Wednesday, August 15, 2007

Desencuentro norteamericano

Javier Treviño Cantú
El Norte
15 de agosto de 2007

El encuentro que sostendrán el próximo lunes los líderes de México, Estados Unidos y Canadá en Montebello, Québec, tal vez refleje con más claridad que nunca las desventajas y los límites de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN).

Desde que se lanzó en marzo del 2005, este controvertido mecanismo ha generado más dudas que certidumbre. Su naturaleza opaca, alejada de la luz que pudieran arrojar los congresos de cada país, ha provocado sospechas acerca de sus verdaderos objetivos y alcances.

El propósito de la Alianza es impulsar la competitividad regional y vincular la prosperidad con la seguridad colectiva. Sin embargo, en el caso de nuestros dos vecinos del norte no parece estarlo logrando, como lo muestran dos ejemplos recientes. El primero tiene que ver con la añeja controversia comercial por las exportaciones canadienses de madera "suave". Después del acuerdo alcanzado en octubre del 2006, a principios de este mes la Representante Comercial de Estados Unidos, Susan Schwab, consideró que Canadá estaba violando el convenio y decidió llevar el caso ante la Corte Internacional de Arbitraje de Londres.

El segundo ejemplo son las diferencias por la intención que tiene Canadá de ejercer su soberanía sobre el "paso marítimo del noroeste", que puede conectar a los océanos Pacífico y Atlántico ante el descongelamiento provocado por el calentamiento global.

Estados Unidos sostiene que debe ser un espacio abierto a la navegación internacional, pero el Primer Ministro canadiense, Stephen Harper, tiene otro punto de vista: ha adoptado un discurso nacionalista, señalando que "o ejercen su soberanía o la pierden", e incluso ha tomado decisiones de corte "belicista" para ejercer control sobre el paso marítimo, como la compra de barcos para patrullarlo y el establecimiento de dos nuevas bases militares. Habrá que ver si en la reunión del lunes se da a conocer alguna medida que ayude a romper el hielo entre los aliados, pero parece improbable.

En lo que toca a México, la opacidad de la ASPAN dificulta saber si es el mecanismo a través del cual se está tratando de alcanzar el nuevo esquema de cooperación sobre seguridad con Estados Unidos. Desde que las historias periodísticas provenientes del norte nos alertaron sobre la negociación para dar un nuevo enfoque a la ayuda que ofrece el vecino, nunca se ha planteado que las discusiones se dieran en el marco de la Alianza.

A principios de mes, la más reciente historia nos llegó mediante el Washington Post. Se señalaba que el acuerdo estaba a punto de concretarse y que implicaba la participación activa del Congreso estadounidense, ya que los montos de la ayuda considerados irían de los cientos a los miles de millones de dólares.

Las autoridades mexicanas tuvieron que confirmar la nota, pero los detalles y las condiciones del proyecto siguen manteniéndose en la sombra. Algunos pensaron que la próxima reunión trilateral en Canadá podría servir para hacer el esperado anuncio del llamado "Plan México", pero esto también parece improbable. La participación del Congreso estadounidense en el acuerdo iría en contra del espíritu "discreto" que ha caracterizado a la ASPAN, por lo que hay pocas posibilidades de que se formalice la próxima semana.

En cuanto a la agenda para la prosperidad, la Alianza ha registrado algunos avances importantes. Aunque tampoco se enmarcó como parte de los esfuerzos de la ASPAN, la firma -esta semana- del "Plan Estratégico Aduanero Bilateral México-EU" está plenamente alineada con sus objetivos originales.

Además, la creación de organismos como el Consejo Norteamericano para la Competitividad ha permitido generar relaciones constructivas entre los sectores privados de los tres países y otros actores comprometidos con el avance de la región. Es un esquema valioso, que puede impulsar una participación más activa de nuestras respectivas sociedades en la búsqueda de soluciones eficaces a los retos que compartimos.

Aun así, la Alianza no ha contribuido a superar algunas de nuestras viejas controversias comerciales bilaterales, como el acceso de los camiones de carga mexicanos a Estados Unidos; ni permite abordar con un enfoque regional el tema migratorio. Éste es el principal obstáculo para fortalecer la competitividad de América del Norte, pero como la Alianza no contempla su discusión, seguimos arrastrando un lastre cada vez más pesado.

Hasta ahora, la ASPAN no le ha reportado ventajas clave a México en los principales terrenos de la agenda bilateral: migración, competitividad y seguridad. ¿Cuál es el sentido de mantener la estructura de una Alianza que no nos está produciendo ganancias netas?

Si la Cumbre de Montebello resulta un desencuentro, habrá que buscar en otra parte las definiciones para impulsar una mayor seguridad y prosperidad de América del Norte. Como con tantas otras cosas, primero tendremos que esperar al cambio de administración en Estados Unidos para replantear a fondo estructura, agenda y compromiso con la transparencia de la ASPAN. Claro está, a no ser que México o Canadá se decidan a hacer una propuesta viable para sustituirla por un nuevo mecanismo, que conduzca al establecimiento de una auténtica Alianza.

Wednesday, August 01, 2007

Historias del norte

Javier Treviño Cantú
El Norte
1 de agosto de 2007

Los medios de comunicación han sido uno de los principales motores de la democratización de México. La prensa escrita y los medios electrónicos han jugado un papel determinante en este proceso y, sin embargo, hoy sus esfuerzos parecen estar quedándose cortos. Sobre todo, en el terreno del periodismo de investigación.

Ante la presión impuesta por internet, los periódicos buscan rivalizar con la radio y la televisión a través de sus sitios electrónicos. En el camino, pueden perder su esencia. Como señaló hace poco el escritor Héctor Aguilar Camín, leyendo los diarios mexicanos "uno se entera de lo que pasa sin entender lo que sucede". Tiene razón. La mayoría de los periódicos se están convirtiendo en un espacio donde se multiplican narrativas inconexas, que acaban perdiéndose en el tiempo. Cada nuevo escándalo sepulta al anterior. Los hilos quedan sueltos.

La tendencia resulta conveniente para algunos actores. En especial para los gobiernos, que siempre han sido el principal objetivo de atención periodística. Ante un público saturado de noticias "sueltas", si un gobierno logra superar la primera andanada mediática cuando ocurre algún asunto delicado, puede esperar que la atención vaya diluyéndose, hasta que surja el nuevo tema que acapare las primeras planas.

Algo de esto parece estar ocurriendo con la estrategia del actual gobierno mexicano en lo que toca a su política de seguridad internacional.

Como no se veía desde el sexenio de Miguel de la Madrid, casi toda la información sobre las acciones que aparentemente se están impulsando para promover nuevos esquemas de cooperación en materia de seguridad a nivel regional -tanto con Estados Unidos como con Centroamérica y Colombia- nos están llegando a través de la prensa extranjera. O, en el mejor de los casos, mediante breves apuntes de los principales corresponsales mexicanos en Washington.

Por ejemplo, a mediados de marzo, después de la visita del Presidente Bush a Mérida, el Presidente Calderón invitó al corresponsal del Washington Post a que lo acompañara en el TP-01 durante un vuelo de Mexicali al DF. Ahí, el Mandatario mexicano habló sobre su visión y definió la relación bilateral como "compleja y difícil", y calificó de "absurdas" las políticas estadounidenses para ejercer un mayor control fronterizo, incluyendo la construcción del muro. Con ello reafirmó una estrategia basada en el reclamo público como base para replantear los términos de la cooperación bilateral.

El 3 de mayo, el San Antonio Express News reportó que el gobierno de Estados Unidos había decidido entregarle a la AFI un sofisticado sistema para interceptar llamadas telefónicas, correos electrónicos y otras formas de comunicación electrónica. Ese mismo día, el Embajador mexicano ante Washington "aclaró" que el sistema no era una transferencia de gobierno a gobierno, sino que había sido comprado directamente por México, lo cual fue reportado al día siguiente por EL NORTE y otros medios.

Sin embargo, a finales de ese mismo mes, Los Angeles Times precisó que los fondos para la adquisición del equipo sí provenían del Departamento de Estado. "Es una operación del gobierno mexicano financiada por los Estados Unidos", señaló en una cita textual Susan Pittman, funcionaria de ese Departamento, quien pidió que cualquier pregunta al respecto se le hiciera al gobierno de nuestro país. Pero aquí nadie pareció interesado en aclarar de quién es el equipo, con qué dinero se pagó, cuáles fueron las condiciones impuestas para comprarlo y, lo más importante, si hay algún acuerdo para compartir la inteligencia que se derive de su uso.

La historia desapareció gracias a la controversia desatada por la negociación del supuesto "Plan México". El 10 de mayo, la información nuevamente provino del norte, ahora a través del Dallas Morning News. El tema generó un poco más de interés en nuestro país, pero la discusión se limitó a rechazar que esto pudiera representar un esfuerzo similar al "Plan Colombia", ya que no incluiría la participación directa de asesores militares estadounidenses en territorio nacional.

La atención sobre el "Plan México" fue disminuyendo, hasta que el Representante Silvestre Reyes reactivó el tema en la 46 Reunión Interparlamentaria, a principios de junio, en Austin, Texas. Al confirmar frente a los legisladores mexicanos que se había solicitado más ayuda para combatir al narcotráfico y la delincuencia organizada, Reyes volvió a agitar la tormenta. En el Senado las voces se alzaron para exigir que el gobierno mexicano explicara el alcance de las negociaciones. Y, como siempre, desde entonces no se supo nada más.

El tema del "Plan México" desapareció ante el nuevo escándalo desatado desde Estados Unidos, ahora por Zhenli Ye Gong. La historia sobre el supuesto origen de los 205 millones de dólares asegurados en la casa de Las Lomas, urdida por sus abogados estadounidenses, capturó la atención de los medios mexicanos. Ahora que Estados Unidos decidió procesarlo allá antes de considerar la solicitud para que sea extraditado a México, la información sobre las corruptelas que permitieron la importación de la seudoefedrina se convertirá en historias periodísticas que seguirán viniendo del norte.

Wednesday, July 18, 2007

Guerra ciberespacial

Javier Treviño Cantú
El Norte
18 de julio de 2007

¿Cuándo fue la última vez que habló por su teléfono celular? ¿Cuántas veces al día revisa su Palm, su BlackBerry o su mismo celular para ver si le llegó un nuevo correo electrónico o un mensaje de texto? ¿Maneja su cuenta bancaria por internet? ¿Ha hecho reservaciones, comprado boletos para un evento o realizado algún trámite de gobierno en línea? ¿Está leyendo este artículo en la edición impresa o en elnorte.com?

Desde principios de los 90, el avance de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) ha mantenido un paso frenético. Las TIC han ganado tanto terreno, en tan poco tiempo, que hacer prácticamente cualquier cosa sin ellas ya resulta inimaginable. En muchos sentidos, nos han dado mayor libertad y, por lo mismo, seguridad.

Sin embargo, las TIC también nos han hecho más vulnerables. Dependemos cada vez más de ellas. Por eso, cuando fallan o, peor aún, cuando se usan para cometer delitos y realizar ataques en contra de alguna institución pública o privada, e inclusive un país entero, también pueden causar miedo y provocar consecuencias muy serias.

El temor al impacto tecnológico ha sido aprovechado desde hace mucho por la industria del entretenimiento. Películas como "Enemigo del Estado" mostraban la manera en que las TIC pueden ser usadas contra ciudadanos inocentes. Ahora tenemos un nuevo ejemplo, con el estreno de "Duro de Matar 4.0". Esta vez, Hollywood busca explotar el miedo a quedar desconectados.

La inseguridad que provocan las TIC no es gratuita. Estamos viendo cómo se multiplican todo tipo de virus y amenazas informáticas. Crímenes como el "robo de identidad" son cada vez más comunes, y las redes multinacionales dedicadas a la pornografía siguen creciendo. Los accidentes también ocurren con mayor frecuencia. A finales de junio, el daño a un cable de fibra óptica en las costas de Colombia dejó a millones de personas sin servicio de internet en cinco países de Centro y Sudamérica.

