Saturday, January 03, 2026

La prueba del 2026

La prueba del 2026

Javier Treviño

@javier_trevino

Llegamos a 2026 en un punto de inflexión. El calendario no tiene magia. Pero varias placas tectónicas —económicas, financieras, tecnológicas y geopolíticas— se moverán al mismo tiempo. The Economist, en su edición “The World Ahead 2026”, lo plantea con crudeza: el mundo entra en una fase donde el nuevo orden se irá delineando con más claridad, pero también con más fricción: tensiones geopolíticas, riesgos financieros asociados a deuda y un salto tecnológico que puede acelerar la productividad o ampliar la desigualdad. 

La pregunta no es si el mundo será complicado. La pregunta es si tendremos la madurez institucional y los liderazgos para navegarlo. Y aquí entra el corazón de mi libro “Silos, celos y círculos íntimos”: el mayor riesgo no suele venir de afuera; viene de cómo nos organizamos por dentro. Un país puede tener ubicación estratégica, población joven y acceso preferencial a mercados y aun así fallar si su gobierno y sus empresas operan como archipiélago: dependencias aisladas, rivalidades internas y decisiones tomadas en pequeños comités, lejos de la realidad operativa.

Un crecimiento global moderado

Los organismos multilaterales no anticipan un colapso global en 2026, pero sí un entorno de crecimiento moderado y “margen estrecho” frente a las sorpresas. El FMI estima que el crecimiento mundial se desacelerará a 3.1% en 2026. La OCDE proyecta que el PIB global se modere hacia 2.9%. 

En otras palabras: el mundo seguirá creciendo, pero con menos colchón. En ese tipo de escenarios, lo que define ganadores y perdedores no es la retórica: es la capacidad de ejecución, la consistencia regulatoria y la confianza. Y aquí aparece una primera implicación: 2026 exigirá que dejemos de confundir las políticas públicas con la comunicación. La política económica real se hará con coordinación, certidumbre y resultados verificables.

El gran “factor financiero”: deuda, bonos y premio por riesgo

Un punto particularmente relevante del marco de “The World Ahead 2026” es la advertencia sobre el riesgo de tensiones en mercados de bonos, asociadas a que los países ricos “viven por encima de sus posibilidades” y a la vulnerabilidad que eso puede generar. 

¿Por qué importa esto? Porque, en un mundo de estrés financiero, los mercados suelen subir el “precio” del dinero para todos los emergentes, incluso si sus fundamentos son razonables. Esto se traduce en volatilidad cambiaria, mayores tasas para empresas y gobierno, y decisiones de inversión que se posponen. 

En 2026, México puede tener oportunidades enormes por nearshoring, pero si aumenta el premio por riesgo global, los proyectos se vuelven más exigentes: piden más certidumbre, más seguridad y más infraestructura funcionando.

Aquí la lección es directa: la política fiscal, la calidad institucional y el respeto a las reglas y el estado de derecho no son debates técnicos: son palancas de crecimiento. Cuando un país luce improvisado, fragmentado o políticamente caprichoso, el mundo le cobra más caro el financiamiento. Y no hay programa social que alcance si el costo de capital se dispara.

Geopolítica: el nuevo orden se perfila y se endurece

The Economist sugiere que en 2026 “los contornos” de la geopolítica del siglo XXI se verán con más claridad: no porque haya paz, sino porque los alineamientos, tensiones y prioridades quedarán más definidos. En paralelo, el Council on Foreign Relations (CFR) advierte que el riesgo de guerra entre grandes potencias sigue presente y eleva la atención sobre contingencias como una crisis en el Estrecho de Taiwán o choques Rusia–OTAN, catalogadas con probabilidad significativa y alto impacto. 

México no está en el Estrecho de Taiwán ni en Europa del Este. Pero sí está en las cadenas de suministro del mundo y depende de rutas, seguros, energía y riesgo-país. La geopolítica ya no se queda “en las noticias”: se mete en los costos logísticos, en la disponibilidad de insumos, en el apetito de inversión y en el humor de los mercados.

Hay una alerta adicional en la evaluación del CFR que México no debería ignorar: incluye escenarios en el hemisferio, como una escalada que involucre a Estados Unidos y Venezuela. Esto implicaría más presión regional: migración, energía, diplomacia y relación con Washington. En 2026, México necesitará una política exterior menos declarativa y más estratégica: capaz de reducir riesgos y ampliar el margen de maniobra.

