Wednesday, March 28, 2007

Dos largos años

Javier Treviño Cantú
El Norte
28 de marzo de 2007

La semana pasada participé en la conferencia anual que organizan la Universidad Internacional de Texas A&M y el Tec de Monterrey, en donde se analizaron diversos aspectos de la relación entre México y Estados Unidos.

Entre otras cosas, discutimos sobre el impacto que tiene la llegada al poder de una nueva administración. En ocasiones, la coyuntura genera oportunidades para replantear el conjunto de la agenda bilateral. Otras veces sólo ofrece la posibilidad de un entendimiento temporal, hasta que otro relevo permita buscar nuevos espacios de negociación.

Los triunfos electorales en el 2000 de Vicente Fox en México, y de George W. Bush en Estados Unidos, abrieron una "ventana de oportunidad" para que el gobierno mexicano buscara redefinir a fondo la agenda con el vecino país del norte.

En cierta medida, gracias al "bono democrático" que produjo la derrota del PRI, el Presidente Fox y su equipo lograron colocar el tema migratorio en el centro de la discusión bilateral. Además, el cabildeo para poner fin al proceso de "certificación" en materia de cooperación antinarcóticos tuvo buenos resultados. Inclusive, el "bono" alcanzó para que México ocupara un asiento como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU entre 2002 y 2003.

Sin embargo, ese "bono" se devaluó. La posibilidad de un acuerdo migratorio quedó enterrada en los escombros de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. La falta de capacidad para comunicar las atinadas razones que llevaron al gobierno mexicano a rechazar la pretensión de que el Consejo de Seguridad aprobara la intervención en Iraq sumió a la relación en uno de sus momentos más difíciles. Y el tema de la seguridad regresó al primer lugar de la agenda bilateral, tanto por los atentados, como por el incremento de la violencia en la zona fronteriza.

Después de su reelección en noviembre de 2004, las prioridades para la administración del Presidente Bush se plasmaron en la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte. Desde su firma en marzo de 2005, la pérdida de capacidad negociadora por parte del gobierno mexicano saliente fue evidente, como también resultó evidente la pérdida de poder político de la administración Bush.

La recuperación del Congreso estadounidense por parte del Partido Demócrata, el empantanamiento en Iraq, los errores cometidos por un equipo gobernante que se había forjado una imagen de eficiencia operativa -y los escándalos derivados de estos errores- acabaron por restarle capacidad de maniobra al Presidente Bush.

En este contexto, la elección de Felipe Calderón después del turbulento proceso electoral y postelectoral de 2006 naturalmente generó espacios para revisar la agenda bilateral. Pero, a diferencia de su antecesor, el Presidente Calderón no llegó a su primera cita oficial con el Presidente Bush con un bono democrático, ni tampoco se encontró con un Mandatario estadounidense en plenitud política.

El tono y el contenido de la reunión que se celebró hace un par de semanas en Mérida mostró que la agenda bilateral entre México y Estados Unidos está en un proceso de transición que, por lo pronto, durará dos años, hasta que la próxima administración tome el poder en enero del 2009.

En su comparecencia ante el Senado, el nuevo Embajador de México en Washington, Arturo Sarukhán, señaló que su trabajo se dividiría en un "ciclo corto", donde buscaría cabildear a favor de una reforma migratoria integral, y un "ciclo largo". El primero iría hasta fines de noviembre, antes de que toda la clase política del vecino país se enfoque en las elecciones del próximo año. Por su parte, el "ciclo largo" comenzaría una vez que el ganador de la contienda llegara a la Casa Blanca.

El problema es que la elección de 2008 se adelantó, y junto con Iraq, el tema migratorio ya es uno de los más controvertidos. Inclusive está provocando que precandidatos como el Senador republicano John McCain cambien su postura, para evitar que se les asocie con una supuesta "amnistía" para millones de trabajadores indocumentados.

La nueva propuesta que presentaron los representantes Jeff Flake, republicano de Arizona, y Luis V. Gutiérrez, demócrata de Illinois, sumada al último intento del Presidente Bush para dejar una reforma migratoria de largo alcance como parte de su legado, ha hecho que renazcan las esperanzas.

Sin embargo, el tema ha probado ser tan complejo y riesgoso que difícilmente podrán superarse los obstáculos que enfrenta una reforma de este tipo en unos cuantos meses. Por ello, lo más probable es que el "ciclo corto" de la relación bilateral se extienda hasta el inicio de 2009.

Hay quien opina que lo único que México puede hacer en estos dos próximos años es "nadar de muertito". Eso sería un error. En Estados Unidos hay mucho que hacer para transformar nuestra red consular en un instrumento verdaderamente estratégico y promover mejor nuestros intereses.

Pero, sobre todo, la transición podría ser aprovechada por el gobierno mexicano para escoger sus batallas, generar resultados y acumular "fichas" para que, cuando se siente a la mesa con el próximo Presidente, o Presidenta, de Estados Unidos, cuente con más elementos para negociar y ofrecer algo más que los reclamos expresados en Mérida.

Wednesday, March 14, 2007

Saber decir 'no'

Javier Treviño Cantú
El Norte
14 de marzo de 2007

La gira por América Latina del Presidente George W. Bush no puede considerarse como un simple acto de escapismo político o un ejercicio de relaciones públicas. El viaje obedece a razones de fondo. Para toda la región, empezando por México, puede tener profundas consecuencias.

El viaje ha sido interpretado como un intento por distraer la atención de los escándalos políticos que siguen asolando a la Casa Blanca, y de la desastrosa situación que sigue imperando en Iraq. Pero más que un "descanso de primavera", lo que el Mandatario estadounidense parece estar buscando ante este panorama, son opciones para que el legado histórico de su administración no quede exclusivamente definido por una guerra injustificable.

En el plano interno está esforzándose por trabajar junto con los legisladores demócratas para sacar adelante iniciativas como la reforma migratoria, o evitar que le bloqueen los recursos necesarios para aumentar el nivel de las tropas en Iraq. Y, en el plano externo, desde que nombró a la Secretaria Condoleezza Rice para ocuparse del Departamento de Estado, y ahora con John D. Negroponte como su segundo de a bordo, la diplomacia estadounidense ha tomado un rumbo distinto.

El nuevo enfoque diplomático, definido por el propio Presidente Bush como "más discreto y efectivo", se ha reflejado, por ejemplo, en el acuerdo alcanzado con Corea del Norte, y en la mesa de diálogo que reunió este fin de semana a representantes de 13 países y de tres organizaciones internacionales en Bagdad.

Por supuesto, también se manifestó en la visita del Presidente Bush a cinco países de América Latina, incluyendo a México. En cada uno trató asuntos específicos, que interesan a los anfitriones. Sin embargo, todos y cada uno de los puntos abordados por el Mandatario estadounidense parecieron tener un mismo "hilo conductor".

A pesar de los esfuerzos de los comunicadores de la Casa Blanca y el Departamento de Estado, la percepción generalizada fue que la gira se diseñó con un solo objetivo: buscar un equilibrio al creciente peso del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

Era algo que se esperaba desde hace tiempo. Ante el vacío generado por la falta de atención estadounidense hacia la región, y gracias a factores como la bonanza provocada por los altos precios de los energéticos, el Mandatario venezolano ha logrado articular una opción al modelo de desarrollo impulsado por nuestros vecinos.

También se esperaba que Estados Unidos buscaría sumar aliados para tratar de recuperar el terreno perdido. Desde hace varias semanas, el semanario inglés The Economist sostuvo que son los países latinoamericanos los que estarían mejor ubicados para contrarrestar la influencia de Chávez.

Es una opinión que comparten personalidades como el ex Canciller Jorge Castañeda. En un artículo publicado el 7 de marzo en el diario Washington Post, señaló que, si recibe la "cobertura política y el apoyo financiero" que se requieren, el más indicado para enfrentar a Hugo Chávez sería el Presidente Felipe Calderón. Castañeda es un gran conocedor de la región, y sus opiniones son valoradas por los centros de decisión. Pero esta vez se equivoca. México no tiene nada que ganar entrando en una dinámica de confrontación con Venezuela.

México necesita hacer su propia tarea para recuperar los espacios de interlocución que perdimos en el área durante los últimos años, y concentrarse en aplicar una política exterior activa, con un gran oficio diplomático, que contribuya al desarrollo del País.

Antes que nada, el gobierno del Presidente Calderón tiene que definir la forma en que buscará conducir la relación con Estados Unidos durante los dos años que le restan a la administración del Presidente Bush, y preparar desde ahora el terreno para entrar a una nueva etapa cuando se defina quién será su sucesor. La clave es ver hacia el futuro.

En la reunión de Mérida entre ambos mandatarios vimos que el Presidente Calderón y su equipo desean impulsar una relación más equitativa, de corresponsabilidad frente a los retos que compartimos. Para lograrlo, lo primero que hay que hacer es ganarse el respeto de nuestros interlocutores actuando con seriedad, decisión y consistencia.

"Decir que no" siempre es algo muy difícil. De acuerdo con la reseña publicada en la revista Time, William Ury, director del Proyecto Global de Negociación de la Universidad de Harvard, señala en su más reciente libro que hacerlo pone de manifiesto la tensión entre la capacidad de ejercer el poder con que se cuenta para obtener resultados inmediatos, y mantener abiertas las opciones para seguir sosteniendo relaciones constructivas en el largo plazo.

Después de la gira latinoamericana de George W. Bush, México parece encontrarse precisamente en esta disyuntiva. Si lo que se busca a corto plazo es que nos sumemos, en forma directa o tangencial, a una "coalición de los dispuestos" a competir con Venezuela para contribuir a un legado histórico que no sólo pase por Iraq, habrá que estar dispuestos a decir que no. Con claridad, mucho tacto y, sobre todo, firmeza.

De otra manera, el canto de las sirenas puede hacer que el barco de la relación bilateral vuelva a encallar de aquí al 2009. Son dos años que no podemos desperdiciar.

Wednesday, February 28, 2007

Alianza de palabra

Javier Treviño Cantú
El Norte
28 de febrero de 2007

Hizo honor a su fama de ser un "mecanismo opaco". La reciente reunión de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN) pasó prácticamente inadvertida en nuestro país.

En parte, se debió a la fecha: viernes en la tarde, en Ottawa, por lo que era de esperarse que los artículos sobre el encuentro ministerial no tuvieran gran impacto. Los sábados no son el día que los periódicos tienen más lectores, ni los noticiarios la mayor audiencia. Pero, sobre todo, el reciente encuentro trilateral no llamó la atención porque no produjo anuncios espectaculares.

La ASPAN fue una iniciativa diseñada por la Casa Blanca para responder a tres preocupaciones estadounidenses: 1) las nuevas condiciones de seguridad tras los atentados terroristas del 2001; 2) las amenazas a su seguridad interna por la violencia en la frontera con México, el incremento en el flujo de trabajadores migratorios indocumentados y la porosidad de la frontera con Canadá; y 3) la pérdida de competitividad regional.

Desde que fue instituida en marzo del 2005, la Alianza ha pasado por cambios de gobierno tanto en Canadá como en México. El Primer Ministro Harper asumió el poder en febrero del 2006, poco antes de la reunión de Cancún en marzo de ese año. Ahora le tocó el turno a México, después de que Felipe Calderón tomara las riendas del gobierno mexicano en diciembre.

Sin embargo, ni Canadá ni México han aprovechado esas coyunturas para buscar un replanteamiento del esquema considerado originalmente por este peculiar espacio de diálogo y cooperación entre los tres países. Tanto México como Canadá asumieron que la agenda coincidía con sus propios intereses nacionales, y la nueva Canciller mexicana, Patricia Espinosa, así lo ratificó en la reunión del viernes en Ottawa.