Pero el caso más grave registrado hasta ahora es el ataque masivo desatado hace poco en contra de toda la infraestructura informática de Estonia. De hecho, ya se le conoce como la primera guerra del ciberespacio.

Entre abril y mayo, durante tres semanas esta pequeña república perteneciente a la Unión Europea recibió un ciberataque tras otro. Según varios reportes periodísticos, los blancos incluyeron al sistema telefónico, los principales bancos, las dependencias de gobierno, el Parlamento, sitios de partidos políticos, diarios y estaciones de televisión.

El ciberataque fue despiadado. Por su duración sostenida y grado de sofisticación, difícilmente podría haber sido realizado por un "hacker" solitario. Las sospechas recayeron en Rusia, el poderoso vecino con el que Estonia ha tenido una difícil relación. El enfrentamiento más reciente se debió a la decisión de retirar la estatua de un soldado soviético que conmemoraba la II Guerra Mundial.

Las autoridades de Estonia esperaban algún tipo de reacción, pero nunca se imaginaron la dimensión que tendría. El Gobierno ruso negó haber tenido alguna responsabilidad, y el carácter anónimo de la ciberofensiva hace casi imposible identificar a los culpables.

Pero lo que sí quedó claro es que la propia naturaleza abierta de internet, y el éxito de las políticas públicas que ha impulsado Estonia para promover la conectividad, hicieron más vulnerable la seguridad nacional de este país.

El Reporte Global de Tecnología de la Información 2006-2007, del Foro Económico Mundial y la escuela de negocios INSEAD, describe la forma en que Estonia ha logrado convertirse en uno de los países más avanzados en el uso de las TIC. El liderazgo de Maart Laar, quien fuera Primer Ministro entre 1992 y 2002, ayudó a que Estonia desarrollara una regulación y un entorno propicios para la conectividad, al grado de que hoy todos sus ciudadanos tienen acceso gratis a internet de banda ancha desde cientos de ubicaciones en todo el país.

Los avances registrados hicieron que Estonia pasara del lugar 23, en el Índice de Conectividad 2005 del Foro Económico Mundial, al sitio número 20 en el del 2006-2007. Aunque México sigue muy retrasado en este terreno, también ha registrado cierto progreso. En el 2005 ocupamos el sitio 55, mientras que en el más reciente índice estamos ubicados en el lugar 49.

Para México, la primera guerra ciberespacial deja al menos dos lecciones. Una es que, conforme crece nuestra propia conectividad, tenemos que dedicarle mucha mayor atención a todo lo relacionado con la seguridad informática. De acuerdo con la Asociación Mexicana de Internet, este año habrá en México casi 23 millones de "internautas", los cuales navegan a través de 63 millones de teléfonos celulares y 15 millones de PC, de las cuales 59 por ciento están conectadas a internet.

La otra lección es que México tiene que participar activamente en el debate que deberá darse pronto en los foros multilaterales. Como señala la revista The Economist, debemos definir con urgencia un código internacional que precise los distintos tipos de cibercrímenes, y la forma de castigar a nivel nacional uno de los fenómenos globales más peligrosos de nuestro tiempo. Si no lo hacemos, un día nos vamos a quedar desconectados.

Wednesday, July 04, 2007

Epitafio

Javier Treviño Cantú
El Norte
4 de julio de 2007

La reforma migratoria que se discutía en el Senado de Estados Unidos finalmente murió la semana pasada. Apenas unos días antes había caído en coma, después de que el líder de la mayoría demócrata, Harry Reid, la retirara de la agenda legislativa por la interminable avalancha de enmiendas para "mejorarla".

El Presidente George W. Bush se negó a darse por vencido. Echó mano de todos los recursos que le quedaban para tratar de salvar la última iniciativa de política interna significativa de su periodo final. Era la única posibilidad de equilibrar el legado histórico de su presidencia, definido ante todo por el peso mayúsculo del fracaso en Iraq.

Sin embargo, la misma decisión con la que buscó revivir la propuesta resultó contraproducente. Al hacer tan evidente su interés -o desesperación- por obtener un último triunfo, acabó por escribir su epitafio. La percepción de que la administración del Presidente Bush se encuentra en fase terminal hizo que hasta sus antiguos partidarios republicanos lo abandonaran. Fue una tragedia.

Pero si bien la propuesta murió, de causas políticamente naturales, su cadáver quedó insepulto, y ya empezó a descomponerse. Como dijo el Presidente Calderón, el problema ahí sigue, con sus consecuencias inmediatas para la clase política de los Estados Unidos, y para otros gobiernos. También sigue ahí el impacto negativo para los indocumentados que ya están del otro lado de la frontera, así como para los que pueden ver en esta coyuntura una última oportunidad para tratar de llegar al mercado laboral estadounidense.

La primera víctima política de la tragedia migratoria es el Presidente Bush. A un año y medio de que acabe su mandato, esta derrota oficializa su condición de "lame duck", el término que se usa en Estados Unidos para un Mandatario sin capacidad de maniobra.

Otras víctimas son los candidatos a la Presidencia. Hasta ahora, el más perjudicado ha sido el Senador John McCain. Pero el impacto será resentido por todos los aspirantes del Partido Republicano, que verán alejarse nuevamente de sus filas al electorado "hispano", el segmento de la población de más rápido crecimiento, y que puede inclinar la balanza electoral en varios estados.

Los candidatos del Partido Demócrata también sufrirán las consecuencias. En lugar de estar a la altura del mandato que los llevó a recuperar el control del Congreso, los demócratas volvieron a jugar con fuego político al tratar de quedar bien con los grupos de interés proteccionistas que los apoyan, como el sindicato de transportistas, y con un electorado inseguro frente al alcance de una reforma tan amplia.

Los más afectados, sin duda, serán los inmigrantes. Los que ya se encuentran en Estados Unidos verán que las medidas para detectarlos y deportarlos se endurecen, así sean de las autoridades federales, estatales o locales. Según el diario Washington Post, tan sólo entre enero y mayo de este año se han presentado mil 100 iniciativas a nivel estatal para impedirles que obtengan empleo, vivienda, licencias de manejo y servicios básicos.

Además, el hecho de que la discusión haya quedado en el limbo, puede representar un escopetazo de salida para cientos de miles de migrantes potenciales. La construcción de la barda física y de la valla virtual va a seguir. Antes de que terminen de levantarse, y ante la posibilidad de una futura reforma migratoria que les permita regularizar su estancia, los que dudaban probablemente se decidirán a emprender el viaje antes de que sea demasiado tarde.

Todo esto coloca al gobierno mexicano en una situación delicada por dos razones:

En primer lugar, porque debe cuidarse de no hacer un cálculo equivocado. Estados Unidos sigue siendo la única superpotencia. Creer que se pueden obtener concesiones, dictar condiciones o renegociar los términos de la relación bilateral mediante declaraciones altisonantes puede ser un error de consecuencias inimaginables. Los espejismos son peligrosos. No contamos con una posición de fuerza relativa frente a la debilitada administración Bush.

En segundo lugar, porque si bien la "desmigratización" de la agenda bilateral ha aliviado cierta presión, los ataques mediáticos seguirán basándose en el argumento de que México es el principal causante del "problema" migratorio que vive Estados Unidos. La discusión es más profunda de lo que pensamos. Se está debatiendo la esencia misma de la nación americana. El peso que va a tener el tema migratorio en el debate electoral del próximo año puede llevar a un aumento de las recriminaciones en contra de un Gobierno mexicano que llegó al poder prometiendo una mayor creación de empleos.

En lo que Estados Unidos se decide a retomar el asunto, el Gobierno mexicano enfrenta un triple reto: primero, reforzar la red consular en Estados Unidos, para proteger los derechos de los mexicanos que ya se encuentran allá; segundo, establecer mecanismos de coordinación mucho más eficientes con las autoridades locales y federales, para evitar que la frontera común acabe por convertirse en un barril de pólvora que pueda estallar en cualquier momento; y tercero, prepararse para definir la estrategia que seguirá una vez que la próxima administración ocupe la Casa Blanca en el 2009.

Wednesday, June 20, 2007

Cuestión de logística

Javier Treviño Cantú
El Norte
20 de junio de 2007

Se calcula que un gramo de cocaína en las calles de Atlanta cuesta entre 80 y 100 dólares. En Miami, el precio va desde 20 hasta 110 dólares. En Chicago oscila entre 75 y 100 dólares. La DEA, la agencia antidrogas de Estados Unidos, tiene todas las métricas de cada mercado local en el vecino país.

En ocasiones, la mejor herramienta para el análisis es la aritmética. Colombia produce al año 545 toneladas de cocaína; Perú, 165, y Bolivia, 70. Si estas 780 toneladas se comercializan entre 50 y 100 dólares el gramo, resulta que los estadounidenses gastan, solamente en cocaína, entre 39 mil y 78 mil millones de dólares anualmente. A eso habría que agregarle lo que dedican a consumir mariguana, heroína, metanfetaminas y demás drogas.

Desde el 2000, el gobierno de Estados Unidos ha gastado 5 mil millones de dólares en el "Plan Colombia". Además, el presupuesto anual de la DEA rebasa los mil 600 millones de dólares. Pero la cocaína sigue en las calles de las principales ciudades estadounidenses. De eso no hay duda.

Hace unos días, The New York Times reseñaba la forma en la que esta droga ha vuelto a ponerse de moda. Después de entrevistar durante cinco meses a gente del mundo de las finanzas, el espectáculo y la vida nocturna de la ciudad que nunca duerme, la conclusión del diario es que el uso de la cocaína se ha generalizado.

Lo más preocupante es la actitud de indiferencia que existe. En parte, señala The New York Times, esto se debe a que la cultura popular estadounidense ha "asimilado" el consumo. En el cine, la literatura, la música y la televisión estadounidenses, utilizar drogas se ha vuelto "socialmente aceptable".

Como dice Joe Nye, el reconocido profesor de Harvard, es cierto que sus distintas manifestaciones culturales le han dado un gran "poder suave" a Estados Unidos. El problema es que, para el resto del mundo, ese poder suave se relaciona cada vez más con el uso de drogas duras. Por ello, cuando el Procurador General de la República, Eduardo Medina Mora, calificó de "cínica" la política antidrogas de nuestros vecinos, prácticamente no se alzó una sola voz en el gobierno de Estados Unidos para desmentirlo.

El Procurador tiene razón. Considerando que Estados Unidos declaró la "guerra" contra las drogas desde los años 70, la situación actual muestra el grado del fracaso. Aun así, desde el punto de vista estadounidense esta guerra ha incluido "batallas exitosas", pero que han tenido un grave impacto para nuestro país.

La más costosa quizás ha sido la batalla de Florida. Sus repercusiones las seguimos viviendo hoy en México -y en Monterrey- con una creciente intensidad.

A principios de los 80, casi 90 por ciento de la cocaína que entraba a Estados Unidos lo hacía por la ruta del Caribe. El Presidente Ronald Reagan estableció en 1982 la "South Florida Task Force", un grupo de trabajo a nivel de gabinete, dirigido por el entonces vicepresidente George Bush, para coordinar las acciones del Gobierno federal, estatal y local en el combate a la delincuencia organizada en el sur de Florida.

La operación fue tan exitosa que forzó a los narcotraficantes a reducir drásticamente sus actividades en la ruta del Caribe. Los logros demostraron que ninguna agencia de gobierno puede enfrentar al narcotráfico por sí sola. Para tener éxito se necesita contar con autoridad al más alto nivel, y coordinar esfuerzos entre todos los niveles de gobierno. Es una lección clave, que debemos valorar en nuestra propia lucha contra el crimen organizado.

