Sunday, May 22, 2005

La montaña rusa

Javier Treviño Cantú
El Norte
22 de enero de 2004

Esta semana inició formalmente la que promete ser una de las elecciones presidenciales en Estados Unidos más agresivas y competidas de su historia. A primera vista, el Presidente en funciones, George W. Bush, parece tener todo de su lado para ganar, pero enfrenta serios peligros internos y globales que pueden poner en riesgo sus intenciones de reelegirse.

Por su parte, los precandidatos del Partido Demócrata libran su propia lucha fraticida, poniendo en evidencia una de las debilidades estructurales de la democracia contemporánea. Mientras que el Presidente Bush no tendrá que desgastarse -política y financieramente- compitiendo con otros rivales republicanos, los Demócratas están enfrascados en un proceso donde las descalificaciones y los ataques siguen imponiéndose sobre las propuestas y los mensajes positivos.

En muchos países del mundo, incluyendo a México, uno de los principales desafíos para los partidos políticos es definir mecanismos que les permitan seleccionar a los mejores candidatos, sin tener que enfrentarlos entre sí. Las elecciones primarias erosionan las estructuras partidistas, indispensables para luego contender con los candidatos de los partidos rivales. Los precandidatos se concentran en recaudar fondos, comprar tiempos en la televisión y atacar a sus oponentes, lo que provoca un creciente desencanto entre los electores. Pero así está diseñado el sistema y, parafraseando a Churchill, hasta ahora la democracia ha demostrado ser el peor sistema de gobierno, con excepción de todos los demás.

Por ello, entre las primeras elecciones vecinales, los llamados "caucuses", que se llevaron a cabo el lunes por la noche en el estado de Iowa, y hasta que se defina quién será el candidato demócrata, la atención electoral estará enfocada en ese partido. Seguramente conoceremos al ganador después del "Súper Martes" 2 de marzo, cuando se celebran elecciones primarias y "caucuses" en 10 estados, entre ellos California. Mientras tanto, la contienda parece una auténtica "montaña rusa".

En una estrategia que tiene muchos paralelismos con la que siguió en nuestro país el hoy Presidente Vicente Fox, desde el año pasado el ex Gobernador de Vermont, Howard Dean, se adelantó al lanzar una precampaña innovadora, que hasta el lunes pasado parecía haberle dado una clara ventaja.

A pesar de su reconocida falta de experiencia en asuntos internacionales y de seguridad, existía una percepción de que la victoria del doctor Dean era "inevitable". Las razones eran simples: un mensaje agresivo para sacar de la Casa Blanca al Presidente Bush por haber llevado a Estados Unidos a una guerra innecesaria contra Iraq; el uso de internet para organizar a grupos de "Amigos de Dean" en todo el país; una gran capacidad para recaudar fondos; y una forma de hablar "franca y directa". Pero el puntero tropezó. El Senador por Massachusetts, John Kerry, vino de atrás para ganar la primera contienda en Iowa; el "populista" Senador por Carolina del Norte, John Edwards, quedó en segundo lugar y Dean sólo alcanzó el tercer puesto. El gran perdedor fue el veterano representante por Missouri, Richard Gephardt, quien ya anunció su retiro de la contienda.

El resultado fue una verdadera sorpresa, y ahora la mira está puesta en la elección primaria del próximo martes 27 de enero, en el estado de New Hampshire. Ahí, Howard Dean sigue adelante en las encuestas, aunque Kerry ahora está en un cercano segundo lugar, mientras que el general retirado Wesley Clark, quien decidió no participar en los caucuses de Iowa, espera su oportunidad para demostrar que es el único demócrata realmente capaz de retar al Presidente Bush en el espinoso terreno de la seguridad nacional.

En cualquier caso, quien resulte nominado por el Partido Demócrata enfrenta una tarea titánica: convencer al pueblo estadounidense de que debe "cambiar de caballo a mitad del río", justo cuando el país está en medio de una guerra global contra el terrorismo y en proceso de recuperación económica.

Según encuestas recientes, como la del diario Washington Post y la cadena de televisión ABC del pasado 19 de enero, 56 por ciento de los estadounidenses sigue pensando que la guerra en contra de Iraq fue una decisión correcta; y 55 por ciento confía en que el Gobierno pueda prevenir un nuevo ataque terrorista dentro de Estados Unidos. Salvo que esto último ocurriera, la ventaja del Presidente Bush en esta materia parece definitiva.

El mayor riesgo para el actual mandatario, entonces, estaría relacionado con la economía y con asuntos internos siempre delicados en términos electorales, como el sistema de seguridad social y servicios médicos, o la propuesta de reforma migratoria. De acuerdo con la misma encuesta, el 58 por ciento de los estadounidenses considera que la economía es el principal problema que enfrenta el país, y para un Presidente que ha visto evaporarse casi dos y medio millones de empleos desde que llegó a la Casa Blanca, la posibilidad de enfrentar a un electorado de desempleados es una auténtica pesadilla.

Diversos estudios muestran que, al igual que en el 2000, la sociedad y los votantes de Estados Unidos siguen polarizados. En la elección de hace cuatro años, George W. Bush y Al Gore obtuvieron prácticamente el mismo porcentaje de votos, 48 por ciento, y la victoria dependió más del complicado sistema electoral estadounidense y de la calidad de los abogados de cada candidato que del voto de la gente. Esta vez, las posibilidades de que Bush obtenga una victoria contundente, o que el resultado de nuevo sea parejo, siguen siendo las mismas: 50-50. ¿Alguien quiere jugar un volado?

El Futuro de las Américas

Javier Treviño Cantú
El Norte
8 de enero de 2004

De nuevo, Monterrey es sede de una cumbre internacional. El 12 y 13 de enero próximos se llevará a cabo aquí la Cumbre Extraordinaria de las Américas. El objetivo es promover el crecimiento económico con equidad, el desarrollo social y la gobernabilidad democrática, a través de una cooperación más activa y eficiente. Se dice fácil, pero la tarea es enorme.

A pesar de que todos reconocen las ventajas de la cooperación como un medio privilegiado para avanzar en los propósitos comunes y afrontar retos compartidos, en la práctica su ejercicio se dificulta. Los intereses de cada país no siempre coinciden, y no todos cuentan con las capacidades institucionales y humanas para obtener el máximo provecho de un instrumento verdaderamente estratégico.

Por ello, esta Cumbre Extraordinaria llega en buen momento. Han pasado casi tres años desde que se celebró la Tercera Cumbre de las Américas, cuando los jefes de Gobierno y de Estado democráticamente electos del Continente se reunieron en Quebec, Canadá, en abril de 2001. No sólo eso, sino que casi una tercera parte de los mandatarios que vendrán a Monterrey son nuevos en el cargo y nunca han participado en una reunión de este tipo.

Pero existe un elemento adicional. Esta Cumbre, en particular, puede representar una palanca para dar un nuevo impulso a la cooperación. Se trata de ir más lejos. Debemos lograr que se sumen no sólo los esfuerzos de los gobiernos nacionales, deben participar los estados y provincias de cada país, así como la academia, la iniciativa privada y las organizaciones multilaterales.

Ésta es, precisamente, la visión que llevó a tres de las principales instituciones académicas de Nuevo León, y al gobierno del Estado, a organizar una conferencia de alto nivel, previa a la Cumbre. Ahí se analizarán abiertamente los obstáculos que enfrentan los países de la región en sus estrategias de desarrollo. Más importante aún, se buscará definir propuestas concretas e innovadoras que permitan avanzar hacia una integración que reporte beneficios tangibles para la gran mayoría de los habitantes del Continente.

Adelantándose a las cancillerías de los países, la Universidad Autónoma de Nuevo León, el Tecnológico de Monterrey, la Universidad de Monterrey y el Gobierno de Nuevo León decidieron organizar en forma conjunta la conferencia sobre "El Futuro de las Américas", que se llevará a cabo mañana viernes y el sábado, en MARCO. Con un formato novedoso, se discutirá la integración de las Américas en la era del conocimiento; la importancia fundamental de elevar la competitividad del sector público y de las empresas; y el desarrollo económico y social más allá de los tratados de libre comercio.

Enrique Krauze y el Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Enrique Iglesias, dictarán conferencias magistrales. Se contará con la participación de personalidades del mundo político, empresarial y académico de primer nivel. Entre otros, destaca la presencia del Presidente de la Universidad de Arizona, Michael Crow, así como el de la Universidad de Texas en Austin, Larry Faulkner. También vendrán Thomas Malone, de la Universidad de Carolina del Norte; Carl Dahlman, del Instituto del Banco Mundial; y Donald Lessard, de la Escuela de Negocios Sloan del Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Entre muchas otras personalidades, estarán el ex Presidente de Costa Rica, Rodrigo Carazo; el Presidente del Diálogo Interamericano, Peter Hakim; la Rectora de la Universidad de las Américas, Nora Lustig; la Directora General de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en México, Giovanna Valenti; la reconocida investigadora de la Universidad de Toronto Sylvia Ostry; John Audley, de la Fundación Carnegie; y el Director del Programa sobre las Américas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, D.C., Sydney Weintraub.

En una etapa en la que el desencanto con la democracia amenaza con profundizarse en muchos países del Hemisferio, y cuando resulta evidente que sólo una cooperación equitativa y transparente puede contribuir a superar rezagos ancestrales y nuevas amenazas, este ejercicio de reflexión adquiere un gran valor.

La conferencia sobre el Futuro de las Américas arroja dos resultados inmediatos: en primer lugar, refleja la importancia del tema de la integración en todo el Continente; en segundo, es una muestra de la capacidad de convocatoria de las instituciones organizadoras. Pero, más importante aún, este esfuerzo representa una oportunidad invaluable para ofrecer una visión, y opciones de políticas alternativas, a los responsables de tomar las decisiones en cada país.

En particular, para Nuevo León, la Conferencia sobre el Futuro de las Américas representa la oportunidad de seguir avanzando en el propósito de convertir a nuestro Estado, y a nuestra ciudad, en un espacio donde el conocimiento sea la base de su desarrollo sostenible en el Siglo 21.

Con la cooperación de universidades, gobierno y sector privado vamos en el camino correcto para convertir el área metropolitana de Monterrey en una Ciudad Internacional del Conocimiento. Felicidades a la UANL, al Tec, a la UDEM y al Gobierno del Estado por esta afortunada iniciativa.

2004: ¿Otro año perdido?

Javier Treviño Cantú
El Norte
24 de diciembre de 2003

Mientras aquí no podemos ponernos de acuerdo, ni siquiera en lo más elemental, China promueve reformas constitucionales de largo alcance para fomentar una cultura empresarial.

El fin de año llega en medio de una insatisfacción generalizada por la falta de avances. En lugar de aprovechar el tiempo y tomar las decisiones necesarias para concretar las reformas requeridas, México sigue perdiendo terreno.

Mientras aquí no podemos ponernos de acuerdo, ni siquiera en lo más elemental, China promueve reformas constitucionales de largo alcance para fomentar una cultura empresarial y asegurar la protección legal de la propiedad privada, en un salto ideológico que muestra la seriedad y visión de un proyecto económico monumental.

A pesar del mismo discurso que oímos cada Día de la Marina, nuestro país en realidad es un barco a la deriva, sin capitán y sin rumbo. Como pocas veces en la historia reciente de México, nuestro destino parece escapar a nuestro control. No hay capacidad de impulsar políticas públicas que eleven la eficiencia del gobierno e incentiven el desarrollo de las empresas nacionales.

Nuestro crecimiento económico depende casi exclusivamente de lo que ocurra en Estados Unidos. Con el agravante de que las remesas que envían los migrantes se han convertido en una fuente de ingresos crecientemente importante.

Como se publicó en EL NORTE hace unos días ("Vive de remesas 6% de familias mexicanas", nota del día 21 de diciembre), en 2003 el monto puede superar los 14 mil millones de dólares. En dos años, el número de hogares que reciben remesas de Estados Unidos pasó de 1.2 a 1.4 millones: más de 200 mil nuevos hogares dependen ahora de lo que les manden los hijos y parientes que se vieron forzados a buscar en Estados Unidos las oportunidades que no encontraron en su propio país.

