Saturday, July 18, 2026

La política contra la realidad

La política contra la realidad

Javier Treviño

@javier_trevino

Todos los partidos políticos quieren el poder. Es natural. Esa es su razón de ser. Existen para ganar elecciones y formar gobiernos. Tienen una visión de país y buscan moldear el futuro de una nación. Un partido que renuncia a conquistar el poder deja de ser un actor político para convertirse en un club desorganizado de opiniones.

El verdadero peligro aparece cuando un partido —sea gobierno u oposición— concluye que reconocer la realidad representa un mayor riesgo político que negarla. Y parecería que estamos ahora en ese escenario.

Admitir errores, aceptar datos incómodos o reconocer que una política pública no está funcionando puede tener costos inmediatos: pérdida de popularidad, críticas de la oposición, descontento de la militancia o debilitamiento del liderazgo. 

En cambio, negar los hechos, reinterpretarlos o construir una narrativa alternativa suele ofrecer beneficios políticos de corto plazo. Sin embargo, la historia demuestra que casi ninguna decisión resulta tan costosa para un país como gobernar sobre una realidad imaginaria.

La teoría de la negación de la realidad

Uno de los estudios más importantes sobre este fenómeno fue realizado por el sociólogo británico Stanley Cohen en su libro States of Denial. Explica que individuos, organizaciones y gobiernos desarrollan mecanismos para evitar reconocer hechos que amenazan su legitimidad o sus creencias.

La negación no suele consistir en decir que algo no ocurrió. Es mucho más sofisticada. Consiste en minimizar los hechos. Cambiarles el nombre. Buscar culpables externos. Redefinir los indicadores. Descalificar a quien presenta la evidencia. Cambiar la conversación. En otras palabras, construir una explicación políticamente conveniente aunque resulte objetivamente falsa. La negación permite ganar tiempo. Pero rara vez resuelve los problemas.

La disonancia cognitiva del poder

El psicólogo Leon Festinger, creador de la teoría de la disonancia cognitiva, explicó que cuando los hechos contradicen nuestras creencias profundas experimentamos una tensión psicológica. Existen dos caminos para eliminar esa tensión. Cambiar nuestras ideas. O reinterpretar la realidad. La mayoría de las personas escoge la segunda opción. Los partidos políticos también.

Cuando los datos económicos contradicen el discurso oficial, se desacreditan las estadísticas. Cuando aumentan ciertos delitos, se cuestionan las mediciones. Cuando una política pública fracasa, se culpa al pasado, a los medios, a los adversarios o al contexto internacional.

Pero exactamente el mismo mecanismo aparece en la oposición. Cuando el gobierno logra avances reales —por ejemplo, en programas sociales, infraestructura, inversión o estabilidad macroeconómica— algunas fuerzas opositoras simplemente los ignoran porque reconocerlos rompería la narrativa de que todo marcha mal. La negación no pertenece a una ideología. Pertenece a la naturaleza humana.

La marcha de la insensatez

La historiadora Barbara W. Tuchman, en su extraordinario libro The March of Folly, estudió algunos de los mayores errores políticos de la historia: la guerra de Troya, los Papas del Renacimiento, la pérdida de las colonias británicas en América y la guerra de Vietnam.

Encontró un patrón sorprendente. Los gobiernos sabían que sus decisiones estaban fracasando. Había evidencia, advertencias y alternativas. Sin embargo, persistieron. ¿Por qué? Porque políticamente resultaba más sencillo insistir en el error que reconocerlo.

Su conclusión parece escrita para muchas democracias contemporáneas: los gobiernos no fracasan solamente por falta de información; fracasan porque desarrollan una incapacidad para aceptar información que contradice sus decisiones.

El pensamiento grupal

El psicólogo Irving Janis, autor de la teoría del groupthink, explicó cómo los grupos muy cohesionados terminan convencidos de su propia infalibilidad. Aparecen varias señales inconfundibles. Todos parecen estar de acuerdo. Nadie cuestiona al líder. Las voces críticas desaparecen. Las malas noticias dejan de circular. Quienes presentan datos incómodos son marginados.

Poco a poco la organización deja de tomar decisiones basadas en evidencia y comienza a decidir con base en consenso interno. Muchas derrotas electorales inesperadas tienen exactamente ese origen. Nadie quiso decirle la verdad al dirigente.

Las mentiras públicas

El economista de la Universidad de Duke Timur Kuran, en Private Truths, Public Lies, estudió otro fenómeno fascinante: la falsificación de preferencias. Las personas muchas veces expresan públicamente opiniones que en realidad no comparten.

Ocurrió en Europa del Este antes de la caída del comunismo. Durante años parecía existir un apoyo masivo a los regímenes socialistas. En realidad millones de ciudadanos habían dejado de creer en ellos. Simplemente nadie se atrevía a decirlo. Cuando finalmente la verdad salió a la luz, los sistemas colapsaron con una velocidad que sorprendió al mundo.

La enseñanza para cualquier partido político es evidente. Los aplausos no siempre representan apoyo. El silencio tampoco significa aprobación. Las encuestas internas pueden convertirse en espejos deformados cuando nadie quiere transmitir malas noticias.