Sin duda está en nuestro interés mejorar nuestra seguridad nacional, fortalecer la seguridad regional y hacer más eficientes los intercambios de bienes y servicios. El problema es que estas cuestiones tienen que ser vistas con distintas ópticas por naciones con grados de desarrollo tan diferentes como los de México y Estados Unidos, y por países con agendas que no siempre coinciden, como está ocurriendo entre Estados Unidos y Canadá.

En nuestro caso, la ASPAN tiene dos fallas estructurales: no incluye la migración como parte de los temas a discutir y nos exige una definición de fondo en torno a la cooperación militar que se requiere para cumplir sus objetivos.

La migración se ha vuelto un asunto de política interna para Estados Unidos. Nuestros vecinos deberán definir la reforma que requiere su sistema. Pero mientras no se decidan a considerarlo como un asunto que, por su naturaleza transnacional, también debe negociarse, hablar de prosperidad y competitividad regional seguirá siendo un ejercicio limitado.

En cuanto a la cooperación militar -la cual presupone una estrecha coordinación para establecer un "perímetro de seguridad norteamericano"-, el gobierno del Presidente Calderón primero deberá aclarar si siguen existiendo diferentes posturas al interior de su gabinete, ya que hasta finales del año pasado las Secretarías de la Defensa y de la Marina Armada dieron muestras claras de tener opiniones contrarias al respecto.

En el libro "Armada de México: Retos y Desafíos" que se publicó en el 2006, se señala que "en el contexto de la agenda de seguridad de la ASPAN, la SEMAR adquiere toda la responsabilidad y el peso de los compromisos del Estado mexicano, por lo que esta alianza debe ser considerada como el medio que impulse la consolidación del desarrollo integral de la Armada en los próximos años".

En cambio, cuando Estados Unidos creó en el 2002 el Comando Norte, el entonces Secretario de Defensa mexicano declaró que, a diferencia de Canadá, México no participaría en dicho organismo, y que reconocía como único contacto institucional para sus relaciones bilaterales al Pentágono. Esto no cambió a raíz de la creación de la ASPAN, y hasta donde es posible saber, la SEDENA sigue manteniendo una postura de "sana distancia" frente a sus pares del otro lado de la frontera.

La situación es compleja, porque una cosa es pedirle al Ejército que se coordine con las demás dependencias del gobierno para llevar a cabo los operativos conjuntos en contra del narcotráfico, y otra muy distinta es ordenarle que cambie todo su enfoque, su doctrina y su política de equipamiento para "compatibilizar" sus sistemas de comando, control, comunicación y computación con los del vecino.

Esto no significa que el Ejército mexicano no deba considerar esta opción. Pero hay que tomar en cuenta que es una decisión fundamental, con implicaciones muy profundas, no sólo en materia de seguridad, sino en términos políticos. Y, a dos años de que cambie la administración estadounidense, hay que valorar con extremo cuidado si se quiere dar un paso que tendrá repercusiones de lago alcance.

El tema requiere una reflexión, porque si México y Canadá no han hecho el intento por adecuar la agenda de la ASPAN a sus propias necesidades, es muy probable que, a partir de finales de 2008, el próximo inquilino de la Casa Blanca sí quiera replantear los términos de una Alianza que, hasta ahora, sólo es de palabra.

Wednesday, February 14, 2007

El Campus México

Javier Treviño Cantú
El Norte
14 de febrero de 2007

El lunes pasado asistí a un evento en la residencia del Embajador estadounidense Tony Garza. El motivo de la reunión fue conocer los avances de la Comexus, la Comisión México-Estados Unidos para el Intercambio Educativo y Cultural. Se fundó en 1990, y tuve el privilegio de copresidirla de 1994 a 1997. Entre otras actividades, se encarga de otorgar las becas Fulbright-García Robles, gracias a una de las cuales yo pude estudiar una maestría en políticas públicas en la Universidad de Harvard de 1985 a 1987.

Cuando consideramos algunos de los instrumentos para impulsar una mejor relación con Estados Unidos pensamos de inmediato en nuestra Embajada en Washington, en el Instituto Cultural que tenemos en esa misma ciudad, en los medios de comunicación y en las empresas de cabildeo.

También nos acordamos de la red de Consulados que tenemos prácticamente en toda la Unión Americana. Es una infraestructura admirada y envidiada alrededor del mundo. Además de atender los distintos trámites que deben hacer nuestros paisanos y proteger sus derechos, esta red consular nos da la oportunidad de cabildear a nivel local.

Sin embargo, existe otro instrumento que puede llegar a ser muy útil, si dejamos de desaprovecharlo y pensamos en la forma de darle un sentido estratégico. Se trata de la comunidad formada por los casi 14 mil estudiantes mexicanos que cursan algún programa en las universidades de Estados Unidos.

De acuerdo con "Open Doors 2006", el informe anual de movilidad académica internacional que publica el Institute of International Education con el apoyo del Departamento de Estado, durante el año escolar 2005-06 estuvieron inscritos en alguna institución de educación superior de Estados Unidos 564 mil 766 estudiantes provenientes de diversos países.

Las economías emergentes de Asia son las que tienen mayores contactos académicos con nuestro vecino del norte. De ese medio millón de estudiantes internacionales, poco más de 76 mil provenían de la India, unos 62 mil de China, casi 59 mil de Corea, otros 38 mil de Japón y más de 27 mil de Taiwán. Los otros dos países con un número significativo de estudiantes fueron Canadá, con 28 mil 202, y México, con 13 mil 931.

Estos casi 14 mil estudiantes mexicanos podrían ser considerados por el nuevo Gobierno federal como un activo de valor incalculable para mejorar a fondo nuestra relación bilateral más importante. Para lograrlo, habría que verlos no como un grupo disperso de historias individuales, sino como una comunidad que representa en conjunto a nuestro país. Habría que verlos como el "Campus México" en Estados Unidos.

Estudiar una licenciatura, un posgrado o alguna especialidad en el extranjero es una experiencia muy enriquecedora. En el caso de un país como Estados Unidos -aunque en casi en todas partes ya "se habla español"-, para obtener un grado académico superior hay que dominar el idioma, lo cual implica una apertura mental hacia "los otros".

Se entra en contacto con profesores de gran nivel, con las tecnologías más avanzadas y con gente de todas partes, que pueden llegar a formar una red global de contactos para toda la vida. Sobre todo, al estudiar en otro país se tiene una relación directa con su gente, con su cultura, sus valores y su forma de percibir al mundo. En pocas palabras, se puede entender mejor, y por tanto, apreciar más a ese país y a sus ciudadanos.

Sin duda, México y Estados Unidos necesitamos entendernos mucho mejor. A pesar de nuestra cercanía geográfica; de la creciente integración de nuestras economías; de los millones de mexicanos que viven y trabajan al otro lado de la frontera; de la enorme cantidad de estadounidenses que también vienen a estudiar, trabajar y vivir en nuestro País; y de una relación intercultural cada vez más intensa, seguimos sin valorar la importancia de convertir al conocimiento mutuo en la base fundamental que sostenga una mejor relación.

Los cerca de 14 mil universitarios de México que estudian en Estados Unidos son en sí mismos una excepcional historia de éxito. En la gran mayoría de los casos, han logrado su meta con muy poca ayuda del gobierno y enormes sacrificios por parte de sus familias. Son gente valiosa, que a su regreso pueden contribuir mucho al desarrollo de nuestro País, y también a que logremos tener un mayor entendimiento con nuestros vecinos.

Para darle forma al "Campus México" y poder apoyarlos, primero hay que saber quiénes son, en dónde está cada uno de ellos, qué estudian, cuáles son sus aspiraciones profesionales y cuándo deberán regresar. Con las tecnologías actuales, no se necesita un gran esfuerzo para lograrlo. Lo que se requiere es la visión política para considerarlos como uno de los recursos que pueden hacer grandes aportaciones a la construcción de una relación más firme, madura y benéfica para los dos países.

El próximo mes de marzo, cuando el Presidente Bush visite México como parte de su gira para reencontrarse con América Latina, seguramente tendrá muchos temas que platicar con el Presidente Calderón. Pero si ambos aspiran a dejar un legado de entendimiento mutuo entre México y los Estados Unidos, tendrían que dedicarle una atención prioritaria al tema de la cooperación educativa.

Wednesday, January 31, 2007

Agendas divergentes

Javier Treviño Cantú
El Norte
31 de enero de 2007

A pesar de que el avión presidencial no hizo una escala técnica en el vecino país del norte, la primera gira europea de Felipe Calderón acabó pasando por Washington. Como siempre, los aspectos más relevantes de nuestra política exterior se definen en función de los vínculos con Estados Unidos, y esta vez no fue la excepción.

Justo antes de partir rumbo al viejo continente, el Presidente Calderón recibió una llamada de George W. Bush. El mandatario estadounidense lo felicitó por las acciones emprendidas contra el crimen organizado, en especial por la reciente extradición de los capos del narcotráfico, y le reiteró su intención de promover una reforma migratoria integral.

La llamada me recordó el primer viaje al extranjero que hizo Bush después de haber sido electo. El 16 de febrero de 2001, cuando visitó a Vicente Fox en su rancho de San Cristóbal, la noticia no fue que ambos países buscarían un acuerdo migratorio bilateral. Para los medios de Estados Unidos y el resto del mundo, la nota se la llevó el anuncio de que el Presidente Bush había ordenado bombardeos contra objetivos iraquíes al sur de Bagdad, con lo que puso en claro sus verdaderas prioridades.

Casi seis años después, la llamada de Bush a Calderón vino a recordarnos que, por más que queramos buscar opciones, la verdadera prioridad en materia de política exterior para México se llama Estados Unidos.

De hecho, el objetivo manifiesto del viaje a Europa renovó un viejo propósito estratégico para nuestro país: reducir la "dependencia unipolar" -como la llamó el propio Presidente Calderón- frente a Estados Unidos, "diversificando nuestra interdependencia" con regiones como la Unión Europea.

Esto tiene sentido y, en términos generales, el mensaje de Calderón fue bien recibido en las capitales europeas que visitó. Sin embargo, la primera gira europea del sexenio seguramente será recordada por haber marcado la reanudación abierta de las hostilidades con Venezuela. Es otro tema clave para nosotros, y también pasa por Washington.

En su campaña electoral, durante la transición y en su primer discurso oficial sobre política exterior, Felipe Calderón insistió en que, durante su gobierno, México desempeñaría un papel de "liderazgo" en América Latina. Al mismo tiempo, sostuvo que no buscaría enfrentamientos con nadie y que trataría de recomponer las deterioradas relaciones con países como Venezuela. El problema es que las dos iniciativas son incompatibles.

Nuestra verdadera competencia por un supuesto liderazgo latinoamericano siempre ha sido con Brasil. Ahora, gracias al discurso presidencial en el Foro Económico Mundial de Davos y a las entrevistas otorgadas a dos periódicos españoles, esa contienda girará en torno a la forma en la que cada país juegue sus respectivas cartas diplomáticas frente al creciente activismo del Presidente Hugo Chávez. Por lo pronto, en el Foro de Suiza ya vimos quién está asumiendo el papel del "policía bueno", y quién el del "policía duro".

Al final, la resolución del asunto dependerá de la forma en la que Washington decida encarar el reto que le plantea una Venezuela aliada con Irán, y que gracias a los altos precios del petróleo cuenta con los recursos necesarios para conformar un bloque al que ya se han sumado Cuba, Bolivia, Nicaragua y, quizás, Ecuador.

Ante la falta de liderazgo estadounidense en la región, el país que se anime a confrontar directamente a Venezuela, ya sea solo o buscando formar una "coalición de los dispuestos" a frenar a Chávez, seguramente será acusado de servir a los intereses de la superpotencia continental. La pregunta es si el costo vale la pena.

