones regulatorias— suelen generar la impresión de poder inmediato. William Howell documentó cómo los presidentes pueden influir significativamente mediante acción directa.

Pero la durabilidad introduce otra variable. Las decisiones unilaterales suelen ser frágiles: reversibles por sucesores, vulnerables judicialmente, polarizantes políticamente. Kenneth Lowande advierte que el poder unilateral es con frecuencia sobreestimado. La apariencia de control no siempre produce cambio estructural sostenido.

Velocidad no equivale a permanencia. Las herramientas unilaterales funcionan mejor como mecanismos de estabilización, ajustes operativos o programas piloto, no como sustitutos de acuerdos legislativos duraderos.

Legitimidad: el activo operativo del gobierno

La autoridad presidencial depende menos de coerción que de cooperación voluntaria. Legisladores, jueces, gobernadores, burocracias y actores económicos responden no solo a incentivos formales, sino a percepciones de legitimidad.

La legitimidad no es un adorno moral. Es infraestructura de gobernabilidad. Procedimientos transparentes, reglas éticas creíbles, moderación estratégica en conflictos institucionales. Un presidente que erosiona legitimidad puede ganar confrontaciones inmediatas, pero debilita la cooperación que sostiene el funcionamiento cotidiano del Estado.

La disciplina de elegir

La tentación más recurrente de los nuevos gobiernos es la expansión excesiva de prioridades. Demasiadas promesas, demasiadas reformas simultáneas, demasiada dispersión.

El control exige concentración. Tres prioridades claras suelen superar veinte agendas difusas. Las victorias tempranas de ejecución anclan credibilidad. La secuenciación inteligente reduce desgaste.

Cada conflicto consume capital. Cada decisión define reputación.

El factor humano del poder

Los estudios sobre liderazgo presidencial recuerdan una dimensión frecuentemente ignorada: la personalidad interactúa con el poder. Estilos, temperamentos, sesgos cognitivos influyen en la toma de decisiones bajo presión.

Los líderes más eficaces diseñan sistemas compensatorios:

1. El impulsivo necesita procesos disciplinados.

2. El cauteloso necesita plazos y delegación clara.

3. El lealista a su antecesor necesita mecanismos de disenso.

4. El comunicador necesita proteger tiempo para gestión.

La autoconciencia siempre es una buena herramienta de gobierno.

Manual práctico del asiento del conductor

La teoría comparada converge en una conclusión sencilla: gobernar eficazmente requiere diseñar el asiento del conductor antes de acelerar. Un presidente que aspire a control operativo real debe:

1. Definir un modelo de gobierno claro - Tres prioridades, métricas explícitas, límites no negociables.

2. Construir una “cabina de piloto” ejecutiva y disciplinada - Jefe de gabinete con autoridad, procesos decisionales con plazos, seguimiento semanal.

3. Nombrar por capacidad, no para simular - Competencia e integridad como criterios centrales.

4. Mapear el poder real del sistema - Coaliciones legislativas, riesgos judiciales, coordinación territorial, vetos burocráticos.

5. Usar la comunicación como palanca, no como ilusión - Explicar costos, reconocer restricciones, evitar inflación retórica.

6. Usar acciones unilaterales estratégicamente - Comprar tiempo, estabilizar, hacer pilotos — pero lograr que se legisle para la permanencia.

La mecánica invisible del poder

El primer desafío real de cualquier presidente no es cambiar el país. Es algo más básico y mucho más difícil: tomar control de la maquinaria del gobierno.

La diferencia es profunda. Gobernar no es declarar intenciones. Gobernar es lograr que un aparato estatal gigantesco, complejo y lleno de inercias opere en la misma dirección. La presidencia no es un podio; es un centro de coordinación. Y la historia política mundial muestra que los líderes más eficaces entendieron esta verdad desde el primer día.

La ilusión presidencialista —muy arraigada en América Latina— tiende a imaginar que la autoridad formal equivale a control operativo. Se piensa que ocupar la oficina basta para conducir el sistema. Pero el poder moderno funciona de otra manera. Entre la voluntad del presidente y la realidad administrativa se interponen burocracias, legislaturas, tribunales, actores territoriales, restricciones presupuestales y, sobre todo, la resistencia natural de toda organización grande al cambio abrupto.