Sin embargo, para México, la batalla de Florida tuvo un costo enorme, ya que la mayor parte del narcotráfico se desvió hacia la frontera que compartimos con Estados Unidos. En un artículo publicado en la edición de julio/agosto de la revista The Atlantic, Ken Dermota, periodista de la AFP, presenta un mapa que ilustra claramente las rutas de la cocaína. De las 780 toneladas de cocaína pura que se producen en Colombia, Perú y Bolivia, el 88 por ciento pasa hoy por México para llegar a Estados Unidos. Sólo el 9 por ciento de esos cargamentos lo hacen por el Caribe.

¿Qué pasaría si lográramos cambiar la ecuación? ¿Qué pasaría si, además de mantener los "operativos conjuntos", nos concentráramos en volver a tratar de "sellar" nuestra frontera sur y ejercer control pleno sobre nuestro mar territorial, el espacio aéreo y las aduanas? Así evitaríamos que México siga siendo utilizado como plataforma para llegar a Estados Unidos, y también podríamos impedir la entrada de drogas a un mercado nacional que crece cada día.

Lo único cierto es que, mientras haya demanda, seguirá habiendo oferta. La diferencia está en la logística. Si el costo de colocar la droga en el mercado estadounidense se vuelve demasiado alto, las organizaciones criminales buscarán nuevas rutas de acceso. Transporte y riesgo en cada etapa del camino hacen que aumente el precio de reposición de las drogas cuando son confiscadas.

Por su naturaleza transnacional, una operación "sellamiento" necesita una amplia cooperación con otros países, tanto con Estados Unidos, como con los países del Caribe, Centro y Sudamérica. La pregunta es si las acusaciones, los reclamos y las descalificaciones son la mejor política para lograrla.

Wednesday, June 06, 2007

Cinco pistas

Javier Treviño Cantú
El Norte
6 de junio de 2007

La segunda gira por Europa que está llevando a cabo en estos días el Presidente Felipe Calderón se parece a un complicado circo de cinco pistas, por los distintos espacios y planos en los que se desarrolla.

En la primera pista se encuentran los contactos programados a nivel bilateral en El Vaticano, Italia, Bélgica, Francia, Alemania y Dinamarca.

Las visitas al Vaticano siempre son delicadas para los mandatarios mexicanos, pero esta vez había varios temas que podían generar "ruido", como la impugnación de la PGR a la ley que despenaliza el aborto en el DF, las polémicas declaraciones del Papa en Brasil o la participación de la familia presidencial en la ceremonia de canonización de la fundadora de la orden religiosa del colegio al que asisten sus hijos.

Sin embargo, la gira arrancó bien. Calderón volvió a diferenciarse de su antecesor, al separar claramente los aspectos públicos y privados de la visita a la Santa Sede, y al lograr un equilibrio en el trato respetuoso y cordial, pero a la vez institucional, con el jefe de la iglesia católica.

La segunda pista de la gira se ubica en Bruselas, sede de las principales instituciones que soportan a la Unión Europea. A 50 años de haber comenzado el camino hacia la integración, Europa ha entrado a su siguiente etapa con la llegada al poder de nuevos líderes en Alemania, Francia y, próximamente, el Reino Unido. Su prioridad es buscar una opción para superar el rechazo a la Constitución europea, y quizás ello refleje la ausencia de una agenda más amplia para la visita del Presidente Calderón, así como la falta de un encuentro con el Presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso.

La tercera pista está en el balneario alemán de Heiligendamm. Ahí se realiza la reunión del Grupo de los 8 países más industrializados del mundo, a la cual nuevamente fueron invitadas las cinco principales "economías emergentes", incluyendo a México, en lo que ya se conoce como el G8+5.

La presencia de nuestro país en estos encuentros anuales es clave para reafirmar la percepción de que México tiene un papel que jugar en la solución de los grandes retos globales, como es el caso del cambio climático. Éste es el tema central de la reunión del G8+5, y la Academia Mexicana de Ciencias, junto con las instituciones de los otros 12 países que asisten a la reunión, participó en la elaboración de la agenda científica y tecnológica que se discutirá en Heiligendamm.

Sin embargo, las diferencias fundamentales respecto a este tema prioritario entre Estados Unidos y la anfitriona del evento, la Canciller alemana Angela Merkel, permiten anticipar serias dificultades para alcanzar un acuerdo definitivo. Lo más delicado, al menos para México, es que la situación acabe polarizándose, al grado de que los invitados se vean forzados a tomar partido por alguna de las dos opciones que han sido planteadas hasta ahora. Y, en nuestro caso, eso podría significar la apertura de un nuevo espacio de fricción con nuestros vecinos del norte.

En este sentido, la cuarta pista de la gira por Europa vuelve a pasar por Washington. De hecho, el Presidente Calderón decidió incluir la relación con Estados Unidos en su agenda europea antes de partir hacia el viejo continente. En una entrevista con la agencia de noticias alemana DPA, volvió a insistir en que la causa de los problemas que enfrenta México con el narcotráfico y el crimen organizado, se deben principalmente a que Estados Unidos no ha hecho lo suficiente para reducir el consumo de drogas en ese país, ni para ejercer un mayor control fronterizo que permita evitar el tráfico de armas hacia México.

El lunes pasado, el tema volvió a surgir en las reuniones que sostuvo en Italia para conocer sus experiencias en la lucha contra la delincuencia organizada. Durante la conferencia de prensa que ofreció junto con el Presidente del Consejo de Ministros, Romano Prodi, Calderón nuevamente señaló que México está haciendo su trabajo, y que espera que Estados Unidos haga el suyo para superar este "problema común".

Finalmente, la quinta pista donde tiene lugar la gira, es la de la política interna de nuestro país. Desde un principio, el viaje estuvo ligado a este terreno, ya que el Presidente Calderón salió rumbo a Europa después de participar en la tormentosa asamblea del PAN. Además, la invitación a los dirigentes de los partidos políticos para que lo acompañaran en su comitiva, incluyendo al panista Manuel Espino, garantizaba que buena parte de la atención mediática se concentraría en este aspecto del viaje.

Durante la primera visita que realizó el Presidente Calderón a Europa, el pasado mes de febrero, cuando participó en el Foro Económico de Davos y luego fue a España, se generó la percepción de que el sentido de la gira se perdió en el laberinto de las confrontaciones con Venezuela y la dirigencia del PAN.

Ahora, habrá que ver si una gira que transcurre en cinco distintas pistas ayuda a cumplir el propósito de que Europa se convierta en una verdadera opción para equilibrar el peso que ejerce en nuestra política exterior la vecindad con Estados Unidos, o si solamente quedará en otra fuente de anécdotas y oportunidades perdidas.

Wednesday, May 23, 2007

Vieja historia de nueva reforma

Javier Treviño Cantú
El Norte
23 de mayo de 2007

La nueva propuesta bipartidista para reformar el sistema migratorio de Estados Unidos, que se está discutiendo en el Senado del vecino país, ha vuelto a desatar las pasiones políticas en Washington. Una y otra vez, la búsqueda de soluciones eficaces a este complejo reto se ha estrellado contra el muro político-electoral que rige la toma de decisiones en la capital estadounidense. La situación no es diferente en esta ocasión, y las posibilidades de que se concrete una reforma integral siguen pareciendo muy limitadas.

El reloj juega en contra de la administración Bush. La rapidez con la que se adelantaron los tiempos para la próxima elección presidencial le ha restado margen de maniobra. Ésta puede ser la última oportunidad que tendrá el Presidente Bush de lograr una reforma migratoria que sea parte de su legado. Por eso encargó al Secretario de Comercio, Carlos Gutiérrez, y al de Seguridad Territorial, Michael Chertoff, que encabezaran las negociaciones y atendieran las distintas preocupaciones de los senadores demócratas y republicanos para alcanzar un acuerdo viable.

Paradójicamente, al tratar de quedar bien con todo el mundo, los negociadores de la Casa Blanca parecen haber logrado el resultado contrario. Si bien esta iniciativa representa un avance, la complejidad de los equilibrios que se pretende alcanzar ha hecho que nadie quede del todo satisfecho con la propuesta dada a conocer la semana pasada. Por lo tanto, casi de inmediato empezó a recibir ataques de todas partes.

Algunos de los precandidatos republicanos a la Presidencia, como el ex gobernador de Massachusetts Mitt Romney, rápidamente señalaron que se debería cambiar el nombre de las nuevas visas "z", y llamarles visas "a", porque supuestamente representan una "amnistía" para los 12 millones de migrantes indocumentados que se verían beneficiados con un camino que podría llevarlos a obtener la ciudadanía.

La propuesta para crear un programa de trabajadores temporales, con base en la asignación de un sistema de "puntos", también fue criticada por asociaciones empresariales y organizaciones defensoras de los migrantes. Dado que los trabajadores ya no podrían ser "nominados" por alguna empresa para obtener una visa, no hay garantías de que lleguen al mercado laboral las personas que cada compañía necesita.

Además, existe la preocupación de que el modelo favorezca a futuros migrantes con mayores habilidades y preparación académica, a costa de trabajadores menos calificados, pero dispuestos a realizar trabajos en el sector agrícola, en la construcción, el cuidado de personas mayores y otros similares.

Más aún, el nuevo sistema de "puntos" acabaría con la tradición de promover la integración familiar de los migrantes que ya se encuentran en Estados Unidos. De hecho, ésta ha sido una de las principales preocupaciones de Nancy Pelosi, la líder demócrata de la Cámara de Representantes.

La postura adoptada por la dirigente política muestra uno de los principales obstáculos a la nueva propuesta: si bien existe una remota posibilidad de que el Presidente Bush obtenga el apoyo de suficientes legisladores republicanos, resulta muy difícil considerar que los congresistas demócratas vayan a cederle el gran triunfo político que significaría para él una reforma migratoria de fondo.

Finalmente, lo único en lo que parece existir un consenso bipartidista es en la necesidad de seguir reforzando el control de la frontera con México, antes de emprender cualquier nueva medida para que los migrantes indocumentados puedan regularizar su situación o participar en el programa de trabajadores temporales.

Se calcula que las disposiciones contempladas en el acuerdo, como la contratación de 18 mil nuevos agentes para la Patrulla Fronteriza, o la construcción de 600 kilómetros adicionales de bardas a lo largo de la línea divisoria, tardarían al menos 18 meses en estar listas. Eso significa que el verdadero proceso que podría llevar a los indocumentados actuales a convertirse en ciudadanos estadounidenses, estaría a cargo de la administración que ocupará la Casa Blanca a partir de enero del 2009.

La nueva propuesta en sí representa un avance, y el hecho de que se esté discutiendo la forma de mejorarla es una buena señal. Para México, sin embargo, el panorama no es demasiado alentador. Si bien muchos de los paisanos que ya están del otro lado podrían dejar atrás su condición ilegal, el proceso sería largo, lento y costoso. Por su parte, el programa de trabajadores huéspedes parece diseñado para migrantes de otros países, como la India, en donde cada año se gradúan casi medio millón de ingenieros que hablan inglés.

En cualquier caso, la reciente iniciativa de reforma migratoria implica un paso más en el cierre paulatino de la frontera que cada vez nos separa más de Estados Unidos. Es una vieja historia. Por su naturaleza internacional, el fenómeno migratorio exige compromisos y supone responsabilidades. La nueva propuesta que se discute en Estados Unidos dista mucho de ser una solución definitiva, por lo que México deberá mantener una política de protección a los derechos de los migrantes muy activa y, a la vez, tendrá que hacer su parte para crear más y mejores empleos en el País.

Wednesday, May 09, 2007

¿Ciudad exitosa?

Javier Treviño Cantú
El Norte
9 de mayo de 2007

¿Es Monterrey una ciudad exitosa? Hasta hace poco, en el resto de nuestro país -y en muchas partes del mundo- se le asociaba con factores positivos que le daban una buena imagen. Por lo general, las principales ciudades del mundo se identifican con un atributo en especial, y durante mucho tiempo la idea de Monterrey estuvo ligada a su carácter emprendedor e industrial.