Para nosotros la interrogante es fundamental, por que estamos a punto de redefinir nuestra relación con Estados Unidos. Va a ser un proceso muy complejo. En apariencia, las agendas de los dos países están tomando rumbos divergentes:

1. El Presidente Calderón quiere "desmigratizar" la relación, justo cuando el tema migratorio al otro lado de la frontera ha tomado una racionalidad político-electoral propia.

2. El gobierno mexicano lanza una campaña de alto riesgo contra el crimen organizado, al mismo tiempo que la "guerra" estadounidense contra las drogas pierde fuerza. Según un artículo del 22 de enero publicado en el diario Los Angeles Times, en los últimos cuatro años, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han reducido sus esfuerzos para interceptar drogas en tránsito en forma dramática.

3. Ante la inseguridad energética que padece Estados Unidos, entre otras cosas por la radicalización de la postura venezolana, el periódico Wall Street Journal comenta ampliamente en su edición del lunes pasado el "colapso virtual" del mega-yacimiento de Cantarell, lo que afectará la capacidad de negociación que nos da ser el segundo proveedor de crudo para el mercado estadounidense.

Son sólo algunos ejemplos del difícil camino bilateral que tendremos que recorrer durante los próximos dos años, hasta que se conozca al sucesor de George W. Bush y debamos volver a buscar un nuevo entendimiento con nuestros vecinos. Por ello, es momento de calcular con mucho cuidado los costos y beneficios de adoptar posturas radicales en materia de política exterior.

Wednesday, January 17, 2007

Dormidos en la última estación

Javier Treviño Cantú
El Norte
17 de enero de 2007

Las acciones iniciales y los esfuerzos de comunicación del Gobierno del Presidente Felipe Calderón parecen haberse orientado hacia un solo objetivo: superar con rapidez y contundencia lo que se podría llamar un "déficit de legitimidad". Sin embargo, su verdadero reto a mediano y largo plazo es otro. Se trata de la capacidad para alcanzar y mantener una gobernabilidad duradera, que permita impulsar el desarrollo sostenible de México, y proyectarlo en el escenario internacional como un actor relevante y respetado.

Como lo declaró el propio Presidente Calderón en su primera conferencia de prensa formal del domingo pasado, "el panorama que se vislumbraba" para su administración al arranque del sexenio era "terriblemente sombrío y desalentador". Aunque no se refirió a las causas que generaron esta percepción, existen por lo menos dos razones que pueden explicarla.

La primera es que si bien su triunfo electoral fue legalmente incuestionable, lo cerrado del resultado y la falta de disposición de uno de los contendientes para reconocer su derrota le exigían reafirmar su autoridad de inmediato. La segunda es que los enormes vacíos de poder causados por la falta de efectividad del Gobierno anterior, junto con la grave pérdida de prestigio que sufrió nuestro país en el escenario internacional, hacían indispensable reafirmar la capacidad de liderazgo que por definición debe caracterizar al titular del Poder Ejecutivo.

En otras ocasiones, esa necesidad de reafirmar una legitimidad cuestionada dio pie al uso de los famosos "chivos expiatorios". Hasta ahora, en cambio, el Presidente Calderón parece haber optado por una fórmula distinta: ha tratado de revestir con un fuerte contenido simbólico todas sus acciones de gobierno y ha emprendido un reducido número de iniciativas, pero que buscan tener un alto impacto mediático.

Esto se manifestó desde el momento mismo en que asumió el poder el 1 de diciembre. La inédita ceremonia, televisada en vivo y en directo desde Los Pinos al filo de la medianoche, tuvo un tono marcadamente castrense. Más tarde, en el Campo Marte se asumió como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas. Unos días después, refrendó este carácter de su investidura presidencial vistiendo una gorra y una chamarra de corte militar.

Lo hizo en un evento realizado en Michoacán, como parte de su primer gran acto de gobierno: el operativo conjunto entre el Ejército, la PGR y las Secretarías de Gobernación y de Seguridad Pública, para tratar de recuperar uno de los muchos espacios en donde los distintos niveles de gobierno habían dejado de ejercer su poder soberano frente al crimen organizado y la delincuencia común.

La semana pasada volvió a asumir su papel como líder indiscutible del Estado mexicano en un foro distinto: la reunión anual con los embajadores y cónsules de nuestro país.

Lo hizo mandando de nuevo una serie de mensajes simbólicos. Primero que nada, y también de manera inédita, en lugar de que nuestros representantes en el exterior fueran como todos los años a Los Pinos a recibir instrucciones, el Presidente decidió acudir a la nueva sede de la Cancillería para pedirles una lealtad sin ambigüedades al Gobierno que encabeza.

No fue solo. Acudió acompañado de casi todo su gabinete, de varios ex cancilleres, y de los presidentes de la Suprema Corte de Justicia, el Senado y la Cámara de Diputados. También del Jefe de la Oficina de la Presidencia, Juan Camilo Mouriño, quien junto con la Secretaria Patricia Espinosa, fueron los únicos en estar a su lado en el presidium. La señal fue clara: este funcionario jugará un papel importante en el diseño y la conducción de la política exterior.

El discurso del Presidente Calderón ante los embajadores y cónsules no resultó novedoso. En términos generales, básicamente refrendó los planteamientos hechos durante su campaña electoral. Aun así, al tocar la falta de avances en las relaciones con Europa hizo un señalamiento que puede indicar algo muy positivo. De manera totalmente inusitada, solicitó a los representantes de México en el viejo continente "identificar con autenticidad, con claridad en qué hemos fallado precisamente en el esfuerzo de profundizar esta relación".

En la política exterior del sexenio anterior, como en la canción de Álex Ubago, nos vistieron de traje y nos montaron en el tren que, según nos dijeron, llevaba al corazón del mundo. Pero nos quedamos dormidos; llegamos hasta la última estación y allí no había nadie. Nos quedamos solos.

Si la instrucción del Presidente se sigue al pie de la letra, puede ser un paso clave para realizar un diagnóstico de fondo, que permita determinar cuáles fueron los cuellos de botella donde se atoraron las posibilidades de aprovechar los instrumentos de diálogo y cooperación que tenemos con otros países, las diferentes regiones del mundo y los organismos multilaterales a los que pertenecemos, para replantear con visión estratégica nuestra futura actuación.

Contar con diagnósticos sólidos y confiables acerca de la verdadera situación del País es el primer paso para establecer políticas públicas eficaces y de largo alcance en lo interno y en la política exterior. Ésa es parte de la esencia de la gobernabilidad.

Wednesday, January 03, 2007

Alianzas diplomáticas

Javier Treviño Cantú
El Norte
3 de enero de 2007

La capacidad de crear valor quizás sea la mejor forma de medir el éxito a largo plazo de las empresas, y también de los gobiernos. Crear valor no significa maximizar ganancias a toda costa ni impulsar políticas públicas para producir resultados "cosméticos". Debe representar un esfuerzo sostenido, que genere beneficios para todos los que comparten un mismo propósito y están dispuestos a contribuir al logro de objetivos comunes.

Por razones evidentes, la forma de definir lo que constituye la creación de valor es distinta para el sector privado y la administración gubernamental. Pero para efectos prácticos, la consultoría Accenture desarrolló una fórmula que puede ser útil. En un estudio del 2003, planteó que un gobierno "crea valor sostenible para sus ciudadanos si produce resultados favorables con una creciente eficiencia en términos de costo-beneficio".

Esto puede servir como base para evaluar los resultados que se ha propuesto el nuevo Gobierno federal en tres áreas prioritarias: recuperar la seguridad, combatir la pobreza y crear empleos. Lograr avances en cada uno de estos terrenos dependerá en buena medida de las políticas públicas que se apliquen, y de la capacidad para coordinar esfuerzos dentro del País. Sin embargo, estos tres objetivos centrales también tienen un componente externo muy importante.

Algunas de las principales amenazas a nuestra seguridad provienen de fuera, en especial de las redes dedicadas al narcotráfico y el crimen organizado trasnacional. Para reducir la pobreza se requiere canalizar recursos de todo tipo a las zonas menos desarrolladas del País. Para crear empleos también se necesita atraer mayores inversiones productivas y ampliar nuestras exportaciones.

En resumidas cuentas, la creación de valor público pasa por nuestra política exterior. El problema es que en los últimos años el papel que debía jugar nuestra Cancillería se desdibujó. Aparte de la inmensa tarea para defender los derechos de los mexicanos que emigran a Estados Unidos, el valor que aporta la Secretaría de Relaciones Exteriores se volvió menos claro.

Por una parte, la falta de coordinación interna que distinguió al anterior Gobierno tuvo como resultado una contraproducente "atomización" de esfuerzos. Todas las Secretarías, muchas dependencias y todos los gobiernos estatales tienen sus propias áreas de asuntos internacionales, y cada una parece conducir sus respectivos asuntos con total independencia de criterios. Esto aumenta los costos y resta eficacia al conjunto de la labor que debe hacerse en las relaciones bilaterales con otros países, así como en los foros y organismos multilaterales a los que pertenecemos.

Por otra parte, la existencia de mecanismos e instrumentos dedicados a cuestiones específicas, como la promoción de nuestras exportaciones, parece haber disminuido las funciones que desempeñan nuestras representaciones diplomáticas. Igualmente, en lugar de contribuir a mejorar la imagen de México, las fricciones internacionales con varias naciones nos restaron estatura y capacidad de interlocución.

Ahora que está por llevarse a cabo la tradicional reunión anual de nuestros embajadores y cónsules, quizás sea el mejor momento para responder tres preguntas fundamentales:

1. ¿Cuál es el valor público que la Secretaría de Relaciones Exteriores, las embajadas y consulados deben producir?

2. ¿Cuáles son los actores que "legitiman" y "autorizan" al Servicio Exterior Mexicano para obtener los recursos presupuestales necesarios y así contar con la capacidad de emprender acciones concretas para crear valor?

3. ¿Cuál es la capacidad operativa de la Secretaría, las embajadas y los consulados, o qué inversiones e innovaciones tienen que desarrollar para generar los resultados deseados?

Las respuestas a estas tres preguntas formarían parte del "triángulo estratégico", diseñado por Mark Moore y un grupo de profesores de la Escuela John F. Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard. No sólo se trata de definir cuál es el valor público que debe generar la Cancillería, sino de convencer a los legisladores y demás servidores públicos para que compartan esa visión, y de construir una capacidad operativa en un entorno de recursos escasos, incertidumbre global y conflicto político interno.

Gran parte de lo que necesitan nuestros embajadores y cónsules no depende de la Secretaría de Relaciones Exteriores, y aunque no lo pueden controlar directamente, sí lo pueden promover y organizar. En especial, necesitan aliados fuera del sector público, y no hay mejores socios que las empresas mexicanas.

Las relaciones internacionales de México generaron valor económico en 2006. Cifras preliminares indican que nuestro comercio exterior sumó unos 500 mil millones de dólares. La inversión extranjera directa que llegó fue cercana a los 20 mil millones de dólares y las remesas de los mexicanos que viven en el exterior rebasaron esa misma cantidad.

Los diplomáticos mexicanos ahora deben diseñar una estrategia ganadora para trabajar en forma coordinada con las demás dependencias e instancias de Gobierno, establecer alianzas con el sector privado y esforzarse para recuperar el prestigio y la buena imagen de México. Eso no tiene precio.

Wednesday, December 20, 2006

El triunfo del poder suave

Javier Treviño Cantú
El Norte
20 de diciembre de 2006

¿Qué pueden tener en común Chetes, los mayas y Babel? Pues que son buenas noticias para México. El 2006 quizás pase a la historia como el año en que las diversas manifestaciones de la cultura mexicana brillaron con una gran intensidad.

Es un hecho que este año la imagen de nuestro país en el exterior sufrió un deterioro de proporciones incalculables. Las profundas tensiones desatadas por la elección presidencial confirmaron ante los ojos del mundo que nuestro proceso de transición democrática se encuentra empantanado.

