Saturday, July 25, 2026

Cuando la inteligencia dejó de ser escasa

Cuando la inteligencia dejó de ser escasa

Javier Treviño

@javier_trevino

Hubo un momento en la historia de Atenas que todavía debería inquietarnos. En el año 406 antes de Cristo, la ciudad obtuvo una brillante victoria naval frente a Esparta en la batalla de las Arginusas. Después de casi treinta años de guerra, aquella victoria parecía anunciar el principio del fin del conflicto. Pero una tormenta impidió rescatar a cientos de marinos que habían caído al mar. Cuando la noticia llegó a Atenas, la euforia se convirtió en indignación. La Asamblea Popular decidió juzgar a los generales. No uno por uno, sino a todos al mismo tiempo. Bajo la presión de la opinión pública fueron condenados a muerte. Meses después, la propia ciudad reconoció que había cometido un error. La democracia rectificó. Pero ya era demasiado tarde.

¿Por qué seguimos recordando ese episodio casi dos mil quinientos años después? Porque revela una verdad que ninguna revolución tecnológica ha conseguido borrar: una sociedad puede disponer de información, instituciones y participación ciudadana, y aun así tomar decisiones profundamente equivocadas. La inteligencia colectiva no garantiza el buen juicio. La información tampoco.

Esa lección nunca había sido tan actual. Vivimos el comienzo de una transformación comparable con la Revolución Industrial o con la llegada de la electricidad. La inteligencia artificial ya redacta informes, descubre nuevos materiales, acelera el diseño de medicamentos, optimiza cadenas de suministro y responde preguntas complejas en segundos. Cada semana aparecen modelos más poderosos y agentes más autónomos.

Sin embargo, buena parte de la conversación pública continúa atrapada en una pregunta equivocada: ¿La inteligencia artificial sustituirá a los seres humanos? Es una pregunta legítima. Pero no es la más importante. La verdadera pregunta es otra: ¿Qué ocurrirá cuando la inteligencia deje de ser un recurso escaso?

Durante siglos, el conocimiento fue una fuente de poder. Los gobernantes dependían de un pequeño círculo de consejeros; las universidades concentraban el saber especializado; las empresas construían ventajas competitivas porque sabían algo que sus competidores ignoraban. Quien tenía más información, normalmente decidía mejor.

Ese mundo está desapareciendo. Por primera vez en la historia, millones de personas tienen acceso inmediato a capacidades analíticas que hasta hace muy poco pertenecían exclusivamente a los mejores centros de investigación del planeta. La inteligencia comienza a democratizarse.

Y cuando un recurso deja de ser escaso, cambia la naturaleza de la competencia. La historia del desarrollo humano puede leerse como la historia de aquello que fue escaso. Durante milenios fue la tierra. Después el capital. Más tarde la energía. En las últimas décadas, el conocimiento especializado. 

La inteligencia artificial está cerrando ese ciclo. No inaugura simplemente una nueva revolución tecnológica. Inaugura la era del juicio. Ésa es la verdadera transformación que tenemos frente a nosotros. La inteligencia seguirá siendo indispensable, pero dejará de ser el principal factor diferenciador. El recurso realmente escaso será la capacidad de convertir esa inteligencia en decisiones acertadas.

Hace más de medio siglo, Herbert Simon escribió una frase que hoy parece profética: "La abundancia de información crea pobreza de atención". Comprendió que el gran problema del futuro no sería producir más conocimiento, sino distinguir qué merece realmente nuestra atención.

La inteligencia artificial multiplica esa paradoja. Reduce el costo de obtener respuestas, pero aumenta el valor de formular las preguntas correctas. Porque la inteligencia y el juicio nunca han sido lo mismo.

Daniel Kahneman demostró que nuestros juicios están condicionados por sesgos, emociones y exceso de confianza. La inteligencia artificial puede ayudarnos a reducir algunos de esos errores, pero no puede decidir qué objetivos debe perseguir una sociedad, qué riesgos vale la pena asumir o qué principios éticos no deben sacrificarse.

Sir Andrew Likierman añade otra pieza esencial: el buen juicio nace de combinar conocimiento, experiencia, comprensión del contexto y capacidad de ejecución. Ninguno de esos atributos puede automatizarse completamente.

La conclusión resulta sorprendente. Mientras más poderosa sea la inteligencia artificial, mayor será el valor de aquello que ella no puede producir por sí sola: criterio, prudencia y discernimiento. Por eso el liderazgo también está cambiando.

Durante décadas admiramos a quienes parecían tener todas las respuestas. En la era del juicio serán más valiosos quienes formulen las preguntas que nadie más está haciendo. La inteligencia artificial podrá generar miles de respuestas en segundos. Pero una respuesta extraordinaria sigue dependiendo de una pregunta extraordinaria. Y ésa continuará siendo una tarea profundamente humana.

La segunda gran transformación es todavía más importante. La ventaja competitiva del siglo XXI dejará de ser la inteligencia. Será el aprendizaje. Las organizaciones más exitosas no serán necesariamente las que desarrollen los algoritmos más sofisticados. Serán las que aprendan más rápido que los cambios que ocurren a su alrededor.