Sin esta válvula de auténtica seguridad nacional, la estabilidad del país se vería en peligro. Por ello se explica la insistencia del gobierno mexicano de buscar un acuerdo migratorio integral que, lamentablemente, no parece tener muchas oportunidades de alcanzarse.

El secretario de Seguridad Territorial, Tom Ridge, declaró a principios de este mes en Miami que había que darle "algún tipo de estatus legal" a los entre 8 y 12 millones de "ilegales" que viven en su país. Pero la Casa Blanca sigue sin definir con precisión qué significa esto. En realidad, las propuestas que se discuten actualmente en el Congreso estadounidense no plantean una solución de largo plazo para manejar este componente estructural de la relación bilateral.

Más aún, el 2004 es un año electoral, y el Presidente George W. Bush no parece tener ningún interés en gastar su capital político en un asunto que siempre genera controversia.

Con la elección presidencial en noviembre próximo, hay mucho en juego para nuestro país, y para el resto del mundo. El impacto de este proceso político interno tiene repercusiones globales, y al día de hoy todo parece indicar que el Presidente Bush logrará reelegirse. La captura de Saddam Hussein y las buenas noticias sobre el desempeño económico le han reportado ganancias en las encuestas: 59 por ciento de los estadounidenses aprueban en general la forma en que está conduciendo su gobierno, aunque apenas el 51 por ciento considera que está manejando bien la economía (Washington Post, 23 de diciembre).

Sobre todo, no parece tener ningún rival de cuidado. Howard Dean se está consolidando como el candidato del Partido Demócrata, pero sigue siendo un desconocido para la mayoría de los electores. Su falta de experiencia en materia de política exterior y seguridad nacional lo hacen un contendiente muy vulnerable frente al Presidente Bush.

Sin embargo, aún falta mucho para noviembre y todavía existen dos grandes peligros para el actual mandatario estadounidense: que la situación en Iraq se complique aun más y que la economía siga recuperándose, pero sin generar suficientes empleos.

Es alta la probabilidad de que la captura del dictador iraquí no acabe con los atentados terroristas y los ataques cotidianos en contra de las fuerzas de ocupación de Estados Unidos y de otros países. Con cada soldado muerto, la presión de la opinión pública y el fantasma de Vietnam seguirán creciendo.

Pero el factor que puede ser determinante para los afanes reeleccionistas del actual mandatario estadounidense es el desempeño de la economía. El impacto de la inversión tecnológica de los últimos años está reflejándose en una productividad histórica. Paradójicamente, eso significa que se necesita cada vez menos gente para producir lo mismo, por lo que a finales de 2004 el Presidente Bush puede enfrentarse a muchos electores desempleados y, por lo mismo, descontentos.

En este contexto, para México, el manejo adecuado de la relación con Estados Unidos se vuelve determinante. El gobierno debe poner mucha atención a la forma en que conduce su política exterior. Es una tarea de tiempo completo. Sin embargo, la incapacidad para aprender de los errores, la evidente falta de coordinación del gabinete, la creciente tensión con el Poder Legislativo, las recriminaciones y rencillas entre los diversos actores políticos y el distanciamiento con los sectores productivos del País, no auguran nada bueno.

En lugar de esperar sentados a que la recuperación venga del norte, deberíamos buscarla aquí, trabajando y enfocándonos en alcanzar los acuerdos mínimos para no seguir rezagándonos. De no hacerlo, el 2004 será otro año perdido.

Autismo político

Javier Treviño Cantú
El Norte
11 de diciembre de 2003

Cuando los intereses particulares y de grupo se imponen sobre los de las mayorías, el riesgo de que la enfermedad afecte todo el sistema se vuelve crítico, y hoy México puede caer en estado de shock.

El periodo ordinario de sesiones de la Cámara de Diputados está a punto de concluir, y de nuevo el saldo es negativo: mientras el Gobierno, los legisladores y los partidos políticos siguen en su lucha por el poder, el País se mantiene estancado y sin visos de mejorar.

Ante el trágico espectáculo en que se convirtió la negociación del paquete fiscal para el año próximo, parece evidente que la clase política de México sufre un grave caso de autismo. Como en la película "Rainman", que protagonizaran hace ya algunos años Dustin Hoffman y Tom Cruise, nuestros actores políticos siguen dando muestras contundentes de su incapacidad para relacionarse con la realidad que vive el resto del País.

Ante la falta de empleos, de inversiones productivas y de recursos para impulsar el desarrollo, los partidos y los legisladores responden con propuestas incongruentes, parches temporales y conflictos internos que afectan a toda la nación. Mientras la gente espera saber a qué tendrá que atenerse el año próximo en materia de impuestos, el PRI atraviesa por una de sus peores crisis desde que empezó a transformarse, de un partido de Estado, en un auténtico competidor.

De nuevo las empresas tendrán que esperar hasta el último momento para programar sus inversiones, porque el PAN no logra definirse como el partido en el gobierno y sus legisladores prefieren echar mano de trucos retóricos, en lugar de presentar opciones viables. El PRD sigue en contra de todo y a favor de nada -salvo lo que convenga a sus propios intereses de cara al 2006-, y el Gobierno sólo atina a dividir opiniones en lugar de sumar esfuerzos.

Como Raymond Bobitt, el autista interpretado por Hoffman, los actores políticos no parecen estar conscientes de lo que ocurre a su alrededor. No parecen darse cuenta del daño que le están causando al País, y de que cada día que se retrasa la definición de las reformas estructurales el costo de oportunidad crece exponencialmente.

Cada vez que "Rainman" se encontraba en una situación desconocida, recurría a la repetición mecánica de ciertas frases y movimientos. Seguramente, el año próximo seguiremos escuchando que los partidos están trabajando "por el bien de México", que "su único compromiso es con el País" y que lo que más les importa es "la gente", a la vez que seguiremos padeciendo megamarchas y movilizaciones que sólo parecen destinadas a reforzar las posiciones de sus promotores.

Al igual que "Rainman", el Gobierno confirma, por su parte, el déficit de aprendizaje que lo distingue desde un principio. Las divisiones públicas entre los principales miembros del gabinete y las constantes contradicciones siguen siendo el pan de todos los días. Peor aún, hemos sido testigos de una tendencia a "inflar" temas con la intención de que la ciudadanía presione a los legisladores para que los atiendan y, acto seguido, declarar que en realidad no eran tan importantes.

Por lo pronto, este año no se logró consolidar una reforma eléctrica que mejore nuestra competitividad internacional, y en el terreno fiscal lo más que se pudo lograr fue una "miscelánea" que ojalá mantenga el barco a flote. Con suerte, hasta mediados del año próximo sabremos si la Convención Nacional Hacendaria permitirá generar una verdadera reforma de largo plazo para captar más ingresos y gastarlos mejor.

Todos los días, nuestros autistas políticos refrendan la percepción de que no están a la altura de los retos que enfrenta México. Mas allá de la incapacidad para sacar adelante las reformas que se necesitan, el autismo de los actores políticos amenaza con descarrilar la consolidación de nuestra incipiente democracia. Con 10 elecciones estatales en puerta, cada proceso debería ser un peldaño para elevar la calidad de nuestro sistema político. Pero, ante la falta de resultados tangibles, crece el desencanto generalizado con la política y los partidos.

La gente se pregunta: ¿por qué debe votar? y, todavía más difícil, ¿por quién votar? La disociación entre el discurso político y la realidad provoca pesadillas reales para todos los que no son parte de la racionalidad del poder. Hace tiempo, el Presidente Fox declaró que había un "círculo rojo" formado por aquellas personas "que están muy metidas en las noticias, en la lectura de los periódicos, en la crítica, en el debate político, y que representan el 2 o el 3 por ciento de la población".

Por otra parte, añadía el Presidente, "está el círculo verde, que son 98 millones de mexicanos y mexicanas que todos los días se levantan a trabajar, que quieren tener una esperanza, que quieren ver a su país creciendo y mejorando, que quieren tener logros y resultados para que sus hijos vivan mejor. Es con ellos que me entiendo yo muy bien y con ellos que trato de dialogar intensamente, porque a mí me motiva mucho ese círculo verde, esa ciudadanía".

¿Será? El distanciamiento entre los "círculos verde y rojo" que vivimos hoy genera un vacío que ahoga todos los llamados a la cordura, la tolerancia y el entendimiento.

Cuando los intereses particulares y de grupo se imponen sobre los de las mayorías, el riesgo de que la enfermedad afecte todo el sistema se vuelve crítico, y hoy México puede caer en estado de shock.

¿Habrá alguna cura para el autismo político?

Suma cero: todos pierden

Javier Treviño Cantú
El Norte
27 de noviembre de 2003

En 1997, cuando el PRI perdió por vez primera la mayoría en la Cámara de Diputados, comenzó una nueva relación entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, a la cual pronto se sumarían el Judicial y otros actores políticos con una creciente capacidad de influencia: los Gobernadores de los Estados.

Esta etapa recibiría un nuevo impulso en el 2000, con la llegada del PAN a la Presidencia de la República. Desde entonces, el sistema político mexicano está en proceso de encontrar nuevos equilibrios. Sin embargo, las nuevas relaciones entre los tres Poderes, así como con los demás actores políticos, están determinadas por un juego que parece ser de "suma cero", en donde lo que ganan el Congreso y los otros actores lo pierde el Ejecutivo.

Quizás esto era inevitable, ante el gran poder que acumuló la Presidencia durante los años en que no existían verdaderos frenos ni contrapesos. En el escenario ideal, las facultades recuperadas por el Congreso y el Poder Judicial permitirían un verdadero equilibrio, en donde los tres Poderes, junto con los Gobiernos estatales, estuvieran dedicados a encontrar los mecanismos para compartir el poder y alcanzar los acuerdos que se necesitan para avanzar.

Lamentablemente, el terreno que ha perdido la Presidencia no ha sido aprovechado por los demás actores, y todos están enfrascados en una lógica de poder por el poder mismo, que no ha derivado en beneficios para el País.

Mientras el cinismo crece entre aquellos que se juran "foxistas de corazón", en el exterior existe una percepción cada vez más arraigada de la "disfuncionalidad" que afecta al sistema político mexicano.

El viernes pasado, Mary O'Grady, del influyente Wall Street Journal, comentaba el desaguisado en el que han convertido la nominación de Guillermo Ortiz para seguir al frente del Banco de México ("The Ortiz affair betrays Fox's weakness", 21 de noviembre). Este caso se suma a los muchos más en donde lo que impera son las señales cruzadas y una "ruptura" en la línea de mando, como lo describió el ex Canciller Jorge Castañeda en las páginas de este diario.

Lo que parece no entenderse es que, con cada fracaso en la operación política, lo que se pone en riesgo no es el "legado" del foxismo, sino a la propia institución presidencial. Ante su evidente debilitamiento, quizás sería provechoso que, durante las próximas vacaciones navideñas, los asesores presidenciales se tomaran la molestia de leer a Richard Neustadt, quien publicó en 1960 una de las obras más influyentes de la ciencia política moderna: "El Poder Presidencial".

En su libro, el recientemente fallecido politólogo de la Universidad de Harvard contradijo la idea generalizada de que la institución presidencial conlleva un gran poder en sí misma. De hecho, Neustadt consideraba que, en una democracia, la Presidencia es estructuralmente débil, ya que no tiene la capacidad de impulsar "unilateralmente" cambios en el aparato burocrático. El Presidente no es el director de una empresa, ni un general del ejército, cuyas órdenes deben ser obedecidas ciegamente por sus subordinados.

El Presidente es un actor más, con un gran poder, pero cuya efectividad depende de la capacidad personal para darle sentido y ejercerlo. Lo que cuenta no es el poder de imponer decisiones, sino el poder de persuadir a los demás actores de que hagan lo que tienen que hacer no sólo porque es mejor para el País, sino porque así conviene a sus propios intereses.