Lo mismo ocurrió con nuestra economía. México es percibido como un país que desperdició oportunidades y condiciones inmejorables para realizar cambios que le ayuden a ser más competitivo. Esto se reflejó en la gran mayoría de los índices y estudios globales en donde seguimos atorados a media tabla.

El daño más grave fue causado por el clima de inseguridad e ingobernabilidad que vivimos en 2006. Situaciones como la violencia en la frontera norte, el asesinato de una pareja canadiense en Cancún, los decapitados en Acapulco, los plantones en el DF y el largo conflicto en Oaxaca derivaron en una cascada de alertas para los ciudadanos de varios países sobre el peligro que implica visitarnos.

Resulta difícil creer que algo pudiera equilibrar esta avalancha de imágenes negativas. Sin embargo, el "poder suave" que nos da nuestra cultura nuevamente salió al rescate. Ya lo había hecho al inicio de los años 90, cuando nos ayudó en la negociación del TLC de América del Norte. Octavio Paz había ganado el Nobel de Literatura, el público de Estados Unidos disfrutaba la exhibición "México: Esplendores de 30 siglos" y hasta tuvimos una Miss Universo. México estaba de moda.

En el 2006, nuestra historia prehispánica tomó la forma de una magnífica exposición sobre los "Tesoros de los sagrados reyes mayas", organizada originalmente por el Museo de Arte de Los Ángeles. Este año se presentó en el afamado Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

También fue reconocida nuestra gran tradición literaria. En abril, el Rey Juan Carlos de España entregó el Premio Cervantes al escritor Sergio Pitol. Es el tercer mexicano que lo recibe, después de Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Pero quizás lo más destacado del variado mosaico cultural del 2006 fue su renovado vigor. La cultura "mexicana" ha logrado adquirir un carácter cada vez más universal. Uno de los casos más emblemáticos es el de las telenovelas. El diario inglés Financial Times calcula que las producciones latinoamericanas tienen una audiencia global de 2 mil millones de personas en 100 países, y el periódico El País destacó que han logrado poner de moda el aprendizaje del español en países como Israel.

Las telenovelas se cruzaron con la música gracias al grupo RBD. Habrá quien discuta su calidad artística, pero sus ventas y los tumultos en sus conciertos en Estados Unidos, Brasil y el resto de América Latina, hablan de un producto mercadotécnico muy exitoso. En el extremo opuesto, la cadena de televisión pública estadounidense PBS transmitió "Al otro lado", un excelente documental sobre los corridos mexicanos. Y hace apenas unos días, el New York Times reseñó el éxito de un artista mexicano que estaría en el centro del espectro musical: Gerardo Garza, mejor conocido como Chetes.

Uno de los espacios donde nuestra vitalidad cultural brilló con luz propia fue en el cine. En un artículo publicado en octubre en el Financial Times, Ángel Gurría Quintana citaba a Jason Wood, autor de un libro reciente sobre este tema, quien sostiene que ya no se habla de "cine mexicano", sino del "cine de México".

El cambio no es un mero juego de palabras. Indica "el surgimiento de una generación de artistas con la ambición y la capacidad de dejar huella en la industria cinematográfica global". Las siete nominaciones a los Globos de Oro que recibió "Babel", la más reciente película de Alejandro González Iñárritu, y las 13 nominaciones a los Premios Goya de "El Laberinto del Fauno", que dirigió Guillermo del Toro, lo confirman.

Los ejemplos se multiplican, pero uno que sobresale es el del arquitecto Enrique Norten. Con un proyecto innovador, que incluye un edificio cilíndrico y una arquitectura de paisaje "ondulada", ganó el concurso para "reimaginar" el histórico campus de Rutgers, la Universidad Estatal de Nueva Jersey.

Es una de las instituciones de educación superior más antiguas de Estados Unidos, lo cual habla de la importancia que tiene una obra tan vanguardista como la que se propone construir Norten. Sobre todo, es un testimonio a la capacidad y al merecido prestigio que han ido acumulando un creciente número de arquitectos e ingenieros mexicanos.

Por razones evidentes, 2006 siempre estará asociado al año en que México caminó por el borde del precipicio. La tensión política llegó al límite, la economía mantuvo su vulnerabilidad estructural, y la violencia alcanzó niveles intolerables.

Sin embargo, con el tiempo 2006 puede llegar a ser valorado plenamente como el año en el que el "poder suave" de la cultura mexicana alcanzó uno de sus niveles más altos. Vale la pena recordarlo para apreciar el gran legado cultural de nuestro país, y confiar en que tiene un mejor futuro.

Wednesday, December 06, 2006

La promesa del águila

Javier Treviño Cantú
El Norte
6 de diciembre de 2006

El lunes pasado, el Presidente Felipe Calderón presentó la nueva identidad gráfica de la Presidencia de la República. Es un asunto relevante. Contar con una buena "marca país" se ha vuelto clave para tener una ventaja competitiva en la economía global.

Al igual que las empresas, los países compiten para ganarse la confianza de los consumidores e inversionistas, atraer turistas y contar con una imagen que genere respeto para negociar en las mejores condiciones con otros gobiernos y promover sus intereses en los medios, foros y organismos internacionales.

Desde el 2005, la Secretaría y el Consejo Promotor de Turismo dieron a conocer el logotipo que representaría visualmente nuestra "marca país". Es el nombre de "méxico", con la "m" minúscula y cada letra en un color distinto que vemos por todas partes. Es un esfuerzo importante, que seguramente ha contribuido a refrescar nuestra imagen y lograr que nos visiten un mayor número de turistas.

Sin embargo, una verdadera "marca país" va mucho más allá de un logotipo. La marca se compone de los distintos atributos que describen a un país en voz de nacionales y extranjeros. Es una cuestión de percepciones. Por ejemplo, el Índice Anholt-GMI (www.nationbrandindex.com) que se publicó el año pasado, midió las percepciones en torno a la cultura, la situación política, la competitividad comercial, la calidad del capital humano, el potencial para atraer inversión y el atractivo turístico de 25 países desarrollados y emergentes.

El primer lugar lo obtuvo Australia. México de nuevo se ubicó a media tabla, en el sitio 16, entre Brasil y Egipto. Las metodologías utilizadas en este tipo de estudios siempre generan controversias. Con todo, lo importante para nosotros es entender que, como se señala en la conclusión del Índice Anholt-GMI, la única forma de que un país tenga una buena reputación es ganándosela a pulso.

Las percepciones sobre un país pueden modificarse, pero no con acciones "cosméticas". Más allá de las campañas de comunicación y de los "slogans", si un país quiere mejorar su imagen tiene que hacer un esfuerzo sostenido, a largo plazo, para dar muestras contundentes de que puede cambiar.

Aquí es donde la propia identidad del Gobierno federal juega un papel determinante para proyectar una imagen de seriedad; de que tiene la capacidad para garantizar la seguridad de los que nos visitan e invierten aquí; de que podemos superar los retos que enfrentamos; y de que queremos reforzar nuestro estatus como un miembro destacado de la comunidad de naciones.

Con razón o sin ella, durante el Gobierno que terminó, el "águila mocha" acabó por simbolizar muchas de las fallas y deficiencias que se asociaban con la gestión del aparato federal. A lo largo de los últimos seis años, diversas voces se alzaron para cuestionar la falta de conocimiento y de respeto por la historia que llevaron a cercenar el emblema nacional.

La aparente disposición para negociar o, al menos, interpretar con laxitud preceptos legales fundamentales, también contribuyó a que el resquebrajamiento de la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales no causara mayor inquietud en el sexenio pasado.

Lo más grave es que el "águila mocha" se convirtió en la muestra tangible de un profundo vacío de poder, que terminó abriendo espacios para conflictos como el de Oaxaca; para la propagación de la violencia como forma de resolver prácticamente todo tipo de conflictos; o incluso para que cualquier ciudadano se autoproclame Presidente "legítimo" sin tener que enfrentar consecuencia alguna.

Desde el viernes en la madrugada tuvimos un adelanto de la nueva imagen que adoptó el Gobierno entrante. Al final del primer mensaje de Felipe Calderón como Presidente en funciones, apareció en la televisión un cuadro con el águila real íntegra, y unas barras en los colores verde y rojo de la bandera que se disolvían para dejar únicamente el escudo nacional y el nombre de la Presidencia.

Después del triunfo simbólico que significó la toma de protesta en la Cámara de Diputados, volvimos a ver la identidad renovada en el Auditorio Nacional. Tanto en los pendones que colgaban a la entrada como en el podium desde el que Calderón habló ya con la investidura de Presidente constitucional, destacó un aspecto de la escenografía: el "águila mocha" había desaparecido.

A pesar de que la página en internet de la Presidencia estuvo fuera del ciberespacio ese día, el sábado amaneció con una imagen rejuvenecida. Finalmente, el lunes por la tarde Felipe Calderón dio a conocer personalmente el nuevo sistema de identidad gráfica de todo el Gobierno federal.

Como todas las marcas, esta nueva identidad encierra una promesa. Representa el compromiso de que el Gobierno será el primero en respetar la ley, empezando por la que se refiere al uso oficial de nuestros símbolos patrios. También indica la voluntad de encabezar los esfuerzos para construir ese "México ganador" al que con tanta insistencia se ha referido el Presidente Calderón.

Ahora, como en toda campaña para "posicionar" una marca que ha sido renovada, lo que contará son las acciones que respalden la nueva imagen que se busca proyectar.

Wednesday, November 22, 2006

Embajador en Washington

Javier Treviño Cantú
El Norte
22 de noviembre de 2006

El viernes pasado asistí en Washington al festejo por los 150 años del nacimiento del Presidente Woodrow Wilson. Durante la cena de gala en el Departamento de Estado, conversé con altos funcionarios del gobierno estadounidense y experimentados diplomáticos sobre los perfiles de los mejores embajadores que han servido en la capital del vecino país.

Uno de los más destacados ha sido el Príncipe Bandar bin Sultan, Embajador de Arabia Saudita entre 1983 y 2005. El sitio estratégico que ocupa el reino en el mapa geopolítico le da un gran peso a su enviado. Sin embargo, el Príncipe Bandar supo aprovecharlo al máximo para alcanzar un acceso privilegiado a las distintas administraciones que ocuparon la Casa Blanca a lo largo de toda su misión.

Otro ejemplo es el de Anatoly Dobrynin, el Embajador de la antigua Unión Soviética de 1962 a 1986. En plena Guerra Fría, la legendaria capacidad de Dobrynin para utilizar canales de comunicación "extraoficiales" fue clave para resolver situaciones tan explosivas como la crisis de los misiles en Cuba.

También comentamos sobre tres casos más cercanos a nosotros: Allan Gotlieb, el Embajador canadiense de 1981 a 1988, quien le dedicó especial atención a las relaciones con el Congreso estadounidense para negociar un acuerdo bilateral de libre comercio; Luis Alberto Moreno, Embajador de Colombia de 1998 al 2005 y actual Presidente del BID, artífice del Plan Colombia que redefinió la relación de seguridad entre los dos países; y Gustavo Petricioli, que estuvo al frente de nuestra Embajada de 1989 a 1993 y cuya actuación fue determinante para concretar el TLC de América del Norte.

Los cinco fueron exitosos, y sus experiencias son importantes para entender cuáles son las principales cualidades que se necesitan para ser un embajador eficaz en Washington.

En primer lugar, se requiere un conocimiento profundo de los Estados Unidos, de su sociedad, de su historia y de su gobierno. Es el conocimiento que viene de haber vivido ahí, de estudiar en alguna universidad estadounidense, o de haber tenido una posición diplomática previa en ese país. Sólo así se puede comprender que la diplomacia tradicional no funciona en Washington.

En la capital estadounidense el poder está atomizado. Las decisiones que se toman en distintos lugares pueden afectar de muchas maneras a nuestro país. No basta con tener buenos contactos en la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Legisladores, empresarios, medios de comunicación, líderes hispanos y los más diversos grupos de interés juegan un papel en el conjunto de la relación. Por ello se necesita un Embajador flexible, creativo, que conozca a fondo los resortes del poder político, económico y cultural de los Estados Unidos.