Los presidentes exitosos no ignoraron esa fricción. La domesticaron. Tomar el volante es sencillo. Lograr que todo el vehículo responda es el verdadero arte del poder. Porque en política, como en la conducción, la autoridad puede otorgar el asiento. Pero solo la capacidad sostenida permite controlar el rumbo.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/el-volante-presidencial-y-la-ilusion-de-poder/


Saturday, February 14, 2026

Pandemia de lunáticos

Pandemia de lunáticos

Javier Treviño

@javier_trevino

Hay momentos en los que uno se pregunta si el país está atravesando una crisis de ideas más profunda que sus crisis económicas o políticas. Abrimos las redes sociales, escuchamos debates públicos, seguimos conferencias oficiales o leemos titulares, y la sensación se repite: algo no cuadra. 

Todos los días somos testigos de argumentos contradictorios que conviven sin problema, consignas que sustituyen al análisis, y posturas claramente inconsistentes que se defienden con absoluta convicción. 

No es que falte información; sobra ruido. En ese contexto, el libro Pandemic of Lunacy: How to Think Clearly When Everyone Around You Seems Crazy, del filósofo J. Budziszewski, resulta una lectura sorprendentemente útil para entender no solo el clima cultural de Estados Unidos, sino también —y quizá con mayor urgencia— el momento que vive México hoy.

Vale la pena detenerse un momento en el perfil del autor, porque nos ayuda a entender el tono y la ambición del libro. J. Budziszewski es profesor de gobierno y filosofía en la Universidad de Texas en Austin y uno de los pensadores contemporáneos más influyentes en temas de derecho natural, conciencia moral y autoengaño. Autor de más de veinte libros —entre ellos The Revenge of Conscience y What We Can’t Not Know—, Budziszewski se ha caracterizado por aplicar la tradición filosófica clásica a los dilemas culturales actuales, con un estilo directo, accesible y provocador. Su trabajo no busca ofrecer consignas ideológicas, sino entrenar la capacidad de pensar con claridad en contextos donde la confusión moral y la incoherencia se han normalizado, una tarea que hoy resulta especialmente relevante para sociedades como la mexicana.

La tesis central de Budziszewski es poderosa: la locura contemporánea no es un problema de ignorancia, sino de autoengaño. No se trata de que la gente “no sepa” distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo coherente y lo contradictorio. Se trata de que, muchas veces, decide no hacerlo. Y cuando una sociedad normaliza ese hábito, la irracionalidad deja de ser marginal y se convierte en sistema.

Cuando la conciencia estorba

Budziszewski parte de una idea que ha trabajado durante décadas: existen verdades morales básicas que los seres humanos tienen que conocer. Podemos ignorarlas, silenciarlas o racionalizarlas, pero no eliminarlas. Cuando actuamos contra esas verdades —cuando mentimos, abusamos del poder, justificamos lo injustificable— la conciencia reacciona. Y, como aceptar la culpa es costoso, la mente busca salidas: ideologías, narrativas, teorías a modo que nos permitan seguir adelante sin admitir el error.

Ese mecanismo —que el autor llama la “venganza de la conciencia”— es clave para entender muchos debates actuales en México. Pensemos, por ejemplo, en la facilidad con la que se normaliza la contradicción en el discurso público: defender la legalidad mientras se erosiona a las instituciones que la garantizan; hablar de justicia social mientras se toleran privilegios selectivos; invocar al “pueblo” mientras se cancelan voces incómodas. No es que no se vea la contradicción. Es que reconocerla tendría costos políticos y personales.

Las “locuras” que se vuelven la norma

El libro está estructurado en torno a lo que Budziszewski llama “ideas que contienen un grano de verdad, pero que, al exagerarse o separarse del resto de la realidad, se convierten en falsedades peligrosas”. En México conocemos bien ese fenómeno.

Tomemos la idea de que “la realidad es compleja”. Es verdad. Pero de ahí se pasa con facilidad a una conclusión tramposa: como todo es complejo, nadie puede exigir claridad, evidencia o rendición de cuentas. Esa lógica se utiliza para justificar políticas improvisadas, decisiones opacas o resultados deficientes. La complejidad se vuelve excusa para la irresponsabilidad.

Otro ejemplo: la desconfianza histórica hacia las élites. Tiene raíces legítimas. Pero cuando esa desconfianza se transforma en desprecio sistemático por el conocimiento técnico, por la experiencia o por los datos, el resultado no es empoderamiento popular, sino mediocridad institucional. En lugar de mejorar al Estado, se le vacía de capacidades. Budziszewski advierte justamente: cuando la crítica justa se convierte en negación absoluta, el pensamiento deja de corregir y empieza a destruir.

El ecosistema de la irracionalidad

Una de las ideas más inquietantes del libro es que la irracionalidad rara vez aparece sola. Los lunáticos se refuerzan entre sí. Cuando se relativiza la verdad, también se relativiza la responsabilidad. Cuando se diluye la responsabilidad, la impunidad se normaliza. Y cuando la impunidad se normaliza, la confianza social se erosiona.