Para Neustadt, esta capacidad de persuasión del Presidente es determinante en un sistema en donde, más que una separación de poderes, hay una separación de instituciones que comparten poder, y se sostiene en tres pilares: las facultades y recursos propios de la institución presidencial, la reputación profesional del Presidente y su prestigio público.

En el caso de México, si bien la Presidencia ha perdido algunas facultades a expensas de los otros poderes y actores políticos, su peso sigue siendo enorme. Pero la capacidad de utilizar eficientemente los recursos a su disposición se ha visto afectada gravemente por la falta de planeación política y de resultados concretos en la formulación e instrumentación de las políticas públicas.

Esto ha hecho que la reputación profesional del titular del Ejecutivo haya ido perdiendo terreno entre sus interlocutores. La "inmolación" del ex Embajador de México en la ONU es tan sólo un pequeño ejemplo de la falta de respeto que sus interlocutores, internos y externos, parecen tenerle.

Queda sólo el tercer factor, el prestigio público, del cual todavía goza el Presidente de la República, dado que la mayoría de los mexicanos aún lo consideran como un hombre honrado y bien intencionado.

El fortalecimiento de la institución presidencial no sólo tendría que considerarse como un asunto de Estado, sino de seguridad nacional. El poder presidencial necesita los tres pilares. No basta con uno de ellos.

Comisión Binacional: El oso y el puercoespín

Javier Treviño Cantú
El Norte
13 de noviembre de 2003

Siempre que se reúnen, cada uno habla de lo que más le interesa, de lo que quiere lograr para que mejore la calidad de vida de su gente, y de su visión particular sobre cómo deben coordinarse para lograr objetivos y superar retos comunes.

Uno es rico, poderoso, con mucha influencia y capacidad de imponer casi siempre su agenda. No hace más concesiones que las previamente calculadas, con la frialdad que resulta de saberse superior a todos los demás.

El otro está tratando de crear la mínima riqueza necesaria para superar rezagos ancestrales. Su capacidad de influencia es limitada, aunque su cultura es conocida y respetada en casi todo el mundo. Si bien no tiene la fuerza para imponerle sus criterios a sus contrapartes, siempre tiene alguna carta qué jugar en una partida en la que apuesta su resto.

Lamentablemente, el resultado de este diálogo de sordos es tan predecible como estéril. Cada quien dice lo que tiene qué decir y luego vuelven al juego del gato y el ratón, o, como diría el ex Embajador Jeffrey Davidow, del oso y el puercoespín.

Por supuesto, se trata del "evento del año" en la maltrecha relación bilateral México-Estados Unidos. Un ritual que se sigue desde 1981, cuando los presidentes Reagan y López Portillo decidieron crear la Comisión Binacional para que sus respectivos Secretarios de Estado tuvieran la oportunidad de conocerse, reunirse y tratar de ponerse de acuerdo.

Mientras que los funcionarios mexicanos ven las reuniones de la Comisión Binacional como una gran oportunidad para hacerse escuchar y hablarle fuerte al vecino, con la seguridad que les da la visita en grupo, sus contrapartes las perciben como una soberana pérdida de tiempo, aunque necesaria, para calmar las ansias de un vecino incómodo, que reclama atenciones y consideraciones propias de un verdadero aliado, pero que en realidad no tiene prácticamente nada qué ofrecer a cambio. Nada, claro está, más que la puntual satisfacción de sus demandas y la capacidad de mantener el control -o gobernabilidad, como se estila decir ahora- de un país marcado por una desigualdad estructural que orilla a 400 mil mexicanos a dejar su tierra cada año en busca de una oportunidad de trabajo en el otro lado de la frontera.

El domingo pasado, el Embajador de Estados Unidos, Tony Garza, publicó, en EL NORTE, un artículo en donde considera que la reunión de la Comisión Binacional es ejemplo del deseo de ambos gobiernos para "abordar agresivamente los problemas y los retos comunes", y que representa el "espacio idóneo para trabajar en nuestros objetivos compartidos y también para mostrar los logros alcanzados".

El artículo parece reflejar la intención de superar una de las etapas más ríspidas que se recuerde en la relación entre los dos países. Sin embargo, la realidad siempre acabará por ser más contundente que cualquier discurso, y en esta ocasión las diferencias son más evidentes que nunca.

Para México, la prioridad y el tema prácticamente único en su agenda es un acuerdo migratorio. Como comenta en su libro el ex Embajador Davidow, el Presidente Vicente Fox y su primer Secretario de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda, lograron "reducir la totalidad de la relación bilateral a una sola variable: el progreso en los acuerdos migratorios. Era un error tan grande como el que muchos habían cometido durante años en Estados Unidos al concentrar en las drogas toda la compleja red de asuntos binacionales" ("El Oso y el Puercoespín", Grijalbo, p. 360).

Por su parte, el gobierno de Estados Unidos está completamente enfocado en los asuntos relacionados con la seguridad, incluyendo la de sus fronteras, mientras que el Presidente Bush se concentra en la campaña electoral para asegurar su reelección. Las prioridades son claras, como lo demuestra el hecho de que el anuncio más importante haya sido un acuerdo para que puedan operar en México los "Cuerpos de Paz".

Una cosa es que el Embajador Garza y el subsecretario Roger Noriega hayan insistido en que no se debían esperar resultados "espectaculares", pero otra muy distinta es que ni el Secretario de Economía mexicano ni el Representante Comercial de Estados Unidos hayan participado en la reunión bilateral para atender las crecientes controversias comerciales entre los dos países, con el pretexto de que se reunirán unos días después, en Miami, para oficializar el fracaso del Area de Libre Comercio de las Américas.

La Comisión Binacional era el mecanismo de diálogo y coordinación institucional, al más alto nivel, con que contaban ambos países. Ahora, parece que nada más queda el nuevo "teléfono rojo" que une a las oficinas de los Secretarios de Gobernación y de Seguridad Territorial de Estados Unidos, para atender "situaciones de emergencia". ¿No sería mejor instalar un conmutador?

Las ideas del Gobernador

Javier Treviño Cantú
El Norte
30 de octubre de 2003

Cuando un Gobierno federal de derecha enfrenta severos rezagos y nuevos retos, en un entorno global que cambia a gran velocidad, las ideas provenientes de un estado pueden ser determinantes para darle un nuevo sentido de dirección al País.

Las imágenes de un Presidente aparentemente distanciado de la realidad, dispuesto a dejar los asuntos de su gobierno en manos de un gabinete desarticulado, y cuya esposa ejerce una importante influencia en la administración, generan la percepción de una pérdida de control. La falta de resultados tangibles para la mayoría de la gente provoca la sensación de que se necesita un nuevo cambio.

Al menos, ésa parece ser la historia detrás de una nueva miniserie sobre la Presidencia de Ronald Reagan que transmitirá, a mediados de noviembre, la cadena de televisión CBS de los Estados Unidos. Según el diario The New York Times, los productores decidieron enfocarse en algunos de los aspectos más controvertidos de la carrera política de Reagan y de su vida familiar, sin entrar en detalles sobre los principales aspectos de su administración.

Durante su primera campaña presidencial, las propuestas de Reagan fueron calificadas como "economía vudú" por quien sería primero su vicepresidente y luego su sucesor, George Bush. Reagan ofrecía crecimiento, recortes a los impuestos, una disminución del gasto social y un aumento significativo del gasto militar, junto con la promesa de equilibrar el presupuesto del Gobierno.

A pesar de tales contradicciones, el éxito rotundo que significó el triunfo sobre la antigua Unión Soviética fue determinante para que George Bush padre resultara electo Presidente, en noviembre de 1988. Estados Unidos había ganado la Guerra Fría y el heredero de Reagan tenía todo para continuar su legado, de no haber sido por la visión de un grupo de demócratas sureños.

A mediados de los 80, el Partido Demócrata controlaba la mayoría en ambas cámaras del Congreso estadounidense y más gubernaturas que sus rivales. Sin embargo, con la breve excepción de Jimmy Carter, no habían logrado ganar la Presidencia desde hacía 20 años, reflejando un creciente distanciamiento con los votantes.

Cuando Reagan venció en las elecciones de 1984 a Walter Mondale en 49 de los 50 estados de la Unión Americana, un grupo de políticos moderados como Al Gore y Joe Lieberman decidieron crear el Consejo para el Liderazgo Democrático (DLC). Este organismo había sido diseñado para proponer "soluciones lógicas" a los retos que enfrentaba el país, más allá de las posiciones ideológico-partidistas tradicionales divididas entre conservadores-republicanos y liberales-demócratas.

En lugar de plantear las clásicas propuestas para ganar el voto de los grupos sociales y las organizaciones tradicionalmente ligadas al partido, la idea del DLC era definir iniciativas que convocaran a un segmento más amplio del electorado. Ello era posible por el carácter "moderado" y su posibilidad de ser puestas en práctica.

A pesar del nuevo enfoque, en 1988, el Partido Demócrata sufrió una nueva humillación. Su candidato, Michael Dukakis, nunca logró articular un mensaje claro y atractivo para los votantes. De nuevo, parecía que los demócratas no tenían ninguna posibilidad de recuperar el poder.

Entonces, el DLC le pidió al hasta entonces desconocido Gobernador de Arkansas que encabezara la organización, con lo que Bill Clinton obtuvo una plataforma para promover nuevas ideas a nivel nacional.

Surgieron entonces propuestas atractivas sobre el papel del Gobierno en la economía; sobre la necesidad de equilibrar el crecimiento y la protección del medio ambiente; sobre el papel fundamental de la educación y la investigación aplicada para aprovechar y promover el uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación; y sobre la forma de proyectar en el exterior el poderío estadounidense, pero sin generar conflictos innecesarios que socavaran las propias bases de sus capacidades militares, comerciales e, incluso, culturales.

Con el apoyo del DLC, el Gobernador Clinton logró vencer al entonces Presidente Bush en la elección de 1992, encabezó una de las administraciones estadounidenses más prósperas en la historia del vecino país y se convirtió en el primer Presidente demócrata, desde Franklin D. Roosevelt, capaz de lograr la reelección. La fuerza de las ideas que impulsó le permitieron a Clinton redefinir la agenda y obtener logros que hasta ese momento parecían impensables, incluyendo un superávit fiscal por primera vez en décadas.

En lugar de sujetarse a la estrecha racionalidad de la política partidista, el Gobernador Clinton, y los miembros del DLC, tuvieron la capacidad de conectarse con el electorado mediante una oferta relativamente moderada -pero bien definida- y, más importante aún, capaz de realizarse, sin quedarse atorada en el laberinto de las luchas cotidianas por el poder que definen a las democracias modernas.

No estaría mal tomar nota de esta historia de éxito político.

Saturday, May 21, 2005

Descubrimiento

Javier Treviño Cantú
El Norte
16 de octubre de 2003

Debemos reconocer que la relación de Nuevo León con Texas es una parte del todo. Nuestras economías son cada vez más interdependientes. Las comunidades en ambos lados de la frontera están ligadas estrechamente. Compartimos recursos naturales vitales para el desarrollo y bienestar de la gente, como el aire y el agua.

Nos tomó 10 años reconocer que, con la instrumentación plena del TLC, la vecindad con Texas se presenta como una oportunidad que debemos aprovechar. Pero hay una mala noticia: "descubrimos" a Texas cuando las ventajas comparativas de México se están erosionando.

Se prevé con optimismo que las inversiones estadounidenses, y de otros países, van a seguir llegando al noreste mexicano para aprovechar las ventajas comparativas de la región y acceder a los mercados de México y de Estados Unidos.

Es cierto que, gracias al acuerdo comercial que nos une a Estados Unidos y Canadá, la inversión extranjera hacia nuestro país ha crecido de manera importante. Estamos cada vez más ligados a los ciclos económicos de este mercado, nuestra inflación se acerca a niveles comparables con Estados Unidos y las tasas de interés a corto plazo tienen los niveles más bajos en la historia. Las exportaciones dejaron de ser fundamentalmente petroleras y se han convertido en manufactureras.

