Saturday, July 04, 2026

La gracia de gobernar

La gracia de gobernar

Javier Treviño

@javier_trevino

Hace unos días en un vuelo, vi La Grazia, la más reciente y aclamada producción del director italiano Paolo Sorrentino. Lejos de los clichés redundantes sobre las campañas electorales, las maquinaciones partidistas o la burda y descarnada lucha por el poder, la película se adentra en un territorio intelectual mucho más complejo de la vida pública contemporánea: el momento en que la alta política se encuentra cara a cara con la conciencia individual.

En una época global dominada por liderazgos estridentes, histriónicos y profundamente polarizadores, que parecen competir diariamente por demostrar quién grita más fuerte o quién descalifica con mayor eficacia, Sorrentino opta por una subversión estética absoluta: la contención. 

El cineasta napolitano construye a un presidente de la República Italiana —interpretado con una sutileza magistral por Toni Servillo— que casi nunca levanta la voz; un hombre de Estado que duda, que escucha con atención litúrgica, que reflexiona en la solemnidad de su despacho y que asume, con una madurez conmovedora, que cada decisión de gobierno deja heridas inevitables en el tejido social. 

Gobernar, nos sugiere el filme en cada uno de sus encuadres, consiste precisamente en la trágica y solitaria lucidez de elegir con precisión quirúrgica cuál de esas heridas puede soportar una sociedad en un momento histórico determinado. 

La crítica cinematográfica internacional ha celebrado con justicia este giro radical en la filmografía del director. Muchos coinciden en que Sorrentino abandona intencionalmente el barroquismo visual, el esteticismo hedonista y la opulencia operística de La gran belleza para entregar una pieza mucho más contenida, minimalista y severa, donde el silencio pesa sustancialmente más que la retórica discursiva y donde la fragilidad humana resulta infinitamente más poderosa que la grandilocuencia del cargo. 

La puesta en escena privilegia de manera contundente la responsabilidad moral sobre el teatro político; la reflexión íntima y descarnada sobre el espectáculo efímero de las masas. 

La trama sitúa al presidente Mariano De Santis —un católico de convicciones profundas, antiguo y brillante jurista apodado en los círculos políticos como “Cemento armato” por su rigor doctrinario— ante dos dilemas moralmente extenuantes en el crepúsculo de su mandato constitucional: la promulgación de una polémica ley sobre la eutanasia y la resolución de dos indultos presidenciales extraordinarios por homicidio cometidos en circunstancias de extrema excepcionalidad. 

Mientras procesa estas crisis públicas de alto impacto institucional, De Santis carga en paralelo con el luto silente por su esposa fallecida y con la zozobra existencial sobre el verdadero sentido y trascendencia de su legado histórico. Difícilmente encontraremos en el arte contemporáneo una metáfora más nítida, cruda y poderosa sobre la soledad radical y el peso ético que conlleva el ejercicio del liderazgo moderno. 

La política de las respuestas fáciles

Hoy habitamos la era de la inmediatez eufórica y la simplificación cognitiva. Las plataformas sociodigitales premian de manera sistemática el reduccionismo contundente, los algoritmos de la red monetizan de forma implacable la indignación colectiva y la mercadotecnia electoral más ramplona condensa problemas estructurales y multifactoriales en consignas vacías de veinte palabras. 

En este ecosistema hiperpolarizado y carente de matices, la realidad se fragmenta de forma binaria e irreconciliable: buenos contra malos, el pueblo virtuoso contra sus enemigos de clase, patriotas abnegados contra traidores infames. 

Pero el ejercicio real del gobierno jamás ha funcionado ni funcionará bajo esa lógica simplista y de corto aliento. La realidad es, por definición, estructuralmente testaruda. Cada política pública arrastra consigo costos colaterales inevitables; cada reforma legislativa o económica redistribuye de manera asimétrica ganadores y perdedores en el tablero social, y las decisiones técnicamente correctas o éticamente necesarias suelen generar consecuencias humanas profundamente dolorosas. 

El recordatorio fundamental de Sorrentino es oportuno y urgente para nuestro tiempo: el verdadero estadista no es aquel que pretende eliminar la incertidumbre del mundo mediante el dogmatismo ideológico o la fe ciega en sus propias consignas, sino quien posee la templanza, el carácter y la madurez para administrar esa incertidumbre con responsabilidad republicana. 

La belleza del juicio

Una de las mayores virtudes conceptuales de La Grazia es elevar el juicio crítico al rango de auténtico protagonista de la historia. No la inteligencia abstracta o puramente académica, ni la pureza doctrinaria de una ideología rígida, ni las fluctuaciones siempre caprichosas de las encuestas de popularidad, sino el juicio puro y duro. Esta premisa fundamental conecta de manera directa con lo mejor de la tradición del análisis político y la teoría del Estado de la segunda mitad del siglo XX. 