¿Vivimos hoy dentro de un ecosistema de lunáticos? La desinformación no solo confunde; cansa. La polarización no solo divide; desgasta. Muchos ciudadanos han dejado de participar en el debate público no porque no les importe, sino porque sienten que discutir ya no sirve para entender, sino solo para agredir o descalificar. Ese retiro silencioso es, quizás, una de las consecuencias más graves de la pandemia de la locura: una ciudadanía fatigada, menos exigente, más resignada.

El corto plazo como ideología

Budziszewski no escribe un libro de política pública, pero su diagnóstico encaja con uno de los grandes problemas del México actual: la sustitución del análisis de largo plazo por la narrativa inmediata. La lógica es simple: lo que no produce aplausos hoy, estorba. Lo que no cabe en una consigna, se descarta. Lo que requiere paciencia institucional, se abandona.

El resultado es una política pública que se mueve por impulsos más que por estrategias. Se anuncian grandes transformaciones sin mecanismos claros de evaluación. Se descalifica a los críticos como enemigos. Se confunde voluntad política con capacidad de ejecución. Y cuando los resultados no llegan, la culpa siempre es de alguien más: del pasado, del extranjero, de la “tecnocracia”, de los medios.

Aquí vuelve la tesis central del libro: la racionalización como forma de huida. En lugar de corregir errores, se construyen explicaciones que preservan la narrativa. No importa que los datos contradigan el discurso; se ajusta el discurso. No importa que las instituciones se debiliten; se celebra la “lealtad”.

Pensar claro en un entorno nublado

Una de las virtudes del libro Pandemic of Lunacy es que no se limita a criticar. Propone una actitud intelectual: recuperar el hábito de la claridad. Y eso, en el México de hoy, es casi un acto de resistencia cívica.

Pensar claro implica distinguir hechos de opiniones, intenciones de resultados, discurso de realidad. Debemos aceptar que no todo desacuerdo es traición y que no toda crítica es mala fe. La complejidad no elimina la necesidad de principios básicos: verdad, coherencia, responsabilidad.

Budziszewski insiste en algo elemental: cuando una sociedad deja de valorar la coherencia, termina premiando al más ruidoso, no al más razonable. Y cuando eso ocurre, el espacio público se llena de gritos, pero se vacía de sentido.

La responsabilidad individual en tiempos colectivos

Quizá el mensaje más incómodo del libro —y el más relevante para México— es que la pandemia de lunáticos no es solo un problema “de los otros”. No es exclusiva del gobierno, de los medios o de las redes sociales. Cada ciudadano participa, consciente o inconscientemente, en su propagación.

Cuando compartimos información falsa porque confirma lo que queremos creer. Cuando toleramos contradicciones porque “son de los nuestros”. Cuando callamos ante abusos porque denunciarlos sería incómodo. En todos esos momentos, la conciencia protesta. Y en todos esos momentos decidimos si la escuchamos o la silenciamos.

Budziszewski no ofrece soluciones mágicas. Ofrece algo más exigente: la invitación a hacernos cargo de nuestro propio pensamiento. A resistir la tentación del autoengaño. A aceptar que la verdad, a veces, incomoda más que la mentira.

México frente al espejo

México no está condenado a la irracionalidad. Tiene instituciones, talento, historia cívica y una sociedad mucho más plural y crítica de lo que a veces se reconoce. Pero sí enfrenta un riesgo real: acostumbrarse a la incoherencia. Normalizarla. Convertirla en paisaje.

En ese sentido, Pandemic of Lunacy funciona como un espejo. Nos obliga a preguntarnos si estamos discutiendo para entender o solo para ganar. Si estamos construyendo argumentos o repitiendo consignas. Si estamos fortaleciendo la vida pública o simplemente sobreviviendo en ella.

Pensar con claridad hoy no es un lujo intelectual. Es una necesidad democrática. Porque cuando la locura se vuelve la norma, la sensatez parece provocación. Y cuando la sensatez se castiga, el deterioro ya no es accidental: es estructural.