Pero el mundo está cambiando muy rápidamente, y no nos va a esperar. El 11 de septiembre, la guerra en Iraq, las negociaciones comerciales de Estados Unidos con Centroamérica, el Area de Libre Comercio de las Américas, la entrada de China a la OMC y nuestro profundo desconocimiento de la economía, la política y la sociedad de Estados Unidos se han convertido en grandes obstáculos para la convergencia y la integración de México con su principal socio comercial.

Debemos reconocer que la relación de Nuevo León con Texas es una parte del todo. Nuestras economías son cada vez más interdependientes. Las comunidades en ambos lados de la frontera están ligadas estrechamente. Combatimos a las mismas organizaciones criminales. Compartimos recursos naturales vitales para el desarrollo y bienestar de la gente, como el aire y el agua.

Sin embargo, al igual que ocurre con la relación binacional, los intercambios y contactos entre Texas y sus estados vecinos han sido empañados en los últimos tiempos por malos entendidos y conflictos. Es urgente fortalecer los mecanismos institucionales de diálogo y cooperación para atender y resolver los retos comunes que afrontamos, ya que existe un peligro real de que las controversias imperen sobre los acuerdos.

Debemos estudiar muy bien a nuestro vecino y no cerrar los ojos ante las evidentes disparidades que siguen existiendo entre Nuevo León y Texas. Veamos tan sólo cuatro ejemplos: Primero, mientras que las exportaciones anuales de Texas se acercan a los 100 mil millones de dólares desde finales de la década pasada, Nuevo León solamente logró superar los 10 mil millones de dólares en el año 2000.

Segundo, en marzo del año pasado los gobernadores de Texas y Nuevo León firmaron un acuerdo para planear la ampliación del llamado "Corredor Trans Texas" al estado, pero desde entonces no se ha vuelto a saber nada sobre el aterrizaje de este proyecto. Lo único que ha ocurrido, como se publicó en EL NORTE en junio pasado, es que el Puente Colombia ha estado perdiendo mucho terreno frente a Nuevo Laredo.

Tercero, los cruces ilegales siguen reflejando los límites y las peores consecuencias de un mercado laboral integrado económicamente, pero dividido por una frontera política. Mientras se mantenga la disparidad en los niveles de desarrollo económico, y no se generen oportunidades de empleo en nuestro país, lamentablemente la gente seguirá buscando trabajo en el otro lado.

Cuarto, quizás el terreno que ha estado generando mayores fricciones entre Texas y sus vecinos mexicanos, incluyendo Nuevo León, es el del manejo del agua fronteriza. El Secretario de Relaciones Exteriores se vio forzado a reconocer recientemente que, desde enero, el gobierno mexicano acordó un programa de entrega de agua para saldar la cuota anual y compensar los pagos pendientes. Sin embargo, en agosto pasado, el Gobernador Rick Perry amenazó con retener la entrega del líquido si México no cumple con lo que él considera que son los términos del Tratado entre los dos países.

Para que la integración regional funcione, Nuevo León tendrá que definir si va a hacer sentir su peso en las decisiones a nivel nacional, de manera que se logren alcanzar las reformas estructurales. Nuevo León tendrá que definir también si será un actor decisivo en el contexto norteamericano para diseñar una política agropecuaria común, que propicie el empleo y disminuya las presiones migratorias, y un acuerdo energético que incluya los temas de abasto, inversión y comercialización.

Nuevo León puede ayudar a reinventar el concepto de frontera y seguridad regional e impulsar una mayor coordinación de las políticas macroeconómicas, para que México fortalezca su posición estratégica en América del Norte y tenga una mayor ventaja comparativa que le permita consolidar el crecimiento de sus exportaciones.

Como nunca antes, se requiere verdadero oficio diplomático, a nivel local y regional, para encontrar soluciones duraderas a los retos que encaran las comunidades fronterizas.


El autor es ex Subsecretario de Relaciones Exteriores

De lo global a lo local

Javier Treviño Cantú
El Norte
1 de enero de 2003

2002: El Recuento.

Hacer "predicciones" para el 2003, en un entorno tan dinámico e incierto, resulta casi imposible. Pero existen algunas tendencias que debemos tomar en cuenta para aprovechar las oportunidades y estar en mejores condiciones para hacer frente a los riesgos que seguramente surgirán.

Todo indica que durante el año próximo se profundizarán las tensiones que generan la preeminencia de Estados Unidos y su lucha contra el terrorismo, la lentitud de la recuperación de las principales economías del mundo y el creciente desencanto con los actores políticos -especialmente en América Latina- por la falta de resultados tangibles para la mayoría de la población.

Vamos por partes. El gobierno de Estados Unidos parece estar decidido a librar una guerra contra Iraq que puede tener efectos impredecibles. Incluso si la lucha es relativamente corta y "aséptica", en el Medio Oriente se agravará el resentimiento. Más gente y organizaciones podrían sumarse a la causa terrorista, con lo que se aceleraría la espiral de violencia.

Pero, quizás lo más importante es que la decisión de atacar al régimen de Hussein, con o sin el aval de las Naciones Unidas, puede incrementar las tensiones con Europa, Rusia y China, socavando las bases para la consolidación de un entorno global más estable y, por ende, seguro. La Unión Europea se consolida como el verdadero rival, que no enemigo, de Estados Unidos en la arena mundial, con un enfoque propio para buscar soluciones duraderas a los retos y conflictos actuales. La guerra contra Iraq puede ser el catalizador que los ubique en campos opuestos.

Rusia ha sabido aprovechar como nadie las oportunidades generadas por los ataques del 11 de septiembre, pero su relación con Estados Unidos es muy volátil y, si sus intereses en Medio Oriente se ven afectados, Vladimir Putin puede encontrar mayores resistencias a la cooperación que ha impulsado con su antiguo y acérrimo rival.

En China, la nueva dirigencia que encabeza Hu Jintao enfrenta tres retos simultáneos: tomar plenamente el control político del País, impulsar las reformas que requiere la economía para seguir creciendo en forma acelerada y encontrar los equilibrios necesarios para prolongar el buen estado de las relaciones con Estados Unidos, a la vez que promueve sus intereses como potencia en la región, específicamente en lo que se refiere a la siempre compleja relación con Taiwán.

En este sentido, en el 2003 se puede anticipar tensiones serias entre los actores internacionales de mayor peso, con el consecuente impacto en la confianza de los consumidores y en las decisiones de inversión corporativas, lo cual puede generar mayor incertidumbre y, con ella, el retraso de la recuperación económica global.

Si bien la economía de Estados Unidos creció más de lo esperado en el 2002 -2.4 por ciento según las estimaciones más recientes-, sigue presentando indicadores contradictorios, lo cual refleja las dificultades para la consolidación del repunte. No obstante, existe la percepción de que sus bases son sólidas y de que se puede esperar un crecimiento sostenido, aunque menos "explosivo" que el de la década pasada. Además, el gobierno del Presidente Bush parece estar dando muestras de que está decidido a ser el motor de la recuperación global.

Aun así, Europa sigue sin despegar y Japón se mantiene estancado, impidiendo una reactivación sincronizada que ayude a generar resultados y argumentos a favor de un esquema económico global más eficaz, que permita crear una mayor riqueza cuyos beneficios alcancen a un creciente número de personas en todo el mundo.

En cierta medida, ésta es una de las causas para el desencanto que se vive en prácticamente todo el planeta respecto a los actores políticos. La democracia sigue siendo la mejor opción de gobierno con que se cuenta, pero ha demostrado que no es una panacea, ni una solución mágica al reto que implica hacer frente tanto a rezagos ancestrales como a nuevas amenazas, incluyendo una profunda brecha digital. Esto ha quedado de manifiesto con mucha claridad en América Latina y, en el 2003, es factible esperar que las tensiones se agraven ante la falta de resultados tangibles para el grueso de los ciudadanos. Junto a la democracia, los ciudadanos exigen, y merecen, un sistema eficaz para la formulación e instrumentación de las políticas públicas.

De esta manera, es un hecho que el año próximo también será muy difícil para nuestro país. Ante la incapacidad de impulsar las reformas estructurales que requiere la economía y en un marco electoral en donde volverán a florecer los insultos, quejas y acusaciones, lo más probable es que sigamos perdiendo competitividad y que no contemos con los elementos necesarios para replantear la agenda de cooperación con Estados Unidos.

Frente a un 2003 tan complejo como el que se puede anticipar, sería necesario darle un sentido de urgencia a todas nuestras acciones, para aprovechar las oportunidades que se presenten al transformar nuestro indudable avance democrático en buen gobierno.

En este contexto, la incertidumbre a escala global debería convertirse en un incentivo para actuar con decisión a nivel local y nacional. Es cierto que cada vez estamos más integrados al mundo, pero lograr las reformas pendientes y generar así mayor certidumbre no depende del exterior, sino de nosotros. Nuestra seguridad y bienestar están en nuestras manos.


El autor fue Subsecretario de Relaciones Exteriores (1994-1998).

El voto de México

Javier Treviño Cantú
El Norte
3 de noviembre de 2002

Con el voto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre Iraq, México se juega mucho más que su reputación como un actor internacional relevante.

Nuestra participación en un espacio tan importante y delicado como éste debe servir sobre todo para impulsar los intereses del país. Desafortunadamente, parecería que eso es lo único que no está en juego.

Nuestra política exterior debe estar al servicio de todos los mexicanos, no al de una élite distanciada de la realidad e incapaz de entender y responder a las preocupaciones del ciudadano común. El reto siempre ha sido vincular la política exterior con la estrategia interna de desarrollo.

¿Era indispensable que México entrara al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas? Tal vez no. Sin embargo, con la intención de convertirnos en "protagonistas" del escenario internacional, se decidió ingresar sin entender que lo único que se esperaba de la actuación de México era generar beneficios concretos para los mexicanos.

En lugar de representar un apoyo, la política exterior corre el riesgo de convertirse en una amenaza para todo el país y puede afectar la calidad de vida de millones de personas que nunca pidieron ser objeto de una desatención como la que vamos a recibir de los Estados Unidos, al menos en los próximos dos años.

La ilusión de que México sería capaz de imponerle la agenda a Estados Unidos ha quedado en evidencia. Con la única superpotencia, los reclamos, las exigencias y las demandas altisonantes no funcionan. Al contrario: tienen un costo exorbitante, que ahora será todavía mayor por el grado de visibilidad que nos da nuestro afán protagónico.

En lugar de hacer un cálculo estratégico, realista, de nuestras capacidades como nación, se pretendió convertir el bono democrático en una cruzada para darle a México un nuevo lugar en el mundo: dependiente de los Estados Unidos en todo, menos en orgullo.

En lugar de aprovechar los espacios que se abrieron con mucho esfuerzo, como el acuerdo de libre comercio y cooperación con la Unión Europea, para equilibrar la relación con Estados Unidos, se decidió recurrir al "bilateralismo multilateral".

Esta propuesta se basaba en la premisa de que México buscaría "establecer una relación con Estados Unidos que será, necesariamente, más estrecha", mientras que "la única forma en que nuestro país puede realmente equilibrar su agenda de política exterior y sus intereses en el extranjero es desarrollando una actividad más intensa en el escenario multilateral" (Jorge G. Castañeda, "Los ejes de la política exterior de México", Nexos, diciembre de 2001). Al buen entendedor pocas palabras: el objetivo era ingresar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para tener elementos que nos permitieran negociar con Estados Unidos los asuntos que nos interesan a nosotros, independientemente de lo que les preocupe a ellos.

Como dice Manuel Castells, el Consejo de Seguridad es un espacio para "el intercambio de favores entre los implicados" "¿Por qué Irak?" (El País, 2 de octubre de 2002), y aparentemente el gobierno mexicano esperaba poder hacer y cobrar los suyos, sin imaginar que los atentados del 11 de septiembre del año pasado elevarían el nivel de las apuestas de manera exponencial.