La tecnología como prueba de Estado: IA y productividad o desigualdad

Si 2024 y 2025 fueron años de “asombro” con la inteligencia artificial (IA), 2026 será el año de la verdad: el de la adopción real y sus consecuencias. The Economist subraya la preocupación por el gasto rampante en IA y el riesgo de que la inversión corra por delante de la creación de valor, además de las tensiones que surgen por regulación, trabajo y confianza. 

Para México, la IA puede ser la palanca más poderosa de productividad en décadas: manufactura, logística, retail, salud pública, educación, seguridad, recaudación, trámites. Pero también puede ser un acelerador de desigualdad si sólo la adoptan las empresas más grandes y si el Estado no moderniza su capacidad.

La pregunta no es “¿IA sí o no?” La pregunta es: ¿con qué instituciones, con qué talento y con qué gobernanza? Un país que incorpora IA sin preparar a su fuerza laboral, sin rediseñar procesos y sin reglas claras de datos crea ganadores y perdedores demasiado rápido. En 2026, México debería tratar la IA como política de Estado: capacitación masiva, certificaciones cortas, alianzas con empresas y universidades, y uso intensivo en gobierno para elevar calidad de servicios. Esto no es futurismo: es competitividad básica.

México 2026: oportunidad real con límites claros

La OCDE proyecta para México un crecimiento de 1.2% en 2026, tras 0.6% en 2025, y advierte que exportaciones podrían verse afectadas por aranceles más altos e incertidumbre, mientras el consumo y la inversión pública se mantienen contenidos. 

Ese diagnóstico tiene una traducción inmediata: México no puede apostar a que el crecimiento llegará solo, por nearshoring. La oportunidad existe, pero la captura de valor dependerá de cinco capacidades muy concretas:

1. Energía confiable y competitiva (no sólo capacidad instalada: continuidad, tarifas y permisos).

2. Infraestructura logística (puertos, aduanas, carreteras, ferrocarril, última milla).

3. Seguridad en corredores productivos (la cadena no puede operar con extorsión como costo fijo).

4. Estado de derecho, certeza y permisología inteligente (velocidad sin discrecionalidad).

5. Capital humano (técnicos, ingenieros, operadores, y ahora también talento para IA).

Nada de esto se resuelve con un decreto. Se resuelve con coordinación diaria. Y ahí volvemos al argumento central de mi libro: México falla cuando deja que el gobierno se vuelva una suma de feudos. Los silos bloquean coordinación; los celos castigan talento; los círculos íntimos sustituyen evidencia por lealtad. En 2026, ese triángulo es letal porque el mundo premiará a los países que ejecuten, no a los que sólo declaren.

Las reformas (cualquiera que sea) no sirven sin capacidad de implementación

En México tendemos a discutir reformas como si la clave fuera el diseño legal. Importa, sí. Pero la historia reciente enseña que una reforma sin implementación es propaganda con apellido jurídico. Y la implementación falla cuando:

a) una dependencia no comparte información con otra;

b) una secretaría compite por presupuesto en vez de coordinar metas;

c) los equipos se eligen por confianza personal, no por competencia;

d) y las malas noticias no suben porque “incomodan”.

2026 será un año en el que la brecha entre decisión e implementación se volverá visible. Si queremos atraer inversión en serio, necesitamos un Estado que reduzca tiempos sin aumentar discrecionalidad. Si queremos aprovechar IA, necesitamos rediseñar procesos, no sólo comprar software. Si queremos resiliencia geopolítica, necesitamos planes de contingencia, no discursos.

Política exterior: menos reflejo, más estrategia

La combinación de geopolítica más áspera y riesgos regionales obliga a México a profesionalizar su política exterior como herramienta de prosperidad: comercio, inversión, energía, migración, seguridad y tecnología. El país debe llegar a 2026 con una visión clara de Norteamérica, sí, pero también con capacidad de leer el mundo fragmentado que describen The Economist y el CFR: un mundo donde las tensiones reconfiguran cadenas y donde el riesgo aumenta en tiempo real. 

2026 como examen de liderazgo

No necesitamos adivinos. Necesitamos instituciones que funcionen y liderazgos que no le teman al talento, a la evidencia ni a la coordinación. En 2026, el mundo será más competitivo, más volátil y más tecnológico. El FMI y la OCDE sugieren crecimiento moderado y riesgos persistentes; The Economist advierte tensiones financieras y geopolíticas; CFR señala escenarios de conflicto. 

En ese entorno, México puede ganar —mucho— si ordena su casa. Pero para hacerlo tiene que romper con lo que destruye valor público desde adentro: silos que aíslan, celos que paralizan y círculos íntimos que desconectan al poder de la realidad. 2026 será una prueba de Estado. Y el futuro no se improvisa: se construye.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/la-prueba-del-2026/


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