Las burbujas digitales

El jurista Cass Sunstein, profesor de Harvard, ha demostrado en #Republic y en Going to Extremes que las redes sociales favorecen la formación de cámaras de eco. Los algoritmos muestran principalmente aquello con lo que ya estamos de acuerdo. Los partidos terminan escuchando únicamente a sus simpatizantes. Confunden las tendencias de X o TikTok con el sentir nacional. Creen que un hashtag representa a millones de votantes. 

La consecuencia es devastadora. Diseñan campañas para convencer a quienes ya estaban convencidos. Mientras tanto, el electorado moderado observa con creciente distancia una discusión que cada vez le resulta más ajena.

La ilusión de tener siempre la razón

El psicólogo social Jonathan Haidt, en The Righteous Mind, sostiene que el razonamiento político rara vez busca descubrir la verdad. Su función principal consiste en justificar las creencias que ya tenemos. La razón trabaja como abogado defensor, no como juez imparcial.

Eso explica por qué gobiernos y oposiciones interpretan exactamente el mismo acontecimiento de formas completamente opuestas. No están analizando evidencia. Están defendiendo identidades.

México ofrece ejemplos para todos

La historia reciente de México ilustra perfectamente este fenómeno. El PRI tardó demasiado tiempo en reconocer que la sociedad mexicana había cambiado profundamente antes de la alternancia del año 2000 y de su derrota en 2018. El PAN subestimó el desgaste ciudadano acumulado durante sus dos sexenios y no comprendió a tiempo el creciente descontento social.

Hoy Morena enfrenta un desafío distinto, pero igualmente complejo: evitar que el enorme respaldo electoral se transforme en una sensación de infalibilidad. Todo gobierno exitoso corre el riesgo de creer que la legitimidad obtenida en las urnas sustituye la necesidad permanente de escuchar datos, corregir errores y aceptar críticas.

Al mismo tiempo, los partidos de oposición siguen enfrentando una pregunta que no pueden seguir posponiendo: ¿por qué millones de ciudadanos continúan votando por el oficialismo? Si la única respuesta consiste en atribuir esos resultados exclusivamente a propaganda, clientelismo o manipulación, difícilmente lograrán reconstruir una alternativa competitiva. Comprender las razones del apoyo ciudadano no significa compartirlas; significa entender la realidad antes de intentar transformarla.

La realidad no negocia

El inversionista Howard Marks suele recordar que los mercados pueden ignorar la realidad durante algún tiempo, pero nunca indefinidamente.

La política funciona igual. Puede construirse una narrativa. Puede manipularse la conversación pública. Puede modificarse el lenguaje. Pero finalmente aparecen los resultados. La economía crece o no crece. La seguridad mejora o empeora. La inversión aumenta o disminuye. La educación avanza o retrocede. Los ciudadanos viven mejor o viven peor. La realidad posee una enorme ventaja sobre cualquier estrategia de comunicación. Nunca deja de existir.

La humildad intelectual

El filósofo Karl Popper construyó toda una teoría del conocimiento sobre una idea profundamente democrática: ninguna persona posee la verdad definitiva.

Toda hipótesis debe estar abierta a ser refutada. Toda política pública debe poder evaluarse. Todo gobierno debe aceptar que puede equivocarse. Toda oposición debe aceptar que también puede hacerlo. La humildad intelectual no representa debilidad. Es una fortaleza institucional.

El liderazgo comienza cuando termina la propaganda

El médico y estadístico Hans Rosling, autor de Factfulness, sostenía que el mundo suele ser mejor —y también más complejo— de lo que imaginamos. Su invitación era sencilla: sustituir los prejuicios por evidencia y las emociones por datos.

Ésa debería ser también la aspiración de la política. México necesita menos propaganda y más diagnósticos. Menos consignas y más evidencia. Menos certezas ideológicas y más capacidad de corregir. Los grandes estadistas nunca construyeron su legado negando la realidad. Ninguno gobernó desde el autoengaño.

La prueba definitiva de la democracia

En una democracia madura, el verdadero liderazgo no consiste en ganar todas las discusiones ni en controlar la conversación pública. Consiste en tener la valentía de aceptar los hechos cuando éstos contradicen nuestras preferencias políticas.

El partido gobernante necesita comprender que ningún problema puede resolverse si primero se niega su existencia. La oposición necesita entender que ninguna alternativa convencerá a los ciudadanos si parte de un diagnóstico equivocado sobre el país. 

Ambos tienen una responsabilidad mayor que la de ganar la siguiente elección. Tienen el deber de preservar una cultura política donde la evidencia siga teniendo más valor que la propaganda y donde los hechos continúen siendo el punto de partida de cualquier decisión pública.

Porque las elecciones pueden ganarse con cuentos y relatos. Pero las naciones sólo prosperan cuando quienes ejercen el poder —y quienes aspiran a conquistarlo— tienen la disciplina intelectual y el valor moral de mirar la realidad de frente, incluso cuando ésta contradice sus propios intereses.

Al final, la política siempre puede intentar imponer su narrativa. Pero la realidad, tarde o temprano, termina imponiendo su veredicto.

https://www.sdpnoticias.com/opinion/la-politica-contra-la-realidad/


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