Ahora parece que todos los mexicanos tendremos que pagar los costos de una política exterior que desechó una prestigiada tradición diplomática y buscó "reinventar nuestra realidad" para "inclinarnos" ante la potencia "incluso sin exigir nada a cambio" (Adolfo Aguilar Zinser, "Política exterior y dignidad, EL NORTE, 27 de septiembre de 2002), como atinadamente lo señaló en estas mismas páginas nuestro representante permanente ante la Organización de Naciones Unidas.

Lo que no es atinado fue su comentario en el mismo espacio de que "las desavenencias en los foros multilaterales, incluso en el Consejo de Seguridad, no son transferibles al escenario bilateral". Que le pregunte al Presidente Fox si no lo son después del desencuentro con el Presidente Bush en Los Cabos.

En cada crisis, y vaya que ésta es una de las más severas que la relación México-Estados Unidos haya experimentado en los últimos años, hay una oportunidad. Ojalá ésta sirva para entender que los reclamos no van a conseguir nada, salvo marginar aún más a nuestro país en la agenda estadounidense. Ojalá contribuya a que se entienda la importancia de los equilibrios de poder y el imperativo estratégico de contar con el mayor número posible de opciones en el diseño y conducción de cualquier política exterior. Ojalá ayude a que se entienda de una vez por todas que lo que les preocupa e interesa a la gran mayoría de los mexicanos no es que se nos vea como una potencia emergente en el convulso escenario internacional, sino tener un empleo bien remunerado, buenos servicios de salud y la posibilidad de mandar a nuestros hijos a una escuela en donde les enseñen cómo competir en México y en el mundo.

Quizás sea mucho pedir. Por lo pronto, lo más probable es que nos tengamos que conformar con el espectáculo que vamos a dar en los próximos años con nuestro multilateralismo bilateral. ¿O era bilateralismo multilateral? ¿Qué era?


El autor fue subsecretario de Relaciones Exteriores de diciembre de 1994 a enero de 1998.

La Cumbre de las ideas

Javier Treviño Cantú
El Norte
23 de marzo de 2002

Hace una semana nos preguntábamos si la conferencia de Monterrey podría convertirse en la Cumbre de la Globalización. Hoy debemos reconocer que la Conferencia Internacional sobre el Financiamiento para el Desarrollo representó el primer esfuerzo global para atender y solucionar uno de los principales retos que enfrenta el mundo: la pobreza y sus consecuencias sistémicas.

Sabíamos que la Conferencia no produciría sorpresas informativas. Al fin y al cabo, el documento en el que los Jefes de Estado y de Gobierno plasmarían su visión y acuerdos se terminó de negociar y se aprobó dos meses antes.

El Consenso de Monterrey estaba listo desde el pasado 27 de enero, y las posiciones de los distintos países respecto a su contenido ya se conocían. En este sentido, se esperaba que la Conferencia resultara, hasta cierto punto, "anticlimática". Nadie intentaría salirse del guión. Hasta los globalifóbicos y el mismo Fidel Castro siguieron su propio guión.

Sin embargo, la forma en que se desarrolló, la adopción de compromisos concretos y la discusión de alto nivel que se generó, nos llevan a concluir que, efectivamente, la de Monterrey ha sido la reunión que más se ha acercado a plantear alternativas ante los complejos retos de la globalización.

Nuevos actores

En primer lugar, la Conferencia es la muestra más clara de que los Estados y sus Gobiernos ya no detentan el monopolio de las relaciones en el escenario mundial. A pesar de que siguen siendo los actores con mayor peso y legitimidad, ya no son los únicos con voz y capacidad de influencia.

Las empresas, los centros de investigación, los académicos, las organizaciones sociales, los medios de comunicación y los propios organismos internacionales hoy son actores relevantes, con mucho qué aportar para el avance integral de nuestro planeta.

Cualquier modelo de desarrollo que pretenda tener éxito a nivel local, nacional, regional o global, debe tomar en cuenta a estos actores, que han demostrado una mayor agilidad que los Gobiernos para adecuarse a las nuevas condiciones y aprovechar las ventajas que ofrecen las tecnologías de la información y la comunicación.

Es cierto que en otras reuniones de este alcance ya habían participado diversos actores no gubernamentales, pero nunca lo habían hecho de manera concertada con los organizadores y las instituciones patrocinadoras.

Ahora, en lugar de manifestaciones de protesta violentas, paralelamente se llevaron a cabo reuniones "oficiales": el Foro de la Sociedad Civil, el Foro Parlamentario, el Foro Internacional de Negocios y más de 50 eventos y presentaciones sobre toda clase de asuntos relacionados con la promoción del desarrollo.

Esto representa un gran avance, y sienta un precedente para las futuras reuniones sobre los temas que conforman la nueva agenda global. Con ello se demuestra que la forma de avanzar en la superación de los retos que enfrenta la humanidad es trabajar juntos para darle una nueva dimensión a la cooperación, ya no sólo internacional, sino transnacional.

El segundo aspecto que convierte a la Conferencia de Monterrey en una auténtica cumbre global es la presencia decidida de Estados Unidos. Le guste o no al resto del mundo, el vecino del norte es la única superpotencia, con un poderío militar, económico y tecnológico que no tiene rival. Ello hace que su participación sea decisiva para el avance, o rezago, en casi cualquier asunto.

Al inicio de su Gobierno, el Presidente George W. Bush envió algunas señales al mundo de que adoptaría una política exterior fundamentalmente unilateral, que respondería tan sólo a sus intereses.

El 11 de septiembre cambió de manera radical esta postura, y, si bien los Estados Unidos aún no parecen estar convencidos de las ventajas que ofrece un enfoque plenamente multilateral, sí han cobrado conciencia de que deben fortalecer sus vínculos con otros países, con los organismos internacionales y los demás actores no gubernamentales para superar retos que ponen en riesgo su seguridad, incluyendo la pobreza.

La decisión del Presidente Bush de asignar 5 mil millones de dólares a una "cuenta para el reto del milenio" durante los próximos tres años parece insuficiente, y fue duramente criticada en Monterrey por gente como el inversionista y filántropo George Soros, o como el ex Presidente Jimmy Carter. No obstante, es una señal de que Estados Unidos está dispuesto a cambiar y a impulsar medidas concretas para contribuir al avance de los países menos desarrollados.

No lo hace por fines altruistas, sino porque es parte de una estrategia integral para resguardar mejor su seguridad y, también, para ganar terreno en uno de los principales frentes de batalla de la globalización: el de las ideas, el del poder suave que se basa en el manejo de la información y las percepciones.

No olvidemos que una de las primeras acciones en el Departamento de Estado, después de los criminales atentados en contra de las Torres Gemelas y el Pentágono, fue nombrar a Charlotte Beers como subsecretaria para Diplomacia Pública y Asuntos Públicos, una mujer sin experiencia diplomática, pero que fue directora de las dos empresas de relaciones públicas más grandes e importantes del mundo, J. Walter Thompson y Ogilvy & Mather.

El Presidente Bush aprovechó la reunión en Monterrey para enviar un mensaje a sus aliados, incluyendo a México, y al resto del mundo: los Estados Unidos no se encerrarán en su fortaleza ni actuarán solos; buscarán cooperar con el resto de la comunidad de naciones -y demás actores- para propiciar un entorno global más estable, próspero y seguro. Por supuesto, lo harán en sus términos y cuando consideren que está en su interés nacional; pero el que lo hagan ya es ganancia.

En tercer lugar, la Conferencia representó un avance en el reto central de la globalización: su gobernabilidad.

Desde el fin de la Guerra Fría y hasta el día de hoy, no se había logrado plantear un esquema integral para rediseñar las instituciones internacionales con que contamos, ni definir los nuevos ámbitos en los que se requieren reglas y mecanismos para darle el mínimo orden necesario a los complejos y diversos procesos que inciden en el sistema mundial.

No obstante, se ha ido avanzando poco a poco, y en esta ocasión el planteamiento de la responsabilidad compartida como base de los programas y la ayuda para el desarrollo es un logro indiscutible.

En una era en donde el concepto de soberanía está cambiando profundamente, la capacidad de cualquier país para mantenerse como un actor distintivo y capaz de decidir por sí mismo lo que mejor conviene a su gente depende de la eficiencia de sus instituciones. Ni más, ni menos.

Condiciones indispensables

La democracia, el buen gobierno, el imperio del Estado de Derecho, la transparencia, la lucha contra la corrupción y la protección de los derechos humanos ya no son una opción: son las condiciones indispensables para ser competitivos en el marco de una economía cada vez más global, y para ganarse el respeto de la comunidad de naciones.

Es en este sentido que el Consenso de Monterrey puede significar un importante avance en la gobernabilidad de la globalización, aunque es necesario tener cuidado de que no se convierta en un credo que se imponga ciegamente a todo el mundo, sin tomar en cuenta las condiciones particulares de cada país y las legítimas aspiraciones de cada sociedad.

Argentina ya nos demostró que no existen recetas mágicas para lograr el desarrollo. Ojalá que esto también haya sido objeto de discusión de los Jefes de Estado y de Gobierno durante su "retiro" en el Museo de Historia Mexicana.

La organización de la Conferencia no fue perfecta. Las diferencias entre Estados Unidos, Europa y otros países sobre el monto de los recursos que se deben destinar a la ayuda no se lograron resolver. Muchos asuntos de gran trascendencia no pudieron ser abordados como merecían, ni todos los que querían hacerse escuchar lo lograron.

Pero, a pesar de todo, debemos concluir que la Conferencia de Monterrey significa un paso muy importante en el largo camino que aún debemos recorrer para alcanzar el mundo de justicia, seguridad y prosperidad que anhela toda la humanidad. El motor del cambio siempre serán las ideas. Por ello se recordará a Monterrey.



El autor fue Subsecretario de Relaciones Exteriores de diciembre de 1994 a enero de 1998.

¿La Cumbre de la globalización?

Javier Treviño Cantú
El Norte
18 de marzo de 2002

Más de cincuenta Jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo llegarán a Monterrey esta semana a dialogar sobre el financiamiento del desarrollo.

No se trata de un tema nuevo. Los preparativos de esta Cumbre iniciaron en junio de 1997. Cinco años de intenso trabajo diplomático nos confirman que las Naciones Unidas se mueven a una velocidad distinta a la de las nuevas fuerzas de la globalización.

En septiembre del 2000, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración del Milenio. Su objetivo principal es, para el año 2015, reducir a la mitad el porcentaje de las personas que viven en la pobreza extrema en el mundo. Se acordó también movilizar los recursos financieros necesarios para lograrlo. De eso trata, precisamente, la Conferencia de las Naciones Unidas que hoy se inicia en Monterrey.

Para fortuna del mundo, hay un elemento innovador en esta reunión: los Jefes de Estado y de Gobierno no estarán solos. Organizaciones de la sociedad, empresarios, legisladores y autoridades locales llevarán a cabo foros paralelos y participarán en las mesas redondas de discusión con los líderes gubernamentales y los dirigentes de la OMC, el Banco Mundial, el FMI y otros organismos de financiamiento regionales.

Es claro que los retos de la globalización no pueden ser enfrentados por un sistema que fue diseñado para el mundo de mediados del siglo XX. Se podría argumentar que los organismos encargados de la gestión de los asuntos económicos internacionales no estuvieron a la altura de las fuerzas de la interdependencia y mucho menos al nivel de las nuevas tendencias de la globalización. Por ello, es bienvenida la iniciativa de cambio.

El producto formal de la Conferencia será el Consenso de Monterrey, un documento que será firmado por los Jefes de Estado y de Gobierno, que establece una serie de compromisos que van desde la movilización de recursos internos, la atracción de corrientes financieras internacionales, el fomento del comercio internacional, el incremento de la cooperación financiera y técnica internacional para el desarrollo, la adopción de medidas para el alivio de la deuda externa, hasta el aumento en la coherencia y cohesión de los sistemas monetarios, financieros y comerciales internacionales.