La capacidad de su gente para sobreponerse a las duras condiciones geográficas y salir adelante generó una percepción positiva de Monterrey. Ser la cuna donde nacieron algunas de las compañías mexicanas más reconocidas, muchas de las cuales han alcanzado una importante dimensión internacional, también fue clave para proyectar una imagen "ganadora".

La calidad de las universidades, públicas y privadas, hizo que Monterrey fuera una ciudad atractiva. Jóvenes de otras partes de la República, o de América Latina, venían a estudiar aquí su carrera. Muchos se quedaban a trabajar y a formar una familia por las oportunidades que encontraban. Igualmente, muchas compañías de otros países decidían ubicarse en Monterrey por la calidad profesional de la gente que podían emplear.

A pesar de que estos atributos siguen siendo muy valiosos para la imagen de nuestra ciudad, hay que reconocer que varios factores negativos le están restando valor a la "marca Monterrey".

El domingo pasado, por ejemplo, leíamos en estas páginas sobre el desorden que existe en los anuncios espectaculares de nuestras principales avenidas. Los que vivimos aquí ya nos acostumbramos al triste y sucio panorama urbano. Pero si pensamos en los empresarios extranjeros que nos visiten por primera vez, será muy difícil cambiar la primera impresión negativa que se lleven.

Por supuesto, lo que más está afectando la imagen de Monterrey es la inseguridad. Al igual que otras ciudades del País, enfrentamos un reto muy grave, para el que no hay soluciones fáciles. Pero, a diferencia de otros sitios, lo que está pasando aquí es algo relativamente nuevo, y quizá por eso llama más la atención: hace un mes, el Gobierno de Estados Unidos amplió la advertencia para que sus ciudadanos tomen precauciones ante la violencia que impera en nuestra ciudad.

Esta situación puede cambiar si se toman las decisiones correctas. ¿O nos vamos a quedar con los brazos cruzados? La semana pasada, la revista The Economist publicó un interesante reportaje sobre el futuro de las ciudades. Apuntaba tres aspectos fundamentales para que las ciudades puedan tener éxito: 1) la capacidad de integrarse a la economía global; 2) la necesidad de contar con gobiernos y administraciones públicas eficientes; y 3) la disposición para que la ciudad se reinvente a sí misma.

Hoy en día, las ciudades de todo el mundo están compitiendo más que nunca para atraer inversiones, turistas y toda clase de recursos. Esto exige contar con infraestructura adecuada, condiciones competitivas en materia de costos e impuestos y profesionistas con las habilidades necesarias para trabajar en compañías internacionales.

Implica que necesitamos invertir más en educación y promover más alianzas entre las universidades, los negocios y los gobiernos. La competencia de hoy es por el talento. Monterrey tiene que convertirse en un centro de innovación, investigación y desarrollo a la altura de los mejores del mundo. De otra forma, tendremos muy poco que ofrecer a la economía global.

Como señaló The Economist, lo segundo que se necesita son gobiernos de calidad. Aquí hay mucho que hacer. Pero, antes que nada, esto significa que, en Monterrey y en todo nuestro país, necesitamos cambiar los términos de los mandatos municipales. No podemos seguir esperando los resultados que se necesitan de administraciones locales con una duración de tres años.

La Alcaldía de Monterrey, junto con el Gobierno del Estado, pueden tomar la estafeta y proponer un cambio de fondo en este terreno clave. Una posible opción serían periodos de cuatro años, como ya han hecho otros municipios, pero añadiendo una sola reelección consecutiva para un total de ocho años. Otra opción podría ser ampliar un periodo único a seis años. Sin un cambio institucional de este tipo, nunca vamos a tener autoridades locales que puedan ver más allá del corto plazo, ni desarrollar proyectos de largo alcance.

Por último, Monterrey tiene que reinventarse a sí misma. Existen muchos ejemplos exitosos a nivel mundial. Dublín en Irlanda, Sydney en Australia, Calgary en Canadá y muchas más han demostrado que sí se puede. Monterrey ya ha dado pasos importantes en este sentido. La idea de que se convierta en una "ciudad del conocimiento" va en la dirección correcta, pero toda la sociedad tiene que hacer un esfuerzo para concretarla.

Durante mucho tiempo tuvimos la suerte de contar con una valiosa "marca Monterrey". Desafortunadamente, en los últimos años la hemos erosionado en forma por demás irresponsable. La marca Monterrey no le pertenece ni al Gobierno del Estado, ni a la Alcaldía de la ciudad. Es de todos. Ante las fuerzas de la globalización, necesitamos una marca Monterrey que nos distinga por nuestro propio carácter, y por una historia de éxito de la que todos podamos sentirnos orgullosos.

Wednesday, April 25, 2007

Ni fragmentada, ni integrada

Javier Treviño Cantú
El Norte
25 de abril de 2007

La semana pasada se realizó un importante seminario internacional en la Ciudad de México para analizar si América Latina está en proceso de fragmentarse, o si, por el contrario, está en camino de avanzar en el viejo propósito de una mayor integración regional.

El seminario estuvo patrocinado por la Fundación Grupo Mayan y fue organizado por el ITAM, la revista Foreign Affairs en Español y el Centro Woodrow Wilson de Estados Unidos. Entre otras destacadas personalidades, participaron el escritor Mario Vargas Llosa, los historiadores Enrique Krauze y Eric Hobsbawm, el reconocido analista Francis Fukuyama, el Alto Representante de la Unión Europea Javier Solana, el Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, y el ex Presidente de Chile Ricardo Lagos, a quien tuve el honor de presentar, antes de que cerrara el evento con una conferencia sobre el tema principal del Seminario.

La discusión en torno a si América Latina se está fragmentando o integrando se ha intensificado a últimas fechas. Sin duda, parte de la razón tiene que ver con el activismo que ha desplegado el Presidente Hugo Chávez de Venezuela, y con la decisión que han tomado países como Cuba, Bolivia, Argentina, Nicaragua y Ecuador de sumarse a las iniciativas de Caracas.

La idea de que el subcontinente se encuentra ante una disyuntiva también tiene que ver con la construcción de un escenario mediático de confrontación. Las buenas noticias, como sería el caso de los avances en materia de integración, nunca resultan demasiado atractivas para llamar la atención de lectores, radioescuchas o televidentes. En cambio, las que se enfocan en las diferencias de los modelos económicos y políticos que se siguen en la zona, o en los choques de personalidades entre mandatarios, siempre ocupan las primeras planas.

La supuesta opción radical que tendría América Latina ante sí, obedece en buena medida a ese afán "reduccionista" al que se ha referido el ex Presidente Lagos. Hace unos días, en el discurso que pronunció en la ceremonia donde la UNAM le otorgó un Doctorado Honoris Causa junto a otros seis galardonados, Lagos volvió a plantear que es necesario enfrentar estos reduccionismos para encontrar soluciones complejas a los retos igualmente complejos que enfrentan nuestros países.

Por una parte, a pesar de compartir una herencia cultural común, la complejidad de América Latina se expresa en la multiplicidad de historias nacionales y experiencias singulares. Como apuntó Vargas Llosa, los esfuerzos de integración deben partir de la premisa que significa la falta de homogeneidad que caracteriza a la región, por lo que buscar un "colectivo uniforme" representaría el primer obstáculo a la integración.

Por otra parte, considerar que América Latina estaría en riesgo de "fragmentarse" implicaría desconocer la complejidad del entramado institucional que con tantos esfuerzos se ha ido construyendo a todos niveles desde hace más de medio siglo.

En el plano económico, por ejemplo, hoy se cuenta con acuerdos comerciales y aduaneros bilaterales, subregionales y multinacionales, que además de vincular a los países del área, unen a muchos de ellos con América del Norte, la Unión Europea o la Cuenca del Pacífico. Como sostuvo Jaime Zabludovski, "el TLC ha hecho más por la integración latinoamericana que 20 años de discursos retóricos integracionistas".

De hecho, una muestra de la voluntad que existe para seguir impulsando la unidad regional se dio en forma paralela al Seminario: su celebración coincidió con la cumbre sobre energía en Venezuela, donde los países de la rebautizada Unión de Naciones Sudamericanas acordaron establecer una secretaría permanente para este organismo en Quito, y adoptaron la "Declaración de Isla Margarita: Construyendo la Integración Energética del Sur".

Igualmente, en el terreno del diálogo político y la concertación se ha establecido toda una serie de instrumentos que incluso se traslapan. El Mecanismo de Tuxtla, el Sistema de Integración Centroamericana, el Grupo de Río, la Cumbre de las Américas, la Cumbre Iberoamericana y muchos otros se suman a una arquitectura basada en organismos multilaterales como la OEA.

Además, en el plano cultural se manifiesta con toda su fuerza el grado de identificación que existe entre los pueblos de Latinoamérica. De nueva cuenta, como dijo Mario Vargas Llosa, "sólo en el ámbito de la cultura hemos logrado una integración real. Es ahí donde se descubre que lo que nos une es más importante que lo que nos separa".

Más que prevenir una posible fragmentación, el reto pareciera consistir en darle un sentido renovado al esfuerzo que realizan los países latinoamericanos a través de todos estos mecanismos, para reducir el tamaño de las burocracias que los sustentan y agilizar sus respectivas tareas en favor de objetivos más precisos y alcanzables.

Debido a la extrema complejidad que implica, la plena integración de América Latina quizás sea una utopía. Pero, al menos, después de este excelente Seminario, hoy tenemos una idea más clara de que, como señaló el ex Presidente Ricardo Lagos, si nos lo proponemos y nos esforzamos, sigue siendo posible que algún día nuestra región "pueda hablar con una voz común".

Wednesday, April 11, 2007

Cumbre trascendente

Javier Treviño Cantú
El Norte
11 de abril de 2007

La decisión de realizar la Cumbre de Campeche para revigorizar al Plan Puebla-Panamá (PPP), como parte del esfuerzo del gobierno del Presidente Felipe Calderón por recuperar espacios de interlocución y liderazgo en América Latina, puede llegar a tener un impacto trascendental.

Este proyecto siempre estará asociado a su antecesor, Vicente Fox, quien lo lanzó en 2001, con todo lo que eso significa. Como en muchos otros casos, el ex Mandatario primero generó grandes expectativas con esta iniciativa, luego dejó de darle el seguimiento necesario para que fructificara, y acabó por generar la percepción de que resultó inoperante para fomentar el desarrollo y una mayor integración de toda el área.

Desde el inicio de su administración, Felipe Calderón ha hecho del contraste con la forma de operar que tenía el gobierno anterior una de sus principales herramientas de política. En este sentido, el "relanzamiento" del PPP puede verse como un esfuerzo más para reafirmar un estilo personal de gobernar. En realidad, es una oportunidad para demostrar que, si se le dedica una atención prioritaria, el Plan puede convertirse en un pilar de la política exterior mexicana.

Es difícil subestimar la importancia estratégica que tiene el PPP para nuestro país. Si bien el Presidente Calderón ha reiterado la intención de que México juegue un papel de liderazgo en toda América Latina, el "área natural de influencia" donde México puede, y debe, demostrar esta capacidad, es precisamente en la zona vecina.

A diferencia de América del Sur, en donde la actuación de México se verá equilibrada -o contrarrestada- por factores como el peso de Brasil, Mesoamérica ofrece la mejor opción para proyectar nuestra dimensión económica y geopolítica. No se trata tan sólo de una cuestión de tamaño o de recursos, sino de la capacidad para definir y conducir un proyecto viable, que contribuya al avance de los temas que conforman la agenda regional.

Después de la Cumbre de Campeche, esta agenda es un reflejo fiel de lo que nos une y, paradójicamente, nos distancia de la otra región clave para todos los países del área: América del Norte. En esencia, la agenda se centra en los mismos puntos clave: seguridad, migración y competitividad.