Segundo, se requiere un Embajador con personalidad, que sepa relacionarse con todos los grupos que interactúan en Washington. La seriedad, la formalidad y la disciplina son esenciales, pero hay momentos para tener encuentros informales muy valiosos. El "encanto" de los embajadores, y de sus parejas, es fundamental para tejer y aprovechar en beneficio del interés nacional una amplia red de contactos sociales.

El Embajador debe tener la capacidad para organizar sistemáticamente eventos de alto nivel en la Embajada, la Residencia y el Instituto Cultural. La experiencia para los funcionarios estadounidenses e invitados especiales debe ser memorable por el ambiente, la comida y los asistentes. Ya sea un seminario, una exposición o la visita a Washington de algún miembro del gabinete, de un reconocido empresario o de un personaje de la cultura, los eventos de la Embajada mexicana tienen que ser tan atractivos que nadie quiera perdérselos.

Tercero, un embajador exitoso necesita un equipo de colaboradores de primer nivel, que lo mantenga informado, que le ayude a prever las decisiones que puedan tomar el gobierno o las compañías estadounidenses, y a reaccionar con rapidez ante situaciones imprevistas.

El nombre del juego en Washington es acceso e influencia. A primera vista, las aguas washingtonianas dan la impresión de tranquilidad, pero en el fondo son turbulentas. Detrás de una apacible fachada protocolaria, se vive un ambiente de competencia feroz. Los embajadores exitosos son los que aprenden a navegar la corriente para conducir la relación sin chocar con los múltiples obstáculos que se presentan a diario.

El éxito de los mejores embajadores que han servido en Washington ofrece cinco pautas que pueden serle útiles a nuestro próximo representante en la capital de Estados Unidos: 1) hacer valer el peso estratégico que representa la vecindad geográfica con México para asegurar una atención prioritaria; 2) utilizar canales de comunicación que vayan más allá de los conductos tradicionales para establecer una relación de confianza mutua; 3) dedicar una gran atención a la relación con el Congreso, en especial ante la "ventana de oportunidad" que puede significar el triunfo del Partido Demócrata en las recientes elecciones legislativas; 4) otorgar la importancia que merece el tema de la seguridad nacional, bilateral y regional; y 5) definir con mucha claridad los objetivos que se desean alcanzar.

Wednesday, November 08, 2006

México y el mundo en el 2030

Javier Treviño Cantú
El Norte
8 de noviembre de 2006

Con los bombazos en la Ciudad de México, Oaxaca tomada por la PFP, grupos aún inconformes por el resultado de la elección presidencial y el crimen organizadamente desatado, ejercicios como el Proyecto México 2030 del Presidente electo Felipe Calderón podrían parecer un lujo. Sin embargo, aunque nadie puede predecir el futuro, imaginarlo representa la posibilidad de construirlo y de avanzar paulatinamente hacia las metas que se quieran lograr.

En cierto sentido, reflexionar sobre el lugar "ideal" que debería ocupar México en el mundo dentro de cuatro sexenios podría hacernos caer en escenarios utópicos. La mayoría de los mexicanos quisiéramos ver a nuestro país convertido en una potencia económica para contar con un ingreso per cápita de 40 mil dólares anuales, cerrar la brecha de la desigualdad y acabar con la pobreza extrema.

Sería maravilloso contar con una administración pública eficaz, una clase política dedicada a trabajar por el País, un sector empresarial más competitivo, y con más escuelas y universidades de primer nivel, de forma que entre todos generaran empleos de calidad para una población económicamente activa bien preparada, que en el 2030 sumará casi 64 millones de personas.

Pero, como diría Henry Kissinger, ante la dimensión de los retos que enfrentamos, el mejor camino para definir el lugar que México debería tener en el mundo dentro de 24 años, sería buscando un equilibrio entre un idealismo inalcanzable y un realismo limitado.

Quizá lo mejor que podemos desear para México es que llegue al 2030 como un país viable, capaz de mantener su cohesión social como base indispensable para ejercer plenamente su soberanía, dentro del acotado margen que presupone su creciente integración a la economía global y al sistema internacional.

Esto requiere que México logre mantenerse como un actor relevante, respetado por su capacidad para mantener el control sobre todo su territorio, y en especial de sus fronteras. Nuestro país podría entonces ser reconocido por su habilidad para brindarle mayor bienestar y seguridad a la gran mayoría de la población, por el "poder suave" que le dan su historia y culturas distintivas, y por la voluntad para participar en la definición de una nueva arquitectura global.

Por una parte, ocupar un lugar así en el mundo del 2030 dependerá de las políticas públicas que se apliquen desde ahora, del desarrollo empresarial que tengamos para entonces, y de la cultura ciudadana que logremos consolidar para convertir a nuestra democracia en un instrumento que propicie acuerdos fundamentales.

Por otro lado, en lo que toca a la política exterior, habrá que tomar decisiones difíciles para definir los terrenos en los que deberemos concentrar nuestros escasos recursos, de manera que logremos defender mejor los derechos de los paisanos en otros países, promover nuestros intereses nacionales y jugar un papel constructivo en los foros y organizaciones multilaterales.

En principio, esto significa decidir, desde ahora, si vamos a buscar convertirnos en un miembro pleno de la comunidad de América del Norte, o si vamos a seguir atrapados en la ambivalencia que ha caracterizado nuestra relación con Estados Unidos.

Por el grado de integración que han alcanzado nuestras economías y sociedades, nuestro futuro está en Norteamérica. Más allá de bardas y otros obstáculos coyunturales, nuestra mejor apuesta debería concentrarse en asegurar las condiciones internas que nos permitan negociar en un plano de igualdad relativa con nuestros vecinos del norte y potenciar los beneficios de una alianza regional, pero sin sacrificar nuestra capacidad de decisión autónoma, ni nuestros principios como nación independiente.

Una política exterior que nos ayude a llegar a buen puerto en el 2030 también debería pasar por un replanteamiento de nuestro enfoque hacia América Latina. Pretender el ejercicio de un supuesto liderazgo en toda la zona sólo recrudecería la confrontación histórica con Brasil y las tensiones con otros países del área.

En cambio, si distinguimos entre una política exterior hacia América del Sur y otra enfocada en la llamada zona "mesoamericana", quizá podríamos estar en condiciones de asumir un auténtico liderazgo. Esto podría conducir eventualmente al establecimiento de mecanismos de coordinación en materia de seguridad, esenciales para nuestra propia estabilidad, y de un acuerdo migratorio regional que regulara el acceso a los mercados de Estados Unidos y Canadá.

A esto habría que añadirle una larga serie de iniciativas para aprovechar los acuerdos comerciales y de cooperación que ya tenemos con otros países y regiones, mejorar las relaciones con naciones estratégicas para los intereses de México, y definir claramente la agenda para una actuación consistente dentro del sistema de Naciones Unidas y los demás organismos a los que pertenecemos.

Si vamos a pensar en serio en el México que queremos, es el momento de dejar atrás los viejos esquemas y empezar a considerar medidas alternativas. De otra manera, cuando en el 2030 esté por llegar al poder un nuevo gobierno, nuestros hijos nos reprocharán el tiempo perdido y tendrán que organizar un nuevo proyecto para imaginar el México del 2054.

Wednesday, October 25, 2006

Clima helado

Javier Treviño Cantú
El Norte
25 de octubre de 2006

Cuando el Presidente electo, Felipe Calderón, llegue a Washington el 8 de noviembre para entrevistarse a la mañana siguiente con el Presidente Bush, en la capital de Estados Unidos sólo se estará hablando de una cosa: los resultados de las elecciones legislativas del día anterior.

La atención de los medios estará concentrada en el desenlace de lo que amenaza con convertirse en la peor derrota política para el Partido Republicano desde que retomó el control del Congreso en 1994. Pero, sobre todo, los reflectores estarán puestos en George W. Bush y la forma en que navegará el último tramo de su controvertido mandato.

A dos años de su reelección, pocos esperaban que el Presidente estadounidense y su partido enfrentaran un escenario tan desfavorable. Después de imponerse en 2004 al Senador John Kerry, las perspectivas eran muy diferentes: Bush y su arquitecto político, Karl Rove, parecían destinados a pavimentar el camino para que los republicanos mantuvieran el control del Congreso no sólo durante los siguientes cuatro años, sino en las próximas décadas.

Sin embargo, parafraseando a Lemony Snicket, "una serie de eventos desafortunados" alteraron todos sus planes. La fatídica respuesta al huracán "Katrina", y la desatinada nominación a la Corte Suprema de Harriet Miers, demostraron una grave falta de "sintonía" con sectores claves dentro de su Partido.

La alianza con la base conservadora que había llevado a Bush al poder empezó a resquebrajarse. Desafortunadamente (para nosotros), el tema que mostró las profundas divisiones internas fue la fallida reforma integral al sistema migratorio de Estados Unidos.

A principios de este año, la suerte política del Presidente Bush pareció cambiar. Después de la llegada de Condoleezza Rice al Departamento de Estado y el nombramiento de Josh Bolten como nuevo jefe de asesores, la caída en las encuestas logró detenerse. Pero no por mucho tiempo.

Nuevos "eventos desafortunados" han empañado el panorama electoral para los republicanos y el mandatario estadounidense. Primero fue la renuncia en junio del poderoso líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, Tom DeLay, involucrado en un caso de supuestas contribuciones ilegales a su campaña en Texas y el escándalo protagonizado por el cabildero Jack Abramoff.

Luego vino la publicación a principios de octubre del nuevo libro del periodista Bob Woodward, "State of Denial". A diferencia de sus dos libros anteriores sobre la administración Bush, en éste responsabiliza directamente al Presidente y a su grupo más cercano de colaboradores -entre ellos el vicepresidente Cheney y el secretario de Defensa Rumsfeld- por el desastre en que se ha convertido la incursión militar en Iraq.

Aunque fue criticado por su aparente ambivalencia, el impacto causado por el libro de Woodward, junto con el creciente número de soldados muertos y los reportes de corrupción por parte de funcionarios iraquíes con la complicidad de las autoridades estadounidenses, han convertido la guerra en Iraq en el tema más impopular en las campañas de los candidatos al Senado y a la Cámara.

Pero la puntilla resultó inesperada. El nuevo escándalo del representante republicano Mark Foley, quien fue descubierto enviando mensajes pornográficos desde su teléfono celular a jóvenes becarios en el Congreso, es lo que finalmente ha puesto en riesgo todo el andamiaje construido por el "gurú" Karl Rove.

Según el prestigiado "Cook Report", de enero a la fecha, el número de curules en la Cámara de Representantes que los republicanos corren el riesgo de perder, ha crecido de 18 a 48. Los demócratas sólo necesitan obtener el triunfo en 15 de ellas, por lo que casi se da por hecho que recuperarán el control de dicho cuerpo legislativo. Pero lo más grave para el Presidente Bush es que los republicanos también podrían perder la mayoría en el Senado, con lo cual el resto de su administración se vería seriamente afectada.

Sin apoyo legislativo para impulsar su agenda, bajo investigación por parte de diversas comisiones y con la lucha por las nominaciones para la próxima elección presidencial a la vuelta de la esquina, la Presidencia de George W. Bush podría estar en una posición de gran debilidad.

Al menos por dos razones, es una perspectiva preocupante. Primero, porque algunos países -desde Corea del Norte e Irán hasta Rusia y China- buscarán aprovechar la vulnerabilidad política de la administración Bush para obtener la mayor cantidad posible de concesiones por parte de Estados Unidos. Como lo hemos visto en el caso de la prueba nuclear norcoreana, el costo de oponerse a la superpotencia es algo que está sujeto a nuevos cálculos.