El Consenso de Monterrey busca responder a una realidad devastadora: más de la quinta parte de la población mundial aún vive en la pobreza extrema, con menos de un dólar diario. La cuarta parte de los habitantes de los países en desarrollo siguen siendo analfabetos. En los países de bajos ingresos, en donde viven 2 mil 500 millones de personas, muere uno de cada 10 niños que nacen.

La principal característica del mundo de la globalización es la desigualdad; la brecha que se abre entre los pocos que tienen casi todo y los muchos que no tienen casi nada.

¿Cómo revertir esa tendencia? ¿Es un problema sólo de los países pobres? ¿O es un problema de todos? El reto es moral y humanitario. Pero también tiene un sentido más práctico y de interés común, que es especialmente evidente después de la tragedia del 11 de septiembre, y tiene que ver con las amenazas de nuestro tiempo: inseguridad internacional, falta de mercados, migraciones, contaminación, enfermedades, fanatismos y terrorismo.

Ante estos nuevos retos, el camino de la globalización dependerá de la solidez o la debilidad de las políticas públicas. Por ello será importante el Consenso de Monterrey y los acuerdos que se logren en cuatro áreas:

En primer lugar, los países en desarrollo deben hacerse responsables de crear las condiciones que hacen posible obtener recursos financieros. Es una gran responsabilidad intransferible. Ni más, ni menos. Los países tienen que ocuparse de formar instituciones nacionales eficaces; mantener el Estado de Derecho; la disciplina en la política macroeconómica; el gasto público orientado a la inversión en capital humano, educación básica y salud; un sistema financiero sólido y competitivo; un sistema de pensiones moderno que promueva el ahorro; una legislación clara que proteja los derechos de propiedad; y un entorno normativo que proteja eficazmente los derechos de los trabajadores y el medio ambiente.

En segundo lugar, el capital extranjero puede convertirse en un valioso complemento de los recursos que cada país genere internamente. Por ello, los países en desarrollo deben crear un entorno atractivo para la inversión extranjera directa. En el mundo de la globalización, grandes sumas de capital cruzan las fronteras nacionales instantáneamente. Para que los países puedan tener acceso a estos capitales se requiere certidumbre; dar a los inversionistas extranjeros un trato igual que el que reciben los nacionales; mejores normas de contabilidad, auditoría y gobierno corporativo; erradicación de la corrupción; infraestructura moderna; y eficiencia en la prestación de servicios.

En tercer lugar, los productos de los países en desarrollo siguen encontrando obstáculos para penetrar los mercados de los países ricos. Es necesario iniciar una nueva ronda de negociaciones comerciales multilaterales y eliminar las barreras comerciales para los productos industriales y agrícolas de los países en desarrollo. Todavía no se cumple con lo acordado en la Ronda Uruguay. Los productos agrícolas, por ejemplo, son objeto del proteccionismo extremo, arancelario y no arancelario. Se estima que los subsidios al sector agropecuario en los países ricos alcanzan los 350 mil millones de dólares, seis veces más que el monto que estos mismos países destinan para apoyar a las naciones en desarrollo.

En cuarto lugar, la asistencia oficial para el desarrollo se ha convertido en instrumento para hacer frente a las crisis humanitarias y es fuente de vida para países que no pueden atraer inversiones privadas, y que no son sujetos de contraer préstamos de fuentes comerciales. Sin embargo, se ha hablado de que Estados Unidos y algunos países europeos se oponen al acuerdo para incrementar sustancialmente la ayuda a países pobres que están luchando para cumplir las metas planteadas por la ONU de reducir a la mitad la pobreza mundial para el 2015. Los países desarrollados actualmente dedican en promedio 0.2 por ciento de su PIB a esta ayuda (equivalente a 50 mil millones de dólares), y la propuesta del Consenso de Monterrey es elevarla a 0.7 por ciento.

Mientras hoy se dedican miles de millones de dólares al esfuerzo bélico antiterrorista, las dudas permanecen: ¿no habría voluntad para invertir más recursos para el desarrollo, a fin de eliminar "caldos de cultivo" de violencia y resentimiento? ¿Cuál es el sentido de gastar una fortuna en realizar un evento de la magnitud de esta conferencia, cuando algunos opinan que no tiene caso destinar más recursos a una ayuda que, hasta ahora, ha resultado improductiva? ¿Para qué venir hasta Monterrey a sentarse en torno a una gran mesa y decirle a los pobres del mundo: mejor pongan su casa en orden y dedíquense a trabajar?

Es cierto que no se puede tirar el dinero; que los países pobres, por su propio atraso institucional, no tienen una mejor capacidad de darle un uso eficiente a los recursos. Por eso se debe empezar por ayudarles a diseñar programas para transparentar el manejo, uso, destino y resultado de la ayuda que reciban. El Consenso de Monterrey podría convertirse en el instrumento estratégico para lograrlo. Veremos los resultados dentro de unos días.


El autor fue Subsecretario de Relaciones Exteriores de diciembre de 1994 a enero de 1998.

Perspectivas de la economía en el 2000

Javier Treviño Cantú
El Norte
19 de enero de 2000

Las perspectivas de la economía mexicana para este año son buenas. El país cuenta con bases sólidas, se han establecido acuerdos de libre comercio con diversos países y el panorama económico internacional parece favorable, aunque no exento de riesgos a los que habrá que estar atentos.

En primer lugar, tenemos cimientos económicos firmes. El programa responsable y consistente que ha seguido el gobierno mexicano, basado en una estricta disciplina fiscal y monetaria, ha contribuido a que la economía crezca de manera sostenida en los últimos tres años.

Mientras que otras naciones se vieron afectadas severamente por las diversas crisis financieras que se han presentado a nivel internacional, la economía mexicana creció en 1997 por arriba de 7 por ciento y un año después casi 5 por ciento. Se estima que en 1999 el crecimiento fue superior a 3.5 por ciento y que en el 2000 creceremos cerca de 4 por ciento.

Otros indicadores también muestran que la política económica seguida está dando resultados. Por ejemplo, la inflación en 1999 fue de 12.3 por ciento, por debajo de la meta programada de 13 por ciento, lo que representa el índice más bajo en los últimos cinco años. A su vez, las tasas de interés se han reducido casi 60 por ciento en comparación con los niveles que llegaron a tener hace dos años.

Estos avances son importantes y generan confianza. Así, el manejo prudente de la economía, aunado al "blindaje" derivado del Programa de Fortalecimiento Financiero 1999-2000, ofrecen mayor estabilidad y certidumbre económica en este año de transición política.

Otra fortaleza de la economía mexicana que permite prever perspectivas favorables son los acuerdos de libre comercio que se han firmado con otras naciones. En un escenario internacional cada vez más globalizado e interdependiente, las exportaciones mexicanas se han convertido en un motor de la economía. Hoy, México es la octava potencia exportadora a nivel mundial.

El aumento de la capacidad exportadora responde en gran medida a los diversos acuerdos de libre comercio que ha establecido nuestro país. Por ejemplo, el TLC ha contribuido a que las exportaciones de México a Estados Unidos hayan pasado de poco más de Dls. 40 mil millones en 1993 a casi Dls. 100 mil millones entre enero y octubre de 1999. También están funcionado los acuerdos de libre comercio con América Latina.

Estos resultados han hecho que México siga promoviendo el libre comercio. Hace unas semanas concluyó la negociación con la Unión Europea, por lo que se prevé que el acuerdo entre ambas partes entrará en vigor a mediados de este año. También se están negociando tratados con Belice, El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá, Ecuador, Perú e Israel, y se está explorando la posibilidad de firmar un acuerdo de libre comercio con Japón. Así, en poco tiempo seremos el único país que tenga acuerdos comerciales con las principales regiones del mundo.

La disciplina fiscal y monetaria también ha contribuido a que los inversionistas del exterior confíen en la economía del país. En 1998, México captó una sexta parte del total de la inversión extranjera directa que se dirigió a América Latina. A pesar de la drástica disminución de los flujos internacionales de capital, se calcula que en 1999 recibimos más de Dls. 10 mil millones.

Una vez que se ha atenuado la turbulencia financiera que caracterizó al mundo en 1998 y parte de 1999, como consecuencia de la crisis asiática y la inestabilidad en Rusia y Brasil, el 2000 parece ofrecer un entorno global de menor volatilidad, así como un buen desempeño económico por parte de nuestros principales socios.

La economía de los Estados Unidos seguirá creciendo y rompiendo los esquemas que aseguraban que no se podía crecer a tasas altas con baja inflación y casi pleno empleo. Lo que permite prever este crecimiento es el incremento de la productividad, el cual no parece responder a un fenómeno cíclico, sino a causas estructurales. No obstante, habrá que estar pendientes de factores como el déficit comercial o el aumento en las tasas de interés, que podrían provocar una desaceleración o un "aterrizaje suave" de la economía estadounidense.

Europa está mostrando una mayor solidez económica, sobre todo los países que forman parte de la Unión Europea. Aunque en 1999 algunas naciones resintieron los efectos de la crisis financiera internacional, como Alemania, se espera que este año las economías de los 15 repunten y alcancen un crecimiento conjunto cercano al 3 por ciento.

A su vez, Asia también se está recuperando. En noviembre pasado, China, Corea del Sur y Taiwan registraron el mayor crecimiento para un mes en casi dos años. Sin embargo, lo más importante que está ocurriendo en la región es que la economía de Japón está mostrando mayor fortaleza. Aunque el crecimiento en el 2000 será de sólo 1.5 por ciento, han disminuido los riesgos derivados de la desconfianza en el sistema bancario, la inestabilidad del yen y una posible deflación. Asimismo, el reciente acuerdo comercial entre China y Estados Unidos, que facilitará el acceso del país asiático a la OMC, es un paso muy importante para la estabilidad en la región.

Aunque a un ritmo más pausado, América Latina está saliendo de los estragos causados por el "efecto dragón". Si bien se espera que en 1999 el crecimiento en la zona haya sido por arriba del 1 por ciento, como consecuencia de la salida de capitales, la carencia de créditos a nivel internacional y el lento avance de la reforma estructural, se estima que en el 2000 las economías latinoamericanas crecerán en promedio 3.6 por ciento.

El entorno internacional ofrece un panorama favorable para la economía mexicana, contamos con las herramientas para aprovecharlo y tenemos las bases para crecer en forma sostenida, crear empleos y generar mayores recursos para abatir la pobreza.



El autor es Oficial Mayor de la Secretaría de Hacienda y se ha desempeñado como Subsecretario de Cooperación Internacional de la Secretaría de Relaciones Exteriores

El mundo no va a esperar a nadie

Javier Treviño Cantú
El Norte
21 de noviembre de 1999

Ni usted ni yo necesitamos ser economistas para darnos cuenta de que vivimos una era de profundas transformaciones; que la economía mundial es uno de los campos en donde se dan con mayor velocidad; y que nos afectan a todos.

Por eso debemos estar atentos a los cambios que ocurren en el mundo. Hay que comprenderlos, prever hacia dónde se orientan y anticipar su impacto, para adelantarnos a ellos. Eso es lo que hemos hecho en México. La reforma estructural de la economía, iniciada en los años ochenta, es un ejemplo. Gracias a ella tenemos casi dos décadas de ventaja frente a naciones como China o los países de Europa del Este.

Fenómenos como el acelerado desarrollo científico y tecnológico, o la globalización, requieren respuestas eficaces que nos permitan aprovechar los cambios mundiales.

Para poder hacerlo, el gran reto es consolidar nuestras instituciones. Necesitamos instituciones sólidas y eficaces, que contribuyan a promover nuestro desarrollo económico, político y social. Con mejores instituciones, podremos tener una economía competitiva, capaz de crecer sostenidamente, de crear empleos y generar recursos suficientes para abatir la pobreza. Podremos fortalecer la soberanía. Hacer valer plenamente el Estado de Derecho.