La cooperación en materia de seguridad se impuso en la Cumbre de Campeche. La amenaza planteada por las organizaciones dedicadas al narcotráfico y bandas criminales se ha manifestado con toda su fuerza este año en los límites de los tres "círculos concéntricos" que formarían el "perímetro de seguridad" regional:

1) La frontera entre México y Estados Unidos; 2) la frontera de México con Guatemala, país en donde, por ejemplo, a mediados de febrero fueron asesinados tres diputados salvadoreños al Parlamento Centroamericano, y luego los mismos policías que habrían cometido el crimen murieron en una cárcel de alta seguridad; y 3) el borde sur de Mesoamérica, entre Panamá y Colombia, donde cada vez surgen más muestras de la presencia de los cárteles mexicanos.

El segundo tema de la agenda, la migración, busca ser atendido por el PPP impulsando el desarrollo regional, pero también debe ser puesto en el contexto de las acciones emprendidas por el gobierno del Presidente Bush para reforzar el control sobre su frontera sur y lograr así una reforma migratoria integral.

En la medida en que el paso hacia el mercado laboral estadounidense se dificulte, la presión irá incrementándose para todos los países del área. Pero sobre todo para México. No sólo por el cierre de la "válvula de escape" para nuestros trabajadores, sino por los miles de migrantes provenientes de Latinoamérica que irán quedándose en territorio nacional ante la imposibilidad de cruzar a Estados Unidos.

Por último, la red de acuerdos comerciales que ya existen entre los países de Norte y Mesoamérica, aunada a los recientes acuerdos con Panamá, Colombia y Perú que deben ser ratificados por el Congreso estadounidense, ofrece bases para una integración económica mucho más profunda. Cada uno de los países mesoamericanos, empezando por México, tiene que hacer su propia tarea y, a la vez, trabajar coordinadamente en el marco del PPP para aprovechar al máximo las ventajas que ofrece este andamiaje institucional.

México ha buscado estrechar sus lazos con Mesoamérica de distintas formas. Desde los esfuerzos en los 80 para poner fin a los conflictos armados, pasando por la creación de la Comisión para la Cooperación con Centroamérica en 1990 y del Mecanismo de Tuxtla en 1991, hasta el PPP, se han acumulado una serie de instrumentos y experiencias que deberían permitir un salto cualitativo en la integración regional.

Por su importancia fundamental para la seguridad, estabilidad y prosperidad de toda la región, y en especial por el impacto que puede tener para recobrar el papel de liderazgo que nuestro país busca jugar en América Latina, los nueve puntos acordados para fortalecer al PPP deben recibir una atención verdaderamente prioritaria durante los próximos años.

El tiempo dirá si la Cumbre de Campeche marcó un auténtico parteaguas. Pero es un hecho que, de todas las áreas en las que el nuevo gobierno mexicano puede tener éxito diferenciándose del anterior, ésta es una de las más trascendentes.

Wednesday, March 28, 2007

Dos largos años

Javier Treviño Cantú
El Norte
28 de marzo de 2007

La semana pasada participé en la conferencia anual que organizan la Universidad Internacional de Texas A&M y el Tec de Monterrey, en donde se analizaron diversos aspectos de la relación entre México y Estados Unidos.

Entre otras cosas, discutimos sobre el impacto que tiene la llegada al poder de una nueva administración. En ocasiones, la coyuntura genera oportunidades para replantear el conjunto de la agenda bilateral. Otras veces sólo ofrece la posibilidad de un entendimiento temporal, hasta que otro relevo permita buscar nuevos espacios de negociación.

Los triunfos electorales en el 2000 de Vicente Fox en México, y de George W. Bush en Estados Unidos, abrieron una "ventana de oportunidad" para que el gobierno mexicano buscara redefinir a fondo la agenda con el vecino país del norte.

En cierta medida, gracias al "bono democrático" que produjo la derrota del PRI, el Presidente Fox y su equipo lograron colocar el tema migratorio en el centro de la discusión bilateral. Además, el cabildeo para poner fin al proceso de "certificación" en materia de cooperación antinarcóticos tuvo buenos resultados. Inclusive, el "bono" alcanzó para que México ocupara un asiento como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU entre 2002 y 2003.

Sin embargo, ese "bono" se devaluó. La posibilidad de un acuerdo migratorio quedó enterrada en los escombros de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. La falta de capacidad para comunicar las atinadas razones que llevaron al gobierno mexicano a rechazar la pretensión de que el Consejo de Seguridad aprobara la intervención en Iraq sumió a la relación en uno de sus momentos más difíciles. Y el tema de la seguridad regresó al primer lugar de la agenda bilateral, tanto por los atentados, como por el incremento de la violencia en la zona fronteriza.

Después de su reelección en noviembre de 2004, las prioridades para la administración del Presidente Bush se plasmaron en la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte. Desde su firma en marzo de 2005, la pérdida de capacidad negociadora por parte del gobierno mexicano saliente fue evidente, como también resultó evidente la pérdida de poder político de la administración Bush.

La recuperación del Congreso estadounidense por parte del Partido Demócrata, el empantanamiento en Iraq, los errores cometidos por un equipo gobernante que se había forjado una imagen de eficiencia operativa -y los escándalos derivados de estos errores- acabaron por restarle capacidad de maniobra al Presidente Bush.

En este contexto, la elección de Felipe Calderón después del turbulento proceso electoral y postelectoral de 2006 naturalmente generó espacios para revisar la agenda bilateral. Pero, a diferencia de su antecesor, el Presidente Calderón no llegó a su primera cita oficial con el Presidente Bush con un bono democrático, ni tampoco se encontró con un Mandatario estadounidense en plenitud política.

El tono y el contenido de la reunión que se celebró hace un par de semanas en Mérida mostró que la agenda bilateral entre México y Estados Unidos está en un proceso de transición que, por lo pronto, durará dos años, hasta que la próxima administración tome el poder en enero del 2009.

En su comparecencia ante el Senado, el nuevo Embajador de México en Washington, Arturo Sarukhán, señaló que su trabajo se dividiría en un "ciclo corto", donde buscaría cabildear a favor de una reforma migratoria integral, y un "ciclo largo". El primero iría hasta fines de noviembre, antes de que toda la clase política del vecino país se enfoque en las elecciones del próximo año. Por su parte, el "ciclo largo" comenzaría una vez que el ganador de la contienda llegara a la Casa Blanca.

El problema es que la elección de 2008 se adelantó, y junto con Iraq, el tema migratorio ya es uno de los más controvertidos. Inclusive está provocando que precandidatos como el Senador republicano John McCain cambien su postura, para evitar que se les asocie con una supuesta "amnistía" para millones de trabajadores indocumentados.

La nueva propuesta que presentaron los representantes Jeff Flake, republicano de Arizona, y Luis V. Gutiérrez, demócrata de Illinois, sumada al último intento del Presidente Bush para dejar una reforma migratoria de largo alcance como parte de su legado, ha hecho que renazcan las esperanzas.

Sin embargo, el tema ha probado ser tan complejo y riesgoso que difícilmente podrán superarse los obstáculos que enfrenta una reforma de este tipo en unos cuantos meses. Por ello, lo más probable es que el "ciclo corto" de la relación bilateral se extienda hasta el inicio de 2009.

Hay quien opina que lo único que México puede hacer en estos dos próximos años es "nadar de muertito". Eso sería un error. En Estados Unidos hay mucho que hacer para transformar nuestra red consular en un instrumento verdaderamente estratégico y promover mejor nuestros intereses.

Pero, sobre todo, la transición podría ser aprovechada por el gobierno mexicano para escoger sus batallas, generar resultados y acumular "fichas" para que, cuando se siente a la mesa con el próximo Presidente, o Presidenta, de Estados Unidos, cuente con más elementos para negociar y ofrecer algo más que los reclamos expresados en Mérida.

Wednesday, March 14, 2007

Saber decir 'no'

Javier Treviño Cantú
El Norte
14 de marzo de 2007

La gira por América Latina del Presidente George W. Bush no puede considerarse como un simple acto de escapismo político o un ejercicio de relaciones públicas. El viaje obedece a razones de fondo. Para toda la región, empezando por México, puede tener profundas consecuencias.

El viaje ha sido interpretado como un intento por distraer la atención de los escándalos políticos que siguen asolando a la Casa Blanca, y de la desastrosa situación que sigue imperando en Iraq. Pero más que un "descanso de primavera", lo que el Mandatario estadounidense parece estar buscando ante este panorama, son opciones para que el legado histórico de su administración no quede exclusivamente definido por una guerra injustificable.

En el plano interno está esforzándose por trabajar junto con los legisladores demócratas para sacar adelante iniciativas como la reforma migratoria, o evitar que le bloqueen los recursos necesarios para aumentar el nivel de las tropas en Iraq. Y, en el plano externo, desde que nombró a la Secretaria Condoleezza Rice para ocuparse del Departamento de Estado, y ahora con John D. Negroponte como su segundo de a bordo, la diplomacia estadounidense ha tomado un rumbo distinto.

El nuevo enfoque diplomático, definido por el propio Presidente Bush como "más discreto y efectivo", se ha reflejado, por ejemplo, en el acuerdo alcanzado con Corea del Norte, y en la mesa de diálogo que reunió este fin de semana a representantes de 13 países y de tres organizaciones internacionales en Bagdad.

Por supuesto, también se manifestó en la visita del Presidente Bush a cinco países de América Latina, incluyendo a México. En cada uno trató asuntos específicos, que interesan a los anfitriones. Sin embargo, todos y cada uno de los puntos abordados por el Mandatario estadounidense parecieron tener un mismo "hilo conductor".

A pesar de los esfuerzos de los comunicadores de la Casa Blanca y el Departamento de Estado, la percepción generalizada fue que la gira se diseñó con un solo objetivo: buscar un equilibrio al creciente peso del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

Era algo que se esperaba desde hace tiempo. Ante el vacío generado por la falta de atención estadounidense hacia la región, y gracias a factores como la bonanza provocada por los altos precios de los energéticos, el Mandatario venezolano ha logrado articular una opción al modelo de desarrollo impulsado por nuestros vecinos.

También se esperaba que Estados Unidos buscaría sumar aliados para tratar de recuperar el terreno perdido. Desde hace varias semanas, el semanario inglés The Economist sostuvo que son los países latinoamericanos los que estarían mejor ubicados para contrarrestar la influencia de Chávez.

Es una opinión que comparten personalidades como el ex Canciller Jorge Castañeda. En un artículo publicado el 7 de marzo en el diario Washington Post, señaló que, si recibe la "cobertura política y el apoyo financiero" que se requieren, el más indicado para enfrentar a Hugo Chávez sería el Presidente Felipe Calderón. Castañeda es un gran conocedor de la región, y sus opiniones son valoradas por los centros de decisión. Pero esta vez se equivoca. México no tiene nada que ganar entrando en una dinámica de confrontación con Venezuela.

México necesita hacer su propia tarea para recuperar los espacios de interlocución que perdimos en el área durante los últimos años, y concentrarse en aplicar una política exterior activa, con un gran oficio diplomático, que contribuya al desarrollo del País.

Antes que nada, el gobierno del Presidente Calderón tiene que definir la forma en que buscará conducir la relación con Estados Unidos durante los dos años que le restan a la administración del Presidente Bush, y preparar desde ahora el terreno para entrar a una nueva etapa cuando se defina quién será su sucesor. La clave es ver hacia el futuro.

En la reunión de Mérida entre ambos mandatarios vimos que el Presidente Calderón y su equipo desean impulsar una relación más equitativa, de corresponsabilidad frente a los retos que compartimos. Para lograrlo, lo primero que hay que hacer es ganarse el respeto de nuestros interlocutores actuando con seriedad, decisión y consistencia.

"Decir que no" siempre es algo muy difícil. De acuerdo con la reseña publicada en la revista Time, William Ury, director del Proyecto Global de Negociación de la Universidad de Harvard, señala en su más reciente libro que hacerlo pone de manifiesto la tensión entre la capacidad de ejercer el poder con que se cuenta para obtener resultados inmediatos, y mantener abiertas las opciones para seguir sosteniendo relaciones constructivas en el largo plazo.