La segunda razón que debe inquietarnos es que, como en el dicho, el Presidente Bush seguramente no buscará quién se la hizo, sino quién se la pague. Y para eso, México está muy a la mano. En dos semanas podremos ver con mayor claridad cuáles son las consecuencias del resultado de las elecciones del 7 de noviembre. Pero lo que es muy probable anticipar desde ahora, es que cuando George W. Bush reciba al Presidente electo Calderón, el clima en la oficina oval de la Casa Blanca será muy frío, por no decir helado.

Wednesday, October 11, 2006

Talento mexicano

Javier Treviño Cantú
El Norte
11 de octubre de 2006

El fin de semana pasado, los miembros de la generación 1973-1976 celebramos 30 años de haber terminado la secundaria en el CUM. Con tristeza, casi todos habíamos leído en EL NORTE sobre la debacle educativa de nuestro país: 60 por ciento de los alumnos que concluyen ese mismo nivel no cuenta con conocimientos básicos en matemáticas, mientras que en español la cifra es del 40 por ciento.

Los resultados del nuevo examen ENLACE, aplicado por la SEP, pusieron el dedo en la llaga: hasta que no mejore la calidad de la educación en nuestro país no vamos a poder elevar nuestra competitividad internacional, ni generar suficientes empleos para una creciente población en edad de trabajar.

Lo que estamos perdiendo de vista es que el talento es uno de los factores críticos en la competencia económica global.

La Evaluación del Logro Académico de los Centros Escolares, o ENLACE, confirmó los resultados del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) a través de su propio examen EXCALE. En agosto, esta prueba indicó que la proporción a nivel nacional de alumnos que terminan la primaria con niveles "claramente insatisfactorios" en español es de 18 por ciento y de 17.4 por ciento en matemáticas. En el caso de los estudiantes de tercero de secundaria, 32.7 por ciento "no domina los conocimientos y habilidades básicas que establecen los programas de estudio de español, y 51.1 por ciento no lo consigue en matemáticas".

Estas cifras fueron cuestionadas por basarse en tres muestras nacionales a poco más de 52 mil alumnos de sexto de primaria y a unos 63 mil de tercero de secundaria. Sin embargo, la nueva evaluación de la SEP no deja lugar a dudas. Se trata de una prueba "censal", aplicada al 96 por ciento de los estudiantes de tercero a sexto de primaria y al 90 por ciento de los de tercero de secundaria.

De acuerdo con los resultados de ENLACE, al finalizar la secundaria, 6 de cada 10 alumnos no tienen conocimientos básicos de matemáticas y 4 de cada 10 tampoco lo hacen en español. En primaria, 7 de cada 10 estudiantes registran un nivel "elemental e insuficiente", mientras que apenas un 3 por ciento alcanza calificaciones de "excelencia".

El bajo nivel educativo del País está frenando nuestro avance. Como lo muestra el Índice de Competitividad Global 2006-2007 del Foro Económico Mundial, seguimos estancados a media tabla. Esta vez logramos avanzar un lugar, al pasar del sitio 59 al 58 entre 125 economías. El Índice destaca la debilidad de nuestras instituciones y la criminalidad rampante que vivimos, la cual "incrementa los costos de las empresas y menoscaba la competitividad".

Es indiscutible que hay que atender con urgencia el desafío planteado por el crimen organizado y la inseguridad pública. Pero si queremos salir adelante, tenemos que convertir el adelanto de la educación en México en una verdadera obsesión nacional.

En el mediano y largo plazo, lo único que nos va a permitir mejorar el lugar que ocupamos en la cadena económica global es contar con gente que tenga los conocimientos y las capacidades necesarias para competir con los cientos de millones de trabajadores que se están incorporando al mercado laboral global.

El semanario The Economist calcula que tan sólo en la India cada año se gradúan de alguna universidad o institución equivalente 2.5 millones de personas, incluyendo 400 mil ingenieros y 200 mil profesionales en tecnologías de la información. Además de un alto nivel académico, lo que distingue a esta fuerza de trabajo es su bajo costo: con el sueldo de un ingeniero en Estados Unidos se puede contratar a 10 en la India.

A pesar de sus ventajas competitivas, muchos profesionistas en ésta y otras economías "emergentes", como China, también tienen sus limitantes. Paradójicamente, hay una gran escasez de personal con habilidades para ocupar puestos de nivel medio y alto en compañías globales. El talento humano tiene muchas facetas, y la capacidad de integrarlo a sofisticadas culturas corporativas es mucho más difícil de lo que parece.

México debe aprovechar las oportunidades que le ofrece el talento de su gente. La coyuntura puede ser inmejorable. Hay que reconocer que durante la presente administración se retomaron políticas educativas que vienen de varios sexenios atrás, y que se impulsaron programas potencialmente exitosos, como la Reforma Integral de la Educación Secundaria.

Además, para avanzar necesitábamos saber en dónde estamos parados. Ahora los exámenes del INEE y la SEP nos permiten identificar las áreas clave en las que tenemos que concentrarnos para elevar nuestro nivel educativo. El reto es poner atención, hacer la tarea y sacar buenas calificaciones en el proceso de "aterrizar" estos programas y reforzar las evaluaciones. Así nuestros hijos sí podrán celebrar con alegría sus 30 años de haber salido de secundaria.

Es cierto que para atraer inversiones productivas necesitamos mejorar la infraestructura, desregular, simplificar trámites burocráticos y reducir drásticamente el crimen y la violencia.

Pero lo más importante, sin duda, es apoyar a los estudiantes mexicanos, para que estén en condiciones de competir por un buen empleo en su propio país. Si algo sobra en México es talento. Lo que falta es voluntad política de parte de todos los actores vinculados a la educación para hacer los nuevos cambios que se necesitan.

Wednesday, September 27, 2006

El nuevo Espíritu de San Luis

Javier Treviño Cantú
El Norte
27 de septiembre de 2006

El "Espíritu de San Luis" aterrizó en la ciudad de México la tarde del 14 de diciembre de 1927, después de volar 27 horas y 15 minutos desde el Bolling Field de Washington, D.C. En mayo de ese año, Charles Lindbergh había realizado el famoso vuelo solitario sin escalas de Nueva York a París en el monoplano bautizado con ese nombre, gracias al financiamiento que había obtenido de los empresarios de St. Louis, Missouri.

La visita de Lindbergh a México fue un gran espectáculo que atrajo a las multitudes. Fue considerada como una misión de "buena voluntad", que el Embajador estadounidense Dwight W. Morrow y el Presidente Calles trataron de aprovechar para relajar un poco la tensión que prevalecía entre los dos países.

Ahora que las relaciones entre México y Estados Unidos vuelven a pasar por un momento delicado, un nuevo espíritu de St. Louis está por tocar la frontera mexicana. Se trata de Boeing, que además de ser una de las principales compañías en la industria aeroespacial, también tiene una fuerte presencia en el negocio de los "sistemas integrados de defensa". La sede de esta división se localiza, precisamente, en St. Louis, Missouri.

La semana pasada, el Secretario del Departamento de Seguridad Territorial (DHS), Michael Chertoff, anunció que Boeing ganó el contrato para desarrollar y operar la "barda virtual" que se construirá en las fronteras de Estados Unidos con México y Canadá.

La barda es parte de la llamada Iniciativa Frontera Segura (SBI por sus siglas en inglés) que nació en noviembre de 2005. Se le conoce como SBInet, porque es una red integrada de sensores, sistemas de comunicación e infraestructura a lo largo de toda la franja fronteriza. Esta red supuestamente permitirá detectar y ubicar a todos los que busquen cruzar en forma indocumentada, determinar el nivel de riesgo que plantean y coordinar su detención con la Patrulla Fronteriza.

La idea no es nueva. Ya se ha intentado tecnologizar el control de la frontera, con resultados poco exitosos. De acuerdo con el diario Washington Post -al que le "filtraron" el miércoles pasado la noticia de que el ganador había sido Boeing-, el DHS y las agencias federales que le antecedieron (incluyendo al Servicio de Inmigración y Naturalización) han gastado casi 430 millones de dólares desde 1998 para instalar 500 cámaras y otros equipos de detección remota.

Pero, como señala el Post, un reporte del Inspector General del mismo Departamento indica que se instalaron menos de la mitad de las cámaras originalmente programadas; un 60 por ciento de las alarmas que activan los sensores actuales no son investigadas; del 90 por ciento al que se le da seguimiento resultan ser falsas alarmas, y tan sólo el 1 por ciento termina en la aprehensión de alguna persona.

Por esta razón, el primer objetivo de Boeing será demostrar que sus tecnologías, junto con las de las demás empresas que subcontratará para desarrollar el proyecto, son confiables. Para lograrlo, primero se va a construir un "modelo" de la barda virtual en una extensión de poco menos de 50 kilómetros en la zona de Sasabe, al sur de Tucson, Arizona, en un plazo de ocho meses.

El costo total de la SBInet a seis años (el contrato inicial es por tres años con extensiones renovables por un año) se calcula en 2 mil millones de dólares, y para la primera fase se destinarán alrededor de 70 millones. Según una nota del periódico New York Times, esto cubrirá los gastos de administración y la instalación de los equipos. La red incluye cámaras de video y radares montados en torres, así como sensores subterráneos para detectar cualquier tipo de movimiento.

Los agentes de la Patrulla Fronteriza van a tener acceso a todas las imágenes e información que se genere mediante conexiones inalámbricas a la red de comunicación. Además, probablemente contarán con aparatos aéreos no tripulados, que puedan lanzarse desde vehículos especialmente diseñados para esta tarea, y que les permitan rastrear directamente a grupos de personas después de haberlos ubicado.

Por otra parte, es muy probable que a la barda virtual de Boeing y asociados se le sumen más de mil kilómetros de bardas físicas en distintos tramos de la frontera con México.

La posibilidad de que este año se concretara una reforma integral del sistema migratorio estadounidense prácticamente ha sido descartada. Con las elecciones legislativas de noviembre a la vuelta de la esquina, los congresistas del partido Republicano parecen enfocarse en iniciativas de ley que refuercen su posición como los defensores de la seguridad nacional, y los muros son una prueba tangible de su compromiso.

El cierre gradual pero inequívoco de la frontera entre México y Estados Unidos representa, ya, uno de los retos más complejos para el siguiente gobierno. El cambio en la estructura poblacional de nuestro país significa que en los próximos años seguirá aumentando el número de personas en edad de trabajar. De no encontrar un empleo aquí, intentarán buscarlo al otro lado de la frontera. Si la válvula de escape se tapa, la olla puede estallar.

Hasta ahora, St. Louis, Missouri no había tenido una importancia estratégica en la relación bilateral entre México y los Estados Unidos. Pero eso está por cambiar.

Wednesday, September 13, 2006

¿Cuál es el futuro de los medios?

Javier Treviño Cantú
El Norte
13 de septiembre de 2006

Nokia y Motorola anunciaron el lunes que trabajarán juntas para que sus clientes puedan ver programas de televisión en sus teléfonos celulares. Amazon "Unbox" es un nuevo servicio que permite rentar o comprar películas, programas de televisión y videos por internet. Los medios de comunicación siguen evolucionando a gran velocidad. El impacto de las conexiones de banda ancha y otros avances tecnológicos están cambiando la vieja ecuación, en donde el control de los canales de comunicación era tanto o más importante que el contenido que se difundía a través de ellos.

Cuando el público vivía cautivo de los medios "masivos", un puñado de compañías decidía lo que merecía difundirse. De hecho, ése es el lema de uno de los diarios más influyentes del mundo. El New York Times sigue publicando en su primera plana la leyenda "All the news that's fit to print", que se podría traducir como "todas las noticias que son dignas de publicarse".