La pregunta final que deja el libro —y que México debería hacerse con urgencia— no es si vivimos tiempos difíciles. Eso es evidente. La pregunta es si estamos dispuestos a defender la claridad, la coherencia y la verdad, incluso cuando hacerlo tenga costos. Porque la conciencia siempre pasa factura. La única duda es cuándo… y a quién.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/pandemia-de-lunaticos/


Saturday, February 07, 2026

Lo que la Generación Z le está diciendo al poder

Lo que la Generación Z le está diciendo al poder

Javier Treviño

@javier_trevino

Durante años se repitió una idea cómoda para quienes detentan el poder: que los jóvenes estaban distraídos, encapsulados en redes sociales, más interesados en causas identitarias o en su vida digital que en la política real. La Generación Z —jóvenes de 13 a 28 años, nacidos entre 1997 y 2012— fue descrita como apática, impaciente y poco comprometida con la democracia. Hoy, esa narrativa hace agua.

En distintas regiones del mundo, la “Gen Z” está protagonizando algunas de las protestas más relevantes de la última década. Jóvenes en Nepal, Serbia, Filipinas, Indonesia, Kenia, Bangladesh, Marruecos o Perú han salido a las calles para exigir algo que parece elemental pero que se ha vuelto escaso: gobiernos que no roben, que funcionen y que ofrezcan futuro. No protestan por ideología; protestan por supervivencia económica, dignidad y justicia básica.

La pregunta clave no es si estas protestas existen —están a la vista— sino si representan un momento pasajero o el inicio de una transformación política duradera. Y, más aún, qué implicaciones tiene este fenómeno global para México.

Lo que dice la evidencia: la juventud sí importa

La investigación reciente de Erica Chenoweth, profesora de Harvard Kennedy School y una de las mayores autoridades mundiales en movimientos sociales, junto con el investigador Matthew Cebul, ofrece datos reveladores. No se trata de intuiciones ni de romanticismo generacional: los movimientos de protesta con amplia participación juvenil tienen más del doble de probabilidades de éxito que aquéllos donde los jóvenes juegan un papel secundario.

¿Por qué? Porque los jóvenes suelen aportar volumen, energía, creatividad táctica y una capacidad singular para construir coaliciones transversales. Además, tienen más tiempo, menos compromisos patrimoniales y una mayor disposición a asumir riesgos personales. En contextos de crisis económica, son también quienes más pierden: enfrentan desempleo, informalidad, salarios bajos y expectativas de movilidad social cada vez más frágiles.

La historia reciente confirma el patrón. Jóvenes fueron decisivos en la caída de Joseph Estrada en Filipinas, en la Revolución del Cedro en Líbano, en el derrocamiento de Omar al-Bashir en Sudán y en múltiples movimientos anticorrupción en Europa del Este y Asia. No son casos aislados: forman parte de una tendencia de largo plazo.

La paradoja de la represión

Sin embargo, Chenoweth y Cebul subrayan una paradoja inquietante: las protestas con fuerte participación juvenil no son más violentas, pero sí reciben una represión más intensa. Regímenes autoritarios —y también democracias frágiles— suelen percibir a los jóvenes como una amenaza mayor que a otros grupos sociales.

El resultado ha sido brutal. En años recientes hemos visto asesinatos masivos de manifestantes en Bangladesh y Tanzania; decenas de jóvenes muertos en Kenia; miles de detenidos y desaparecidos en Marruecos. La represión no solo busca sofocar la protesta inmediata, sino disciplinar a toda una generación.

Este punto es crucial para México. La contención del descontento juvenil no depende solo de que existan canales institucionales, sino de que el Estado no cruce la línea de la criminalización sistemática. Cuando eso ocurre, la protesta deja de ser episódica y se vuelve estructural.

La Gen Z no protesta “por la democracia”… pero sin democracia no hay salida

Un hallazgo especialmente relevante es que muchas protestas de la Gen Z no se articulan explícitamente como luchas por la democracia, aunque en el fondo lo sean. Sus demandas se concentran en problemas tangibles: corrupción, inflación, servicios públicos deficientes, nepotismo, abuso de poder, falta de oportunidades.

Esto explica una aparente contradicción: aunque las encuestas muestran que la Gen Z suele declararse escéptica o decepcionada de la democracia, en la práctica es una de las generaciones más activas políticamente. El problema no es la democracia como ideal, sino una democracia que no entrega resultados.

Aquí hay una lección directa para México. El descontento juvenil no necesariamente se expresará con consignas institucionales o discursos ideológicos, sino con reclamos muy concretos sobre empleo, vivienda, seguridad, transporte, educación y salud. Ignorar esos reclamos porque “no hablan de democracia” es un error grave.

El tamaño del elefante generacional

Chenoweth y Cebul recuerdan un dato que debería quitarle el sueño a cualquier tomador de decisiones: hay alrededor de 2.8 mil millones de personas entre 10 y 29 años en el mundo, casi un tercio de la población global. Nunca antes una cohorte generacional tan grande había enfrentado, al mismo tiempo, expectativas crecientes y sistemas políticos tan rígidos.