Después de la gira latinoamericana de George W. Bush, México parece encontrarse precisamente en esta disyuntiva. Si lo que se busca a corto plazo es que nos sumemos, en forma directa o tangencial, a una "coalición de los dispuestos" a competir con Venezuela para contribuir a un legado histórico que no sólo pase por Iraq, habrá que estar dispuestos a decir que no. Con claridad, mucho tacto y, sobre todo, firmeza.

De otra manera, el canto de las sirenas puede hacer que el barco de la relación bilateral vuelva a encallar de aquí al 2009. Son dos años que no podemos desperdiciar.

Wednesday, February 28, 2007

Alianza de palabra

Javier Treviño Cantú
El Norte
28 de febrero de 2007

Hizo honor a su fama de ser un "mecanismo opaco". La reciente reunión de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN) pasó prácticamente inadvertida en nuestro país.

En parte, se debió a la fecha: viernes en la tarde, en Ottawa, por lo que era de esperarse que los artículos sobre el encuentro ministerial no tuvieran gran impacto. Los sábados no son el día que los periódicos tienen más lectores, ni los noticiarios la mayor audiencia. Pero, sobre todo, el reciente encuentro trilateral no llamó la atención porque no produjo anuncios espectaculares.

La ASPAN fue una iniciativa diseñada por la Casa Blanca para responder a tres preocupaciones estadounidenses: 1) las nuevas condiciones de seguridad tras los atentados terroristas del 2001; 2) las amenazas a su seguridad interna por la violencia en la frontera con México, el incremento en el flujo de trabajadores migratorios indocumentados y la porosidad de la frontera con Canadá; y 3) la pérdida de competitividad regional.

Desde que fue instituida en marzo del 2005, la Alianza ha pasado por cambios de gobierno tanto en Canadá como en México. El Primer Ministro Harper asumió el poder en febrero del 2006, poco antes de la reunión de Cancún en marzo de ese año. Ahora le tocó el turno a México, después de que Felipe Calderón tomara las riendas del gobierno mexicano en diciembre.

Sin embargo, ni Canadá ni México han aprovechado esas coyunturas para buscar un replanteamiento del esquema considerado originalmente por este peculiar espacio de diálogo y cooperación entre los tres países. Tanto México como Canadá asumieron que la agenda coincidía con sus propios intereses nacionales, y la nueva Canciller mexicana, Patricia Espinosa, así lo ratificó en la reunión del viernes en Ottawa.

Sin duda está en nuestro interés mejorar nuestra seguridad nacional, fortalecer la seguridad regional y hacer más eficientes los intercambios de bienes y servicios. El problema es que estas cuestiones tienen que ser vistas con distintas ópticas por naciones con grados de desarrollo tan diferentes como los de México y Estados Unidos, y por países con agendas que no siempre coinciden, como está ocurriendo entre Estados Unidos y Canadá.

En nuestro caso, la ASPAN tiene dos fallas estructurales: no incluye la migración como parte de los temas a discutir y nos exige una definición de fondo en torno a la cooperación militar que se requiere para cumplir sus objetivos.

La migración se ha vuelto un asunto de política interna para Estados Unidos. Nuestros vecinos deberán definir la reforma que requiere su sistema. Pero mientras no se decidan a considerarlo como un asunto que, por su naturaleza transnacional, también debe negociarse, hablar de prosperidad y competitividad regional seguirá siendo un ejercicio limitado.

En cuanto a la cooperación militar -la cual presupone una estrecha coordinación para establecer un "perímetro de seguridad norteamericano"-, el gobierno del Presidente Calderón primero deberá aclarar si siguen existiendo diferentes posturas al interior de su gabinete, ya que hasta finales del año pasado las Secretarías de la Defensa y de la Marina Armada dieron muestras claras de tener opiniones contrarias al respecto.

En el libro "Armada de México: Retos y Desafíos" que se publicó en el 2006, se señala que "en el contexto de la agenda de seguridad de la ASPAN, la SEMAR adquiere toda la responsabilidad y el peso de los compromisos del Estado mexicano, por lo que esta alianza debe ser considerada como el medio que impulse la consolidación del desarrollo integral de la Armada en los próximos años".

En cambio, cuando Estados Unidos creó en el 2002 el Comando Norte, el entonces Secretario de Defensa mexicano declaró que, a diferencia de Canadá, México no participaría en dicho organismo, y que reconocía como único contacto institucional para sus relaciones bilaterales al Pentágono. Esto no cambió a raíz de la creación de la ASPAN, y hasta donde es posible saber, la SEDENA sigue manteniendo una postura de "sana distancia" frente a sus pares del otro lado de la frontera.

La situación es compleja, porque una cosa es pedirle al Ejército que se coordine con las demás dependencias del gobierno para llevar a cabo los operativos conjuntos en contra del narcotráfico, y otra muy distinta es ordenarle que cambie todo su enfoque, su doctrina y su política de equipamiento para "compatibilizar" sus sistemas de comando, control, comunicación y computación con los del vecino.

Esto no significa que el Ejército mexicano no deba considerar esta opción. Pero hay que tomar en cuenta que es una decisión fundamental, con implicaciones muy profundas, no sólo en materia de seguridad, sino en términos políticos. Y, a dos años de que cambie la administración estadounidense, hay que valorar con extremo cuidado si se quiere dar un paso que tendrá repercusiones de lago alcance.

El tema requiere una reflexión, porque si México y Canadá no han hecho el intento por adecuar la agenda de la ASPAN a sus propias necesidades, es muy probable que, a partir de finales de 2008, el próximo inquilino de la Casa Blanca sí quiera replantear los términos de una Alianza que, hasta ahora, sólo es de palabra.

Wednesday, February 14, 2007

El Campus México

Javier Treviño Cantú
El Norte
14 de febrero de 2007

El lunes pasado asistí a un evento en la residencia del Embajador estadounidense Tony Garza. El motivo de la reunión fue conocer los avances de la Comexus, la Comisión México-Estados Unidos para el Intercambio Educativo y Cultural. Se fundó en 1990, y tuve el privilegio de copresidirla de 1994 a 1997. Entre otras actividades, se encarga de otorgar las becas Fulbright-García Robles, gracias a una de las cuales yo pude estudiar una maestría en políticas públicas en la Universidad de Harvard de 1985 a 1987.

Cuando consideramos algunos de los instrumentos para impulsar una mejor relación con Estados Unidos pensamos de inmediato en nuestra Embajada en Washington, en el Instituto Cultural que tenemos en esa misma ciudad, en los medios de comunicación y en las empresas de cabildeo.

También nos acordamos de la red de Consulados que tenemos prácticamente en toda la Unión Americana. Es una infraestructura admirada y envidiada alrededor del mundo. Además de atender los distintos trámites que deben hacer nuestros paisanos y proteger sus derechos, esta red consular nos da la oportunidad de cabildear a nivel local.

Sin embargo, existe otro instrumento que puede llegar a ser muy útil, si dejamos de desaprovecharlo y pensamos en la forma de darle un sentido estratégico. Se trata de la comunidad formada por los casi 14 mil estudiantes mexicanos que cursan algún programa en las universidades de Estados Unidos.

De acuerdo con "Open Doors 2006", el informe anual de movilidad académica internacional que publica el Institute of International Education con el apoyo del Departamento de Estado, durante el año escolar 2005-06 estuvieron inscritos en alguna institución de educación superior de Estados Unidos 564 mil 766 estudiantes provenientes de diversos países.

Las economías emergentes de Asia son las que tienen mayores contactos académicos con nuestro vecino del norte. De ese medio millón de estudiantes internacionales, poco más de 76 mil provenían de la India, unos 62 mil de China, casi 59 mil de Corea, otros 38 mil de Japón y más de 27 mil de Taiwán. Los otros dos países con un número significativo de estudiantes fueron Canadá, con 28 mil 202, y México, con 13 mil 931.

Estos casi 14 mil estudiantes mexicanos podrían ser considerados por el nuevo Gobierno federal como un activo de valor incalculable para mejorar a fondo nuestra relación bilateral más importante. Para lograrlo, habría que verlos no como un grupo disperso de historias individuales, sino como una comunidad que representa en conjunto a nuestro país. Habría que verlos como el "Campus México" en Estados Unidos.

Estudiar una licenciatura, un posgrado o alguna especialidad en el extranjero es una experiencia muy enriquecedora. En el caso de un país como Estados Unidos -aunque en casi en todas partes ya "se habla español"-, para obtener un grado académico superior hay que dominar el idioma, lo cual implica una apertura mental hacia "los otros".

Se entra en contacto con profesores de gran nivel, con las tecnologías más avanzadas y con gente de todas partes, que pueden llegar a formar una red global de contactos para toda la vida. Sobre todo, al estudiar en otro país se tiene una relación directa con su gente, con su cultura, sus valores y su forma de percibir al mundo. En pocas palabras, se puede entender mejor, y por tanto, apreciar más a ese país y a sus ciudadanos.

Sin duda, México y Estados Unidos necesitamos entendernos mucho mejor. A pesar de nuestra cercanía geográfica; de la creciente integración de nuestras economías; de los millones de mexicanos que viven y trabajan al otro lado de la frontera; de la enorme cantidad de estadounidenses que también vienen a estudiar, trabajar y vivir en nuestro País; y de una relación intercultural cada vez más intensa, seguimos sin valorar la importancia de convertir al conocimiento mutuo en la base fundamental que sostenga una mejor relación.

Los cerca de 14 mil universitarios de México que estudian en Estados Unidos son en sí mismos una excepcional historia de éxito. En la gran mayoría de los casos, han logrado su meta con muy poca ayuda del gobierno y enormes sacrificios por parte de sus familias. Son gente valiosa, que a su regreso pueden contribuir mucho al desarrollo de nuestro País, y también a que logremos tener un mayor entendimiento con nuestros vecinos.

Para darle forma al "Campus México" y poder apoyarlos, primero hay que saber quiénes son, en dónde está cada uno de ellos, qué estudian, cuáles son sus aspiraciones profesionales y cuándo deberán regresar. Con las tecnologías actuales, no se necesita un gran esfuerzo para lograrlo. Lo que se requiere es la visión política para considerarlos como uno de los recursos que pueden hacer grandes aportaciones a la construcción de una relación más firme, madura y benéfica para los dos países.

El próximo mes de marzo, cuando el Presidente Bush visite México como parte de su gira para reencontrarse con América Latina, seguramente tendrá muchos temas que platicar con el Presidente Calderón. Pero si ambos aspiran a dejar un legado de entendimiento mutuo entre México y los Estados Unidos, tendrían que dedicarle una atención prioritaria al tema de la cooperación educativa.

Wednesday, January 31, 2007

Agendas divergentes

Javier Treviño Cantú
El Norte
31 de enero de 2007

A pesar de que el avión presidencial no hizo una escala técnica en el vecino país del norte, la primera gira europea de Felipe Calderón acabó pasando por Washington. Como siempre, los aspectos más relevantes de nuestra política exterior se definen en función de los vínculos con Estados Unidos, y esta vez no fue la excepción.

Justo antes de partir rumbo al viejo continente, el Presidente Calderón recibió una llamada de George W. Bush. El mandatario estadounidense lo felicitó por las acciones emprendidas contra el crimen organizado, en especial por la reciente extradición de los capos del narcotráfico, y le reiteró su intención de promover una reforma migratoria integral.

La llamada me recordó el primer viaje al extranjero que hizo Bush después de haber sido electo. El 16 de febrero de 2001, cuando visitó a Vicente Fox en su rancho de San Cristóbal, la noticia no fue que ambos países buscarían un acuerdo migratorio bilateral. Para los medios de Estados Unidos y el resto del mundo, la nota se la llevó el anuncio de que el Presidente Bush había ordenado bombardeos contra objetivos iraquíes al sur de Bagdad, con lo que puso en claro sus verdaderas prioridades.