Lo mismo sucederá con las naciones. Los países que prosperen no serán únicamente los que inviertan más en inteligencia artificial. Serán aquellos cuyas instituciones aprendan con mayor rapidez, corrijan antes sus errores e incorporen evidencia sin convertir cada rectificación en una derrota política.

La historia demuestra que las civilizaciones rara vez fracasan por falta de inteligencia. Con mucha mayor frecuencia fracasan porque dejan de aprender. Y ningún ámbito necesita comprender esta transformación con mayor urgencia que el gobierno.

México llega a esta nueva era en un momento decisivo de su historia. La inteligencia artificial coincide con una transformación geopolítica sin precedentes. La rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China, la revisión del T-MEC, la transición energética, el envejecimiento demográfico, el cambio climático, la revolución biotecnológica y la creciente sofisticación del crimen organizado están ocurriendo al mismo tiempo.

Cada uno de esos desafíos sería enorme por separado. Juntos forman un sistema de enorme complejidad. Los problemas del siglo XXI ya no respetan organigramas.

Una decisión energética afecta la competitividad industrial; ésta depende del capital humano; el capital humano de la educación; la educación de la revolución digital; la revolución digital exige ciberseguridad; la ciberseguridad es un asunto de seguridad nacional; la seguridad condiciona la inversión y la inversión determina el crecimiento económico. Todo está conectado.

Sin embargo, nuestros gobiernos siguen organizados como si cada problema pudiera resolverse desde un escritorio distinto. Ésa es la contradicción institucional de nuestro tiempo. Durante buena parte del siglo XX construimos burocracias para administrar una realidad relativamente estable. El siglo XXI exige algo diferente: instituciones capaces de aprender mientras la realidad cambia.

Ésa será la verdadera diferencia entre los países que prosperen y los que se rezaguen. Los primeros construirán Estados que aprenden. Los segundos seguirán intentando controlar una realidad demasiado compleja para ser controlada.

Un Estado que aprende no pretende saberlo todo. Reconoce que el conocimiento está distribuido entre universidades, empresas, centros de investigación, gobiernos locales, organizaciones sociales y ciudadanos. Su fortaleza no consiste en concentrar información, sino en conectar inteligencias.

Gobernar dejará de significar monopolizar el conocimiento. Gobernar significará crear las condiciones para que el mejor conocimiento disponible llegue a las decisiones públicas. Ése es un cambio mucho más profundo que cualquier innovación tecnológica.

Durante décadas confundimos autoridad con infalibilidad. Pensamos que un gobierno fuerte era aquel que nunca corregía sus decisiones. En realidad ocurre exactamente lo contrario. Las instituciones que no reconocen errores dejan de aprender; y cuando dejan de aprender, comienzan a perder contacto con la realidad.

Ésa ha sido una de las constantes de la historia. Las grandes organizaciones rara vez fracasan porque les falte inteligencia. Fracasan porque la soberbia les impide aprender. Por eso la inteligencia artificial no reduce la importancia del liderazgo. La aumenta.

Mientras las respuestas se vuelven abundantes, las preguntas correctas se vuelven más escasas. Mientras aumenta la capacidad de cálculo, crece el valor del criterio. Mientras las máquinas producen más inteligencia, los seres humanos deben producir más juicio.

Ahí reside la gran oportunidad para México. Es poco probable que nuestro país construya los modelos de inteligencia artificial más avanzados del mundo o lidere la fabricación de los semiconductores más sofisticados. Pero esa no será la única competencia decisiva del siglo XXI. Existe otra, mucho más importante. La competencia por construir gobiernos capaces de aprender más rápido.

México podría convertirse en un referente internacional si utiliza la inteligencia artificial para elevar la calidad de sus decisiones públicas; si fortalece un servicio civil profesional; si incorpora sistemáticamente evidencia en la formulación de políticas; si promueve la colaboración entre gobierno, universidades, empresas y sociedad civil; y, sobre todo, si desarrolla una cultura donde corregir un error sea una muestra de responsabilidad y no una derrota política.

Ésa sería una ventaja competitiva extraordinaria. Las tecnologías pueden comprarse. Los algoritmos evolucionan. Los centros de datos se construyen. Pero el juicio institucional tarda décadas en formarse. Y una cultura de aprendizaje requiere generaciones.

Al final, la lección de las Arginusas nunca trató realmente de una batalla naval. Trató de la distancia que existe entre disponer de información y ejercer buen juicio. Los atenienses contaban con datos, instituciones y deliberación pública. Sin embargo, tomaron una decisión que después lamentaron durante siglos.

Hoy nosotros contamos con una inteligencia incomparablemente superior. Dentro de pocos años conviviremos con sistemas capaces de analizar billones de datos, descubrir relaciones invisibles para cualquier ser humano y proponer soluciones con una velocidad que hoy apenas imaginamos.

Pero la pregunta decisiva seguirá siendo exactamente la misma. No será cuánto sabe una sociedad. Ni cuántos datos procesa. Ni qué tan poderosa es su inteligencia artificial. La pregunta será otra: ¿Es capaz de aprender más rápido que los problemas que enfrenta? Ésa será la verdadera medida de la prosperidad de las naciones.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/cuando-la-inteligencia-dejo-de-ser-escasa/


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