Esto era especialmente cierto para el medio de comunicación masiva por excelencia: la televisión. Durante años, los noticiarios de televisión representaron el momento en el que los televidentes -y los demás medios- se detenían para sentarse a ver cuáles habían sido las noticias del día. Si algo salía en la pantalla, significaba que era noticia; si no aparecía, prácticamente no había ocurrido.

Esto empezó a cambiar hace poco más de una década con la popularización de internet. Al principio, el impacto fue para el medio más "tradicional". La mayoría de los periódicos empezaron a generar sitios en internet "estáticos", en donde solamente se reproducía, en versión electrónica, la misma edición impresa del diario. Luego empezó la competencia para ver quién ofrecía más opciones dinámicas. Las noticias se empezaron a actualizar constantemente; surgieron las encuestas en línea y las "ligas" a otras noticias, documentos y sitios.

La pregunta que todos empezaron a hacerse era en dónde estaba el negocio. ¿Cómo competir contra servicios de búsqueda como Google o Yahoo, en donde se pueden obtener cantidades industriales de noticias e información prácticamente sin costos adicionales a los de la conexión a internet? ¿Cómo competir contra el "periodismo ciudadano" de los blogs?

¿Debían cobrar por el acceso al periódico digital, o debían permitirlo en forma gratuita para atraer más lectores y generar ganancias a través de la publicidad? Algunos dieron respuestas mixtas: ofrecer la mayor parte de sus contenidos sin costo, pero solicitar el registro de los usuarios para obtener información de sus gustos y patrones de consumo. Otros simplemente han optado por dar acceso exclusivo a sus suscriptores.

Ahora, ese mismo efecto -aunque magnificado por la creciente velocidad de la transmisión de voz, datos e imágenes a través del internet de banda ancha- está haciendo que las televisoras deban encontrar respuesta a la misma pregunta: ¿en dónde está el negocio a futuro de la comunicación audiovisual?

Por lo pronto, muchas televisoras empezaron a desarrollar sitios en internet para competir con los periódicos. Compañías como CNN pronto pasaron a ocupar el "nicho de mercado" en donde tienen una ventaja comparativa: la transmisión de imágenes, difundiendo sus propios noticiarios y programas televisivos.

Otras han ido más lejos. El año pasado, News Corp, el conglomerado de medios que encabeza Rupert Murdoch compró por casi 600 millones de dólares InterMix, una compañía que tenía 30 sitios en internet. Entre ellos está MySpace.com, una de las "comunidades" en el ciberespacio más grandes y que está redefiniendo el sentido de pertenencia de mucha gente alrededor del mundo.

Otras televisoras han buscado sus propias respuestas. La cadena de televisión abierta de Estados Unidos CBS contrató por 60 millones de dólares a Katie Couric para conducir su noticiario de las tardes. Durante años, Couric fue la titular del programa matutino de la televisora rival NBC, y está considerada como un "ícono" de la cultura popular estadounidense.

CBS también le está apostando a la nueva era digital. Desarrolló un sitio para transmitir sus noticiarios y cubrir eventos sobre los que tiene derechos exclusivos, como las finales del basquetbol colegial, que atraen a millones de fanáticos. Así, mantiene un pie en el terreno de los viejos medios de comunicación, y otro en el nuevo espacio de la televisión digital por internet.

Este último ha crecido de manera exponencial. En México, YouTube -el sitio en donde se difunden y comparten millones de videos personales- se hizo famoso por las imágenes del niño regiomontano Édgar que fue captado cayéndose a un arroyo. En estos días, ha vuelto a ponerse de moda en nuestro país porque ahí se pueden encontrar las imágenes del programa de Adal Ramones que fue interrumpido por un par de seguidores del ex candidato presidencial de la Coalición por el Bien de Todos.

Sin embargo, como ha señalado el director de CBS, Les Moonves, cuando los anunciantes quieren llegar a millones de televidentes en un instante, siguen prefiriendo el viejo esquema de la televisión masiva. La pregunta sigue abierta: ¿el futuro de los medios estará en el control de los canales de comunicación, o en la producción de contenidos confiables y de calidad?

Wednesday, August 30, 2006

Y ahora... la transición

Javier Treviño Cantú
El Norte
30 de agosto de 2006

Cuando el proceso electoral está a punto de llegar a su fin, entramos a una nueva etapa del calendario político: tres largos meses de transición. Si en condiciones "normales" el traslape entre las agendas y los intereses de los actores que están por despedirse y los que vienen llegando puede causar problemas, imagínese una transición en un contexto "atípico". Seguramente los riesgos se multiplicarán.

En los años previos a la alternancia política, la transición era vista casi como un mero trámite. Entrantes y salientes eran del mismo partido; se suponía que, por esa razón, se conocían y compartían puntos de vista similares. Lamentablemente, episodios que todavía se discuten, como la naturaleza y los responsables del "error de diciembre" en 1994, muestran que este supuesto tenía límites muy costosos para el país.

En el 2000, el proceso fue tan suave que reforzó la idea de que habíamos pasado por una "transición de terciopelo". El gobierno le dio todas las facilidades al equipo que llegaba para conocer a fondo la estructura de la administración pública federal. La oposición demostró lealtad institucional, lo cual ayudó a que el Congreso aprobara sin mayores dificultades el presupuesto para el siguiente año, mientras que el "blindaje" de la economía evitó que ocurriera otra de las famosas crisis de fin de sexenio.

Además, el llamado "bono democrático" y la coincidencia del relevo presidencial en Estados Unidos generaron un ambiente en el exterior favorable para el entonces Presidente electo. Esto fue clave para alcanzar dos de los principales avances en la relación con los vecinos del norte: primero, suspender el proceso de "certificación" sobre la cooperación en la lucha contra el narcotráfico, y luego darle prioridad al asunto migratorio.

Ahora la situación puede ser diferente. Partiendo del supuesto que el Tribunal Electoral declare la validez de la elección y que Felipe Calderón sea reconocido como Presidente electo, el próximo mandatario va a enfrentar un panorama muy distinto al de hace seis años.

Por una parte, tendrá algunas ventajas. La actual administración es de su mismo partido y varios de los integrantes del gobierno estuvieron en el equipo de campaña, por lo que cabría esperar una buena coordinación en la entrega-recepción de la administración. Igualmente, el impacto de la Ley del Servicio Civil de Carrera se dejará sentir, ya que la mayoría de las dependencias públicas se poblaron de funcionarios aparentemente identificados con el PAN.

En el mismo sentido, la buena conducción macroeconómica permite prever un cierre de sexenio sin sobresaltos financieros, y ahora también existe una partida presupuestal destinada a los gastos de la transición.

Pero, por otra parte, el grupo que tomará las riendas a partir del 1 de diciembre va a enfrentar condiciones inéditas, de una complejidad tal que pondrán a prueba todo su talento político y su capacidad de asegurar la gobernabilidad del país.

Ante todo, tendrá que definir cómo va a actuar frente al movimiento social derivado de la derrota que sufrió en las urnas la Coalición por el Bien de Todos. Aunque el gobierno del Presidente Fox deberá cargar con la responsabilidad durante los próximos meses, el Presidente electo y su equipo deben empezar a tomar el mando.

El reto inicial será la relación con el Congreso, en donde tendrán que trabajar de inmediato con las bancadas de su propio partido para definir las reformas que se impulsarán y buscar acuerdos con los demás grupos parlamentarios. Dejar fuera de las negociaciones al PRD podría ser un grave error, pero convencerlo de que participe constructivamente en la renovación institucional del país puede acabar siendo imposible.

Además, en el plano interno, el equipo de transición del Presidente electo deberá desenvolverse en un escenario convulso, marcado por la crisis de Oaxaca, la violencia que provocan las luchas intestinas del narco, el problema con el sindicato minero y otros pendientes políticos de pronóstico reservado.

Por si fuera poco, se va a encontrar con un gobierno en Estados Unidos con el que puede ser muy difícil negociar. A pesar del presunto compromiso de Calderón con los objetivos y mecanismos de la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN), no parece que el Presidente Bush estará en condiciones de ofrecerle nada sustantivo a cambio. Inclusive, si los demócratas ganan el control de la Cámara de Representantes en noviembre próximo, la atención hacia México seguramente no pasará de los esfuerzos para tratar de controlar la frontera compartida.

Recuerdo uno de mis cursos en Harvard, cuando el profesor Richard Neustadt nos decía que uno de los riesgos más graves en las transiciones presidenciales aparecía cuando se combinaban tres elementos: novatez, ignorancia y arrogancia. En 1960, Neustadt escribió un memorándum para el Presidente electo Kennedy con 18 puntos a considerar durante la transición. Pero todas las recomendaciones venían después del primer objetivo central: concentrarse en los aspectos que le permitieran demostrar una eficacia de gobierno inmediata. Ante el panorama que estamos viviendo en México, esto es precisamente lo que más esperamos de la próxima administración.

Wednesday, August 16, 2006

Energía a la transición

Javier Treviño Cantú
El Norte
16 de agosto de 2006

De nueva cuenta, la situación política por la que atraviesa nuestro país puede ir a contracorriente de una coyuntura global inmejorable para hacer cambios de fondo, que eleven nuestra competitividad y promuevan un crecimiento económico sostenible.

Tanto en el plano interno como a nivel internacional, se han sumado una serie de factores que hoy generan condiciones muy favorables para llevar a cabo, antes de que termine el año, uno de los ajustes estructurales que más se necesitan: la reforma energética.

En México, la situación es de sobra conocida. Por una parte, existe cierta coincidencia en que se requiere algún tipo de reforma por la situación en que se encuentra Pemex: una compañía endeudada al máximo, sin capacidad de invertir en proyectos de exploración a gran escala y sin la tecnología o el conocimiento necesarios para explotar los yacimientos más prometedores, ya sea en las aguas profundas del Golfo de México o en zonas como Chicontepec, al norte de Veracruz y Puebla.

Por otra parte, tres obstáculos dificultan cualquier avance. Uno es la naturaleza histórica del tema, que le permite envolverse en la bandera nacionalista a todo aquel opuesto al cambio. Otro es la falta de claridad sobre qué clase de reforma convendría realizar, ya que todas las iniciativas propuestas durante la actual administración fracasaron. Y, el más grave, es el clima de confrontación política que nos ha dejado la elección presidencial.Lo que no se está considerando, otra vez, es que mientras nosotros seguimos perdiendo el tiempo, la situación global de la industria energética, y en particular la petrolera, está cambiando a marchas forzadas por varias razones. Entre otras, destacan cuatro:

1. La creciente inestabilidad en el Medio Oriente, por las consecuencias de los atentados terroristas del 2001, y en muchos otros países productores considerados como "conflictivos", desde Rusia y Nigeria, hasta Venezuela y Bolivia.

2. El replanteamiento del concepto de "seguridad energética", que antes se limitaba a mantener despejadas las rutas marítimas de abasto y ahora significa algo distinto para cada país. En el caso de nuestros vecinos del norte, como ha señalado el especialista Daniel Yergin, implica dos cosas: compensar cualquier desabasto del Medio Oriente o de países "conflictivos" con otras fuentes -entre las que México ocupa un lugar destacado-, y alcanzar la vieja meta de ser "energéticamente independientes".

3. El agotamiento paulatino de yacimientos de crudo ligero, de alta calidad y fácil acceso. Ahora, las inversiones se están dirigiendo hacia proyectos complejos y, por lo mismo, mucho más costosos, como recuperar el petróleo mezclado con arena y otros materiales en sitios como la provincia de Alberta, en Canadá.

4. El aumento exponencial de la demanda energética en países que están en proceso de crecimiento acelerado, en especial China y la India, junto con un consumo muy elevado e ineficiente por parte de las economías desarrolladas, en especial Estados Unidos.

A su vez, estos factores de cambio han tenido dos efectos. El primero ha sido un aumento sostenido de los precios, los cuales se han triplicado en los últimos cuatro años. A pesar de que esto ha tenido un beneficio inmediato para México, el segundo efecto es potencialmente mucho más importante. Se trata de la gran capacidad de negociación que han ganado las principales compañías petroleras nacionales frente a las firmas privadas multinacionales.