Casi seis años después, la llamada de Bush a Calderón vino a recordarnos que, por más que queramos buscar opciones, la verdadera prioridad en materia de política exterior para México se llama Estados Unidos.

De hecho, el objetivo manifiesto del viaje a Europa renovó un viejo propósito estratégico para nuestro país: reducir la "dependencia unipolar" -como la llamó el propio Presidente Calderón- frente a Estados Unidos, "diversificando nuestra interdependencia" con regiones como la Unión Europea.

Esto tiene sentido y, en términos generales, el mensaje de Calderón fue bien recibido en las capitales europeas que visitó. Sin embargo, la primera gira europea del sexenio seguramente será recordada por haber marcado la reanudación abierta de las hostilidades con Venezuela. Es otro tema clave para nosotros, y también pasa por Washington.

En su campaña electoral, durante la transición y en su primer discurso oficial sobre política exterior, Felipe Calderón insistió en que, durante su gobierno, México desempeñaría un papel de "liderazgo" en América Latina. Al mismo tiempo, sostuvo que no buscaría enfrentamientos con nadie y que trataría de recomponer las deterioradas relaciones con países como Venezuela. El problema es que las dos iniciativas son incompatibles.

Nuestra verdadera competencia por un supuesto liderazgo latinoamericano siempre ha sido con Brasil. Ahora, gracias al discurso presidencial en el Foro Económico Mundial de Davos y a las entrevistas otorgadas a dos periódicos españoles, esa contienda girará en torno a la forma en la que cada país juegue sus respectivas cartas diplomáticas frente al creciente activismo del Presidente Hugo Chávez. Por lo pronto, en el Foro de Suiza ya vimos quién está asumiendo el papel del "policía bueno", y quién el del "policía duro".

Al final, la resolución del asunto dependerá de la forma en la que Washington decida encarar el reto que le plantea una Venezuela aliada con Irán, y que gracias a los altos precios del petróleo cuenta con los recursos necesarios para conformar un bloque al que ya se han sumado Cuba, Bolivia, Nicaragua y, quizás, Ecuador.

Ante la falta de liderazgo estadounidense en la región, el país que se anime a confrontar directamente a Venezuela, ya sea solo o buscando formar una "coalición de los dispuestos" a frenar a Chávez, seguramente será acusado de servir a los intereses de la superpotencia continental. La pregunta es si el costo vale la pena.

Para nosotros la interrogante es fundamental, por que estamos a punto de redefinir nuestra relación con Estados Unidos. Va a ser un proceso muy complejo. En apariencia, las agendas de los dos países están tomando rumbos divergentes:

1. El Presidente Calderón quiere "desmigratizar" la relación, justo cuando el tema migratorio al otro lado de la frontera ha tomado una racionalidad político-electoral propia.

2. El gobierno mexicano lanza una campaña de alto riesgo contra el crimen organizado, al mismo tiempo que la "guerra" estadounidense contra las drogas pierde fuerza. Según un artículo del 22 de enero publicado en el diario Los Angeles Times, en los últimos cuatro años, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han reducido sus esfuerzos para interceptar drogas en tránsito en forma dramática.

3. Ante la inseguridad energética que padece Estados Unidos, entre otras cosas por la radicalización de la postura venezolana, el periódico Wall Street Journal comenta ampliamente en su edición del lunes pasado el "colapso virtual" del mega-yacimiento de Cantarell, lo que afectará la capacidad de negociación que nos da ser el segundo proveedor de crudo para el mercado estadounidense.

Son sólo algunos ejemplos del difícil camino bilateral que tendremos que recorrer durante los próximos dos años, hasta que se conozca al sucesor de George W. Bush y debamos volver a buscar un nuevo entendimiento con nuestros vecinos. Por ello, es momento de calcular con mucho cuidado los costos y beneficios de adoptar posturas radicales en materia de política exterior.

Wednesday, January 17, 2007

Dormidos en la última estación

Javier Treviño Cantú
El Norte
17 de enero de 2007

Las acciones iniciales y los esfuerzos de comunicación del Gobierno del Presidente Felipe Calderón parecen haberse orientado hacia un solo objetivo: superar con rapidez y contundencia lo que se podría llamar un "déficit de legitimidad". Sin embargo, su verdadero reto a mediano y largo plazo es otro. Se trata de la capacidad para alcanzar y mantener una gobernabilidad duradera, que permita impulsar el desarrollo sostenible de México, y proyectarlo en el escenario internacional como un actor relevante y respetado.

Como lo declaró el propio Presidente Calderón en su primera conferencia de prensa formal del domingo pasado, "el panorama que se vislumbraba" para su administración al arranque del sexenio era "terriblemente sombrío y desalentador". Aunque no se refirió a las causas que generaron esta percepción, existen por lo menos dos razones que pueden explicarla.

La primera es que si bien su triunfo electoral fue legalmente incuestionable, lo cerrado del resultado y la falta de disposición de uno de los contendientes para reconocer su derrota le exigían reafirmar su autoridad de inmediato. La segunda es que los enormes vacíos de poder causados por la falta de efectividad del Gobierno anterior, junto con la grave pérdida de prestigio que sufrió nuestro país en el escenario internacional, hacían indispensable reafirmar la capacidad de liderazgo que por definición debe caracterizar al titular del Poder Ejecutivo.

En otras ocasiones, esa necesidad de reafirmar una legitimidad cuestionada dio pie al uso de los famosos "chivos expiatorios". Hasta ahora, en cambio, el Presidente Calderón parece haber optado por una fórmula distinta: ha tratado de revestir con un fuerte contenido simbólico todas sus acciones de gobierno y ha emprendido un reducido número de iniciativas, pero que buscan tener un alto impacto mediático.

Esto se manifestó desde el momento mismo en que asumió el poder el 1 de diciembre. La inédita ceremonia, televisada en vivo y en directo desde Los Pinos al filo de la medianoche, tuvo un tono marcadamente castrense. Más tarde, en el Campo Marte se asumió como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas. Unos días después, refrendó este carácter de su investidura presidencial vistiendo una gorra y una chamarra de corte militar.

Lo hizo en un evento realizado en Michoacán, como parte de su primer gran acto de gobierno: el operativo conjunto entre el Ejército, la PGR y las Secretarías de Gobernación y de Seguridad Pública, para tratar de recuperar uno de los muchos espacios en donde los distintos niveles de gobierno habían dejado de ejercer su poder soberano frente al crimen organizado y la delincuencia común.

La semana pasada volvió a asumir su papel como líder indiscutible del Estado mexicano en un foro distinto: la reunión anual con los embajadores y cónsules de nuestro país.

Lo hizo mandando de nuevo una serie de mensajes simbólicos. Primero que nada, y también de manera inédita, en lugar de que nuestros representantes en el exterior fueran como todos los años a Los Pinos a recibir instrucciones, el Presidente decidió acudir a la nueva sede de la Cancillería para pedirles una lealtad sin ambigüedades al Gobierno que encabeza.

No fue solo. Acudió acompañado de casi todo su gabinete, de varios ex cancilleres, y de los presidentes de la Suprema Corte de Justicia, el Senado y la Cámara de Diputados. También del Jefe de la Oficina de la Presidencia, Juan Camilo Mouriño, quien junto con la Secretaria Patricia Espinosa, fueron los únicos en estar a su lado en el presidium. La señal fue clara: este funcionario jugará un papel importante en el diseño y la conducción de la política exterior.

El discurso del Presidente Calderón ante los embajadores y cónsules no resultó novedoso. En términos generales, básicamente refrendó los planteamientos hechos durante su campaña electoral. Aun así, al tocar la falta de avances en las relaciones con Europa hizo un señalamiento que puede indicar algo muy positivo. De manera totalmente inusitada, solicitó a los representantes de México en el viejo continente "identificar con autenticidad, con claridad en qué hemos fallado precisamente en el esfuerzo de profundizar esta relación".

En la política exterior del sexenio anterior, como en la canción de Álex Ubago, nos vistieron de traje y nos montaron en el tren que, según nos dijeron, llevaba al corazón del mundo. Pero nos quedamos dormidos; llegamos hasta la última estación y allí no había nadie. Nos quedamos solos.

Si la instrucción del Presidente se sigue al pie de la letra, puede ser un paso clave para realizar un diagnóstico de fondo, que permita determinar cuáles fueron los cuellos de botella donde se atoraron las posibilidades de aprovechar los instrumentos de diálogo y cooperación que tenemos con otros países, las diferentes regiones del mundo y los organismos multilaterales a los que pertenecemos, para replantear con visión estratégica nuestra futura actuación.

Contar con diagnósticos sólidos y confiables acerca de la verdadera situación del País es el primer paso para establecer políticas públicas eficaces y de largo alcance en lo interno y en la política exterior. Ésa es parte de la esencia de la gobernabilidad.

Wednesday, January 03, 2007

Alianzas diplomáticas

Javier Treviño Cantú
El Norte
3 de enero de 2007

La capacidad de crear valor quizás sea la mejor forma de medir el éxito a largo plazo de las empresas, y también de los gobiernos. Crear valor no significa maximizar ganancias a toda costa ni impulsar políticas públicas para producir resultados "cosméticos". Debe representar un esfuerzo sostenido, que genere beneficios para todos los que comparten un mismo propósito y están dispuestos a contribuir al logro de objetivos comunes.

Por razones evidentes, la forma de definir lo que constituye la creación de valor es distinta para el sector privado y la administración gubernamental. Pero para efectos prácticos, la consultoría Accenture desarrolló una fórmula que puede ser útil. En un estudio del 2003, planteó que un gobierno "crea valor sostenible para sus ciudadanos si produce resultados favorables con una creciente eficiencia en términos de costo-beneficio".

Esto puede servir como base para evaluar los resultados que se ha propuesto el nuevo Gobierno federal en tres áreas prioritarias: recuperar la seguridad, combatir la pobreza y crear empleos. Lograr avances en cada uno de estos terrenos dependerá en buena medida de las políticas públicas que se apliquen, y de la capacidad para coordinar esfuerzos dentro del País. Sin embargo, estos tres objetivos centrales también tienen un componente externo muy importante.

Algunas de las principales amenazas a nuestra seguridad provienen de fuera, en especial de las redes dedicadas al narcotráfico y el crimen organizado trasnacional. Para reducir la pobreza se requiere canalizar recursos de todo tipo a las zonas menos desarrolladas del País. Para crear empleos también se necesita atraer mayores inversiones productivas y ampliar nuestras exportaciones.

En resumidas cuentas, la creación de valor público pasa por nuestra política exterior. El problema es que en los últimos años el papel que debía jugar nuestra Cancillería se desdibujó. Aparte de la inmensa tarea para defender los derechos de los mexicanos que emigran a Estados Unidos, el valor que aporta la Secretaría de Relaciones Exteriores se volvió menos claro.

Por una parte, la falta de coordinación interna que distinguió al anterior Gobierno tuvo como resultado una contraproducente "atomización" de esfuerzos. Todas las Secretarías, muchas dependencias y todos los gobiernos estatales tienen sus propias áreas de asuntos internacionales, y cada una parece conducir sus respectivos asuntos con total independencia de criterios. Esto aumenta los costos y resta eficacia al conjunto de la labor que debe hacerse en las relaciones bilaterales con otros países, así como en los foros y organismos multilaterales a los que pertenecemos.

Por otra parte, la existencia de mecanismos e instrumentos dedicados a cuestiones específicas, como la promoción de nuestras exportaciones, parece haber disminuido las funciones que desempeñan nuestras representaciones diplomáticas. Igualmente, en lugar de contribuir a mejorar la imagen de México, las fricciones internacionales con varias naciones nos restaron estatura y capacidad de interlocución.