Sorrentino condensa estas densas corrientes de la ciencia política en un encuadre cinematográfico minimalista que desarma al espectador: un mandatario a solas frente a la inmensidad de su escritorio, plenamente consciente de que ninguna opción en el menú de decisiones posibles será del todo limpia, perfecta o libre de dolor. Liderar, en consecuencia, no es tener siempre la razón o pretender una infalibilidad divina. Liderar es tener el carácter templado para cargar con el costo moral de las soluciones imperfectas. 

El título mismo de la película encierra una sofisticación conceptual y semántica notable que merece ser analizada. En el idioma italiano, la palabra grazia opera de manera simultánea en tres dimensiones conceptuales: la gracia en su acepción teologal y espiritual, el indulto legal como prerrogativa soberana del jefe de Estado y la misericordia humana ante la tragedia del prójimo. 

Sorrentino —inspirado de forma libre en un caso real de indulto otorgado por el actual presidente italiano Sergio Mattarella— nos recuerda con contundencia que ninguna democracia constitucional puede sobrevivir a largo plazo si se rige exclusivamente mediante la aplicación robótica, ciega y desalmada de la ley. 

El derecho positivo establece la norma general y abstracta, pero la complejidad de la vida siempre impone la dolorosa vigencia de la excepción. Por eso existen los jueces en los tribunales, por eso se diseñaron las facultades presidenciales extraordinarias en los regímenes republicanos y por eso se erigieron instituciones capaces de introducir la prudencia y la compasión donde las reglas escritas resultan insuficientes o ciegas ante el sufrimiento de las personas. 

El caso mexicano

Es imposible ver la película de Sorrentino sin proyectar su luz sobre el panorama político e institucional de México. Nuestro ecosistema público lleva demasiados años secuestrado por una preocupante dinámica de confrontación permanente y polarización inducida. Hemos sustituido de manera alarmante la deliberación informada por la descalificación automática; el debate de ideas por el espectáculo mediático de la tribuna; y la prudencia de Estado por la estridencia retórica más vacía. 

En este enrarecido escenario nacional, cualquier desacuerdo técnico sobre el diseño de una política pública muta de inmediato en una guerra de trincheras morales, y toda crítica fundamentada es leída de forma paranoica como una traición abierta al proyecto nacional. 

Esta mutación de la política tiene costos severos e históricos: la esfera pública ha dejado de producir soluciones viables a problemas complejos para dedicarse casi exclusivamente a la manufactura y distribución de emociones en masa, explotando el agravio y el resentimiento. 

El gobernante contemporáneo ya no diseña políticas públicas con visión de Estado para resolver rezagos estructurales; diseña narrativas de consumo rápido para colonizar la conversación mediática de las próximas veinticuatro horas. 

El poder sin humildad y el prestigio de la duda

Quizá la tesis filosófica central y más profunda de La Grazia sea que el ejercicio legítimo del poder exige, como condición indispensable, una generosa dosis de humildad. Esta virtud republicana jamás debe confundirse con la debilidad o la indecisión. La debilidad paraliza al gobernante, diluye su autoridad y evade de forma cobarde la toma de decisiones necesarias. La humildad, en cambio, es el reconocimiento explícito, maduro y valiente de que ninguna persona, por más votos que haya obtenido en las urnas, posee el monopolio absoluto de la verdad ni de la representación nacional. 

En una de las entrevistas promocionales concedidas tras el estreno de la película, Paolo Sorrentino explicaba con lucidez que su intención nunca fue retratar a un político perfecto, utópico o infalible, sino modelar en la pantalla al tipo de líder que la sociedad contemporánea necesita desesperadamente recuperar: alguien cruzado de manera honesta por la duda metódica, por el amor a su comunidad, por el peso de la responsabilidad institucional y por el dilema moral. 

Para la realidad mexicana, esta lección adquiere el carácter de una urgencia impostergable: necesitamos recuperar el prestigio de la duda en el debate público. La salud de nuestra convivencia democrática no puede seguir premiando la convicción ciega, el fanatismo identitario ni la terquedad ideológica; debe empezar a valorar y recompensar la prudencia analítica y la rectificación ilustrada. 

Solo aquel gobernante que se muestra genuinamente respetuoso y conmovido ante la complejidad intrínseca del poder puede ejercerlo con verdadera estatura ética y responsabilidad histórica. 

En tiempos de polarización estéril y dogmas empaquetados listos para el consumo rápido, La Grazia emerge como un faro de advertencia: nos recuerda que la verdadera estatura y el éxito de un gobernante no se miden jamás por la fuerza bruta con la que impone sus decretos o coloniza las instituciones, sino por la profundidad ética, la empatía humana y la responsabilidad histórica con la que asume el peso de sus decisiones. 

En el México de hoy, esa puede parecer una lección modesta o contracorriente, pero constituye la única vía transitable hacia la reconstrucción de nuestra república. 

https://www.sdpnoticias.com/opinion/la-gracia-de-gobernar/