Me gustaría comentar algunos de los cambios que se están dando a nivel mundial. Y lo que estamos haciendo en México para aprovecharlos y prevenir sus riesgos.

Si algo distingue ya al inicio del Siglo 21, es el acelerado avance científico y tecnológico. Su desarrollo vertiginoso ha hecho que algunos especialistas hablen de verdaderas revoluciones en campos como la biología y la información.

La revolución en la biología apenas está comenzando. Pero ya está aquí. Los avances en la biotecnología, genética e ingeniería molecular son tan impresionantes que muy pocos escritores de ciencia ficción los pudieron haber imaginado.

¿Quién iba a pensar hace quince o diez años que podría modificarse la estructura genética de peces como el salmón y la trucha, para que crezcan el doble de su tamaño normal? ¿Que un chile jalapeño pudiera cruzarse con un pimiento morrón, para que no pique tanto?

Estudios recientes sugieren que la degeneración celular y el envejecimiento son procesos que pueden controlarse. Si esto es así, entonces la vida podrá prenderse o apagarse como si fuera una luz.

Hoy ya vivimos la "era de la información". Al derrumbar las barreras del espacio y del tiempo, la televisión vía satélite, las fibras ópticas, la tecnología digital, los teléfonos satelitales e Internet están revolucionando todos los ámbitos de la vida humana.

La economía es una de las áreas en donde hay mayores cambios por los adelantos en la informática y las tecnologías de comunicación digital. Y en donde se acentúa la importancia no sólo de la información, sino del conocimiento.

Hay cuatro aspectos que caracterizan a la economía global en la era de la información.

El primero es la velocidad a la que se modifica el escenario económico.

Hace apenas unos años, se pensaba que el Siglo 21 estaría marcado por la hegemonía de los tigres asiáticos, con Japón a la cabeza. Sin embargo, la crisis en Asia cambió este panorama. En muy pocos meses, los principales analistas, los inversionistas y las grandes compañías comenzaron a voltear hacia Estados Unidos y Europa.

Factores como el avance científico y tecnológico, el incremento de la productividad a casi el doble en comparación con el promedio registrado entre 1975 y 1995, y la creación del euro, hicieron pensar que el próximo siglo sería del Atlántico.

Sin embargo, en los últimos meses el escenario está volviendo a cambiar. Algunos analistas estadounidenses consideran que la caída del dólar y el déficit comercial están provocando dudas sobre el buen desempeño de la economía de su país. A pesar de que sigue creciendo con baja inflación y casi pleno empleo, ha comenzado la incertidumbre sobre su futuro. Y sobre las consecuencias que pudiera tener la desaceleración económica de Estados Unidos en Europa.

Así, en un mundo en que nada puede darse por sentado, en que los escenarios cambian casi a diario, todo puede pasar. Incluso, no puede descartarse un nuevo auge en Asia. Como tampoco puede desecharse la posibilidad de una nueva inestabilidad a nivel global, en caso de que un mercado emergente entrara en crisis.

La segunda característica es el aumento del comercio y de los flujos de capital internacionales.

Como resultado de los procesos de apertura e integración de las economías nacionales, y de los adelantos en las comunicaciones y los transportes, el comercio global se ha incrementado exponencialmente. En 1980, las transacciones comerciales internacionales equivalían a menos del 10 por ciento del PIB mundial. Ahora, el comercio global es tres veces mayor, ya que representa más del 24 por ciento del PIB, unos 6.5 millones de millones de dólares.

De seguir la misma tendencia, se calcula que en el 2005 el comercio ascenderá a 11.4 millones de millones de dólares, lo que equivaldrá al 28 por ciento del PIB mundial. En gran parte, esto se debe a la expansión del libre comercio.

Mientras que en 1990 existían menos de 25 acuerdos en la materia, en 1998 la cifra se multiplicó por cuatro y llegó a más de 90. Paralelamente, también se han incrementado los flujos y la movilidad de los capitales transnacionales. Diariamente, corredores e inversionistas de todo el mundo, conectados a través de cientos de miles de terminales electrónicas, mueven cerca de 150 mil millones de dólares.

La movilidad de los flujos de capital es tal, que puede desestabilizar economías nacionales, e incluso a todo el sistema financiero mundial, en muy poco tiempo y a muy altos costos. Esta es la tercera característica.

Como consecuencia de embates especulativos, naciones como Malasia y Singapur, que hace poco habían sorprendido al mundo por su desarrollo acelerado, ahora están luchando por estabilizar sus economías.

Aunque estos embates afectan a naciones cuyas economías muestran debilidades estructurales, la integración y la interdependencia económica tienen consecuencias negativas para otras regiones, países y personas. Como lo hicieron el efecto "dragón" de Asia, o el "samba" de Brasil.

La cuarta característica es la más grave y la que requiere mayor atención: la creciente disparidad en los niveles de riqueza a nivel mundial. Y en el acceso al conocimiento.

Es indudable que los niveles de riqueza han aumentado. A ello ha contribuido, por ejemplo, el desarrollo científico y tecnológico, que ha incrementado sustancialmente la productividad.

Durante la década de los noventa, los niveles de productividad global han crecido a tasas de 2.1 por ciento, mucho más que el promedio de 1.5 por ciento registrado de 1973 a 1990.

Esto ha contribuido a que la economía mundial haya crecido cerca del 2 por ciento, y a que algunos analistas estimen que en los próximos años se elevará a niveles de 3 por ciento anual o más. Pero este crecimiento no ha beneficiado a las mayorías.

Por el contrario, ha ampliado la brecha en los niveles de ingreso entre la comunidad internacional y al interior de cada país. Así, mientras las 200 personas más ricas del planeta tienen una riqueza superior al millón de millones de dólares, la mitad de la población mundial vive con menos de dos dólares diarios.

En este marco de cambio constante, de turbulencia económica y paradojas, México ha mantenido la estabilidad y ha crecido de manera sostenida los últimos tres años.

En 1998 crecimos 4.8 por ciento, más del doble en comparación con el 1.9 por ciento registrado en conjunto por la economía mundial. Este año, la economía mexicana crecerá más del 3 por ciento, 1 por ciento más que el promedio que registrará la mayoría de los países de la Unión Europea. Y 2 por ciento más que la economía de Japón, en donde el crecimiento será de 1 por ciento.

Esto ha permitido crear más empleos. En los primeros nueve meses de este año se generaron cerca de 650 mil nuevas fuentes de trabajo. Tan sólo en septiembre pasado se crearon casi 150 mil, la cifra más alta para un mes desde febrero de 1998.

Pero lo más importante, es que el crecimiento de la economía de nuestro país ha permitido elevar el gasto social, que este año representa 60 por ciento del gasto total del gobierno.

En particular, los recursos destinados a programas diseñados para combatir la pobreza extrema, como PROGRESA, han crecido 12 por ciento en términos reales.

Estos logros son importantes, en especial en un escenario internacional como el que hemos vivido. Sobre todo, muestran que tenemos bases sólidas para que el proceso electoral del próximo año no afecte a la economía.

El mundo no va a esperar a nadie. Ahora, tenemos que ser responsables y consistentes para consolidar una economía fuerte, sana y en crecimiento. No como un fin en sí mismo, sino como un medio para alcanzar lo verdaderamente importante: elevar la calidad de vida de la mayoría de los mexicanos.

Para ello, la tarea más importante que tenemos al inicio del nuevo siglo es fortalecer nuestras instituciones. Debemos consolidar su funcionalidad y eficiencia, condiciones determinantes en el escenario y las condiciones globales que vivimos.

Con instituciones sólidas, tendremos las bases para que en México impere el Estado de Derecho, se acaben la corrupción, la impunidad y la violencia.

Con estas bases, podremos lograr un crecimiento económico sostenido, que beneficie a la gente de todo el país. Mediante la creación de empleos y el logro de mejores condiciones de salud, alimentación y, sobre todo, educación y capacitación. En la "era de la información", la educación y el aprendizaje permanente son la llave maestra para el desarrollo; son la clave para alcanzar la prosperidad y la justicia social.

El autor es Oficial Mayor de la Secretaría de Hacienda y se ha desempeñado como Subsecretario de Relaciones Exteriores.

Gobernabilidad y economía

Javier Treviño Cantú
El Norte
13 de diciembre de 1999

Garantizar la gobernabilidad es asegurar un México democráticamente maduro, con una economía que crezca sostenidamente, un Estado de Derecho pleno, una cultura de respeto a la ley, un medio ambiente limpio y más oportunidades para la gente.

Teóricamente, gobernabilidad, o "gobernación", es tener un "buen gobierno"; es tener la capacidad de ejercer legítimamente la autoridad y que ese ejercicio sea eficiente, sobre todo en las decisiones y acciones políticas, económicas y sociales que tienen un impacto en las mayorías. Sin embargo, en el mundo actual se ha vuelto más complejo cumplir con los requisitos de la gobernabilidad: la legitimidad y la eficiencia.

Primero, porque la legitimidad se obtiene ya no sólo mediante procesos electorales limpios y transparentes. También es necesario ganarla por medio de la capacidad para convencer, negociar y lograr acuerdos con todos los actores y sectores que inciden en el desarrollo de un país.

Segundo, porque ejercer la autoridad con eficacia ahora es más complicado, ya que a los viejos retos se están sumando nuevos desafíos, externos e internos.

No hay que ser un especialista para darse cuenta de que los procesos de globalización están afectando las condiciones políticas y económicas de prácticamente todos los países. Más aún, son fenómenos que se han convertido en serios riesgos para la gobernabilidad y la cohesión social. Por eso, instituciones como la Comisión para la Gobernabilidad Global postulan la necesidad de encontrar respuestas conjuntas a los retos de la convivencia y la prosperidad internacional.

En este contexto de transformaciones mundiales, México también ha cambiado, y lo ha hecho profundamente. En menos de dos décadas se ha fortalecido la democracia y se ha profundizado la reforma estructural de la economía, lo que ha permitido contar con bases más sólidas, que han contribuido a mantener la estabilidad y a que la economía crezca de manera sostenida en los últimos tres años, a pesar de la turbulencia que se ha vivido a nivel global.

Estos avances son importantes. Pero es un hecho que aún existen grandes desafíos para garantizar la gobernabilidad, fomentar la cohesión social y lograr que la gente viva mejor. Es cierto que hay mucho por hacer y que a veces es difícil saber por dónde empezar, por eso hay que determinar prioridades. Esto podrá hacerse mejor si se generan los acuerdos que contribuyan a la gobernabilidad.

Para ello, hay que concentrarse en tres aspectos básicos. El primero, como apuntan las principales tendencias en el mundo, es fortalecer al Estado. México necesita un Estado fuerte, no por su tamaño, sino por su capacidad para coordinar los esfuerzos nacionales; para conducir y orientar la actividad económica, equilibrando las deficiencias que genera el sistema de mercado y, sobre todo, para cumplir con su principal compromiso: impulsar el desarrollo social y ofrecer mejores condiciones de vida a los que menos tienen.

El segundo es consolidar las instituciones. La solidez institucional es fundamental para diseñar y establecer políticas públicas funcionales y eficientes, particularmente en el marco de un entorno global que ha trasladado el centro de atención ya no a los modelos, sino a la efectividad.

El tercer aspecto en que hay que trabajar es la economía, porque como se reconoce hoy en día a nivel mundial, el éxito económico es fundamental para promover la prosperidad, el sentido de pertenencia a una comunidad, la cohesión social y la gobernabilidad. México cuenta con cimientos económicos sólidos para alcanzar estas metas, sin embargo, es indispensable realizar los cambios que la falta de acuerdos ha postergado.

Uno de estos cambios indispensables es la reforma fiscal. Hace 20 años los ingresos tributarios del gobierno como porcentaje del PIB eran equivalentes a 10.6%. Hoy, apenas son 7 décimas más altos, 11.3%. Por ello, México tiene la proporción tributaria más baja dentro de los países miembros de la OCDE y una de las más pequeñas en América Latina.