México no es la excepción. Nuestro país tiene una población joven significativa, con altos niveles de escolaridad comparados con generaciones anteriores, pero con menores garantías de movilidad social. El famoso “si estudias, te irá mejor” dejó de ser una promesa creíble para millones.

Ese desfase entre expectativas y realidad es, históricamente, uno de los detonadores más poderosos de protesta.

México: condiciones presentes, detonante incierto

México reúne muchas de las condiciones que, en otros países, han detonado protestas juveniles de gran escala:

Jóvenes enfrentando informalidad y precariedad laboral.

Dificultad creciente para acceder a vivienda.

Percepción extendida de corrupción e impunidad.

Instituciones políticas dominadas por liderazgos de los mayores.

Canales limitados para la participación política efectiva sin padrinazgos.

Hasta ahora, el descontento juvenil en México se ha canalizado más por activismo digital, causas locales, participación electoral intermitente y protestas focalizadas. Pero la experiencia internacional muestra que las grandes protestas no siempre nacen de grandes eventos, sino de acumulaciones silenciosas.

Un aumento de tarifas de servicios públicos, un escándalo de corrupción particularmente simbólico, un abuso de autoridad viralizado o una reforma percibida como injusta pueden funcionar como catalizadores. México no es inmune a ese punto de quiebre.

El gran riesgo: protesta sin traducción institucional

Otro elemento central del análisis de Chenoweth y Cebul es que muchas protestas juveniles logran victorias inmediatas —renuncias, caídas de gobiernos— pero no mejoras sostenidas en la vida de los jóvenes. Incluso después de protestas exitosas, el desempleo juvenil no disminuye y la desigualdad persiste.

El riesgo para México es claro: protesta sin traducción institucional. Nuestro sistema político sigue ofreciendo pocos mecanismos creíbles para que jóvenes sin apellidos, sin recursos y sin redes conviertan demandas sociales en políticas públicas. Cuando la protesta no encuentra salida institucional, el ciclo se repite: frustración, movilización, desilusión.

Horizontalidad: fortaleza y límite

Muchos movimientos de la Gen Z son descentralizados, horizontales y sin liderazgos visibles. Esto los hace ágiles, difíciles de cooptar y resistentes a la represión selectiva. Pero también los vuelve frágiles cuando llega el momento de negociar, priorizar demandas y sostener cambios en el tiempo.

México enfrenta aquí un dilema importante. La energía juvenil es indispensable, pero la transformación requiere organización, liderazgo y capacidad de gobernar. No se trata de domesticar la protesta, sino de darle continuidad.

Una advertencia para quienes gobiernan

El mensaje para quienes hoy toman decisiones en México es incómodo pero ineludible: ignorar a la Gen Z es una mala estrategia. Descalificarla como ingenua, radical o manipulable solo profundiza la brecha. La historia demuestra que los sistemas que no se adaptan a las demandas generacionales terminan enfrentándolas en condiciones mucho más adversas.

Como escriben Chenoweth y Cebul, estamos ante un posible “despertar político global”. Si los gobiernos no crean espacios reales de inclusión y participación, la presión no desaparecerá: se acumulará.

¿Momento o movimiento?

¿Habrá protestas juveniles masivas en México? No es inevitable, pero sí plausible. Todo dependerá de si el sistema político es capaz de escuchar antes de reaccionar, de incluir antes de contener, y de reformar antes de reprimir.

La historia reciente deja una lección clara: las protestas no nacen del radicalismo, sino de la falta de futuro. México aún tiene margen para aprender de lo que ocurre en otras latitudes.

La pregunta no es si la Generación Z va a protestar. La pregunta es si el país está dispuesto a cambiar antes de que lo haga.

Es muy probable que sea la Gen Z quien decida las próximas elecciones en México. Será el bloque más numeroso de nuevos votantes. Además, participa en la política de una forma distinta: no a través de lealtades partidistas heredadas, sino desde causas concretas como empleo digno, acceso a vivienda, educación útil, seguridad, medio ambiente y uso justo de la tecnología. 

Es una generación hiperconectada, que se informa fuera de los medios tradicionales, desconfía del discurso vacío y castiga rápidamente la incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Su peso no solo está en las urnas, sino en la agenda pública: define qué temas importan, qué narrativas se vuelven virales y qué candidatos logran relevancia. 

Quien logre hablarle con autenticidad, propuestas creíbles y resultados medibles no solo ganará votos jóvenes: marcará el tono de la elección.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/lo-que-la-generacion-z-le-esta-diciendo-al-poder/