Ahora que está por llevarse a cabo la tradicional reunión anual de nuestros embajadores y cónsules, quizás sea el mejor momento para responder tres preguntas fundamentales:

1. ¿Cuál es el valor público que la Secretaría de Relaciones Exteriores, las embajadas y consulados deben producir?

2. ¿Cuáles son los actores que "legitiman" y "autorizan" al Servicio Exterior Mexicano para obtener los recursos presupuestales necesarios y así contar con la capacidad de emprender acciones concretas para crear valor?

3. ¿Cuál es la capacidad operativa de la Secretaría, las embajadas y los consulados, o qué inversiones e innovaciones tienen que desarrollar para generar los resultados deseados?

Las respuestas a estas tres preguntas formarían parte del "triángulo estratégico", diseñado por Mark Moore y un grupo de profesores de la Escuela John F. Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard. No sólo se trata de definir cuál es el valor público que debe generar la Cancillería, sino de convencer a los legisladores y demás servidores públicos para que compartan esa visión, y de construir una capacidad operativa en un entorno de recursos escasos, incertidumbre global y conflicto político interno.

Gran parte de lo que necesitan nuestros embajadores y cónsules no depende de la Secretaría de Relaciones Exteriores, y aunque no lo pueden controlar directamente, sí lo pueden promover y organizar. En especial, necesitan aliados fuera del sector público, y no hay mejores socios que las empresas mexicanas.

Las relaciones internacionales de México generaron valor económico en 2006. Cifras preliminares indican que nuestro comercio exterior sumó unos 500 mil millones de dólares. La inversión extranjera directa que llegó fue cercana a los 20 mil millones de dólares y las remesas de los mexicanos que viven en el exterior rebasaron esa misma cantidad.

Los diplomáticos mexicanos ahora deben diseñar una estrategia ganadora para trabajar en forma coordinada con las demás dependencias e instancias de Gobierno, establecer alianzas con el sector privado y esforzarse para recuperar el prestigio y la buena imagen de México. Eso no tiene precio.

Wednesday, December 20, 2006

El triunfo del poder suave

Javier Treviño Cantú
El Norte
20 de diciembre de 2006

¿Qué pueden tener en común Chetes, los mayas y Babel? Pues que son buenas noticias para México. El 2006 quizás pase a la historia como el año en que las diversas manifestaciones de la cultura mexicana brillaron con una gran intensidad.

Es un hecho que este año la imagen de nuestro país en el exterior sufrió un deterioro de proporciones incalculables. Las profundas tensiones desatadas por la elección presidencial confirmaron ante los ojos del mundo que nuestro proceso de transición democrática se encuentra empantanado.

Lo mismo ocurrió con nuestra economía. México es percibido como un país que desperdició oportunidades y condiciones inmejorables para realizar cambios que le ayuden a ser más competitivo. Esto se reflejó en la gran mayoría de los índices y estudios globales en donde seguimos atorados a media tabla.

El daño más grave fue causado por el clima de inseguridad e ingobernabilidad que vivimos en 2006. Situaciones como la violencia en la frontera norte, el asesinato de una pareja canadiense en Cancún, los decapitados en Acapulco, los plantones en el DF y el largo conflicto en Oaxaca derivaron en una cascada de alertas para los ciudadanos de varios países sobre el peligro que implica visitarnos.

Resulta difícil creer que algo pudiera equilibrar esta avalancha de imágenes negativas. Sin embargo, el "poder suave" que nos da nuestra cultura nuevamente salió al rescate. Ya lo había hecho al inicio de los años 90, cuando nos ayudó en la negociación del TLC de América del Norte. Octavio Paz había ganado el Nobel de Literatura, el público de Estados Unidos disfrutaba la exhibición "México: Esplendores de 30 siglos" y hasta tuvimos una Miss Universo. México estaba de moda.

En el 2006, nuestra historia prehispánica tomó la forma de una magnífica exposición sobre los "Tesoros de los sagrados reyes mayas", organizada originalmente por el Museo de Arte de Los Ángeles. Este año se presentó en el afamado Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

También fue reconocida nuestra gran tradición literaria. En abril, el Rey Juan Carlos de España entregó el Premio Cervantes al escritor Sergio Pitol. Es el tercer mexicano que lo recibe, después de Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Pero quizás lo más destacado del variado mosaico cultural del 2006 fue su renovado vigor. La cultura "mexicana" ha logrado adquirir un carácter cada vez más universal. Uno de los casos más emblemáticos es el de las telenovelas. El diario inglés Financial Times calcula que las producciones latinoamericanas tienen una audiencia global de 2 mil millones de personas en 100 países, y el periódico El País destacó que han logrado poner de moda el aprendizaje del español en países como Israel.

Las telenovelas se cruzaron con la música gracias al grupo RBD. Habrá quien discuta su calidad artística, pero sus ventas y los tumultos en sus conciertos en Estados Unidos, Brasil y el resto de América Latina, hablan de un producto mercadotécnico muy exitoso. En el extremo opuesto, la cadena de televisión pública estadounidense PBS transmitió "Al otro lado", un excelente documental sobre los corridos mexicanos. Y hace apenas unos días, el New York Times reseñó el éxito de un artista mexicano que estaría en el centro del espectro musical: Gerardo Garza, mejor conocido como Chetes.

Uno de los espacios donde nuestra vitalidad cultural brilló con luz propia fue en el cine. En un artículo publicado en octubre en el Financial Times, Ángel Gurría Quintana citaba a Jason Wood, autor de un libro reciente sobre este tema, quien sostiene que ya no se habla de "cine mexicano", sino del "cine de México".

El cambio no es un mero juego de palabras. Indica "el surgimiento de una generación de artistas con la ambición y la capacidad de dejar huella en la industria cinematográfica global". Las siete nominaciones a los Globos de Oro que recibió "Babel", la más reciente película de Alejandro González Iñárritu, y las 13 nominaciones a los Premios Goya de "El Laberinto del Fauno", que dirigió Guillermo del Toro, lo confirman.

Los ejemplos se multiplican, pero uno que sobresale es el del arquitecto Enrique Norten. Con un proyecto innovador, que incluye un edificio cilíndrico y una arquitectura de paisaje "ondulada", ganó el concurso para "reimaginar" el histórico campus de Rutgers, la Universidad Estatal de Nueva Jersey.

Es una de las instituciones de educación superior más antiguas de Estados Unidos, lo cual habla de la importancia que tiene una obra tan vanguardista como la que se propone construir Norten. Sobre todo, es un testimonio a la capacidad y al merecido prestigio que han ido acumulando un creciente número de arquitectos e ingenieros mexicanos.

Por razones evidentes, 2006 siempre estará asociado al año en que México caminó por el borde del precipicio. La tensión política llegó al límite, la economía mantuvo su vulnerabilidad estructural, y la violencia alcanzó niveles intolerables.

Sin embargo, con el tiempo 2006 puede llegar a ser valorado plenamente como el año en el que el "poder suave" de la cultura mexicana alcanzó uno de sus niveles más altos. Vale la pena recordarlo para apreciar el gran legado cultural de nuestro país, y confiar en que tiene un mejor futuro.

Wednesday, December 06, 2006

La promesa del águila

Javier Treviño Cantú
El Norte
6 de diciembre de 2006

El lunes pasado, el Presidente Felipe Calderón presentó la nueva identidad gráfica de la Presidencia de la República. Es un asunto relevante. Contar con una buena "marca país" se ha vuelto clave para tener una ventaja competitiva en la economía global.

Al igual que las empresas, los países compiten para ganarse la confianza de los consumidores e inversionistas, atraer turistas y contar con una imagen que genere respeto para negociar en las mejores condiciones con otros gobiernos y promover sus intereses en los medios, foros y organismos internacionales.

Desde el 2005, la Secretaría y el Consejo Promotor de Turismo dieron a conocer el logotipo que representaría visualmente nuestra "marca país". Es el nombre de "méxico", con la "m" minúscula y cada letra en un color distinto que vemos por todas partes. Es un esfuerzo importante, que seguramente ha contribuido a refrescar nuestra imagen y lograr que nos visiten un mayor número de turistas.

Sin embargo, una verdadera "marca país" va mucho más allá de un logotipo. La marca se compone de los distintos atributos que describen a un país en voz de nacionales y extranjeros. Es una cuestión de percepciones. Por ejemplo, el Índice Anholt-GMI (www.nationbrandindex.com) que se publicó el año pasado, midió las percepciones en torno a la cultura, la situación política, la competitividad comercial, la calidad del capital humano, el potencial para atraer inversión y el atractivo turístico de 25 países desarrollados y emergentes.

El primer lugar lo obtuvo Australia. México de nuevo se ubicó a media tabla, en el sitio 16, entre Brasil y Egipto. Las metodologías utilizadas en este tipo de estudios siempre generan controversias. Con todo, lo importante para nosotros es entender que, como se señala en la conclusión del Índice Anholt-GMI, la única forma de que un país tenga una buena reputación es ganándosela a pulso.

Las percepciones sobre un país pueden modificarse, pero no con acciones "cosméticas". Más allá de las campañas de comunicación y de los "slogans", si un país quiere mejorar su imagen tiene que hacer un esfuerzo sostenido, a largo plazo, para dar muestras contundentes de que puede cambiar.

Aquí es donde la propia identidad del Gobierno federal juega un papel determinante para proyectar una imagen de seriedad; de que tiene la capacidad para garantizar la seguridad de los que nos visitan e invierten aquí; de que podemos superar los retos que enfrentamos; y de que queremos reforzar nuestro estatus como un miembro destacado de la comunidad de naciones.

Con razón o sin ella, durante el Gobierno que terminó, el "águila mocha" acabó por simbolizar muchas de las fallas y deficiencias que se asociaban con la gestión del aparato federal. A lo largo de los últimos seis años, diversas voces se alzaron para cuestionar la falta de conocimiento y de respeto por la historia que llevaron a cercenar el emblema nacional.

La aparente disposición para negociar o, al menos, interpretar con laxitud preceptos legales fundamentales, también contribuyó a que el resquebrajamiento de la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales no causara mayor inquietud en el sexenio pasado.

Lo más grave es que el "águila mocha" se convirtió en la muestra tangible de un profundo vacío de poder, que terminó abriendo espacios para conflictos como el de Oaxaca; para la propagación de la violencia como forma de resolver prácticamente todo tipo de conflictos; o incluso para que cualquier ciudadano se autoproclame Presidente "legítimo" sin tener que enfrentar consecuencia alguna.

Desde el viernes en la madrugada tuvimos un adelanto de la nueva imagen que adoptó el Gobierno entrante. Al final del primer mensaje de Felipe Calderón como Presidente en funciones, apareció en la televisión un cuadro con el águila real íntegra, y unas barras en los colores verde y rojo de la bandera que se disolvían para dejar únicamente el escudo nacional y el nombre de la Presidencia.

Después del triunfo simbólico que significó la toma de protesta en la Cámara de Diputados, volvimos a ver la identidad renovada en el Auditorio Nacional. Tanto en los pendones que colgaban a la entrada como en el podium desde el que Calderón habló ya con la investidura de Presidente constitucional, destacó un aspecto de la escenografía: el "águila mocha" había desaparecido.

A pesar de que la página en internet de la Presidencia estuvo fuera del ciberespacio ese día, el sábado amaneció con una imagen rejuvenecida. Finalmente, el lunes por la tarde Felipe Calderón dio a conocer personalmente el nuevo sistema de identidad gráfica de todo el Gobierno federal.

Como todas las marcas, esta nueva identidad encierra una promesa. Representa el compromiso de que el Gobierno será el primero en respetar la ley, empezando por la que se refiere al uso oficial de nuestros símbolos patrios. También indica la voluntad de encabezar los esfuerzos para construir ese "México ganador" al que con tanta insistencia se ha referido el Presidente Calderón.

Ahora, como en toda campaña para "posicionar" una marca que ha sido renovada, lo que contará son las acciones que respalden la nueva imagen que se busca proyectar.