Se considera que un 90 por ciento de las reservas "convencionales" de petróleo que aún no han sido explotadas son controladas por gobiernos o compañías gubernamentales. Muchas sufren viejas dolencias que nosotros conocemos bien: mala planeación, corrupción, regímenes fiscales que las descapitalizan, esquemas de subsidios que les restan recursos y otros padecimientos.

Pero varias de ellas han demostrado tener la capacidad de competir con las mejores del mundo. Según el semanario The Economist, compañías como Petrobras de Brasil o Petronas de Malasia, deben concursar al lado de otras empresas internacionales por contratos en sus propios países, mantener un estricto control sobre sus costos y actualizar constantemente sus métodos de operación.

No debemos olvidar que los grandes cambios estructurales en México casi siempre han estado aparejados a crisis intensas, que han forzado la toma de decisiones en un sentido o en otro. Por ello, la crisis política de hoy podría ser transformada rápidamente en una gran oportunidad. Pero para ello se requiere voluntad, precisión y un sentido de urgencia.

El inicio de sesiones del nuevo Congreso abre una puerta para reorientar la discusión sobre la reforma energética. Parecería impensable, pero es posible. El Presidente electo y su equipo tendrían que asumir el liderazgo para impulsar, junto con el gobierno saliente, una negociación política eficaz que en tres meses pavimente el camino hacia el 1 de diciembre con certeza, confianza y optimismo sobre el futuro de nuestro país.

Los mexicanos nos merecemos una transición presidencial con visión, en donde se mezclen inteligencia, audacia, mucho sentido común y una renovada capacidad ejecutiva. Una reforma de esta magnitud es lo que podría darle energía a la transición.

Wednesday, August 02, 2006

Acuerdo migratorio regional

Javier Treviño Cantú
El Norte
2 de agosto de 2006

El verano político no sólo está alcanzando temperaturas récord en México. Al otro lado de la frontera, en Estados Unidos, el debate sobre la reforma migratoria también se está poniendo al rojo vivo. El tema se ha politizado al máximo ante las próximas elecciones legislativas de noviembre y, aunque todas las fuerzas políticas enfrentan grandes presiones para sacar adelante algún tipo de compromiso, parece difícil que el asunto se resuelva este año.

Contra viento y marea, el Presidente George W. Bush ha seguido reafirmando su voluntad de alcanzar una reforma migratoria integral, que incluya un programa de trabajadores temporales y un mecanismo viable para regularizar la situación de los millones de inmigrantes indocumentados que ya se encuentran en el vecino país.

Pero el Presidente Bush, al igual que el resto de la clase política estadounidense, sabe que cualquier solución pasa necesariamente por un mayor control sobre la frontera que comparte con nuestro país. Por ello, desde noviembre del año pasado, cuando el Secretario de Seguridad Territorial, Michael Chertoff, anunció la "Iniciativa Frontera Segura", se han puesto en práctica medidas sistemáticas para reforzar la seguridad de la franja fronteriza con México.

Primero fueron los planes para ampliar las filas de la Patrulla Fronteriza. Luego se recurrió a la Guardia Nacional para apoyar a las fuerzas civiles del orden. Al mismo tiempo se procedió a licitar el diseño, aplicación y mantenimiento de una "barda virtual" a lo largo de prácticamente toda la frontera, la cual será responsabilidad de las compañías privadas que obtengan el jugoso contrato.

Además, el gobierno del Presidente Bush también ha estado ejerciendo una gran presión sobre las compañías que contratan inmigrantes en situación "irregular". Según el diario New York Times, mientras que en el 2002 el gobierno de Estados Unidos presentó 25 cargos penales contra empleadores, este año ya ha iniciado 445 procesos legales.

Esto representa una apuesta de alto riesgo para el mandatario. Si bien es indispensable para encontrar una solución integral, puede restarle puntos al Partido Republicano en dos frentes: entre los múltiples sectores empresariales que dependen de la barata mano de obra inmigrante y entre una comunidad "hispana" que ha ganado confianza con las marchas multitudinarias y que probablemente votará a favor del Partido Demócrata en las elecciones de noviembre.

Sin embargo, el sector donde el Presidente Bush tiene hoy más dificultades para impulsar su reforma migratoria, es entre los Republicanos de la Cámara de Representantes. La pérdida de capital político que ha sufrido por la guerra en Iraq y la interminable lista de controversias en las que se ha visto envuelta su administración parecen haberle restado capacidad de influencia con los legisladores de su mismo partido.

A finales de junio, en un picnic celebrado en los jardines de la Casa Blanca, el líder de la Cámara de Representantes, Dennis Hastert, declaró que los Republicanos primero llevarían a cabo una serie de "audiencias públicas" por todo el país, antes de dialogar con sus contrapartes del Senado para buscar un acuerdo entre las dos iniciativas de ley aprobadas hasta ahora.

Hace unos días se anunció que van a realizar otras 21 audiencias durante el receso legislativo de agosto. Considerando que sólo quedarían dos meses entre la fecha en que el Congreso reanuda funciones y las elecciones de noviembre, parecería casi imposible que las dos cámaras pudieran solucionar sus profundas diferencias.

Aun así, no todas las noticias que llegan del Capitolio en Washington son malas. De hecho, una en particular puede representar una nueva "ventana de oportunidad" para establecer un acuerdo migratorio entre Estados Unidos, México y algunos países más.

A mediados de la semana pasada, la Senadora por Texas Kay Bailey Hutchison y el Representante Mike Pence de Indiana -ambos Republicanos- presentaron una nueva propuesta para reconciliar los enfoques migratorios de la Cámara y el Senado. Por supuesto, la iniciativa parte de un mayor control fronterizo. Ninguna ley se modificaría hasta que se "certifique" que las fronteras de Estados Unidos son completamente "seguras". Se calcula que eso podría llevarse dos años -es decir, el resto del mandato del Presidente Bush- y después los trabajadores migratorios tendrían que regresar a sus países de origen para obtener una nueva visa renovable hasta por 12 años.

La clave de la propuesta Hutchison-Pence es que estas visas solamente estarían disponibles para los ciudadanos de aquellos países en América del Norte y América Central con los que Estados Unidos tenga tratados o acuerdos de libre comercio. En este marco, el gran ganador de un acuerdo migratorio regional, indudablemente, sería México.

El nuevo gobierno que habrá de iniciar su gestión en México, a partir del 1 de diciembre, no debe perder de vista que el futuro de cualquier arreglo migratorio con Estados Unidos depende de la capacidad para establecer un entorno seguro en nuestras propias fronteras norte y sur. Para tener flujos migratorios bien regulados, lo primero es lo primero, y eso significa avanzar en el establecimiento de un perímetro de seguridad regional, que abarque desde Alaska y Canadá en el norte, hasta Panamá y Colombia en el sur.

Wednesday, July 19, 2006

Ajonjolí de todos los moles

Javier Treviño Cantú
El Norte
19 de julio de 2006

La falta de enfoque lleva a los países a ensayar todo tipo de justificaciones. Hasta hace poco era común escuchar que México es "un país de pertenencias múltiples". Por razones históricas, culturales y geográficas, somos parte de América Latina. Por razones geográficas y, cada vez más, por cuestiones económicas, sociales y de seguridad también pertenecemos a América del Norte.

Por la herencia de España tenemos vínculos estrechos con Europa, los cuales se refrendaron con el Acuerdo de Asociación Económica, Concertación Política y Cooperación entre nuestro país y la Unión Europea. Incluso el hecho de contar con un extenso litoral en el Océano Pacífico nos ha permitido desarrollar lazos con Asia a través de nuestra membresía en APEC, el Mecanismo de Cooperación Asia-Pacífico, y del reciente Tratado de Libre Comercio con Japón.

Gracias a nuestra extensión territorial, ubicación geopolítica, tamaño poblacional, nivel de desarrollo económico y al "poder suave" de nuestra cultura, deberíamos ser reconocidos como parte de las llamadas "potencias regionales emergentes". Es una categoría donde entrarían países como Brasil, Rusia, India y China, los llamados "BRIC's".

Sin embargo, en los últimos tiempos, México parece haber perdido su sentido de ubicación en el mundo.

En América Latina hemos dilapidado gran parte de nuestro capital diplomático. Desde hace años hemos tenido fricciones con Brasil debido a una competencia soterrada por el liderazgo de la región. Los fallidos intentos por ingresar al Mercosur se han topado con una pared. A esto se han sumado los roces con otros países de toda la zona, desde Argentina, Chile, Bolivia y Venezuela en América del Sur, hasta Cuba y República Dominicana en el Caribe.

Con Europa hemos logrado mantener relaciones diplomáticas un poco menos conflictivas, pero sin duda igualmente improductivas. A pesar de contar con espacios de maniobra, no hemos logrado utilizarlos para promover nuestros intereses económicos y políticos. Uno de los grandes saldos del actual gobierno, lamentablemente, será la forma en que se desaprovechó un Acuerdo tan amplio como el que tenemos con la Unión Europea.

En Asia, aparte de la buena relación con Japón y de los esfuerzos de acercamiento con Corea del Sur, no hemos sabido aprovechar las oportunidades que ofrece el acelerado crecimiento de China y la India. Son países con los cuales resulta muy complejo negociar, pero hasta ahora la balanza se ha inclinado a su favor, tanto en términos comerciales como de proyección internacional.

Prácticamente en todo el mundo parece existir la percepción de que México en realidad pertenece más a América del Norte que a cualquier otra parte. En muchos sentidos es cierto. Desde que comenzó a operar el TLC con Estados Unidos y Canadá, nuestra economía se ha integrado cada vez más a la de nuestros vecinos. También lo han hecho nuestras sociedades, como lo demuestran las remesas que envían los trabajadores migrantes, e incluso nuestras culturas. Para preocupación de gente como el profesor Samuel Huntington, hoy en casi todo Estados Unidos "se habla español".

El problema es que nuestros socios comerciales no parecen estar convencidos de que en verdad seamos "norteamericanos". A pesar de que se han establecido nuevos mecanismos para impulsar la integración regional, como la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte, la zona sigue claramente dividida en dos, con Estados Unidos y Canadá en un plano relativamente equitativo y México en otro.

La "desubicación global" de México acaba de manifestarse en San Petersburgo, durante la reunión anual del G-8, que incluye a Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Japón y Rusia. En ocasiones se invita a otros participantes, y entre ellos esta vez convocaron a Brasil, China, India, Sudáfrica y, también, a México.

A pesar de que los temas centrales del encuentro eran de la mayor importancia para nuestro país -seguridad energética, control de enfermedades infecciosas y educación-, da la impresión de que México llegó sin agenda al evento. En cambio, el resto de los invitados sí parecen haber aprovechado el escenario.

La India logró que el comunicado de la reunión del lunes condenara los atentados terroristas en Bombay. Brasil hizo duros señalamientos sobre la falta de liderazgo para sacar adelante la Ronda de Doha de la OMC. Sudáfrica planteó impulsar la educación en el continente africano y China insistió en la importancia de que los miembros del G-8 trabajen junto con los países en desarrollo.

Por su parte, México parece haberse limitado a informar sobre los avances de nuestro inconcluso proceso electoral, y a confirmar que el Congreso estadounidense no aprobará una reforma migratoria este año.

Hoy, México ni es miembro pleno del "G-3 de América del Norte", ni está considerado por los integrantes del grupo compuesto por las grandes economías emergentes como parte del mismo, ni tiene esperanzas de llegar a ser incluido en el G-8.

México necesita definir con realismo el lugar que quiere ocupar en el mundo y enfocar todos sus recursos en lograrlo. Si no, únicamente seguiremos tratando de ser ajonjolí de todos los moles.