Otro campo en el que se requieren acuerdos es la consolidación del sistema financiero. Es prioritario fortalecer la regulación y la supervisión gubernamental sobre los bancos para reactivar el crédito, garantizar la seguridad de los ahorros, financiar programas de desarrollo y enfrentar en mejores condiciones la competencia financiera a nivel internacional.

En la era de la información, la educación, el aprendizaje y la capacitación son determinantes para aprovechar las transformaciones que se están registrando en los procesos productivos; son los medios para que el país y las empresas eleven su productividad y competitividad. Por eso es necesaria la reforma del sistema educativo.

Es necesario difundir a través de ellos información clara, confiable y consistente sobre los avances que se logren. Así, podrá generarse credibilidad, un elemento esencial que, en la "era de la información", se gana con mucho esfuerzo y se pierde en un instante.

Sólo alcanzando acuerdos y trabajando con eficiencia se podrá asegurar el crecimiento económico y la gobernabilidad. Esta es la mejor manera de alcanzar el México que queremos tener, un México más próspero y justo.



Javier Treviño Cantú es oficial mayor de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y se ha desempeñado como subsecretario de cooperación internacional de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

México y E.U. en el 2000

Javier Treviño Cantú
El Norte
23 de agosto de 1999

En el proceso electoral del 2000 se cifran las esperanzas de millones de mexicanos. Sin embargo, aún están por definirse propuestas concretas para superar los viejos y nuevos retos que enfrenta México, incluyendo uno determinante para nuestro país: la relación con los Estados Unidos.

Quien resulte electo Presidente de la República deberá promover una nueva relación con Estados Unidos, con base en el respeto irrestricto a la soberanía nacional, el diálogo y una cooperación equitativa. La coyuntura de la sucesión presidencial en ambos países ofrece la oportunidad de replantear el enfoque de la agenda y los términos de la cooperación para afrontar constructivamente los retos internos, bilaterales, regionales y globales.

Esto es indispensable, ya que, en el marco de un sistema internacional que cambia aceleradamente, Estados Unidos está redefiniendo su interés nacional y, con ello, su política exterior (Joseph Nye, "Redefining the National Interest", Foreign Affairs). En un mundo sin la amenaza militar de las dimensiones que le planteaba la Unión Soviética, Estados Unidos está considerando tres objetivos centrales para garantizar su seguridad y predominio: mantener cierto orden en el mundo; combatir amenazas de carácter transnacional; e influir en gobiernos, organismos y sociedades para que se apeguen a sus intereses y valores.

Ante la proliferación de conflictos internos en los Estados, que constituyen una de las principales amenazas a la seguridad internacional y que, gracias al "efecto CNN", tienen un alto impacto en la opinión pública, Estados Unidos está respondiendo con un "nuevo intervencionismo" (Michael Glennon, "The New Interventionism", Foreign Affairs). Tal política parece estar por definirse en la "Doctrina Clinton", e incluye tres condiciones: Estados Unidos intervendrá en donde considere que su interés nacional esté en juego, mientras cuente con el apoyo de sus aliados y si la acción militar es determinante para resolver la situación (Wall Street Journal, 6/ago/99).

En cuanto a las amenazas de carácter transnacional, además de la proliferación de armas de destrucción masiva y el terrorismo, entre las principales se considera al narcotráfico, el crimen organizado, las corrientes migratorias, la escasez de recursos energéticos y el deterioro del medio ambiente (Defense Intelligence Agency, "Global Threats and Challenges: The Decades Ahead", 28/may/99).

El objetivo manifiesto de utilizar todos los instrumentos a su disposición (militares, diplomáticos, económicos y su soft power cultural) para influir en las acciones de otros Estados y actores no gubernamentales se ha convertido en la base de su estrategia de seguridad nacional (National Security Council, "A National Security Strategy for A New Century"). Su voluntad y capacidad de lograr este objetivo son indiscutibles.

Estos lineamientos guían una política exterior aparentemente basada en la premisa de que el sistema internacional es unipolar, de que Estados Unidos es una superpotencia hegemónica, que es un país "indispensable", en palabras de su secretaria de Estado.

Esto, necesariamente, se refleja en la relación con México. Por ejemplo, respecto a su primer objetivo de seguridad mediante la aplicación de sus capacidades militares, han estado circulando análisis poco serios, como una propuesta planteada al Colegio Militar del Ejército de Estados Unidos sobre la integración formal entre las fuerzas armadas de Estados Unidos, México y Canadá para preservar la estabilidad de nuestro país y asegurar la viabilidad del TLC ("A New United States Strategy for Mexico", reporte del teniente-coronel Joseph Nunez al U.S. Army War College, jul/99).

Desafortunadamente, algunos de los académicos más respetados que se dedican al estudio de nuestro país también están contribuyendo al enrarecimiento de la discusión. Aunque parezca descabellado, se considera que Estados Unidos tendría que intervenir militarmente si se diera un caos tal que afectara sus intereses económicos, atentara contra las vidas de los miles de estadounidenses que viven aquí y provocara una migración masiva; en suma, si estallara una "guerra civil" (Steven David, "Saving America from the Coming Civil Wars", Foreign Affairs). Se tiene la percepción de que México "se tambalea" y que la elección del próximo año pondrá a prueba los avances político-electorales y económicos; que existe la posibilidad de una violencia generalizada (M. Delal Baer, "Mexico's Coming Backlash", Foreign Affairs).

En cuanto a las amenazas transnacionales, el narcotráfico ha dominado la agenda bilateral en los últimos años. La incapacidad de la DEA y demás agencias para reducir el consumo y la oferta de drogas ilícitas en Estados Unidos, a pesar de los 143 mil 500 millones de dólares gastados durante la década de los noventa, de su tecnología para monitorear todo tipo de comunicaciones en cualquier parte del mundo y de los miles de agentes y efectivos militares dedicados a combatirlo (General Accounting Office, "DEA's Strategies and Operations in the 1990s"), presagia un recrudecimiento de las presiones, ataques y filtraciones que caracterizan al establishment antinarcóticos estadounidense.

Los demás asuntos transnacionales que preocupan a Estados Unidos también están siendo aprovechados por diversos actores gubernamentales, políticos y del sector privado para promover sus agendas e intereses, como lo refleja un reporte de la Contraloría del Congreso estadounidense sobre los problemas en la frontera, o la fallida acusación de dumping contra Pemex por parte del "Comité para Salvar el Petróleo Doméstico".

En relación con el tercer objetivo, considerando que, en última instancia, gran parte de la agenda de Estados Unidos y los retos internos de México coinciden, es evidente el afán para que la transición sea acorde con las tendencias y consensos que prevalecen entre las democracias de mercado institucionalmente consolidadas.

Lo anterior muestra la urgencia de que los aspirantes a la Presidencia de la República definan ya propuestas concretas para orientar la agenda bilateral y establecer mecanismos de diálogo y cooperación eficaces. Hay que hacerlo ahora, cuando el carácter totalmente novedoso del proceso electoral en nuestro país está generando una mayor atención por parte de los medios y los especialistas de Estados Unidos.

En la era de la información y en un mundo caracterizado por la multiplicidad de actores transnacionales de todo tipo, la legitimidad es determinante para garantizar la credibilidad. Por ello, los partidos políticos y los candidatos deben tener como principio hacer del proceso electoral la base para que México fortalezca sus instituciones. Sólo en la medida en que la democracia se profundice, en que la economía crezca para darle empleo y oportunidades a la mayoría de los mexicanos y en que impere el Estado de Derecho, México se proyectará como un país soberano, capaz de darle respuesta a las necesidades de su gente y dispuesto a cooperar con el resto de la comunidad de naciones, incluyendo a Estados Unidos, para aprovechar el cambio.



El autor es oficial mayor de la Secretaría de Hacienda y se ha desempeñado como subsecretario de Relaciones Exteriores.

Gustavo Petricioli

Gustavo Petricioli

Javier Treviño Cantú
El Norte
13 de octubre de 1998

Recibí la noticia del fallecimiento de Gustavo Petricioli en Washington, precisamente en la ciudad donde lo conocí. Viajé a la capital estadounidense el fin de semana pasado para participar en la conferencia anual de la Asociación Fulbright. Cuando me enteré de la triste noticia no podía más que recordar cada momento de los cuatro años que trabajamos juntos, cuando don Gustavo fue mi jefe en la Embajada de México en Estados Unidos.

Llegamos a Washington a principios de 1989 y regresamos a México en los primeros días de 1993.

Trabajé al lado de Petricioli como Ministro de Información de la Embajada. Fueron los años de una relación intensa entre México y Estados Unidos. Sin lugar a dudas, Gustavo Petricioli ha sido el mejor embajador que México ha acreditado ante la Casa Blanca.

Artífice del "Espíritu de Houston" que surgió con aquella reunión de los Presidentes electos Salinas y Bush en 1988, Petricioli se convirtió en el principal estratega y operador de las relaciones bilaterales.

Reconocido por su amistad y cercanía al Secretario de Estado James Baker, don Gustavo fortaleció una red de contactos en la Casa Blanca y con toda la Administración del Presidente Bush. Fue el primer embajador que realmente diseñó y estructuró un trabajo de cabildeo eficaz ante el Congreso de los Estados Unidos.

No había Congresista o Senador que no conociera al embajador de México. Petricioli viajó a prácticamente cada uno de los 50 Estados de la Unión Americana y promovió el interés de México ante autoridades federales y locales en todo el territorio del vecino del norte.

En menos de un año, la presencia de México en Washington se transformó gracias a la visión de Petricioli. En 1989, la misión diplomática se fortaleció con funcionarios de primer nivel. Se adquirió un nuevo edificio para alojar las oficinas de la Embajada en la calle Pennsylvania, a tres cuadras de la Casa Blanca; se constituyó el Instituto Cultural Mexicano en la antigua sede de la Embajada, y se llevó a cabo un agresivo programa de promoción cultural en Washington.

El Presidente Bush visitó en varias ocasiones el Instituto, centro cultural que se convirtió en un verdadero instrumento diplomático para avanzar en los objetivos de la relación bilateral.

Quizá la iniciativa de mayor trascendencia para México y la relación bilateral fue el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Fue durante los años de Petricioli en Washington cuando se concibe y se inicia la negociación del TLC.

La sola idea de negociar un tratado de esta dimensión con la principal potencia económica del mundo transformó la presencia de México en Washington ante los medios de comunicación, ante los grupos de interés, y ante los diferentes actores políticos. Petricioli se encargó de generar un ambiente propicio para la negociación y abrir los espacios para avanzar en el objetivo del Gobierno de México.

Hombre de visión y talento, estratega y operador eficaz, Petricioli es más conocido por su labor como Secretario de Hacienda y funcionario financiero de muchos años. Sin embargo, es justo reconocer su importante labor diplomática al frente de la Embajada de México en los Estados Unidos.

Ante las dificultades, ante la adversidad, siempre "tomó el toro por los cuernos", y con gran sabiduría, resolvía los problemas poniendo el interés de México y la defensa de nuestra soberanía por encima de cualquier otra consideración.

Debemos reconstruir la historia de esos años críticos y fundamentales para la relación bilateral; la historia de las relaciones México y Estados Unidos durante los años de Gustavo Petricioli. Con objetividad, debemos hacer a un lado los mitos que se crearon por partes interesadas y subrayar los avances que logramos gracias a la visión del Embajador de México.

A mí me tocó convivir y compartir con Gustavo Petricioli algunos de los años más generosos de su vida.

Recibí en todo momento su consejo; aprendí las lecciones que con maestría nos ofrecía al enfrentar y resolver los problemas; reconocí siempre su visión estratégica de gran aliento, de lealtad, y de compromiso con México. Lo voy a extrañar. Descanse en paz don Gustavo Petricioli, mexicano excepcional.

El autor es Oficial Mayor de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. De 1989 a 1993 trabajó al lado del Embajador Gustavo Petricioli como Ministro de Información de la Embajada de México en Washington.